jueves, 30 de octubre de 2025

139. Sirvienta a la fuerza

 

Estaba buscando un trabajo para seguir en la universidad. Encontró un anuncio decía: “Se necesita sirvienta para una variedad de tareas domésticas Interesadas llamen al 333-4321”. Lynn pensó que podría conseguir este trabajo. Se estaba desesperando desde que suspendió la universidad. Necesitaba un trabajo para pagarse sus estudios y este le pareció interesante porque sabía hacer las camas, cocinar, limpiar las habitaciones, para ella era pan comido.

Como ventaja tenía su apariencia a su favor. Era una joven de 22 años, rubia, de buena figura, con buenos pechos; siempre había estado orgullosa de su cuerpo y sabía que le daba poder sobre los hombres con los que salía. Llamó al número esa tarde desde su departamento. “¡Sí!” –una fuerte voz de mujer respondió a la llamada. “Llamo por el anuncio que busca una sirvienta” –dijo Lynn. “Tenemos un tiempo disponible para tu entrevista en 30 minutos, ¿puedes llegar a la esquina de Enrique Foster y Apoquindo?”. “Sí” –respondió Lynn. “Cuando llegue a la esquina mencionada usted vuelva a llamar y se le darán las indicaciones de donde ir. Le esperamos, no se retrase”. La mujer al otro lado del teléfono sonaba bastante severa. Lynn necesitaba mucho el trabajo, así que respondió: “¡Sí, señora¡ Seré puntual”. “De acuerdo… La espero a las 13:30 horas en punto”. Sin decir nada más la mujer colgó. Lynn se apresuró y llegó al lugar que le indicaron unos minutos antes y llamó, la mujer le dijo donde ir y se encontró con un edificio que ni parecía residencial, más bien era muy similar a los edificios de oficinas que abundan en ese sector. La chica solo tuvo tiempo para maquillarse y ninguno para cambiarse de ropa, ya que era muy poco el tiempo, pero pensó que iba bien. Ella vestía unos bonitos pantalones y blusa.

El portero le impidió entrar. Le explicó que estaba allí para solicitar el puesto de sirvienta en el ático. No la dejó pasar hasta que llamó y le confirmaron que la dejase pasar. El interior era lujoso, como el vestíbulo de un hotel Lynn se dirigió al ático. Al llegar al piso correcto, salió del ascensor y llamó a la única puerta del pequeño pasillo, le abrió una mujer joven vestida con un traje de sirvienta. Parecía una parodia del traje de una criada. La falda sobresalía casi horizontalmente y su longitud no cubría el culo de la joven de cabello negro. Su apretado culo estaba cubierto por unas bragas blancas con vuelos. El top empujaba los pechos de la chica hacia arriba y Lynn podía ver los semicírculos superiores de las areolas de la sirvienta. Los pezones casi se escapaban por encima del sostén.

Lynn estaba sorprendida, pero no dijo nada. No entendía esa forma de vestir tan reveladora. Casi se dio la vuelta para irse, pero la sensual chica de cabello negro le sonrió y le dijo: “La Ama te está esperando. Por favor entra”. Una vez Lynn se encontró dentro con la puerta cerrada detrás de ella, se sintió incómoda. “No creo que este trabajo…” –comenzó, pero la criada la ignoró. “¡Por favor sígame¡” -dijo la criada. Condujo a la aprensiva Lynn a través del vestíbulo de mármol hasta una oficina contigua. Lynn estaba mirando el culo de la chica, se le veía duro, firme; tanto que daban ganas de apretarlo. ¿Cómo podría usar ese atuendo? ¡Es de puta!” –se decía en su interior.

La oficina era una habitación espectacular con techos abovedados, revestidos de estanterías. Había dos sillas frente a un escritorio. Detrás del escritorio estaba sentada una mujer elegantemente vestida, con un perfecto traje de negocios. Tenía ojos verdes y cabello castaño y la hacía parecer una mujer poderosa y moderna, confiada en su dominio. Ignoró a la criada y a Lynn cuando entraron, ella continuó leyendo un documento que estaba sobre la mesa. La criada y Lynn se quedaron en el centro de la habitación durante varios minutos hasta que la mujer detrás del escritorio finalmente levantó la vista de lo que estaba leyendo. “Gracias Emma, puedes dejarnos” –dijo la mujer a la criada que apenas levantó la vista. La morena se giró y dejó a Lynn de pie en el centro de la habitación. “Tus trabajos aquí serán variados. Espero obediencia en todo momento y cualquier desacato a las reglas de la casa será severamente castigado” –dice la mujer.

Lynn estaba en estado de shock, todavía no había aceptado el trabajo y esa mujer ya la estaba tratando como si fuera una de sus sirvientas. Todavía no le había dicho que se sentara. “Tendrás que medirte inmediatamente para un uniforme para empezar mañana” –dice la mujer sentada al otro lado del escritorio. “Señora, no creo que quiera…” –Alcanzó a decir la chica, pero se detuvo cuando la mujer se centró en ella con una mirada fulminante. “Te dirigirás a mí como Ama o Ama Moore. ¿Entendido?” –le dijo con voz potente. “Si, Ama Moore.” –respondió Lynn, mientras pensaba: “Esto es una puta locura. No estoy trabajando para esta psicópata”. La señora Moore la ignoró nuevamente, presionó un botón del intercomunicador y dijo: “Katy, por favor, ven aquí. Tengo una chica nueva”. “Sí, señora”–escuchó Lynn la respuesta por el altavoz.


