Me llamo Constanza, soy una mujer de treinta años. Vivo en un condominio de casas casi a las afueras de Santiago, económicamente estable y responsable hasta el final cuando tengo un proyecto. En palabras simples, si el barco se hunde yo me hundo con él.
Un sitio dedicado a la lectura. Lugar creado para hacer que la imaginación vuele y te permita perderte en la lujuria y el morbo que contienen las historias que encontrarás. Te invito a que si tienes la oportunidad de leer alguno de los relatos, puedas dejar tu comentario, así me motivas a seguir escribiendo.
lunes, 6 de abril de 2026
169. Constanza y alguien travieso
sábado, 4 de abril de 2026
168. La chica del supermercado 2
Habrá pasado media hora desde que Mirian se quedó dormida, respirando tranquila después de esa cogida brutal. Yo, en cambio, por más que intenté, no lograba cerrar los ojos. Los sonidos de sus gemidos seguían retumbando en mi cabeza como un eco imposible de apagar y las imágenes de cómo se me entregó me pasaban una y otra vez, calentándome más de la cuenta. El panorama no ayudaba a relajarme, estaba ahí, acostada de costado, desnuda por completo, sin una sábana encima por el calor que hacía. Tenía ese hermoso culo a la vista, apenas iluminado por las luces de la calle que se colaba por la ventana. No podía dejar de mirarla, de recorrerla con los ojos, con esa mezcla de ternura y morbo que me estaba poseyendo. De golpe, sentí esa necesidad bruta, imposible de aguantar. No entendía por qué, si ya me había destruido cogiendo con ella hacía un rato, pero mi verga seguía dura, palpitando, pidiéndome acción. Así que, con cuidado para no interrumpirle el sueño, empecé a pajearme despacio, mirándola, recordando sus gemidos, cómo se movía, cómo me lo pedía. El calor de la habitación, su cuerpo desnudo tan cerca, todo me hacía arder.
Después de unos minutos ya no aguantaba más. Me levanté apurado y me fui al baño, porque estaba a punto de explotar. Apenas me puse frente al inodoro la descarga de semen salió al instante, acompañada de un gemido ahogado que se escapó de mi garganta. Sentí ese placer recorrerme de golpe, fuerte, liberador. Me apoyé un segundo, me limpié rápido y volví al cuarto. Ella seguía dormida como si nada. Me acosté de nuevo y me acurruqué detrás. Instintivamente, todavía en sueños, ella pegó su cuerpo caliente contra el mío y ese gesto me terminó de desarmar. Cerré los ojos, por fin con calma, y me dejé llevar hasta dormirme. Nos despertamos casi al mismo tiempo, serían cerca de las diez. Ella tenía una sonrisa preciosa dibujada en la cara, y yo no pude evitar quedarme un segundo mirándola. “Buenos días” –le dije. “Buenos días” –me respondió suave. “¿Dormiste bien?” –me preguntó. “¡Como nunca en años!” –le contesté con una sinceridad que hasta a mí me sorprendió. Nos quedamos un rato acariciándonos, mirándonos a los ojos, sin necesidad de decir mucho más. De repente, con esa picardía natural que la hacía tan distinta, me dijo: “Me voy a dar una ducha, mira que hay lugar para dos, por si me quieres acompañar”. Obvio que no podía rechazar esa invitación.
Fuimos al baño. Ella abrió el grifo y dejó correr el agua hasta que la lluvia salió en su punto justo. Yo la observaba, sin poder apartar la mirada de esa desnudez perfecta. Se metió bajo el chorro y dejó que el agua la empapara. Al rato se dio vuelta, me miró con esos ojos cargados de morbo y sin decir una palabra, con un simple movimiento de su dedo índice, me invitó a entrar. Me metí detrás de ella, se dio vuelta, y el agua resbalando por su piel me dejó la verga tiesa al instante. Me pidió que le enjabonara la espalda y lo hice con gusto. Puse jabón líquido en mis manos y se lo esparcí lento, disfrutando de esa piel suave, de seda. El instinto me ganó y le pasé también por sus nalgas. Apenas se las toqué, Mirian empezó a arquearse, sabía que yo estaba pronto para degustarla. Comenzó a acercarse, hasta que los labios de su vagina tocaron la cabeza de mi verga. Estaba ardiente. Mientras la enjabonaba, se meneaba despacito, masajeándome la punta con su concha mojada. No pude resistir más: empecé a empujar suave, como pidiendo permiso; ella, sin oponerse, simplemente se fue abriendo, dejándome entrar. Cuando se la terminé de meter, soltó un gemido fuerte, delicioso, apoyó las manos contra la cerámica, arqueó el cuerpo un poco más y me dijo con voz suplicante: “¡Cógeme fuerte como anoche!”. La tomé de la cintura y le di duro, rápido, sin contemplaciones. El agua de la ducha salpicaba por todos lados mientras mis embestidas la hacían gemir con un placer animal. Sus gemidos llenaban el baño, mezclándose con el ruido del agua. A veces le agarraba la cintura, otras me llenaba las manos con sus tetas mojadas, mientras mi verga entraba y salía de su concha apretada sin descanso. “¡Cógeme más, más; así dale!” –me pedía jadeando, con la voz quebrada por el placer.
