lunes, 6 de abril de 2026

169. Constanza y alguien travieso

 

Me llamo Constanza, soy una mujer de treinta años. Vivo en un condominio de casas casi a las afueras de Santiago, económicamente estable y responsable hasta el final cuando tengo un proyecto. En palabras simples, si el barco se hunde yo me hundo con él.

Aunque de un tiempo a esta parte me he dado cuenta de muchas cosas, por ejemplo que por más rodeada de gente siempre estoy sola cuando el show termina. Decidí dar por resuelto el problema y hablé con mi hermano mayor, es dueño de un criadero canino de raza Golden Retriever. Ese día llegó a mi vida Lyon, un hermoso ejemplar de dos de años; la conexión entre ambos fue mutua, nos vimos y nos amamos, lo mejor que al ser de criadero era un perro entrenado y obediente. Le di las gracias a mi hermano por el bello animal que acompañaría mis momentos de soledad y aburrimiento en casa.

Han pasado algunos meses y el comportamiento de Lyon había cambiado, no se puso agresivo, sino que demasiado “cariñoso”. Al punto que llegaba a molestarme porque todo lo que encontraba se lo quería coger. A veces me daba risa verlo luchar a muerte contra los cojines de los sillones, le llamaba la atención diciéndole: “¡Lyon, deja eso! ¡No vas a conseguir nada, así que comportarte!”. Aunque a veces era gracioso, otras era desesperante encontrarse con los cojines mojados por semen canino. Un fin de semana me encontraba gritándole como loca: “¡Lyon. Detente perro estúpido. Detente!”. Ya estaba harta de lidiar con Lyon que no deja ese comportamiento horrendo y vergonzoso.

Hace unos días vino de visita una amiga a casa, para charlar y tomar unas copas de vino blanco. Lyon enseguida la vio como un blanco al cual apuntarle con su verga. Después de un par de copas, se acercó a mi amiga, ella al verlo le acarició la cabeza y le dijo: “¡Te ves precioso Lyon!”. Parece que fue un estímulo para el peludo canino, ya que se le subió encima y la tomó de un muslo para intentar aparearse. Al darse cuenta que no lograba su cometido de bajó y dejó ver una verga gruesa y larga con una hinchazón en su base, me tenía desesperada y no sabía qué hacer. Lo agarré de la correa y le dije: “¡Te vas al patio perro degenerado!”. Mi amiga me miró y después unos segundos de silencio nos reímos a carcajadas, me dijo: “Es gracioso pero también debes tener cuidado, porque se puede poner agresivo. Te voy a recomendar al veterinario de mi gato para que lo lleves y tal vez tengas que castrarlo”. “Gracias amiga, el lunes llamaré para reservar una cita” –la conversación siguió tan animada como sal principio, pero no dejaba de pensar en que estaba conviviendo con una bomba de tiempo.
Llegó el lunes y llamé a primera hora al veterinario, por suerte pude conseguir cita ese mismo día en la tarde. Cuando entramos a la consulta, el médico lo saludó con cariño pero a Lyon no le provocó ni cosquillas . Le dije porque estábamos ahí y también lo que dijo mi amiga, le dije que estaba asustada por ese estado de excitación continúo que Lyon tenía. El veterinario le hizo una revisión completa, se cercioró que todas sus vacunas estuvieran al día, revisó sus dientes y completó los exámenes diciendo: “Este perro esta saludable y se le ve muy feliz. ¿Qué cosa más quieres hacerle?”. “Doctor, el problema es que Lyon está en una edad en que sexualmente todo le atrae, mis muebles, mis cojines, mis invitados, incluso mis piernas. Es bochornoso y molesto” –le contesté. “Lo sé Constanza, pero a esta edad son así y lo único que se puede hacer es castrarlo o buscarle una novia” –me dijo calmadamente. “Bueno, explíqueme esas soluciones doctor” –dije con curiosidad. “Bien, te lo diré claro. Es cortarle los testículos o buscarle una hembra para coger” –dijo casi en automático. ¡Oh, que caliente este perro! Lo pensaré doctor” –le dije. Dejamos la consulta y nos fuimos de regreso a casa. Lyon continuaba con su comportamiento de macho y yo no me decidía por una solución.

Una tarde, antes de irme a la cama, fui a darme el último o paseo de rutina por la casa verificando que todo estuviera en orden, todas las cerraduras aseguradas y cerradas, el gas cortado, el agua cortada, como de costumbre todo estaba bien, así que me dirigí a mi dormitorio. Lyon estaba sobre su colchoncito, estaba lengüeteando la verga más grande que haya visto nunca, habrá sido porque me encontraba ovulando y tenía unas ganas locas de coger, habrá sido la conversación con el veterinario, no sé cómo me encontré arrodillada a mirar de cerca esa verga roja, húmeda y esplendorosa. Mis dedos entraron en contacto con su verga paseé mis dedos que resbalaban por la abundante humedad, quise envolverlo en mi mano, se sentía bien y se sentían sus palpitaciones. Comencé a moverlo de atrás para adelante, lo tomé con ambas manos, Lyon se puso de pie y comenzó a coger mis manos. Chorritos y gotas comenzaron a salir de su verga, me excitó tanto al ver ese líquido acuoso, que me llené la palma de la mano y comencé a restregar mi vagina húmedo, mi tanga se mojó con una mezcla lujuriosa de ese liquido preseminal y mis secreciones.

Repetí la operación, pero esta vez restregué mis tetas con ese esperma canino, después llevé los dedos a mis labios y mi lengua saboreo mi mano mojada. “¡No sabe nada de mal!” –pensé. Me acosté de espaldas en el suelo y me coloqué bajo su vientre. Su verga me quedo justo sobre los labios, abrí mi boca y se la chupé como loca. Lyon se cogió mi boca y me la llenó hasta que algunas gotas se deslizaron por la comisura de mis labios, tragué todo para no dejar que se perdiera nada. Mi mano izquierda estimulaba mi clítoris, convulsioné bajo la panza de Lyon con un orgasmo fantástico, mi cuerpo entero se estremeció por no sé cuánto tiempo. Estaba llena de su esperma por todos lados, así que me fui bajo la ducha y después me puse un short y una polera con tirantes. Dormí como una buena perrita toda la noche.

Durante la semana Lyon ya no intentaba coger todo lo que se le pasaba por delante, estaba tranquilo, obediente y cada vez que me veía movía su cola contento, me llamo la atención su cambio de conducta. El viernes siguiente, ya en la mañana había vuelto a sus andadas, lo encontré con uno de los cojines dándole como si no hubiera mañana, más tarde se estaba cogiendo su colchón donde duerme y después fue el turno de otro cojín de los sillones. Me metí a la web para ver si encontraba alguna solución casera, había cientos de sitios, pero llegué sin querer a un sitio zoofílico, mis ojos no daban crédito a cuanto se mostraba en cada uno de ellos, pero mi vagina comenzó a empapar mi tanga rápidamente.
Estaba tan ensimismada recorriendo esas páginas y mirando videos de chicas y animales, que no me percate cuando Lyon comenzó a cogerse una de mis piernas, hasta cuando no sentí sus chorritos que bañaban mi extremidad. “¡Ándate perro de mierda!” –le dije. Me sentí culpable cuando él se alejó con su cola entre sus patas, mi conchita estaba anegándose en fluidos vaginales, con mis dedos recogí el líquido que descendía por mi pierna y rápidamente me metí los dedos en la vagina y comencé a cogerme desesperadamente. Solo un par de minutos me tomaron para lograr un orgasmo esplendido.

