jueves, 2 de abril de 2026

167. La chica de supermercado 1

 

Hacía meses que la veía cada vez que iba al súper. Siempre la misma cajera: 24 años, pelo castaño oscuro, ojos negros, cuerpo de esos que uno no puede dejar de mirar aunque se haga el distraído. Buenas tetas, buen culo, contextura media, sonrisa fácil. El nombre en su gafete decía: Mirian. Ella sabía el mío porque siempre me hacía la pregunta de la acumulación de puntos y dar el número de identificación.

Yo pasaba con mi carrito, pagaba, cambiábamos un par de palabras y nada más. Nunca di un paso más allá porque siempre iba con mi esposa, y porque, en el fondo, me gustaba mantener esa distancia de cliente y empleada. Ella, con su uniforme y su peinado recogido, era una especie de fantasía que quedaba ahí, en la imaginación.

Todo cambió una tarde. Charlando con la encargada, una vieja conocida mía, le comenté sin medir mucho mis palabras que hacía dos meses me había divorciado. No sabía que ella estaba cerca, pero parece que escuchó. Desde ese día, la forma en que me atendía cambió. Me miraba más, estaba más conversadora en la caja, hasta se reía con ganas de cualquier tontería que le dijera. Yo lo notaba y la verdad es que me gustaba.

Un día, sin necesidad real, fui con la excusa de comprar cigarrillos. Ni siquiera tuve que entrar, la encontré afuera, fumando en su media hora de descanso. Me acerqué, le pedí un cigarro solo para tener un motivo para hablarle. Charlamos un rato y en un momento le pregunté, casi sin pensarlo: “¿Me darías el placer de invitarte a salir alguna vez?”. Ella sonrió, me miró fijo y me dijo que sí. Así, sin vueltas. Me pasó su número y me pidió que le escribiera después de las diez de la noche, cuando ya estuviera en su casa.

Esa misma noche, a las 22:30, le mandé un mensaje. Solo para que supiera que era yo y guardara mi número. Su respuesta me descolocó: “Pensé que te habías arrepentido”, seguido de un emoji con los cachetes colorados. Le contesté que no, que había decidido esperar un poco para no molestar si se le había hecho tarde y de paso, para no quedar tan desesperado. Ahí la conversación fluyó sola. Mensajes que iban y venían, cada vez con más picardía, hasta que arreglamos para vernos el sábado. El plan era simple: yo pasaba a buscarla a eso de las ocho de la noche y desde ahí veíamos a dónde ir. El resto de la semana se me hizo eterna. Cada vez que pensaba en el sábado, en verla sin el uniforme, en estar con ella fuera del súper, se me aceleraba el corazón. No sabía exactamente qué iba a pasar, pero sí sabía que esa salida prometía mucho más que una simple cena.

El sábado llegó y yo estaba nervioso como un adolescente. Me puse un jean, negros y una camisa a tono arremangada. Cuando pasé por su casa, apareció ella en la puerta y me dejó sin palabras. Vestido negro, no demasiado escotado pero lo justo para que la imaginación volara; corto, a media pierna, mostrando sus piernas perfectas. Boca pintada de rojo intenso y un perfume que me enloqueció desde el primer segundo. Cómo todo un caballero le abrí la puerta del auto, ella sonrió y me dijo: “¡Qué dulce eres!”. Me dio un beso en la mejilla y subió al auto con una sonrisa, y yo, todavía tratando de disimular los nervios, le pregunté: “¿Qué prefieres hacer? Había pensado en cine y cena, pero tú dime”. Ella me miró con esos ojos negros que ya me estaban volviendo loco y me respondió: “Prefiero que vayamos a cenar a un lugar tranquilo y después podemos dejar el auto estacionado, caminar un rato y conocernos un poco más”. La idea me gustó. Terminamos en un restaurante con luces tenues y un ambiente cálido. La charla fue fluyendo, natural, llena de risas y confidencias. Me contó cosas de su vida, yo le conté cosas de la mía. Sentía que nos conocíamos de siempre, pero con la tensión de que era la primera vez que estábamos realmente solos, sin la barrera de la caja del súper ni el apuro de la fila.