Entró otra mujer vestida profesionalmente con gafas de montura metálica. Tenía el pelo rubio recogido de una manera muy formal. La señora Moore la presentó: “Esta es mi asistente personal Katy. La obedecerás en todo” . “Ama Moore, no estoy segura…” –alcanzó a decir Lynn. “¡No hables a menos que se te ordene hacerlo!” –dijo la señora Moore con severidad. Lynn abrió la boca pero la cerró de nuevo para guardar silencio. Se sentía intimidada por esa mujer. Pensó que terminaría la entrevista pero de ninguna manera iba a trabajar para esta mujer. La señora Moore se volvió hacia Katy y le dijo que midiera a Lynn para su nuevo uniforme de sirvienta.

Lynn se quedó inmóvil, estupefacta, mientras Katy sacaba una cinta métrica de sastre y tomaba sus medidas, rápida y eficientemente. Antes de que Lynn pudiera reaccionar, Katy terminó. “Gracias Katy, lleva a la señorita Lynn y que te de todos los datos para su contrato como sirvienta de esta casa” –indicó la señora Moore. Katy salió de la habitación a una oficina lateral, no esperó a que Lynn la siguiera. Lynn miró a la mujer en el escritorio que volvía a ignorar por completo, así que siguió a Katy fuera de la oficina.

Katy llevó a Lynn a una oficina sencilla. Se sentó detrás del escritorio, no había otra silla en la habitación, así que debió permanecer de pie. “Necesitaré toda su información personal para incluirlo en nuestra base de datos de empleados” –dijo Katy. Después de recibir la información requerida creó la carpeta con la base de datos de Lynn. Pensó que era extraño que necesitaran conocer datos sobre sus parientes más cercanos, su estado civil y si tenía pareja, también su preferencia sexual, pero respondió todas las preguntas. Sólo quería terminar con esta entrevista y desaparecer para siempre. Después de unos veinte minutos, Katy se puso de pie y acompañó a Lynn hasta la puerta principal, ella le dijo: “Hasta mañana”, cerrando la puerta detrás de una aturdida Lynn.

La chica bajó en el ascensor sacudiendo la cabeza. Tenía claramente decidido de que no volvería a este lugar psicópata. ¡De ninguna manera! Estuvo toda la tarde pensando, por la noche de dio una ducha, cenó y de tendió en su cama. La mañana siguiente estaba durmiendo plácidamente cuando alguien golpeó la puerta. Se levantó todavía con los pantalones de pijama de franela, la camiseta blanca sin mangas y se dirigió a la puerta principal. Tan pronto como la abrió, Katy, la asistente personal de la señora Moore, entró por la puerta, seguida de varios hombres fuertes con portafolios. Lynn estaba atónita con lo que estaba pasando. “¿Por qué no estás listo para irte?” –preguntó Katy con severidad. Lynn tartamudeó un: “Bueno, yo no…”, pero Katy la interrumpió. “No hay tiempo chica. Vamos, tenemos que vestirte, para ir al sastre. Los Moore no estarán contentos si llegamos tarde a nuestra cita” –dice Katy agitando las manos. Con eso, agarró la muñeca de la aturdida Lynn y la arrastró de regreso a su dormitorio.

Lynn quería saber qué estaban haciendo los hombres extraños en su sala de estar, pero antes de que pudiera preguntar, Katy agarró su pijama y le quitó la parte inferior, lo que provocó que Lynn tropezara y cayera sobre su cama. Expuso su culo cubierto por bragas a la mujer vestida de traje de negocios. “Estos nunca servirán” –dijo Katy mientras le quitaba los pantalones del pijama por completo a una atónita Lynn. La chica se dio la vuelta justo a tiempo para que Katy agarrara el borde de sus bragas y también se las quitara, rasgándolas. Lynn ahora estaba asustada, ella sólo vestía una camiseta delgada casi transparente. Katy acababa de desnudarla. Lynn estaba aturdida y humillada, pero atrapada como un ciervo ante los faros de un auto, no hizo nada, ni siquiera se cubrió de la mirada de Katy. “Tenemos que vestirte y salir de aquí lo más rápido que podamos, pero esa ropa interior es horrible” –dice la mujer. Katy buscó en el cajón y encontró su único par de ropa interior sexy, y se los arrojó diciendo: “Póntelos rápido. Tenemos que irnos. Hay muchas cosas que hacer”. Lynn se dio cuenta de que era su tanga roja, pero se la subió rápidamente por sus piernas cuando unos pantalones jeans la golpeó en la cara. “Póntelos” –le ordenó Katy. Lynn se los puso, Katy deslizó una sandalia en ambos pies antes de que Lynn se subiera la cremallera, la agarró de la muñeca izquierda, la puso de pie y la arrastró fuera del dormitorio.