Me sentí apagada y un poco exhausta, así que me fui a recostar al sillón donde me adormecí un poco. Repentinamente, un cálido aliento se extendió por toda mi zona genital, sentí una húmeda y áspera lengua que azotaba entre mis muslos y sobre mis grandes labios, así una lamida seguida de otra y después otra, la sensación era deliciosa e intensa, pensé de estar soñando y que estaba imaginando esta cosa tan rica que estaba sintiendo, pero me di cuenta de que estaba despierta. Abrí mis ojos para encontrar la cabeza de Lyon enterrada en mi concha.

Lyon estaba entre mis piernas abiertas, su cabeza baja para lamer mis muslos y el interior de mi vagina con su lengua larga y fuerte, traté de cerrar mis muslos, pero la sensación exquisita que estaba sintiendo me impidió luchar, es más, después de un rato, moví mi tanguita a un lado para darle más espacio a sus lamidas, mientras Lyon me acariciaba y lamia mi entrepierna, comencé a rascarle la cabeza y a acariciarlo yo también.
Mi mascota se había concentrado sobre mi triangulo de pelitos rizados donde se unen mis muslos, metió su cabeza bajo mi muslo para exponer mis labios genitales a sus lamidas, ahora estaba a su alcance mi vagina y mi orificio anal, me estremecí cuando su lengua resbaló en la fisura estrecha de mi culo y los hinchados labios de mi vagina, todo en un solo lengüetazo. Levanté mis piernas y las abrí, la excitación sexual comenzaba a formarse en mi bajo vientre, la capacidad de controlar mis espasmos y convulsiones era ínfima.

Lyon penetró mi vagina profundamente con su lengua, enviando mi cuerpo en una rotatoria de caderas lujuriosa, me hizo gritar, gemir y sollozar cuando su lengua lamio bruscamente mi clítoris. Justo cuando pensé que eso sería todo, Lyon se ubicó en el centro de mi torso, metiendo su hocico bajo mi espalda me hizo rodar, quede sobre mi estómago, lo sentí subirse al sillón meter su hocico en mis nalgas, luego bajo mi entrepiernas empujándome y haciendo levantar mi culo, procedió a lengüetear mi concha y ano por largo rato, estimulando toda mi zona pélvica y perianal, me estaba trasportando a otro orgasmo de ensueño, ahí estaba yo indefensa casi en cuatro patas y Lyon haciéndome disfrutar como nunca antes había gozado. Pensé que me haría acabar, pero dejo de lamerme y rápidamente me montó, sentí su pelaje en mi espalda, movía sus cuartos traseros hacia adelante y el pelaje de sus patas rozaba mis muslos, sentía su respiración en mi cabeza y podía oler el aroma de su excitación sexual.

Comenzó a puntearme, sentí la dura y húmeda punta de su pene tocar mi nalga deslizándose hacia mi ano, lo quería en mi vagina, así que, con una mano entre mis piernas, tomé su verga y la bajé hacia mi concha, su verga era muy gruesa, pero entró en mi vagina que estaba bastante mojada, dentro de mi estaba aterrorizada, pero mi calentura era mayor, quería esa verga enterita cogiéndome la concha. Lyon sintió la cálida humedad de mi delicada vagina y empezó a cogerme frenéticamente, casi pierdo el equilibrio debido a sus fuertes embestidas, pero logré mantenerme y empujar hacia atrás, fue entonces que sentí esa bola inmensa presionar a la entrada de mi conchita y deslizarse dentro, comenzó a inflarse dentro de mí y me provocó una serie de mini orgasmos, mi vagina se había hinchado y brillaba con el semen que se derramaba por las aberturas que aún no habían sido selladas por la bola del animal. Mi amante peludo tenía su hocico cerca de mi cuello, podía sentirlo respirar y veía su maravillosa lengua que me había procurado tantas delicias colgando a un costado de sus fauces, me continuaba cogiendo con una velocidad y una fuerza increíbles, sus patas delanteras me tenían firmemente pegada a su verga voluminosa que continuaba creciendo en mi conchita, provocándome oleadas interminables de sensaciones jamás sentidas antes, estaba enloqueciendo de placer y lujuria con ese trozo de carne canina en mi interior. Se me escapaban gemidos y sollozos de pasión pura, mis nalgas redondeadas y firmes se movían hacia atrás para empalarme mejor en su puntiaguda verga, mi vagina voraz devoraba toda esa verga rosada y luciente enterrada en lo más profundo, alcanzando la entrada de mi útero, su afilada punta tratando de forzar el ingreso a mi cérvix, roce inaudito y prodigioso que me hacía temblar de pies a cabeza.

Esa deliciosa verga palpitaba y sus golpes se habían transformado en delicadas punteadas, pero comencé a sentir el calor de sus fluidos seminales, Lyon se había apareado conmigo como si yo fuera su perra, creo que eso es lo que era en este momento, él se cogía a su perra para inseminarla con sus futuros cachorritos, me hizo sentir algo maternal, era una perra en celo que estaba pegada a la vera de su macho, estaba caliente y feliz de haber sido elegida por él. Lyon descargó sus bolas en mi conchita que palpitaba chupando todo ese semen, mi macho tenía que llenarme completamente, mis gemidos y temblores continuaban debido al roce de su verga hinchada, toda mi vagina placenteramente palpitaba, sus testículos peludos cosquilleaban mi clítoris haciendo casi gritar de lujuria, jamás me habían cogido en una manera tan exquisita y completa.

Mi amante perruno jadeaba y trataba de despegarse de mí, pero su abultada bola aún se mantenía soldada sellando la salida de mi estrecha vagina, tuve que tomar sus patas traseras para evitar que me arrastrara con él, nos quedamos así unidos por cerca de quince minutos, hasta que finalmente se deslizo fuera de mí, un rio de esperma canina salió expulsado de mi estrecha conchita, me desplomé sobre el sofá mientras Lyon lengüeteaba mis labios hinchados y sensibles provocándome otra serie de orgasmos, mi cuerpo se había abandonado a la lascivia y deseos de mi apasionado galán.