Ya
no me aguantaba más. El cuerpo me ardía de calentura. “¡Voy a acabar!” –alcancé
a decir. “¡Sí, acaba! ¡Llena mi concha con tu leche!” –me gritó desesperada. Exploté
adentro de ella. Sentí cómo le descargaba toda mi leche en lo más profundo,
mientras ella soltaba otro grito agudo, estremecida: “¡Ah, sí! ¡Deliciosa leche
me das!”. Su concha me apretaba como una garra húmeda, ordeñándome hasta la
última gota. Cuando finalmente me salí, ella se dio vuelta, me miró a los ojos
y luego bajó la mirada hacia mi verga todavía palpitante. Sin pensarlo, se
agachó y me la chupó despacito, limpiándome con la boca, como un broche
perfecto para el mañanero más sucio y delicioso que había tenido en mi vida. Terminamos
de bañarnos, relajados, casi riéndonos del calor del momento. Antes de salir,
me dijo con naturalidad: “Voy a preparar el desayuno, ahí me esperas”. Nos
sentamos en la mesa de la cocina, todavía con el pelo húmedo de la ducha. Ella
sirvió café y tostadas, todo con una naturalidad que me sorprendía después de
la calentura desatada que habíamos tenido minutos antes. La charla fue
tranquila, casi como si nos conociéramos de toda la vida. Reímos de tonterías,
comentamos cosas del día a día, pero en medio de esa calma me soltó, mirándome
seria: “Quiero dejarte en claro algo, esto es solo por hoy. No se va a repetir.
Yo quería sacarme las ganas contigo, nada más”. La miré y asentí, sin dudar. Yo
estaba en la misma sintonía, recién divorciado, sin ganas de compromisos ni de
historias largas. Lo mío también era simple: disfrutarla, aunque fuera una sola
vez, quemar ese deseo animal que nos había explotado encima. “Estamos igual
entonces” –le respondí, con una sonrisa tranquila. Con las cartas sobre la
mesa, todo era más fácil, más libre. Ella dio un sorbo a su café y agregó: “A
las dos tengo que entrar a trabajar, arranco el turno en el supermercado”.
Se
hizo un silencio corto y de repente, con esa picardía suya, me soltó: “Es casi
mediodía. Elige, ¿almorzamos o me coges una vez más?”. No necesité pensarlo ni
un segundo. El “menú carnal” era la opción obvia. Sonreí de costado y ella
entendió todo sin que dijera palabra. Nos levantamos casi al mismo tiempo y nos
besamos con lujuria, manoseaba su juvenil cuerpo y ella agarrada de mi verga
decía: “¿Me vas culear rico? ¿Me vas a mandar con el culo abierto y lleno de
leche?”. Los dos sabíamos que vendría la despedida perfecta. La agarré de la
cintura, la atraje contra mi cuerpo y la besé con una pasión salvaje, sabiendo
que era la última vez que iba a probar esos labios. Esta vez yo iba a tener el
control. Mientras la besaba, mis manos ya estaban bajando su ropa. Solo tenía un
top cortito y un short, nada más; sin ropa interior. Era como si me estuviera
esperando. La desnudé en segundos y la subí en la mesa de la cocina. Al ver mi
actitud animal, Mirian abrió las piernas sin dudar, ofreciéndome esa conchita
mojada, invitándome a devorarla. Me saqué lo único que tenía puesto, la bata
prestada y el bóxer, mi verga estaba
bien dura, palpitante. Se arrimó al borde de la mesa con las piernas abiertas,
mostrando claramente lo que quería: ¡Que se la metiera ya! Todavía no le daría
el gusto. Mi cara fue directo a su entrepierna. Empecé a lamerle la concha con
una intensidad desmedida. Estaba empapada, ardiente. Le mordí el clítoris con
fuerza, le pasé la lengua por toda la concha, arriba, abajo, bien profundo,
mientras metía uno y luego dos dedos, bombeándola con la mano para arrancarle
cada gemido. Ella se retorcía, se arqueaba en la mesa; me agarraba la cabeza
con desesperación y me apretaba contra su vagina como si quisiera que nos fundiésemos.