Lynn todavía llevaba su camiseta sin mangas casi transparente cuando Katy la arrastró fuera de su departamento y la llevó al ascensor. Ella ni siquiera tuvo la oportunidad de preguntarle a Katy qué estaba pasando. Bajaron al estacionamiento y una limusina las estaba esperando, Katy la empujó al asiento trasero y el coche se dispuso a salir. Lynn comenzó a protestar, pero Katy levantó la mano en un gesto de silencio mientras realizaba una llamada desde su teléfono móvil, ignorándola por completo. La chica guardó silencio, iba sentada pensando cómo había pasado esto; iba a terminar con esto tan pronto como pudiera. Eso era seguro.

Katy estaba hablando con alguien en la otra línea: “Sí, señora, ella está aquí”. Katy se giró para mirar a Lynn y siguió hablando por el móvil, diciendo: “Una camiseta sin mangas endeble y unos jeans”. “¡Sí, señora!”. La persona al otro lado de la línea habló durante un rato. Katy sonrió un poco. “¡Sí, señora!” –dijo. Luego colgó y se recostó en el asiento. Lynn la miró mientras se sentaba en silencio sonriendo levemente. “¿Quién era?” –preguntó la chica. “Tu Ama, nos invitó a almorzar con ella y el Sr. Moore”. “Ella no es mi Ama, y yo no voy a almorzar con ustedes.”

Ya había tenido suficiente, se deslizó por el asiento trasero con la intención de decirle al conductor que se detuviera. Ella nunca lo logró, Katy saltó sobre ella obligando a la joven echarse al suelo, agarrándola de sus muñecas y tirando de ellas hasta ponerlas en su espalda. Lynn se encontró clavada en el suelo con la cara aplastada contra la alfombra de la limusina. Katy se inclinó cerca de la oreja de Lynn diciéndole: “¡Escucha perra! No tengo tiempo para tonterías. Tengo que llevarte a la sastrería en una hora y luego al centro para almorzar con los Moore”. Torció dolorosamente el brazo de Lynn detrás de su espalda, la chica chilló de dolor. “¿Ha quedado claro?” –preguntó Katy. Lynn no respondió nada, le dolía y empezó a llorar. “¿Está claro puta?” –gritó Katy al oído de Lynn y ésta asintió débilmente. Katy se arrodilló sobre la espalda de Lynn, soltándole las muñecas y le dijo: “Debes aprender cual es tu lugar y tu lugar está por debajo de mí. Estás en el fondo y lo estarás hasta que yo quiera”. Se bajó de encima de Lynn y se sentó en su asiento. Tomó su teléfono y volvió a marcar, ignorando a Lynn, que lloraba mientras se volvía a sentar en su asiento delantero frente a Katy, secándose las lágrimas de los ojos entre sollozos silenciosos.

Una vez llegaron a lo que parecía ser el taller del sastre. El auto quedó en un estacionamiento subterráneo y Lynn fue prácticamente arrastrada fuera del ascensor por una mujer fuerte. En la puerta había un letrero que decía: “Simmons, sastre especializado”. Entraron y Lynn estaba demasiado conmocionada como para oponer resistencia. Todavía le dolía el brazo que Katy le había torcido. Se asustó por lo que vio dentro. Colgando de las paredes había una amplia exhibición de ropa y cosas que no eran exactamente ropa. Algunas eran de cuero, otras de látex, e incluso las había de metal. Le quedó claro cuál era la intención de este tipo de ropa: “Sumisión y esclavitud”. Estaba muy preocupada en lo que se había metido. Tenía que escapar. Luchó contra el agarre de la mujer fuerte y Katy, al verla, se volvió hacia ella, le torció la muñeca y la obligó a arrodillarse.

En ese momento, un hombre vestido de manera conservadora salió de detrás de la cortina que conducía a la trastienda… Iba impecablemente vestido con un traje de tres piezas. Chaqueta y pantalón negros con chaleco gris. Ignoró a Lynn y se acercó a Katy. “Ah, señorita Katy, me alegro de que finalmente esté aquí. Veo que llega unos minutos tarde. No hay necesidad de decirle a sus jefes que ha llegado con un poco de retraso, ¿verdad?” –le dijo mirando su reloj. “No Sr. Simmons, ciertamente no quisiera hacer nada para molestar a los Moore. Lo importante es que estoy aquí con la chica nueva” –dice Katy. “Por qué sí, lo es. Está siendo un poco cooperativa ahora, ¿verdad?” –dijo el sastre mirando ahora a Lynn. “Sí, lo está. Parece que no está muy emocionada por su prueba de esta mañana” –le respondió Katy apretando los dientes y tirando del brazo de Lynn, haciendo que chillara de dolor. “No importa. Tenemos sus atuendos completamente listos” –dijo Simmons. Se tomó unos segundos y gritó hacía la trastienda: ‘¡Anna!”. Una mujer salió vestida con un traje similar al del señor Simmons, sólo que con un corte ligeramente femenino. Era una morena alta. “¡Sí, señor!” –le dijo Anna. “Esta es la nueva criada de los Moore, está aquí lista para su prueba” –le dice el sastre. “¡Ah, muy bien! Sacaré la ropa de inmediato” –responde Anna. Dicho eso, desapareció dirigiéndose hacia la parte trasera de la tienda.