Me quedé como en un letargo, tenía sentimientos encontrados, había cogido con un perro, pero al mismo tiempo mi cuerpo entero me decía que había sido maravilloso, pasaba la lengua por mis labios y trataba de centrarme en la razón, todo me condenaba y todo iba en mi perjuicio, la mojigatería de la sociedad jamás perdonaría una cosa de este tipo, hasta era malo el acto en sí mismo, son esas cosas que ocurren porque tienen que ocurrir, se dieron las cosas y no hubo reflexión, solo instinto animal, pero que cosa más deliciosa y placentera. No, no estoy arrepentida. Es más, es imposible no probarlo una y otra vez más.
En los primeros días de la semana Lyon se comportó como un caballero, gentil, cariñoso y ordenado. El jueves decidí bañarlo, así que cuando regresé del trabajo me vestí con un pantaloncito corta y una polera blanca de mi ex que hacía lucir mis tetas magnificas, llamé al guardián del palacio que vino corriendo y meneando su cola ostentosa, nos metimos en la bañera y procedí a mojarlo antes de espalmar su deliciosa verga en su dorado pelaje, todo lo que hacía a él parecía un juego y trataba de tomar mis manos con sus dientes y lamer mi cara, pronto su lengua comenzó a hacer que vagina se humedeciera.

Sin querer el recuerdo de su última cogida reemplazó todo pensamiento y me encontré enjabonando su funda, custodia de la deseada verga. Lo masturbé hasta que la mitad de su verga sobresalía de su funda, lo lavé y enjuague con abundante agua, el pequeño espacio de la bañera no nos permitía muchas libertades, así que rápidamente me desnudé y me duché, estaba con los ojos cerrados lavando mis cabellos, cuando una lengua kilométrica se deslizó por toda la ranura de mi sexo cubierto de rizos oscuros, me hizo vibrar y abrir un poco más los muslos, terminé de enjuagarme el pelo y con mis dedos me abrí la vagina, Lyon se enterró a ella como un imán, con una maestría única me penetró su lengua y me hizo gritar de placer, ya estaba entregada a él plenamente, lo único que deseaba era tenerlo dentro de mí una vez más.

Lo sequé como pude y me lo llevé envuelto en toallas a mi dormitorio para terminar de secarlo con el secador de pelo, lucía precioso sobre mi cama, lo peiné y sequé acuciosamente, este perro me hacía enamorar, lengüeteaba mis manos con tanto afecto, sus ojos luminosos me adoraban, sentado al borde de mi cama, la puntita de su verga asomaba apetitosa, me arrodillé frente a él y tomé su funda, la moví hacia atrás para hacer salir otro poco de su verga y me incliné para mamársela. Desnuda y arrodillada, me estaba devorando su verga fantástica, con una mano me metí dos deditos en mi vagina sumamente mojada y mi cuerpo entero vibraba con un deseo carnal animalesco, me había convertido en su perra en celo una vez más, me subí a la cama y me puse inmediatamente de rodillas y sobre mis codos, levantando mi culito invitándolo. Lyon jadeando se ubicó detrás de mí, pronto su lengua caliente comenzó a dibujar sensaciones en mi ardiente vagina, abrí mis rodillas aún más y doblé mi vientre hacia abajo, para entregarle toda mi vagina sin obstáculos, él sabía cómo excitarme, quería tenerme lo más caliente posible, su lengua recorría incansablemente mi sexo, haciéndome gemir y hasta gritar mis deseos por su verga que colgaba bajo de su vientre. 

Cuando Lyon puso sus patas delanteras en mi cintura y comenzó a jalarme hacia su verga me sentí en la gloria, mis nalgas se movían hacia atrás haciendo círculos lascivos, ansiaba su penetración, mi rostro era la representación de la lujuria, mi cuerpo exprimía voluptuosidad, mi conchita hervía en una vorágine de pasión, necesitaba esa verga que llamaba a las puertas de mis labios mayores, mi vagina estaba pronta a recibir a este comensal, la mesa estaba servida y mi vagina era el plato principal. “Deja sacarme la ropa y me haces tu hembra” –le dije. Velozmente me desnudé y me puse en cuatro en un instante. En un empuje delicioso, su verga se incrustó en mi vagina, más que un gemido, lancé un chillido de complacencia, al fin su verga era mía. Se deslizaba en lo profundo de mi vientre, jadeaba y respiraba con la boca abierta para humedecer mis labios y morderlos cada vez que él empujaba su verga más y más adentro, estaba disfrutando como loca, mis gemidos de placer se mezclaban con gruñidos animalescos, mi cuerpo se contorsionaba con gusto, la enorme verga de Lyon hacía mecer mis pechos desnudos y opulentos hacia adelante y hacia atrás en una danza sensual. “¡Oh, Dios mío! ¡Cógeme, Lyon! ¡Hazme tu perra! Méteme tu verga hasta el fondo concha!” –decía. Estaba loca de deseos por mi amante perruno, que furiosamente estaba haciéndome hilar frases que jamás pensé en decir a nadie, menos a un perro, pero aquí estaba yo aprisionada firmemente con sus patas, mi cabeza no razonaba, mi cuerpo respondía a las embestidas de Lyon con gemidos, suspiros y expresiones varias. ¡Qué cosa más rica coger con un perro!

Mientras me estremecía a los toques de su lengua que serpenteaba en mi concha, mis ojos estaban fijos en su verga que goteaba y se balanceaba, mi lengua quería sentirla, quería provocar también en él esos espasmos ricos que su lengua provocaba en mí, quería saborear su esencia masculina. Me doblé un poco hacia su verga y la tomé en mis manos, la acerqué a mis labios y comencé a chuparla ávidamente, ahora sí, recíprocamente nos estábamos dando más placer, lo sentía rico en mi boca y su lengua se sentía rica en mi concha, estábamos perfeccionando el acto de amarnos, algo más que probar las próximas veces, porque estaba segura de que Lyon y yo seriamos amantes por muchos inviernos más.

Sábado por la tarde me escribió mi amiga para preguntarme cómo me fue en la consulta con el veterinario, le conté las opciones que tenía y que ya no era necesario castrarlo porque mi mascota había encontrado una perra para saciar su instinto animal. Le dije que viniera en la noche a tomar unos tragos y charlar, a lo que ella respondió que sí. Preparé algo para comer y así hacer más amena la reunión. Llego la noche y mi amiga estaba en casa, mientras conversábamos llegó Lyon a la sala. Paola mi amiga le hace cariño en la cabeza y le dice: "Así estás culeando con una perrita, ahora debes estar más calmado". Observaba la escena y la concha me punzaba, esperaba el momento en que mi mascota hiciera algo incorrecto, algo sucio. Estaba empapada. "Sí, le dije esté caliente ya tiene a quien cogerse" –le dije.  Como era de esperar Lyon se acercó a Paola para olfatear su entrepierna y en un acto de instinto pasó la lengua por encima del jeans de mi amiga. "No has cambiado nada, sigues siendo el perro pervertido de la otra vez" –dijo Paola. Me reí y le dije:" De vez en cuando se pone pervertido. Sabe reconocer a las perras". Paola se rio y me dijo: "Entonces, te debe conocer muy bien". Guardé silencio por unos segundos y me reí. "Quien sabe" –le dije. Paola golpeó su pierna y Lyon enseguida se abalanzó encima, si no hubiese estado sentada la tumba al piso. "¡Te reconoció Paola" –le dije. "Quizá o sólo se está haciendo el macho" –respondió. Entre risas y alcohol subió la temperatura, no podía disimular la calentura y creo que Paola también lo estaba.