Durante la cena, varias veces sentí su pie rozándome la pierna por debajo de la mesa. Cada vez que lo hacía, tomaba un sorbo de agua y me miraba fijo. Esa mirada con esos ojos negros me desarmaba por dentro, me quemaba por fuera. La cena terminó cerca de las diez. Pagué, nos levantamos y fuimos hacia el auto. Apenas cerré la puerta del lado del conductor, antes de que pudiera siquiera arrancar, ella se inclinó y me besó. No fue un beso tímido ni de prueba: fue pasional, húmedo, con lengua, caliente. La agarré de la cabeza con mis manos, le acaricié la cara y el pelo, mientras ella hacía lo mismo conmigo. Cuando el beso terminó, me miró a los ojos y me dijo sin rodeos: “Llévame a casa”. Me quedé helado. Pensé que había hecho algo mal, que había metido la pata. “¡Perdóname si te incomodé en algo!” –balbuceé. Ella sonrió con picardía, me dio una mirada capaz de incendiar un bosque y me dijo: “Tú sabes para qué me invitaste a salir. Creo que también sabes por qué te dije que sí”. Se me hizo un nudo en la garganta. Tenía razón, hacía tiempo me la quería coger, aunque nunca me hubiera animado a decirlo así de frente. “Vámonos ya, olvídate de la caminata” –remató. No hubo más palabras. Arranqué el auto y manejé. El silencio que siguió no era incómodo, era electricidad pura, deseo contenido. Yo no pensaba en otra cosa que en lo que estaba a punto de pasar.

Llegamos, estacioné. Ella abrió la puerta y bajó sin esperarme. Yo iba atrás, con la cabeza explotada de adrenalina. La noche recién empezaba. Cuando entramos a su casa me hizo pasar al living, me dijo que me pusiera cómodo en el sofá y se fue a la cocina a buscar dos copas. Me dijo: “¡Abre la botella de vino y brindemos!”. “¿Brindar por qué, Mirian?” –le pregunté. “Solo brindemos, no debe haber algo en medio para brindar, ¿o sí?” –respondió. Yo la esperaba tranquilo, pero para mi sorpresa, cuando volvió ya no tenía puesto el vestido: apareció en ropa interior negra, un sostén mínimo que apenas le tapaba los pezones y una tanguita finísima que se le metía entre las nalgas. Me quedé helado, no podía dejar de mirarla. Con una voz dulce y seductora me preguntó: “¿Te gusta lo que ves?”. “Me encanta” –le contesté. A mis 45 años me estaba sintiendo como un adolescente con las hormonas descontroladas.

Ella puso una música suave y empezó a moverse, a bailar lento, mirándome fijo mientras se tocaba. Yo sentía cómo la verga se me paraba, tan apretada en el jean que parecía que me iba a explotar. Se me acercó despacio, me puso de pie y me besó. Mientras me comía la boca, sus manos bajaban directo a mi pantalón. Yo le besaba el cuello, le acariciaba la espalda, le apretaba bien fuerte las nalgas.

En un movimiento rápido me desabrochó el pantalón y me lo bajó, pero todavía me dejó con el bóxer puesto. Se me subió encima, enroscando sus piernas en mi cintura, y seguimos besándonos como si nos quisiéramos devorar. Estábamos tan calientes que ella se acomodó un poco más abajo, hasta que su concha mojada y solo resguardada por la tanga se frotaba contra mi verga, que era impedida de entrar por mi bóxer.Le encantaba rozarse ahí, gemía con delicadeza y me miraba con deseo; yo sentía cómo se mojaba cada vez más.

De repente, se bajó, quedé de pie, respirando agitado; ella se arrodilló frente a mí. Me bajó el bóxer y la verga me saltó como un resorte, bien parada, derechita frente a su cara. La agarró con una mano y empezó a pasarle la lengua desde la base hasta la punta; lo hacía lento, de forma provocadora. Cuando llegó arriba, se la metió entera en la boca. Me la chupaba con ganas, con mucha saliva, se la sacaba, la escupía y se la volvía a meter. Me pasaba la lengua por los testículos mientras me pajeaba fuerte. Era toda una profesional en eso, la mejor chupada que me habían hecho en mi vida. No podía dejar de mirarla. Quise sentarme, pero me tenía bien agarrado, como si quisiera quedarse arrodillada para siempre con la verga en la boca.