Lynn vio estrellas cuando su brazo fue torcido dolorosamente por la fuerte morena. Katy agarró la parte trasera de la endeble camiseta sin mangas de Lynn y la rasgó por la espalda, arrancándola del cuerpo, que sobresaltada gritó cuando quedó expuesta frente al sastre. Katy alcanzó el torso de Lynn y comenzó a desabotonar los jeans. La gritó y se agachó con su mano libre para detener que le quitasen sus pantalones. Katy tiró del brazo de nuevo sin piedad, gritándole: “¡No lo hagas!”. Lynn detuvo su lucha, su brazo se sentía como si fuera a romperse. Katy desabrochó los pantalones de Lynn y se los bajó hasta las rodillas justo cuando Anna regresaba con un perchero lleno de ropa.

Katy empujó a Lynn boca abajo, soltó el brazo y tiró de los jeans de Lynn. Después de eso ella se puso de pie. “Ahora, sin más molestias, tal vez podamos vestir a esta perra” –dijo Katy. Durante toda esta disputa, el señor Simmons y su asistente Anna habían estado esperando tranquilamente. Ahora el Sr. Simons le habló a Lynn de manera directa: “Ropa interior también fuera, por favor, señorita”. Lynn se puso de pie lentamente y miró a las tres personas, Katy le fruncía el ceño. El sastre estaba parado cerca con una expresión aburrida y su asistente Anna sonreía levemente. “Esto no está bien” –dijo la chica, pero enganchó sus dedos en el costado de su pequeño tanga y tiró de ellos hacia abajo. Ahora estaba desnuda frente a los tres. “Buena decisión. No te hubiera gustado cómo yo te los hubiera quitado” –dijo Katy. Katy se volvió hacia el señor Simmons y les dijo: “Tengo que hacer un recado para el Sr. Moore. Regresaré en 30 minutos… Vístanla ustedes y la preparan para llevármela”. “Por supuesto, señorita Katy, me ocuparé de ello”, dijo Simmons mientras acompañaba a Katy a la puerta.

El señor Simmons se giró una vez que Katy se hubo ido, miró a Lynn de arriba abajo, absorbiendo su desnudez. “Ven Anna, tenemos trabajo que hacer” –dijo batiendo palmas. El sastre comenzó a caminar lentamente en círculos alrededor de Lynn cuando Anna se adelantó con un conjunto de bragas de encaje blanco y un sostén a juego. Hizo que la desnuda Lynn se pusiera las bragas y se las subió. “¿Cómo encajan?” –preguntó Anna mientras tomaba la vagina de Lynn. La chica saltó ante lo que hizo Anna, pero estaba tan desorientada que no se movió de su posición en el centro de la habitación. “Excelente” –dijo el señor Simmons mientras continuaba dando vueltas alrededor de Lynn. Ella trató de seguirlo mientras él la observaba con ropa interior. De repente, Lynn sintió unas manos alrededor de su cintura y una mano colocándose sobre cada teta. “Tienes ricas tetas Lynn. Dan ganas de apretar las y morderlas” –le dijo Anna mientras se las apretaba.

Lynn era como un ciervo deslumbrado ante las luces de un auto en la noche. Habían pasado tantas cosas que no sabía qué hacer. Estaba segura de que si trataba de escapar, estas personas le harían algo malo. “Veo que estás pensando en huir o alguna otra tontería” –dijo el sastre, casi leyendo su mente. Se acercó, para pararse frente a Lynn, Anna la presionaba contra ella desde atrás agarrándole las tetas con más fuerza y clavándole sus uñas. Lynn comenzó a llorar de dolor y miedo. “Ten la seguridad de que aún te haremos lo que nos apetezca, aunque tengas que sufrir. Será un entretenimiento delicioso para animar nuestro día aburrido” –le dijo el señor Simmons. Se quedó cerca de ella durante unos segundos mientras la voluntad de Lynn la abandonaba. “Bien, hora podemos continuar” –le dijo a la chica, retrocediendo de nuevo y mirándola. Anna aflojó su agarre sobre los pechos de Lynn y los deslizó dentro de las copas del sostén . “Brazos pegados al cuerpo, por favor” –dijo Simmons. Lynn obedeció. El sastre comenzó de nuevo a su lento caminar alrededor de la asustada muchacha.

Anna volvió al perchero y tomó una falda negra, la colocó alrededor de la cintura de Lynn. La tenía varios centímetros por debajo de su culo, ocultándolo de miradas indiscretas pero mostrando tpor completo sus piernas bien formadas. Siguió una bonita blusa ligera. La chica siguió las instrucciones y se dejó vestir. Casi estaba hiperventilando, pero no sabía qué otra cosa hacer. El señor Simmons mantuvo su lenta evaluación de Lynn. Ella se sentía tan desnuda con la ropa puesta como sin ella por su mirada penetrante y calculadora. “¿Es eso todo, Anna?” –preguntó mientras su asistente deslizaba un par de tacones altos en los pies de Lynn. “Todo menos el reposabrazos, la capucha y la mordaza”. Los ojos de Lynn se agrandaron con miedo cuando los dos sastres comenzaron a reír. “No querida, eso se lo dejo a los Moore. Ahora veamos el asunto de la factura que será de $1.200 dólares. ¿La pagas a crédito o débito?” –dijo Simmons. “¡Qué!”. No tengo dinero conmigo, mi cartera” –dijo Lynn asustada. Ella no sabía dónde estaba su cartera, sólo quería salir de aquí y volver a su casa.