No pude contenerme y me lancé sobre Paola, la besé con lujuria, ella respondió al poco rato ya estaba chupando sus ricas tetas. Ella masajeaba las mías por encima de mi polera, sintió mis pezones en pleno ya que no me puse brasier. Al poco rato estábamos desnudas en la sala y Lyon observaba la escena, había dos hembras calientes haciendo cochinadas delante de él. Su instinto animal lo venció y se acercó, me hice a un lado y Paola quedó las piernas abiertas. "Reconoce a la perrita cariño" –le dije. Ella se acomodó y dejó que olfateara. Bastaron solo unos segundos para que Lyon empezara a usar su lengua, Paola puso cara de sorpresa pero después dijo: "¡Oh. Mierda! ¡Qué rico!". "¡Sí, es demasiado rico y caliente!" -–le respondí. "¡Ya sé quién esa perra que le quita las ganas!" –dijo ella. Sonreí de manera perversa y me encantó que dijera eso. "¡Ahora tiene otra perra más para su placer!". Paola gemía demasiado rico. Era demasiado caliente verla disfrutando la lengua de mi mascota. Yo me masturbaba y me decía a Lyon: "¡Eso cariño, has gozar a tu nueva perra!". Yo estaba tirada en el piso disfrutando la escena. De pronto, Lyon se subió sobre Paola y ella separó más las piernas, mi perrito empezó sus movimientos hasta que se metió de lleno en esa nueva concha. "¡Oh, Paola, ahora vas a saber lo que es ser una perra caliente! Así como la supe yo" –le dije. Ella solo se dejó coger, su cara de placer era una obra de arte, se apretaba las tetas y gemía, se notaba que estaba disfrutando. Cuando la bola le entró soltó un grito desgarrador y dijo: "¡Ay, mi concha! Constanza eres una maldita hija de puta, no me dijiste que iba a pasar esto". "Cállate puta, después vas a disfrutar" –le dije. "¡Si, qué rico palpita su verga! ¡Estoy pegada a este caliente perro!" –decía. Empezó a gemir más intenso, mi perrito la tenía presa de un caliente orgasmo. "Cony, ¡Me estoy volviendo su perra! ¡Ay, qué rico me está haciendo acabar!" –gritaba. Se apretaba los pezones y yo la perra que soy se los lamí. Las dos estábamos calientes. "¡Viste que si eres perra Paola! ¡Te gustó la verga de Lyon, ahora espera que te llene de leche!" –le dije.

Fueron varios orgasmos los que tuvo hasta que la rica verga de Lyon salió de su concha, la leche perruna le escurría, le pasé la mano por la vagina y le dije: "Prueba el semen de tu macho". Me lamió los dedos, los chupó cómo loca, Paola estaba ebria de placer y yo  con la calentura a mil. Me acosté en el sofá y le dije: "Lameme la concha perrita y hazme acabar". No demoró en arrodillarse y pasar su lengua. Sabía usarla bien rico, me tenía gimiendo y jadeando. "¡Eso perrita lame!" –le decía. Ella no paraba y yo quería que siguiera. En eso Lyon empezó a pasarle la lengua en un recorrido caliente del culo a la conchita. Abrió los ojos con sorpresa pero no se detuvo. Siguió lamiendo y dándome placer, Lyon fue por la segunda parte y se puso a taladrar su ano, ella gimió excitada al sentir como la punta de la esa rica verga acertaba hasta que entró. 

Paola gritó y se sacudió, me calentó ver esa reacción de dolor y dije: "¡Rompele el culo a  la perra!". Cómo si hubiera entendido lo que dije mi caliente perrito empezó a moverse violentamente para destrozar el culo de Paola, "¡Ay perro de mierda! ¡Me duele, pero me la mete tan rico!" –decía mi amiga. Luego de varios minutos dándole duro, quedaron pegados, la bola de Lyon se amoldó perfecto en ese ya maltratado agujero. "¿Así de rico te la mete Cony!" –me preguntó. “Sí, es todo un macho. Sigue lamiendo no te detengas" –le dije. "¡Sí perrita rica!" –respondió. Siguió lamiendo pero está vez me cogía con sus dedos. "¡Oh, mierda! ¡Ah, sí, dame!" –le decía. Luego de varios minutos jugando con su lengua en mi concha y cogiéndome con sus dedos tuve deliciosos orgasmos que me tenían al borde de la locura. La verga de Lyon soltó el culo de Paola, ella respiró con alivio y le dije: "¡Limpia la verga de tu macho!" –le ordené. Como una perra entrenada y obediente lo hizo, verla con su boca llena de la verga de Lyon era excitante. 

No sé cuánto tiempo había pasado, pero si sé que fue muy caliente ser las perras de Lyon con Paola. No hay fin de semana que repitamos el caliente trío mi amiga, mi perro travieso y yo. 


Pasiones Prohibidas ®

sábado, 4 de abril de 2026

168. La chica del supermercado 2

Habrá pasado media hora desde que Mirian  se quedó dormida, respirando tranquila después de esa cogida brutal. Yo, en cambio, por más que intenté, no lograba cerrar los ojos. Los sonidos de sus gemidos seguían retumbando en mi cabeza como un eco imposible de apagar y las imágenes de cómo se me entregó me pasaban una y otra vez, calentándome más de la cuenta. El panorama no ayudaba a relajarme, estaba ahí, acostada de costado, desnuda por completo, sin una sábana encima por el calor que hacía. Tenía ese hermoso culo a la vista, apenas iluminado por las luces de la calle que se colaba por la ventana. No podía dejar de mirarla, de recorrerla con los ojos, con esa mezcla de ternura y morbo que me estaba poseyendo. De golpe, sentí esa necesidad bruta, imposible de aguantar. No entendía por qué, si ya me había destruido cogiendo con ella hacía un rato, pero mi verga  seguía dura, palpitando, pidiéndome acción. Así que, con cuidado para no interrumpirle el sueño, empecé a pajearme despacio, mirándola, recordando sus gemidos, cómo se movía, cómo me lo pedía. El calor de la habitación, su cuerpo desnudo tan cerca, todo me hacía arder.