La sensación que me recorría era indescriptible, esa manera morbosa de devorarse mi verga era un arte. Era imposible no cerrar los ojos y dejarse llevar por ese momento de éxtasis que te lleva rumbo al placer. “Sí que sabes ocupar muy bien tu boca” –le dije. Pensé que se iba a enojar, pero fue al revés: empezó a chuparla más fuerte todavía, como si esas palabras la calentaran más. Yo trataba de aguantar, de no acabar tan rápido, pero era imposible. Desde abajo, con mi verga enterrada en su boca y esos ojos negros mirándome, me estaba volviendo loco. De pronto, se la sacó un segundo y me dijo con voz niña sucia: “Lléname la boquita de leche”. Eso me volvió completamente loco, la chica me tenía embobado solo usando la boca. Se la volvió a meter y empezó a chupar con más fuerza, haciéndome imposible aguantar. No pasaron ni diez segundos antes de que le descargara todo mi semen en la boca. Ella cerró los ojos con una sonrisa, tenía toda mi verga en su boca y me succionaba hasta la última gota. Cuando la sacó, le pasó la lengua por el glande y por todo el tronco, dejándola limpia y brillante.

Se tragó todo, sin escupir nada, como si disfrutara cada gota. Después se limpió los labios, tomó un sorbo de vino y me miró fijo y preguntó: “¿Te quedan energías? Porque esto todavía no termina”. Me llevó al cuarto, era una mujer independiente que no le rendía cuentas a nadie de qué hacía o a quién llevaba a su casa.. Me tiró sobre la cama, ella comenzó a quitarse esa sensual lencería, esta vez sin música pero con esa maldita sensualidad que le brotaba de cada poro. Ver esos candentes movimientos y la sensualidad al bajar los tirantes de ese diminuto brasier, le veía los pezones, los tenía bien duros, sus deliciosas y hermosas tetas. Yo estaba pendiente de cada movimiento, deslizaba sus manos por sus exquisitas tetas y me pregunta: “¿Te gustan?”. “Mirian, me tienen enloquecido” –le respondí idiotizado. Luego se dio vuelta y movía sus nalgas, esa manera de moverse la hacia ver como la diosa de la lujuria y perversión. Se volteó y con sus manos en las tetas musitaba: “¡Rico papi!”. Se bajaba lentamente la tanga, se iba inclinando mientras la diminuta tela caía, salió a la vista esa exquisita conchita que me había rozado con lascivia en el living, la tenía mojada; se notaba que estaba lista para jugar deliciosamente en mi verga. Cuando se incorporó pude ver ese culo parado, en forma, duro, todo comestible. Se dio un par de nalgadas que el sonido del golpe me hizo ya perderme en la calentura que me tenía poseído. Se dio vuelta y me miró fijo, no podía sacarle los ojos de encima, esa vagina lubricada me llamaba candente para darle tan duro como pidiera.

Se acercó lento, era una fiera acechando a la presa, se subió a la cama, me quitó el bóxer y comenzó a rozar su cuerpo contra el mío. Sentía como sus tetas recorrían mis piernas, pasaban por mi verga, seguían por mi abdomen hasta llegar a mi cara. Se las agarré con ambas manos y se las chupé, las apretaba y le lamía los pezones, hundía mi cara entre ellas, mis manos también recorrieron su espalda, acariciaba sus piernas, le apretaba las nalgas, la punta de mi verga le rozaba la concha húmeda y cuando menos lo esperé ella se dejó caer. Le entró toda, de una, soltó un grito de placer y a su vez comenzó a montarme. Subía y bajaba como loca, lo disfrutaba en pleno, sus manos apoyadas en mi pecho mientras ella meneaba las caderas para que la verga entrara y saliera. En alguna ocasión yo tomaba el control, le agarraba las nalgas para que ella no se moviera y la empezaba a bombear fuerte y duro, la verga le entraba y salía a toda velocidad mientras los testículos me rebotaban sin parar. Ella gemía y gemía, me pedía que no parara, que me la cogiera duro.