No quería que parara. Yo le seguía metiendo dedos y lengua sin descanso, hasta
que la calentura la venció. De golpe un chorro abundante me mojó toda la cara.
Un squirt violento, hermoso, mientras ella gritaba de placer con los ojos
cerrados y la boca abierta. Su cara en ese momento era como la de una actriz de porno, como la una
putita satisfecha, puro éxtasis. Quedó agitada, jadeando boca arriba, mirando
al techo como si no pudiera creer lo que le acababa de pasar. Yo recién estaba
empezando, lo que venía iba a ser la despedida más sucia y salvaje de todas. Me
subí sobre ella, le rocé apenas la concha con mi verga y sin pedir permiso, se
la metí de una, fuerte. El primer golpe contra su cuerpo la hizo gemir de
nuevo, con ese sonido sucio que me enloquecía. Empecé a darle embestidas
rítmicas: fuertes, suaves, otra vez fuertes, hasta el fondo, sintiendo mis
huevos rebotar contra su piel mientras sus tetas se movían al mismo compás de
cada embestida.
En
un momento se la saqué y la di vuelta. Quedó boca abajo sobre la mesa; me miró
y se fue a la sala, automáticamente se
puso en cuatro en el piso, ofreciéndome esa postura perfecta. Así, en cuatro,
volví a penetrarle la concha con fuerza, mezclando empujes suaves y otros más
violentos. Mirian se aferraba al sofá, me pedía más, disfrutaba que yo la
dominara. La agarraba del pelo con ambas manos mientras la cogía sin parar y el
sonido de sus gemidos mezclados con el choque de nuestros cuerpos era una sinfonía
perversa. Le saqué la verga de su concha, la tumbé otra vez boca abajo y con
mis manos le abrí bien las nalgas. Tenía el culo ahí, hermoso, expuesto. Le
escupí el ano, pasé un dedo alrededor y apoyé la punta de mi verga. Ella sabía
lo que se venía, y se entregó. Su culito se fue abriendo lento, tragándose cada
centímetro de mí hasta que entré del todo. “¡Sí, cógeme el culo!” –me gritó con un gemido
desgarrado. Eso hice. Primero despacio, y después más fuerte, hasta que su
hoyito dilatado me la chupaba como una boca. Cada gemido suyo era más intenso
que el anterior. La cogía con todo, dándole alguna nalgada que ella disfrutaba
mientras el sonido húmedo de mi verga entrando y saliendo de su culo llenaba la
habitación. La imagen era espectacular, mi verga desapareciendo dentro de su
culo caliente una y otra vez. Ya no podía aguantar mucho más. Sentí esa
urgencia final, esa necesidad de vaciarme otra vez. “¡Mierda! ¡Estoy acabando!”
–le dije jadeando. Mirian se detuvo, se arrodilló en medio de la sala, con una
mirada morbosa me dijo: “¡Ven!!”. Me puse frente a ella y comenzó a pajearme
mientras me miraba con esos ojos negros cargados de lujuria. “¡Acaba en mis
tetas!” –me suplicó, acelerando más fuerte la paja. Era el final ideal. No pude
resistir. Todo mi semen salió disparado cayendo directo en sus tetas,
chorreándole por la piel mientras ella sonreía satisfecha. Con sus manos se
esparció el semen por todo el cuerpo, mientras se reía con esa cara de triunfo
que me volvía loco. Nos reímos juntos, nos miramos un instante en silencio, y
enseguida me dijo: “Me baño y nos vamos, porque voy a llegar tarde”.