Por unos minutos el sastre y su asistente hablaban en secreto, lo que ponía más nerviosa a la atribulada Lynn. Su boca estaba por el miedo, su corazón parecía querer escaparse del pecho intentando adivinar las intenciones de ambos sastres. “¿Sin dinero? ¿Cómo esperas pagar tu guardarropa?” –preguntó Anna. Tanto Anna como el señor Simmons se sonrieron el uno al otro. “No podemos dejar que vayas a casa de los Moore vestida con la porquería con la que llegaste, no será apropiado. Estarían muy disgustados contigo y con nosotros. No queremos disgustarlos, son muy buenos clientes”  –le dice Simmons. Lynn miró a su alrededor, ya que ahora tanto Anna como el sastre la estaban rodeando. “No, ciertamente no les gustaría” –repitió Anna. “¿Cómo vamos a resolver este problema en el que estás? ¿Cómo vas a pagar toda la ropa que hemos confeccionado para ti?” –le dijo la asistente. Lynn se estaba mareando, su cabeza daba vueltas; estaba a punto de llorar y no sabía qué hacer. “Si no tiene dinero, ¿quizás haya medios de pago alternativos que pueda hacer?” –dijo Anna de manera insinuante. “¿Qué tal lavar los platos?” –le dijo Lynn. El señor Simmons se rió entre dientes mientras seguían rodeando a la aterrorizada Lynn. “No tenemos platos, pero nos puedes servir de otra forma” –respondió el sastre sonriendo Anna. “¿No entiendo cómo?” –preguntó Lynn. “Bueno, podemos suponer que los Moore harán pleno uso de tus servicios Me pregunto, ¿por qué no deberíamos hacerlo nosotros?” –dijo la sonriente Anna. “¿Estás sugiriendo algún tipo de pago sexual?”, preguntó Simmons con fingida sorpresa. Lynn sacudía la cabeza con incredulidad mientras los sastres discutían sobre violarla, estaba demasiado asustada para hacer algo.

Hubo un silencio sepulcral que fue interrumpido por los murmullos entre Simmons y Anna, Lynn ya no podía más con la angustia, no sabía que se traían entre manos pero por la forma en que la miraban no era imposible saber que no serían para nada buenas.  “En una palabra. ¡Sí!” –respondió  Anna. “Pues tenemos que ser rápidos ya que la señorita Katy regresará pronto” –dijo Simmons. Con eso dejaron de dar vueltas. Anna se paró frente a Lynn. “Hagámoslo rápido” –respondió Anna mientras se lamía los labios. Lynn escuchó que se abría una cremallera detrás de ella y se dio la vuelta y vio al sastre sacarse su enorme verga de los pantalones. Ella retrocedió instintivamente al ver esa verga y chocó contra los brazos abiertos de Anna. Lynn corrió hacia la puerta, Anna le hizo una zancadilla a Lynn y ésta cayó boca abajo al suelo. Con suma rapidez, Anna se desabrochó los pantalones y los dejó caer por completo. Estaba desnuda debajo, mostrando su vagina muy bien afeitada. “Seré también rápido” –dijo el señor Simmons y se arrodilló entre las piernas de Lynn cuando ella comenzó a arrastrarse. Anna, por otro lado, caminó frente a Lynn y se sentó frente a su cara… El morboso sastre levantó la falda de Lynn y bajó sus bragas hasta la mitad del muslo, lo suficiente para exponer la entrepierna. Lynn miró hacia arriba directamente a la suave piel de la vagina de Anna, mientras la sastre la agarraba del pelo y deslizaba la vagina contra su cara.

Antes de que Lynn pudiera reaccionar, Anna tenía su concha atascada contra la boca de la joven indefensa. “¡Saca la lengua, mi concha no muerde! ¡Métele la lengua, perra, o tendré que volverme más malvada!!” –le dijo Anna a través de un gruñido. Lynn sacó la lengua y comenzó a lamer por primeva vez una vagina, mientras sentía que la verga de Simmons exploraba su entrepierna, buscando su abertura vaginal. El señor Simmons le agarró las nalgas y se las separó localizando su vagina. Presionó contra ella y le metió el glande. Lynn chilló y Anna apretó más la cabeza contra su cara y sofocó la protesta. El señor Simmons presionó su verga más profundo en la vagina de la pobre chica. “Hagámoslo con rapidez” –volvió a decir Simmons. “¡Rápido! ¡Vamos, perra, chúpame la concha!” –le ordenó Anna. Lynn comenzó a hacer lo que le dijeron y lamió la vagina de Anna, metiéndole la lengua y lamiendo arriba y abajo su hendidura. Por otro lado, sintió que la verga de Simmons se deslizaba más profundamente dentro de su adolorida y húmeda vagina. Maulló mientras se vio obligada a satisfacer a los dos sastres. “¡Oh sí! ¡Rápido! ¡Vamos, así zorra, mueve tu lengua!” –le ordenaba Anna. Lynn hizo lo que le dijo y trabajó en el clítoris de la otra mujer, moviendo su lengua hacia arriba y hacia abajo. Entró en un estado de calentura como jamás lo había tenido, ya estaba perdida disfrutando de como se la metía el sastre y embriagándose con los fluidos de Anna. Lynn parecía haber perdido la noción del tiempo, era como si la lujuria se hubiese apoderado de su cuerpo y de sus pensamientos.