Luego de un rato se bajó y se puso en cuatro, la agarré de la cintura, nuevamente se la metí con fuerza, ahora estaba a mi merced; yo controlaba el ritmo y no le daría descanso. La bombeaba fuerte, sus nalgas rebotaban contra mí al ritmo de las embestidas, ella no paraba de gemir. Le agarraba el pelo y era cuando más lo disfrutaba, le fascinaba que yo tomara el control, seguía y seguía cogiéndola sin parar. La nalgueaba y ella decía: “¡Ay papi! ¡Qué ricas nalgadas! ¡Más fuerte por favor!”. Cambiamos de posición en varias oportunidades y cada vez su cara de placer era un deleite a mis ojos lujuriosos.

Cambiamos de posición un par de veces más hasta que me dijo con la voz totalmente agitada: “¡Dame verga por el culo! ¡Culeame bien rico amorcito!”. La miré fijo, tenía la verga mojada y dura. Ella se arqueó, se puso en cuatro de nuevo y abrió bien las piernas, se llevó una mano a las nalgas, se las abrió dejándome la vista de ese hoyito apretado . Me acomodé atrás, le escupí el culo y con la punta de mi verga la empecé a rozar despacio. Ella gemía, se mordía los labios, estaba desesperada. Empujé despacio, su culo se abría poco a poco, sentía cómo mi verga se abría paso mientras lentamente, sus alaridos de placer resonaban en toda la casa y yo estaba enloquecido. Soltó un grito fuerte mezclado de dolor y placer, me pidió que no parara. Seguí entrando hasta que la tuvo toda adentro, el calor y lo apretado de ese culito me tenían enredado en la perversión. La empecé a embestir cada vez más fuerte, mis huevos chocaban contra su concha mojada, ella gritaba que le encantaba. “¡Ay hijo de puta! ¡Qué rico! ¡No pares rómpeme el culo!” –me decía. La agarraba la cintura y no la dejaba escaparse, mis embestidas eran cada vez más rápidas, ella gemía y gemía, con la cara hundida en la almohada, disfrutando que le rompiera el culo.

No podía más, la tenía toda para mí, ese rico culo redondo rebotando contra mi verga. Yo transpiraba, la miraba y sentía que iba a acabar en cualquier momento. Ella estaba completamente entregada, la tenía en cuatro con el culo bien abierta para mí. Cada vez que se la metía por atrás soltaba un gemido más sucio que el anterior, como si no pudiera decidir si quería que parara o que le diera todavía más duro. Mis manos le apretaban las nalgas y mi verga entraba y salía de ese culo estrecho que me apretaba riquísimo. Sentía cómo me la tragaba de a poco, hasta el fondo y el calor que me envolvía me tenía al borde del placer. Mirian miraba de costado, con la cara totalmente perdida en el morbo, y entre gemidos me dijo con voz entrecortada: “¡Dame toda tu rica leche adentro del culo, no la saques, quiero tu caliente semen borboteando de mi hoyito!”. Esas palabras me volvieron loco. La seguí bombeando con fuerza, dándole nalgadas, hasta que sentí que ya no aguantaba más y estallé adentro de su culo, dándole todo mi semen en ese orto caliente, mientras ella apretaba el culo con fuerza para que no se escapara ni una gota. “¡Qué rica leche papito! ¡A esta nenita le encanta tener leche en el culo!” –m3 dijo con voz de niña caliente.

Después de la intensa sesión, nos quedamos un rato sobre la cama, respirando aún agitados, con los cuerpos entrelazados y las manos recorriéndonos suavemente. La calentura permanecía, nosotros abrazados y compartiendo sonrisas cómplices. Ella rompió el silencio con una voz suave y seductora: “Si quieres puedes quedarte, así empezamos una mañana bien caliente”. Sonreí, y sin pensarlo dos veces le dije que sí. Nos acomodamos juntos, encontrando la posición perfecta para dormir, con la sensación de haber compartido algo profundo y carnal a la vez. Mientras me quedaba dormido mi mente aún ardía, imaginando cómo sería despertar junto a ella y dejar que la pasión de la mañana nos desbordara de nuevo.



Pasiones Prohibidas ®


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