Después de unos minutos ya no aguantaba más. Me levanté apurado y me fui al baño, porque estaba a punto de explotar. Apenas me puse frente al inodoro la descarga de semen salió al instante, acompañada de un gemido ahogado que se escapó de mi garganta. Sentí ese placer recorrerme de golpe, fuerte, liberador. Me apoyé un segundo, me limpié rápido y volví al cuarto. Ella seguía dormida como si nada. Me acosté de nuevo y me acurruqué detrás. Instintivamente, todavía en sueños, ella pegó su cuerpo caliente contra el mío y ese gesto me terminó de desarmar. Cerré los ojos, por fin con calma, y me dejé llevar hasta dormirme. Nos despertamos casi al mismo tiempo, serían cerca de las diez. Ella tenía una sonrisa preciosa dibujada en la cara, y yo no pude evitar quedarme un segundo mirándola. “Buenos días” –le dije. “Buenos días” –me respondió suave. “¿Dormiste bien?” –me preguntó. “¡Como nunca en años!” –le contesté con una sinceridad que hasta a mí me sorprendió. Nos quedamos un rato acariciándonos, mirándonos a los ojos, sin necesidad de decir mucho más. De repente, con esa picardía natural que la hacía tan distinta, me dijo: “Me voy a dar una ducha, mira que hay lugar para dos,  por si me quieres acompañar”. Obvio que no podía rechazar esa invitación.

Fuimos al baño. Ella abrió el grifo y dejó correr el agua hasta que la lluvia salió en su punto justo. Yo la observaba, sin poder apartar la mirada de esa desnudez perfecta. Se metió bajo el chorro y dejó que el agua la empapara. Al rato se dio vuelta, me miró con esos ojos cargados de morbo y sin decir una palabra, con un simple movimiento de su dedo índice, me invitó a entrar. Me metí detrás de ella, se dio vuelta, y el agua resbalando por su piel me dejó la verga tiesa al instante. Me pidió que le enjabonara la espalda y lo hice con gusto. Puse jabón líquido en mis manos y se lo esparcí lento, disfrutando de esa piel suave, de seda. El instinto me ganó y le pasé también por sus nalgas. Apenas se las toqué, Mirian empezó a arquearse, sabía que yo estaba pronto para degustarla. Comenzó a acercarse, hasta que los labios de su vagina tocaron la cabeza de mi verga. Estaba ardiente. Mientras la enjabonaba, se meneaba despacito, masajeándome la punta con su concha mojada. No pude resistir más: empecé a empujar suave, como pidiendo permiso; ella, sin oponerse, simplemente se fue abriendo, dejándome entrar. Cuando se la terminé de meter, soltó un gemido fuerte, delicioso, apoyó las manos contra la cerámica, arqueó el cuerpo un poco más y me dijo con voz suplicante: “¡Cógeme fuerte como anoche!”. La tomé de la cintura y le di duro, rápido, sin contemplaciones. El agua de la ducha salpicaba por todos lados mientras mis embestidas la hacían gemir con un placer animal. Sus gemidos llenaban el baño, mezclándose con el ruido del agua. A veces le agarraba la cintura, otras me llenaba las manos con sus tetas mojadas, mientras mi verga entraba y salía de su concha apretada sin descanso. “¡Cógeme más, más; así dale!” –me pedía jadeando, con la voz quebrada por el placer.

Ya no me aguantaba más. El cuerpo me ardía de calentura. “¡Voy a acabar!” –alcancé a decir. “¡Sí, acaba! ¡Llena mi concha con tu leche!” –me gritó desesperada. Exploté adentro de ella. Sentí cómo le descargaba toda mi leche en lo más profundo, mientras ella soltaba otro grito agudo, estremecida: “¡Ah, sí! ¡Deliciosa leche me das!”. Su concha me apretaba como una garra húmeda, ordeñándome hasta la última gota. Cuando finalmente me salí, ella se dio vuelta, me miró a los ojos y luego bajó la mirada hacia mi verga todavía palpitante. Sin pensarlo, se agachó y me la chupó despacito, limpiándome con la boca, como un broche perfecto para el mañanero más sucio y delicioso que había tenido en mi vida. Terminamos de bañarnos, relajados, casi riéndonos del calor del momento. Antes de salir, me dijo con naturalidad: “Voy a preparar el desayuno, ahí me esperas”. Nos sentamos en la mesa de la cocina, todavía con el pelo húmedo de la ducha. Ella sirvió café y tostadas, todo con una naturalidad que me sorprendía después de la calentura desatada que habíamos tenido minutos antes. La charla fue tranquila, casi como si nos conociéramos de toda la vida. Reímos de tonterías, comentamos cosas del día a día, pero en medio de esa calma me soltó, mirándome seria: “Quiero dejarte en claro algo, esto es solo por hoy. No se va a repetir. Yo quería sacarme las ganas contigo, nada más”. La miré y asentí, sin dudar. Yo estaba en la misma sintonía, recién divorciado, sin ganas de compromisos ni de historias largas. Lo mío también era simple: disfrutarla, aunque fuera una sola vez, quemar ese deseo animal que nos había explotado encima. “Estamos igual entonces” –le respondí, con una sonrisa tranquila. Con las cartas sobre la mesa, todo era más fácil, más libre. Ella dio un sorbo a su café y agregó: “A las dos tengo que entrar a trabajar, arranco el turno en el supermercado”.

Se hizo un silencio corto y de repente, con esa picardía suya, me soltó: “Es casi mediodía. Elige, ¿almorzamos o me coges una vez más?”. No necesité pensarlo ni un segundo. El “menú carnal” era la opción obvia. Sonreí de costado y ella entendió todo sin que dijera palabra. Nos levantamos casi al mismo tiempo y nos besamos con lujuria, manoseaba su juvenil cuerpo y ella agarrada de mi verga decía: “¿Me vas culear rico? ¿Me vas a mandar con el culo abierto y lleno de leche?”. Los dos sabíamos que vendría la despedida perfecta. La agarré de la cintura, la atraje contra mi cuerpo y la besé con una pasión salvaje, sabiendo que era la última vez que iba a probar esos labios. Esta vez yo iba a tener el control. Mientras la besaba, mis manos ya estaban bajando su ropa. Solo tenía un top cortito y un short, nada más; sin ropa interior. Era como si me estuviera esperando. La desnudé en segundos y la subí en la mesa de la cocina. Al ver mi actitud animal, Mirian abrió las piernas sin dudar, ofreciéndome esa conchita mojada, invitándome a devorarla. Me saqué lo único que tenía puesto, la bata prestada y el bóxer,  mi verga estaba bien dura, palpitante. Se arrimó al borde de la mesa con las piernas abiertas, mostrando claramente lo que quería: ¡Que se la metiera ya! Todavía no le daría el gusto. Mi cara fue directo a su entrepierna. Empecé a lamerle la concha con una intensidad desmedida. Estaba empapada, ardiente. Le mordí el clítoris con fuerza, le pasé la lengua por toda la concha, arriba, abajo, bien profundo, mientras metía uno y luego dos dedos, bombeándola con la mano para arrancarle cada gemido. Ella se retorcía, se arqueaba en la mesa; me agarraba la cabeza con desesperación y me apretaba contra su vagina como si quisiera que nos fundiésemos. No quería que parara. Yo le seguía metiendo dedos y lengua sin descanso, hasta que la calentura la venció. De golpe un chorro abundante me mojó toda la cara. Un squirt violento, hermoso, mientras ella gritaba de placer con los ojos cerrados y la boca abierta. Su cara en ese momento era  como la de una actriz de porno, como la una putita satisfecha, puro éxtasis. Quedó agitada, jadeando boca arriba, mirando al techo como si no pudiera creer lo que le acababa de pasar. Yo recién estaba empezando, lo que venía iba a ser la despedida más sucia y salvaje de todas. Me subí sobre ella, le rocé apenas la concha con mi verga y sin pedir permiso, se la metí de una, fuerte. El primer golpe contra su cuerpo la hizo gemir de nuevo, con ese sonido sucio que me enloquecía. Empecé a darle embestidas rítmicas: fuertes, suaves, otra vez fuertes, hasta el fondo, sintiendo mis huevos rebotar contra su piel mientras sus tetas se movían al mismo compás de cada embestida.