Ella se bañó rápido, se puso el uniforme de cajera y esperó a que yo me vistiera. Salimos y la llevé en el auto hasta el súper. A una cuadra de la entrada me pidió que la dejara. Nos dimos un beso cordial y me dijo: “Gracias por la cita y por cogerme tan rico”. “Gracias a ti” –le contesté. Se bajó sin mirar atrás. Yo me quedé esperando a que entrara, y cuando la perdí de vista, agarré el celular. Quise mandarle un mensaje, pero me encontré con la sorpresa: me había bloqueado. Lo que había quedado claro en la mañana que esto era solo sexo, un día, nada más se confirmaba ahora sin lugar a dudas. Arranqué el auto y me fui, con la certeza de que no iba a repetirse.
Pasiones Prohibidas ®
jueves, 2 de abril de 2026
167. La chica de supermercado 1
Hacía meses que la veía cada vez que iba al súper. Siempre la misma cajera: 24 años, pelo castaño oscuro, ojos negros, cuerpo de esos que uno no puede dejar de mirar aunque se haga el distraído. Buenas tetas, buen culo, contextura media, sonrisa fácil. El nombre en su gafete decía: Mirian. Ella sabía el mío porque siempre me hacía la pregunta de la acumulación de puntos y dar el número de identificación. Yo pasaba con mi carrito, pagaba, cambiábamos un par de palabras y nada más. Nunca di un paso más allá porque siempre iba con mi esposa, y porque, en el fondo, me gustaba mantener esa distancia de cliente y empleada. Ella, con su uniforme y su peinado recogido, era una especie de fantasía que quedaba ahí, en la imaginación. Todo cambió una tarde. Charlando con la encargada, una vieja conocida mía, le comenté sin medir mucho mis palabras que hacía dos meses me había divorciado. No sabía que ella estaba cerca, pero parece que escuchó. Desde ese día, la forma en que me atendía cambió. Me miraba más, estaba más conversadora en la caja, hasta se reía con ganas de cualquier tontería que le dijera. Yo lo notaba y la verdad es que me gustaba.
Un día, sin necesidad real, fui con la excusa de comprar cigarrillos. Ni siquiera tuve que entrar, la encontré afuera, fumando en su media hora de descanso. Me acerqué, le pedí un cigarro solo para tener un motivo para hablarle. Charlamos un rato y en un momento le pregunté, casi sin pensarlo: “¿Me darías el placer de invitarte a salir alguna vez?”. Ella sonrió, me miró fijo y me dijo que sí. Así, sin vueltas. Me pasó su número y me pidió que le escribiera después de las diez de la noche, cuando ya estuviera en su casa. Esa misma noche, a las 22:30, le mandé un mensaje. Solo para que supiera que era yo y guardara mi número. Su respuesta me descolocó: “Pensé que te habías arrepentido”, seguido de un emoji con los cachetes colorados. Le contesté que no, que había decidido esperar un poco para no molestar si se le había hecho tarde y de paso, para no quedar tan desesperado. Ahí la conversación fluyó sola. Mensajes que iban y venían, cada vez con más picardía, hasta que arreglamos para vernos el sábado. El plan era simple: yo pasaba a buscarla a eso de las ocho de la noche y desde ahí veíamos a dónde ir. El resto de la semana se me hizo eterna. Cada vez que pensaba en el sábado, en verla sin el uniforme, en estar con ella fuera del súper, se me aceleraba el corazón. No sabía exactamente qué iba a pasar, pero sí sabía que esa salida prometía mucho más que una simple cena.
El sábado llegó y yo estaba nervioso como un adolescente. Me puse un jean, negros y una camisa a tono arremangada. Cuando pasé por su casa, apareció ella en la puerta y me dejó sin palabras. Vestido negro, no demasiado escotado pero lo justo para que la imaginación volara; corto, a media pierna, mostrando sus piernas perfectas. Boca pintada de rojo intenso y un perfume que me enloqueció desde el primer segundo. Cómo todo un caballero le abrí la puerta del auto, ella sonrió y me dijo: “¡Qué dulce eres!”. Me dio un beso en la mejilla y subió al auto con una sonrisa, y yo, todavía tratando de disimular los nervios, le pregunté: “¿Qué prefieres hacer? Había pensado en cine y cena, pero tú dime”. Ella me miró con esos ojos negros que ya me estaban volviendo loco y me respondió: “Prefiero que vayamos a cenar a un lugar tranquilo y después podemos dejar el auto estacionado, caminar un rato y conocernos un poco más”. La idea me gustó. Terminamos en un restaurante con luces tenues y un ambiente cálido. La charla fue fluyendo, natural, llena de risas y confidencias. Me contó cosas de su vida, yo le conté cosas de la mía. Sentía que nos conocíamos de siempre, pero con la tensión de que era la primera vez que estábamos realmente solos, sin la barrera de la caja del súper ni el apuro de la fila.