El sastre empezó a mover su enorme verga dentro y fuera de la concha de la chica. Lynn sintió que empezaba a lubricarse bajo las embestidas de Simmons... Una vez que hubo algo de humedad, el Sr. Simmons aceleró el ritmo. Las fuertes embestidas hacían que Lynn empujara la boca contra la vagina de Anna. Ella se convirtió en poco más que un gran juguete sexual que era perversamente usado entre los dos. “¡Oh, sí! ¡Perra, muévete rápido! ¡Voy a acabar!” –gritó el señor Simmons. “¡Yo también!” gritó Anna. “¡Ah, ah!” –gimió la indefensa Lynn mientras que el señor Simmons empujó su verga hasta el fondo de la concha de la muchacha y lo sostuvo así, al tiempo que Anna se retorcía de placer. Atrás habían quedado los miedos y ya se había entregado por completo al lujurioso placer de ser un juguete sexual. Lynn sintió al Sr. Simmons derramar su semen dentro de su vagina, también probó los fluidos de la vagina de Anna mientras acababa  satisfecha y caliente.  del coño de Anna mientras se corría muy satisfecha y caliente.

Los dos sastres se saciaron de ella. La utilizaron de la forma que quisieron y disfrutaron todo lo que les apeteció hacer. “Esto fue genial, ¿eh, Anna?” –dijo Simmons. “Pues sí, así fue, señor Simmons y acabamos rápido” –responde Anna. El señor Simmons sacó su verga de la concha de Lynn con un “pop” de sonido. Se puso de pie, se subió la cremallera y caminó hacia la caja registradora. Anna se puso de pie por encima de Lynn, que ahora sollozaba. Recogió sus pantalones, se los puso rápidamente y se arregló el traje, luego se agachó y agarró a Lynn por debajo de un brazo y la arrastró hasta ponerla de pie.

Lynn se balanceó en su lugar cuando Anna metió la mano debajo de la falda  y arregló sus bragas. El semen del señor Simmons comenzó a gotear de la vagina de Lynn y dejó una mancha húmeda en su ropa interior. En ese momento Katy volvió a entrar. “Ha llegado justo señorita Katy. Como puede ver, Anna acaba de terminar de vestir a la chica” –dijo el sastre mientras sonreía inocentemente. “Gracias señor Simmons. Puede enviarnos su factura para pagársela Lynn se ve guapa y lista para servir a su nueva Ama y Maestro. Envíe el resto de su guardarropa, por favor” –responde ella. “¡Por supuesto, señorita!” –dice Simmons. La chica empezó a protestar, pero Katy simplemente la agarró de la muñeca y la arrastró fuera de la tienda mientras Anna sostenía la puerta. De nada valieron sus protestas y calló cuando Katy le dio una bofetada y le apretó con fuerza la teta derecha hasta que suplico que se detuviera. “Vamos al auto, hay algo que tienes que hacer antes” –le dice Katy. Lynn no entendía bien lo que Katy quiso decir pero intentó preguntar, pero la asistente de la señora Moore le hizo un gesto para que se callara. Cuando subieron a los asientos traseros el chofer empezó a la marcha, los vidrios polarizados impedían que se viera al interior; por lo que Katy se quitó la ropa, quedando con las piernas abiertas y la concha mojada. “Ahora muéstrame que tan buena perra eres” –le dice a Lynn. La chica entendió el mensaje y se puso a recorrer la vagina de Katy haciendo que gimiera como poseída. Se metía las manos por debajo de la blusa para jugar con las tetas y le decía a Lynn: “La puta Moore tiene suerte, se encontró una buena puta”. Lynn siguió con lo que se le había pedido hasta que Katy acabó y se retorcía en el asiento gimiendo y jadeando.

Lynn supo que de ahora en adelante su vida empezaba una nueva etapa en la que todo vale. Esto que le había sucedido era solo una pequeña muestra de lo que iba a tener que soportar, sin ninguna escapatoria posible, así solo le quedaba acostumbrarse, disfrutarlo y pensar en la exorbitante suma que recibiría todos los fines de mes.

 

 

Pasiones Prohibidas ®

lunes, 27 de octubre de 2025

138. La monja Cecilia

 


En mi casa, cuando entrábanos a tercer año de preparatoria, nos mandaban internos el único colegio particular que existía “El colegio Santa Filomena”, administrado por una comunidad de Monjas Franciscanas.