En un momento se la saqué y la di vuelta. Quedó boca abajo sobre la mesa; me miró y se fue a la sala,  automáticamente se puso en cuatro en el piso, ofreciéndome esa postura perfecta. Así, en cuatro, volví a penetrarle la concha con fuerza, mezclando empujes suaves y otros más violentos. Mirian se aferraba al sofá, me pedía más, disfrutaba que yo la dominara. La agarraba del pelo con ambas manos mientras la cogía sin parar y el sonido de sus gemidos mezclados con el choque de nuestros cuerpos era una sinfonía perversa. Le saqué la verga de su concha, la tumbé otra vez boca abajo y con mis manos le abrí bien las nalgas. Tenía el culo ahí, hermoso, expuesto. Le escupí el ano, pasé un dedo alrededor y apoyé la punta de mi verga. Ella sabía lo que se venía, y se entregó. Su culito se fue abriendo lento, tragándose cada centímetro de mí hasta que entré del todo. “¡Sí,  cógeme el culo!” –me gritó con un gemido desgarrado. Eso hice. Primero despacio, y después más fuerte, hasta que su hoyito dilatado me la chupaba como una boca. Cada gemido suyo era más intenso que el anterior. La cogía con todo, dándole alguna nalgada que ella disfrutaba mientras el sonido húmedo de mi verga entrando y saliendo de su culo llenaba la habitación. La imagen era espectacular, mi verga desapareciendo dentro de su culo caliente una y otra vez. Ya no podía aguantar mucho más. Sentí esa urgencia final, esa necesidad de vaciarme otra vez. “¡Mierda! ¡Estoy acabando!” –le dije jadeando. Mirian se detuvo, se arrodilló en medio de la sala, con una mirada morbosa me dijo: “¡Ven!!”. Me puse frente a ella y comenzó a pajearme mientras me miraba con esos ojos negros cargados de lujuria. “¡Acaba en mis tetas!” –me suplicó, acelerando más fuerte la paja. Era el final ideal. No pude resistir. Todo mi semen salió disparado cayendo directo en sus tetas, chorreándole por la piel mientras ella sonreía satisfecha. Con sus manos se esparció el semen por todo el cuerpo, mientras se reía con esa cara de triunfo que me volvía loco. Nos reímos juntos, nos miramos un instante en silencio, y enseguida me dijo: “Me baño y nos vamos, porque voy a llegar tarde”.

 Ella se bañó rápido, se puso el uniforme de cajera y esperó a que yo me vistiera. Salimos y la llevé en el auto hasta el súper. A una cuadra de la entrada me pidió que la dejara. Nos dimos un beso cordial y me dijo: “Gracias por la cita y por cogerme tan rico”. “Gracias a ti” –le contesté. Se bajó sin mirar atrás. Yo me quedé esperando a que entrara, y cuando la perdí de vista, agarré el celular. Quise mandarle un mensaje, pero me encontré con la sorpresa: me había bloqueado. Lo que había quedado claro en la mañana que esto era solo sexo, un día, nada más se confirmaba ahora sin lugar a dudas. Arranqué el auto y me fui, con la certeza de que no iba a repetirse.

 

 

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jueves, 2 de abril de 2026

167. La chica de supermercado 1

 

Hacía meses que la veía cada vez que iba al súper. Siempre la misma cajera: 24 años, pelo castaño oscuro, ojos negros, cuerpo de esos que uno no puede dejar de mirar aunque se haga el distraído. Buenas tetas, buen culo, contextura media, sonrisa fácil. El nombre en su gafete decía: Mirian. Ella sabía el mío porque siempre me hacía la pregunta de la acumulación de puntos y dar el número de identificación. Yo pasaba con mi carrito, pagaba, cambiábamos un par de palabras y nada más. Nunca di un paso más allá porque siempre iba con mi esposa, y porque, en el fondo, me gustaba mantener esa distancia de cliente y empleada. Ella, con su uniforme y su peinado recogido, era una especie de fantasía que quedaba ahí, en la imaginación. Todo cambió una tarde. Charlando con la encargada, una vieja conocida mía, le comenté sin medir mucho mis palabras que hacía dos meses me había divorciado. No sabía que ella estaba cerca, pero parece que escuchó. Desde ese día, la forma en que me atendía cambió. Me miraba más, estaba más conversadora en la caja, hasta se reía con ganas de cualquier tontería que le dijera. Yo lo notaba y la verdad es que me gustaba.

Un día, sin necesidad real, fui con la excusa de comprar cigarrillos. Ni siquiera tuve que entrar, la encontré afuera, fumando en su media hora de descanso. Me acerqué, le pedí un cigarro solo para tener un motivo para hablarle. Charlamos un rato y en un momento le pregunté, casi sin pensarlo: “¿Me darías el placer de invitarte a salir alguna vez?”. Ella sonrió, me miró fijo y me dijo que sí. Así, sin vueltas. Me pasó su número y me pidió que le escribiera después de las diez de la noche, cuando ya estuviera en su casa. Esa misma noche, a las 22:30, le mandé un mensaje. Solo para que supiera que era yo y guardara mi número. Su respuesta me descolocó: “Pensé que te habías arrepentido”, seguido de un emoji con los cachetes colorados. Le contesté que no, que había decidido esperar un poco para no molestar si se le había hecho tarde y de paso, para no quedar tan desesperado. Ahí la conversación fluyó sola. Mensajes que iban y venían, cada vez con más picardía, hasta que arreglamos para vernos el sábado. El plan era simple: yo pasaba a buscarla a eso de las ocho de la noche y desde ahí veíamos a dónde ir. El resto de la semana se me hizo eterna. Cada vez que pensaba en el sábado, en verla sin el uniforme, en estar con ella fuera del súper, se me aceleraba el corazón. No sabía exactamente qué iba a pasar, pero sí sabía que esa salida prometía mucho más que una simple cena.