Durante la cena, varias veces sentí su pie rozándome la pierna por debajo de la mesa. Cada vez que lo hacía, tomaba un sorbo de agua y me miraba fijo. Esa mirada con esos ojos negros me desarmaba por dentro, me quemaba por fuera. La cena terminó cerca de las diez. Pagué, nos levantamos y fuimos hacia el auto. Apenas cerré la puerta del lado del conductor, antes de que pudiera siquiera arrancar, ella se inclinó y me besó. No fue un beso tímido ni de prueba: fue pasional, húmedo, con lengua, caliente. La agarré de la cabeza con mis manos, le acaricié la cara y el pelo, mientras ella hacía lo mismo conmigo. Cuando el beso terminó, me miró a los ojos y me dijo sin rodeos: “Llévame a casa”. Me quedé helado. Pensé que había hecho algo mal, que había metido la pata. “¡Perdóname si te incomodé en algo!” –balbuceé. Ella sonrió con picardía, me dio una mirada capaz de incendiar un bosque y me dijo: “Tú sabes para qué me invitaste a salir. Creo que también sabes por qué te dije que sí”. Se me hizo un nudo en la garganta. Tenía razón, hacía tiempo me la quería coger, aunque nunca me hubiera animado a decirlo así de frente. “Vámonos ya, olvídate de la caminata” –remató. No hubo más palabras. Arranqué el auto y manejé. El silencio que siguió no era incómodo, era electricidad pura, deseo contenido. Yo no pensaba en otra cosa que en lo que estaba a punto de pasar.
Llegamos, estacioné. Ella abrió la puerta y bajó sin esperarme. Yo iba atrás, con la cabeza explotada de adrenalina. La noche recién empezaba. Cuando entramos a su casa me hizo pasar al living, me dijo que me pusiera cómodo en el sofá y se fue a la cocina a buscar dos copas. Me dijo: “¡Abre la botella de vino y brindemos!”. “¿Brindar por qué, Mirian?” –le pregunté. “Solo brindemos, no debe haber algo en medio para brindar, ¿o sí?” –respondió. Yo la esperaba tranquilo, pero para mi sorpresa, cuando volvió ya no tenía puesto el vestido: apareció en ropa interior negra, un sostén mínimo que apenas le tapaba los pezones y una tanguita finísima que se le metía entre las nalgas. Me quedé helado, no podía dejar de mirarla. Con una voz dulce y seductora me preguntó: “¿Te gusta lo que ves?”. “Me encanta” –le contesté. A mis 45 años me estaba sintiendo como un adolescente con las hormonas descontroladas. Puso una música suave y empezó a moverse, a bailar lento, mirándome fijo mientras se tocaba. Yo sentía cómo la verga se me paraba, tan apretada en el jean que parecía que me iba a explotar. Se me acercó despacio, me puso de pie y me besó. Mientras me comía la boca, sus manos bajaban directo a mi pantalón. Yo le besaba el cuello, le acariciaba la espalda, le apretaba bien fuerte las nalgas.