Un día la Madre superiora me llamó y me pidió que ubicara a Sor Cecilia, porque quería hacerle un encargo de compras en la ciudad y que por favor yo la acompañara a comprar.

El encargo me pareció estupendo, ir a la ciudad, poder recorrer las calles, salir detrás de estos muros. El recinto del colegio era muy grande, busqué y busqué y no di con Sor Cecilia. Antes de renunciar a la busqueda me dije: "No estará en la Iglesia". Así que fui para allá. No estaba, pero escuché un ruido en pieza de penitencias. Esta pieza era usada una para cumplir las penitencias ordenadas por el cura después de la confesión. Por ejemplo, tres padrenuestros y tres avemarías. Abrí la puerta y asomé la cabeza. Lo que vi me dejo perplejo. Sor Cecilia sin su velo que escondía un hermoso y largo cabello negro. Su habito a la atura de la cintura. Atrás de ella, el cura confesor Fernando, con los pantalones abajo.

Sor Cecilia estaba cumpliendo una pendencia especial. Saqué rápidamente mi cabeza y grité: “¡Sor Cecilia, la Madre Superiora quiere habar con usted!”. Al poco rato, apareció Sor Cecilia, con su velo y habito puesto a la rápida, que dejaban ver algunos mechones de su negra cabellera y con las mejillas muy sonrojadas. Para bajar la tensión del momento le comenté que la Madre Superiora nos iba a mandar a comprar algo a la ciudad y añadí: “Guarde todo su cabello bajo el velo y use un poco de talco para ocultar su rubor”. Me hizo caso en todo, además saco un lápiz labial para pintar sus labios y pasó algo rubor por sus mejillas. Después de hablar con la Madre Superiora, Sor Cecilia y yo fuimos a comprar, no hubo más comentarios, pero dos sabíamos que guardábamos un secreto inconfesable en una comunidad religiosa.

Unos días después, Sor Cecilia me ubico y me dijo: “Me pidieron bajar cerezas, acompañadme y tu llevas la escalera y el canasto”. Fuimos a un rincón lejano donde estaban los cerezos, me dijo: “Yo subo, tú afirma la escala”. Se subió, era imposible no mirar hacia arriba, lo que vi, bajo si falda era un redondo culo sin calzón y una frondosa mata de pelos en su entrepierna. Desde arriba, Sor Cecilia me dijo con una gran sonrisa: “Mira todo lo que quieras, pero no te distraigas de afirmar la escala”. El canasto se llenó, bajó y me dijo: “Tú guardas un secreto mío, ahora vamos a tener un secreto muestro. Tiéndete en el pasto y bájate los pantalones”. Ella se soltó su largo pelo negro y con su boca empezó a chupar mi verga. Al poco rota, con la larga erección que llevaba, exploté en su boca. Ella tragó todo mi semen. Tomó mi verga con su mano y la estrujó hasta la última gota en su boca, jugueteando con su lengua en el glande. Se sentó a mi lado y me dijo, me has dejado toda mojada, tomó mi mano y la puso en su entrepierna, efectivamente estaba toda mojada. Traté de masajear su erecto y grande clítoris, ella me dijo: “No, si puedo esta noche te iré a despertar y nos andamos un rico polvo”. Yo estaba tan caliente que acepé su propuesta. Esa noche dormí con un ojo abierto y no pasó nada.

Al día siguiente, a la hora de los últimos rezos nocturnos ella se sentó a mi lado y en susurros me dijo: “Esta noche tengo el turno de cuidadora nocturna. No te duermas, ni pongas llave a puerta”. Los dormitorios del internado son piezas chiquitas, individuales con una cama. Cada noche una monja queda de cuidadora y se pasea para que nadie salga de su pieza sin su permiso y verificaba que cada puerta este cerrada desde adentro. Esa noche, aproximadamente a la 11, entró Sor Cecilia, me puso una mano en la boca y me dijo: “Acompáñame”. Fuimos a otra pieza, mas grade, con baño incluido. Inmediatamente se desnudó, se acostó y tomó mi cabeza y la puso en su entrepierna, tuve que luchar para llegar a si clítoris, despegando la gran mata de pelos de su vagina. Me asustó al descubrir el botón de clítoris de casi de dos centímetros, era como un pequeño pene. A parte de eso, respiraba un ligero olor a orina y a sexo. Jugué con su botoncito con mi legua, chupándolo y dándolo pequeños mordiscos, ella explotó en un largo orgasmo, llenándome la cara de un fluido que un principio creí que era orina, pero no, era una descarga similar al semen, cuando uno eyacula. Ella lo sabía, porque limpio mi cara, nariz y cuello con su lengua. “Sí que sabes hacerlo bien, tienes una lengua que hace milagros; habría muchas otras monjas que cederían al morbo de abrirte las piernas” –me dijo, mientras intentaba recobrar la cordura. Acostada de espaldas, tomó mi verga y la metió en su húmeda vagina. Descubrí que al metérselo profundo y mover mi pelvis sobre su gigantesco clítoris ella respondía pegándose a mí moviendo en forma circular su pelvis, haciendo chocar mi verga de un lado a otro dentro de su vagina. En un comento se acercó a ni oído y susurrando me dijo: “¡Avísame cuando vayas a acabar, no quiero traer a este mundo, a un Papa!”. Comprendí que no quería que eyaculara adentro de su vagina y que nuestro eventual hijo sería un sucesor de San Pedro, la roca de la iglesia católica.