El sábado llegó y yo estaba nervioso como un adolescente. Me puse un jean, negros y una camisa a tono arremangada. Cuando pasé por su casa, apareció ella en la puerta y me dejó sin palabras. Vestido negro, no demasiado escotado pero lo justo para que la imaginación volara; corto, a media pierna, mostrando sus piernas perfectas. Boca pintada de rojo intenso y un perfume que me enloqueció desde el primer segundo. Cómo todo un caballero le abrí la puerta del auto, ella sonrió y me dijo: “¡Qué dulce eres!”. Me dio un beso en la mejilla y subió al auto con una sonrisa, y yo, todavía tratando de disimular los nervios, le pregunté: “¿Qué prefieres hacer? Había pensado en cine y cena, pero tú dime”. Ella me miró con esos ojos negros que ya me estaban volviendo loco y me respondió: “Prefiero que vayamos a cenar a un lugar tranquilo y después podemos dejar el auto estacionado, caminar un rato y conocernos un poco más”. La idea me gustó. Terminamos en un restaurante con luces tenues y un ambiente cálido. La charla fue fluyendo, natural, llena de risas y confidencias. Me contó cosas de su vida, yo le conté cosas de la mía. Sentía que nos conocíamos de siempre, pero con la tensión de que era la primera vez que estábamos realmente solos, sin la barrera de la caja del súper ni el apuro de la fila.

Durante la cena, varias veces sentí su pie rozándome la pierna por debajo de la mesa. Cada vez que lo hacía, tomaba un sorbo de agua y me miraba fijo. Esa mirada con esos ojos negros me desarmaba por dentro, me quemaba por fuera. La cena terminó cerca de las diez. Pagué, nos levantamos y fuimos hacia el auto. Apenas cerré la puerta del lado del conductor, antes de que pudiera siquiera arrancar, ella se inclinó y me besó. No fue un beso tímido ni de prueba: fue pasional, húmedo, con lengua, caliente. La agarré de la cabeza con mis manos, le acaricié la cara y el pelo, mientras ella hacía lo mismo conmigo. Cuando el beso terminó, me miró a los ojos y me dijo sin rodeos: “Llévame a casa”. Me quedé helado. Pensé que había hecho algo mal, que había metido la pata. “¡Perdóname si te incomodé en algo!” –balbuceé. Ella sonrió con picardía, me dio una mirada capaz de incendiar un bosque y me dijo: “Tú sabes para qué me invitaste a salir. Creo que también sabes por qué te dije que sí”. Se me hizo un nudo en la garganta. Tenía razón, hacía tiempo me la quería coger, aunque nunca me hubiera animado a decirlo así de frente. “Vámonos ya, olvídate de la caminata” –remató. No hubo más palabras. Arranqué el auto y manejé. El silencio que siguió no era incómodo, era electricidad pura, deseo contenido. Yo no pensaba en otra cosa que en lo que estaba a punto de pasar.

Llegamos, estacioné. Ella abrió la puerta y bajó sin esperarme. Yo iba atrás, con la cabeza explotada de adrenalina. La noche recién empezaba. Cuando entramos a su casa me hizo pasar al living, me dijo que me pusiera cómodo en el sofá y se fue a la cocina a buscar dos copas. Me dijo: “¡Abre la botella de vino y brindemos!”. “¿Brindar por qué, Mirian?” –le pregunté. “Solo brindemos, no debe haber algo en medio para brindar, ¿o sí?” –respondió. Yo la esperaba tranquilo, pero para mi sorpresa, cuando volvió ya no tenía puesto el vestido: apareció en ropa interior negra, un sostén mínimo que apenas le tapaba los pezones y una tanguita finísima que se le metía entre las nalgas. Me quedé helado, no podía dejar de mirarla. Con una voz dulce y seductora me preguntó: “¿Te gusta lo que ves?”. “Me encanta” –le contesté. A mis 45 años me estaba sintiendo como un adolescente con las hormonas descontroladas. Puso una música suave y empezó a moverse, a bailar lento, mirándome fijo mientras se tocaba. Yo sentía cómo la verga se me paraba, tan apretada en el jean que parecía que me iba a explotar. Se me acercó despacio, me puso de pie y me besó. Mientras me comía la boca, sus manos bajaban directo a mi pantalón. Yo le besaba el cuello, le acariciaba la espalda, le apretaba bien fuerte las nalgas.

En un movimiento rápido me desabrochó el pantalón y me lo bajó, pero todavía me dejó con el bóxer puesto. Se me subió encima, enroscando sus piernas en mi cintura, y seguimos besándonos como si nos quisiéramos devorar. Estábamos tan calientes que ella se acomodó un poco más abajo, hasta que su concha mojada y solo resguardada por la tanga se frotaba contra mi verga, que era impedida de entrar por mi bóxer.Le encantaba rozarse ahí, gemía con delicadeza y me miraba con deseo; yo sentía cómo se mojaba cada vez más. De repente, se bajó, quedé de pie, respirando agitado; ella se arrodilló frente a mí. Me bajó el bóxer y la verga me saltó como un resorte, bien parada, derechita frente a su cara. La agarró con una mano y empezó a pasarle la lengua desde la base hasta la punta; lo hacía lento, de forma provocadora. Cuando llegó arriba, se la metió entera en la boca. Me la chupaba con ganas, con mucha saliva, se la sacaba, la escupía y se la volvía a meter. Me pasaba la lengua por los testículos mientras me pajeaba fuerte. Era toda una profesional en eso, la mejor chupada que me habían hecho en mi vida. No podía dejar de mirarla. Quise sentarme, pero me tenía bien agarrado, como si quisiera quedarse arrodillada para siempre con la verga en la boca. La sensación que me recorría era indescriptible, esa manera morbosa de devorarse mi verga era un arte. Era imposible no cerrar los ojos y dejarse llevar por ese momento de éxtasis que te lleva rumbo al placer. “Sí que sabes ocupar muy bien tu boca” –le dije. Pensé que se iba a enojar, pero fue al revés: empezó a chuparla más fuerte todavía, como si esas palabras la calentaran más. Yo trataba de aguantar, de no acabar tan rápido, pero era imposible. Desde abajo, con mi verga enterrada en su boca y esos ojos negros mirándome, me estaba volviendo loco. De pronto, se la sacó un segundo y me dijo con voz niña sucia: “Lléname la boquita de leche”. Eso me volvió completamente loco, la chica me tenía embobado solo usando la boca. Se la volvió a meter y empezó a chupar con más fuerza, haciéndome imposible aguantar. No pasaron ni diez segundos antes de que le descargara todo mi semen en la boca. Ella cerró los ojos con una sonrisa, tenía toda mi verga en su boca y me succionaba hasta la última gota. Cuando la sacó, le pasó la lengua por el glande y por todo el tronco, dejándola limpia y brillante.