En un movimiento rápido me desabrochó el pantalón y me lo bajó, pero todavía me dejó con el bóxer puesto. Se me subió encima, enroscando sus piernas en mi cintura, y seguimos besándonos como si nos quisiéramos devorar. Estábamos tan calientes que ella se acomodó un poco más abajo, hasta que su concha mojada y solo resguardada por la tanga se frotaba contra mi verga, que era impedida de entrar por mi bóxer.Le encantaba rozarse ahí, gemía con delicadeza y me miraba con deseo; yo sentía cómo se mojaba cada vez más. De repente, se bajó, quedé de pie, respirando agitado; ella se arrodilló frente a mí. Me bajó el bóxer y la verga me saltó como un resorte, bien parada, derechita frente a su cara. La agarró con una mano y empezó a pasarle la lengua desde la base hasta la punta; lo hacía lento, de forma provocadora. Cuando llegó arriba, se la metió entera en la boca. Me la chupaba con ganas, con mucha saliva, se la sacaba, la escupía y se la volvía a meter. Me pasaba la lengua por los testículos mientras me pajeaba fuerte. Era toda una profesional en eso, la mejor chupada que me habían hecho en mi vida. No podía dejar de mirarla. Quise sentarme, pero me tenía bien agarrado, como si quisiera quedarse arrodillada para siempre con la verga en la boca. La sensación que me recorría era indescriptible, esa manera morbosa de devorarse mi verga era un arte. Era imposible no cerrar los ojos y dejarse llevar por ese momento de éxtasis que te lleva rumbo al placer. “Sí que sabes ocupar muy bien tu boca” –le dije. Pensé que se iba a enojar, pero fue al revés: empezó a chuparla más fuerte todavía, como si esas palabras la calentaran más. Yo trataba de aguantar, de no acabar tan rápido, pero era imposible. Desde abajo, con mi verga enterrada en su boca y esos ojos negros mirándome, me estaba volviendo loco. De pronto, se la sacó un segundo y me dijo con voz niña sucia: “Lléname la boquita de leche”. Eso me volvió completamente loco, la chica me tenía embobado solo usando la boca. Se la volvió a meter y empezó a chupar con más fuerza, haciéndome imposible aguantar. No pasaron ni diez segundos antes de que le descargara todo mi semen en la boca. Ella cerró los ojos con una sonrisa, tenía toda mi verga en su boca y me succionaba hasta la última gota. Cuando la sacó, le pasó la lengua por el glande y por todo el tronco, dejándola limpia y brillante.
Se tragó todo, sin escupir nada, como si disfrutara cada gota. Después se limpió los labios, tomó un sorbo de vino y me miró fijo y preguntó: “¿Te quedan energías? Porque esto todavía no termina”. Me llevó al cuarto, era una mujer independiente que no le rendía cuentas a nadie de qué hacía o a quién llevaba a su casa.. Me tiró sobre la cama, ella comenzó a quitarse esa sensual lencería, esta vez sin música pero con esa maldita sensualidad que le brotaba de cada poro. Ver esos candentes movimientos y la sensualidad al bajar los tirantes de ese diminuto brasier, le veía los pezones, los tenía bien duros, sus deliciosas y hermosas tetas. Yo estaba pendiente de cada movimiento, deslizaba sus manos por sus exquisitas tetas y me pregunta: “¿Te gustan?”. “Mirian, me tienen enloquecido” –le respondí idiotizado. Luego se dio vuelta y movía sus nalgas, esa manera de moverse la hacia ver como la diosa de la lujuria y perversión. Se volteó y con sus manos en las tetas musitaba: “¡Rico papi!”. Se bajaba lentamente la tanga, se iba inclinando mientras la diminuta tela caía, salió a la vista esa exquisita conchita que me había rozado con lascivia en el living, la tenía mojada; se notaba que estaba lista para jugar deliciosamente en mi verga. Cuando se incorporó pude ver ese culo parado, en forma, duro, todo comestible. Se dio un par de nalgadas que el sonido del golpe me hizo ya perderme en la calentura que me tenía poseído. Se dio vuelta y me miró fijo, no podía sacarle los ojos de encima, esa vagina lubricada me llamaba candente para darle tan duro como pidiera.
Se acercó lento, era una fiera acechando a la presa, se subió a la cama, me quitó el bóxer y comenzó a rozar su cuerpo contra el mío. Sentía como sus tetas recorrían mis piernas, pasaban por mi verga, seguían por mi abdomen hasta llegar a mi cara. Se las agarré con ambas manos y se las chupé, las apretaba y le lamía los pezones, hundía mi cara entre ellas, mis manos también recorrieron su espalda, acariciaba sus piernas, le apretaba las nalgas, la punta de mi verga le rozaba la concha húmeda y cuando menos lo esperé ella se dejó caer. Le entró toda, de una, soltó un grito de placer y a su vez comenzó a montarme. Subía y bajaba como loca, lo disfrutaba en pleno, sus manos apoyadas en mi pecho mientras ella meneaba las caderas para que la verga entrara y saliera. En alguna ocasión yo tomaba el control, le agarraba las nalgas para que ella no se moviera y la empezaba a bombear fuerte y duro, la verga le entraba y salía a toda velocidad mientras los testículos me rebotaban sin parar. Ella gemía y gemía, me pedía que no parara, que me la cogiera duro.