Se tragó todo, sin escupir nada, como si disfrutara cada gota. Después se limpió los labios, tomó un sorbo de vino y me miró fijo y preguntó: “¿Te quedan energías? Porque esto todavía no termina”. Me llevó al cuarto, era una mujer independiente que no le rendía cuentas a nadie de qué hacía o a quién llevaba a su casa.. Me tiró sobre la cama, ella comenzó a quitarse esa sensual lencería, esta vez sin música pero con esa maldita sensualidad que le brotaba de cada poro. Ver esos candentes movimientos y la sensualidad al bajar los tirantes de ese diminuto brasier, le veía los pezones, los tenía bien duros, sus deliciosas y hermosas tetas. Yo estaba pendiente de cada movimiento, deslizaba sus manos por sus exquisitas tetas y me pregunta: “¿Te gustan?”. “Mirian, me tienen enloquecido” –le respondí idiotizado. Luego se dio vuelta y movía sus nalgas, esa manera de moverse la hacia ver como la diosa de la lujuria y perversión. Se volteó y con sus manos en las tetas musitaba: “¡Rico papi!”. Se bajaba lentamente la tanga, se iba inclinando mientras la diminuta tela caía, salió a la vista esa exquisita conchita que me había rozado con lascivia en el living, la tenía mojada; se notaba que estaba lista para jugar deliciosamente en mi verga. Cuando se incorporó pude ver ese culo parado, en forma, duro, todo comestible. Se dio un par de nalgadas que el sonido del golpe me hizo ya perderme en la calentura que me tenía poseído. Se dio vuelta y me miró fijo, no podía sacarle los ojos de encima, esa vagina lubricada me llamaba candente para darle tan duro como pidiera.

Se acercó lento, era una fiera acechando a la presa, se subió a la cama, me quitó el bóxer y comenzó a rozar su cuerpo contra el mío. Sentía como sus tetas recorrían mis piernas, pasaban por mi verga, seguían por mi abdomen hasta llegar a mi cara. Se las agarré con ambas manos y se las chupé, las apretaba y le lamía los pezones, hundía mi cara entre ellas, mis manos también recorrieron su espalda, acariciaba sus piernas, le apretaba las nalgas, la punta de mi verga le rozaba la concha húmeda y cuando menos lo esperé ella se dejó caer. Le entró toda, de una, soltó un grito de placer y a su vez comenzó a montarme. Subía y bajaba como loca, lo disfrutaba en pleno, sus manos apoyadas en mi pecho mientras ella meneaba las caderas para que la verga entrara y saliera. En alguna ocasión yo tomaba el control, le agarraba las nalgas para que ella no se moviera y la empezaba a bombear fuerte y duro, la verga le entraba y salía a toda velocidad mientras los testículos me rebotaban sin parar. Ella gemía y gemía, me pedía que no parara, que me la cogiera duro.

Luego de un rato se bajó y se puso en cuatro, la agarré de la cintura, nuevamente se la metí con fuerza, ahora estaba a mi merced; yo controlaba el ritmo y no le daría descanso. La bombeaba fuerte, sus nalgas rebotaban contra mí al ritmo de las embestidas, ella no paraba de gemir. Le agarraba el pelo y era cuando más lo disfrutaba, le fascinaba que yo tomara el control, seguía y seguía cogiéndola sin parar. La nalgueaba y ella decía: “¡Ay papi! ¡Qué ricas nalgadas! ¡Más fuerte por favor!”. Cambiamos de posición en varias oportunidades y cada vez su cara de placer era un deleite a mis ojos lujuriosos. Cambiamos de posición un par de veces más hasta que me dijo con la voz totalmente agitada: “¡Dame verga por el culo! ¡Culeame bien rico amorcito!”. La miré fijo, tenía la verga mojada y dura. Ella se arqueó, se puso en cuatro de nuevo y abrió bien las piernas, se llevó una mano a las nalgas, se las abrió dejándome la vista de ese hoyito apretado . Me acomodé atrás, le escupí el culo y con la punta de mi verga la empecé a rozar despacio. Ella gemía, se mordía los labios, estaba desesperada. Empujé despacio, su culo se abría poco a poco, sentía cómo mi verga se abría paso mientras lentamente, sus alaridos de placer resonaban en toda la casa y yo estaba enloquecido. Soltó un grito fuerte mezclado de dolor y placer, me pidió que no parara. Seguí entrando hasta que la tuvo toda adentro, el calor y lo apretado de ese culito me tenían enredado en la perversión. La empecé a embestir cada vez más fuerte, mis huevos chocaban contra su concha mojada, ella gritaba que le encantaba. “¡Ay hijo de puta! ¡Qué rico! ¡No pares rómpeme el culo!” –me decía. La agarraba la cintura y no la dejaba escaparse, mis embestidas eran cada vez más rápidas, ella gemía y gemía, con la cara hundida en la almohada, disfrutando que le rompiera el culo.

No podía más, la tenía toda para mí, ese rico culo redondo rebotando contra mi verga. Yo transpiraba, la miraba y sentía que iba a acabar en cualquier momento. Ella estaba completamente entregada, la tenía en cuatro con el culo bien abierta para mí. Cada vez que se la metía por atrás soltaba un gemido más sucio que el anterior, como si no pudiera decidir si quería que parara o que le diera todavía más duro. Mis manos le apretaban las nalgas y mi verga entraba y salía de ese culo estrecho que me apretaba riquísimo. Sentía cómo me la tragaba de a poco, hasta el fondo y el calor que me envolvía me tenía al borde del placer. Mirian miraba de costado, con la cara totalmente perdida en el morbo, y entre gemidos me dijo con voz entrecortada: “¡Dame toda tu rica leche adentro del culo, no la saques, quiero tu caliente semen borboteando de mi hoyito!”. Esas palabras me volvieron loco. La seguí bombeando con fuerza, dándole nalgadas, hasta que sentí que ya no aguantaba más y estallé adentro de su culo, dándole todo mi semen en ese orto caliente, mientras ella apretaba el culo con fuerza para que no se escapara ni una gota. “¡Qué rica leche papito! ¡A esta nenita le encanta tener leche en el culo!” –m3 dijo con voz de niña caliente.

Después de la intensa sesión, nos quedamos un rato sobre la cama, respirando aún agitados, con los cuerpos entrelazados y las manos recorriéndonos suavemente. La calentura permanecía, nosotros abrazados y compartiendo sonrisas cómplices. Ella rompió el silencio con una voz suave y seductora: “Si quieres puedes quedarte, así empezamos una mañana bien caliente”. Sonreí, y sin pensarlo dos veces le dije que sí. Nos acomodamos juntos, encontrando la posición perfecta para dormir, con la sensación de haber compartido algo profundo y carnal a la vez. Mientras me quedaba dormido mi mente aún ardía, imaginando cómo sería despertar junto a ella y dejar que la pasión de la mañana nos desbordara de nuevo.



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