Luego de un rato se bajó y se puso en cuatro, la agarré de la cintura, nuevamente se la metí con fuerza, ahora estaba a mi merced; yo controlaba el ritmo y no le daría descanso. La bombeaba fuerte, sus nalgas rebotaban contra mí al ritmo de las embestidas, ella no paraba de gemir. Le agarraba el pelo y era cuando más lo disfrutaba, le fascinaba que yo tomara el control, seguía y seguía cogiéndola sin parar. La nalgueaba y ella decía: “¡Ay papi! ¡Qué ricas nalgadas! ¡Más fuerte por favor!”. Cambiamos de posición en varias oportunidades y cada vez su cara de placer era un deleite a mis ojos lujuriosos. Cambiamos de posición un par de veces más hasta que me dijo con la voz totalmente agitada: “¡Dame verga por el culo! ¡Culeame bien rico amorcito!”. La miré fijo, tenía la verga mojada y dura. Ella se arqueó, se puso en cuatro de nuevo y abrió bien las piernas, se llevó una mano a las nalgas, se las abrió dejándome la vista de ese hoyito apretado . Me acomodé atrás, le escupí el culo y con la punta de mi verga la empecé a rozar despacio. Ella gemía, se mordía los labios, estaba desesperada. Empujé despacio, su culo se abría poco a poco, sentía cómo mi verga se abría paso mientras lentamente, sus alaridos de placer resonaban en toda la casa y yo estaba enloquecido. Soltó un grito fuerte mezclado de dolor y placer, me pidió que no parara. Seguí entrando hasta que la tuvo toda adentro, el calor y lo apretado de ese culito me tenían enredado en la perversión. La empecé a embestir cada vez más fuerte, mis huevos chocaban contra su concha mojada, ella gritaba que le encantaba. “¡Ay hijo de puta! ¡Qué rico! ¡No pares rómpeme el culo!” –me decía. La agarraba la cintura y no la dejaba escaparse, mis embestidas eran cada vez más rápidas, ella gemía y gemía, con la cara hundida en la almohada, disfrutando que le rompiera el culo.
No podía más, la tenía toda para mí, ese rico culo redondo rebotando contra mi verga. Yo transpiraba, la miraba y sentía que iba a acabar en cualquier momento. Ella estaba completamente entregada, la tenía en cuatro con el culo bien abierta para mí. Cada vez que se la metía por atrás soltaba un gemido más sucio que el anterior, como si no pudiera decidir si quería que parara o que le diera todavía más duro. Mis manos le apretaban las nalgas y mi verga entraba y salía de ese culo estrecho que me apretaba riquísimo. Sentía cómo me la tragaba de a poco, hasta el fondo y el calor que me envolvía me tenía al borde del placer. Mirian miraba de costado, con la cara totalmente perdida en el morbo, y entre gemidos me dijo con voz entrecortada: “¡Dame toda tu rica leche adentro del culo, no la saques, quiero tu caliente semen borboteando de mi hoyito!”. Esas palabras me volvieron loco. La seguí bombeando con fuerza, dándole nalgadas, hasta que sentí que ya no aguantaba más y estallé adentro de su culo, dándole todo mi semen en ese orto caliente, mientras ella apretaba el culo con fuerza para que no se escapara ni una gota. “¡Qué rica leche papito! ¡A esta nenita le encanta tener leche en el culo!” –m3 dijo con voz de niña caliente.
Después de la intensa sesión, nos quedamos un rato sobre la cama, respirando aún agitados, con los cuerpos entrelazados y las manos recorriéndonos suavemente. La calentura permanecía, nosotros abrazados y compartiendo sonrisas cómplices. Ella rompió el silencio con una voz suave y seductora: “Si quieres puedes quedarte, así empezamos una mañana bien caliente”. Sonreí, y sin pensarlo dos veces le dije que sí. Nos acomodamos juntos, encontrando la posición perfecta para dormir, con la sensación de haber compartido algo profundo y carnal a la vez. Mientras me quedaba dormido mi mente aún ardía, imaginando cómo sería despertar junto a ella y dejar que la pasión de la mañana nos desbordara de nuevo.
Pasiones Prohibidas ®