En un momento, sentí que mi orgasmo se acercaba, y le dije: “¡Voy a acabar!”. Ella rápidamente sacó mi verga de esa rica vagina mojada y se la metió hasta el fondo por el ano. Me dolió un poco, pero ella me dijo: “¡Sigue, por favor sigue, con fuerza métemela toda!”. Sor Cecilia estaba enloquecida cada vez que mi verga le llegaba hasta el fondo de su culo, parecía una endemoniada diciendo blasfemias lujuriosas. Fueron como cuatro o cinco minutos y exploté en su culo. Encima de la cama con el culo abierto y chorreando semen, se sentó y con una sonrisa de oreja a oreja, tomo mi rostro y me dio un inolvidable beso candente, metiéndome su lengua. Ha sido el más largo que he tenido en mi vida y el más caliente. Vi como la caliente monja se masturbaba hasta llegar a un orgasmo que chorreaba sus muslos. Después me llevó al pequeño baño y juntos nos duchamos, metió su larga cabellera en un gorra para no mojar su pelo. Descubrí que éramos exactamente del mismo porte, su boca estaba a mí misma altura y su vagina también estaba exactamente situada frente a mi verga. Besarla su boca y penetra su vagina al mismo tiempo no requería ningún esfuerzo adicional. Se lo dije y su respuesta hasta hoy me resuena: “Es por eso que Dios nos juntó”. Fueron muchas las noches de sexo, desenfreno, lujuria y perversión. Nos habíamos vuelto amantes. Por la noche burlábamos a las otras monjas que se paseaban en las penumbras de los pasillos y nos íbamos a los oscuros jardines del colegio para coger como posesos y entregarnos al morbo de estar cogiendo al aire libre con Dios como testigo.

Descubrí que ella llevaba un riguroso control de su ovulación, por tanto, me avisaba cuándo podía descárgame dentro el ella o cuando le debía avisar para que ella buscara otro lugar para mi descarga (su culo o su boca). Un día me llamó la Madre Superiora, para que ubicara a Sor Cecilia, y además hizo un extraño comentario. “Ustedes dos son como hermanos, por esos los mando juntos a comprar a la cuidad, ella te quiere mucho y habla muy bien ti, cuando hacemos las evacuaciones de los alumnos ella te pone siempre en el primer lugar. Sal con ella y cuídala. En los patios trata de estar más con ella. Desde mi puesto de mando acá arribo, he notado que cuando te juntas a hablar con Sor Marina, ella pone una cara de tristeza, cambia inmediatamente de cara cuando hablas con ella, si no fuera pecado, diría que se pone a coquetear contigo, cuándo te toma las manos y juntos rezan con la cabeza inclinada”. Estuve a punto de contarle la verdad: “Madre Superiora ella toma mis manos y me cuenta al oído, las veces que se masturbó en la noche, pensado en la última sesión de sexo que habíamos tenido, como le gusta que le haga sexo oral y como descubrió que puede llegar al orgasmo cuando chupo por sus grandes pezones y suavemente se los muerdo. Me cuenta donde dejara el bolso con su femenina lencería y sus minifaldas que se pone bajo la sotana, para ir preparada para quitarse el vestido y entramos felices al Hotel Francés, donde arrendamos una pieza por treinta minutos”. Claro que es lo que pienso e imagino la cara de la Madre Superiora al escuchar tamaña confesión de mi parte, obviamente sería un escándalo en la Diócesis y en la comunidad, pero solo es parte del morbo.

A la encargada del hotel, siempre le llama a atención porque estamos tampoco tiempo y nos recuerda que, por el mismo precio, ella nos permitirá estar hasta dos horas, porque somos la mejor pareja que frecuenta su hotel. Entre esas conversaciones indiscretas nos contó que ella se masturba mirándonos hacer el amor, a través del espejo falso de la pieza y que sueña con que en algún momento la invitemos a hacer un trio. Confesó que nunca había visto unos tan grandes pezones y no oculto su asombro el ver el clítoris de Cecilia. No sé si fue que movidos por la calentura le dijimos a la chica que en cualquier oportunidad que tengamos la incluiríamos en esa deliciosa sesión de sexo con nosotros. La encargada del hotel con una sonrisa de lujuria dibujada en los labios dijo: “De verdad me encantaría. ¡De pensarlo, se me moja la concha!”. Esa misma noche decidimos con Cecilia salir del colegio e ir en busca de esa caliente mujer y apagar el infierno que quema su entrepierna. La encontramos saliendo del bar y nos fuimos a su casa. Antes de que la puerta se cerrara yo le estaba tocando las tetas y Cecilia la besaba con esa caliente forma en que sabe hacerlo. Nos desnudamos y nos fuimos a la habitación, yo estaba de espaldas en la cama tenía a Cecilia y a la encargada del hotel chupando mi verga y mis testículos. Se veían tan sensuales y putas que me enloquecían. 

Sor Cecilia se acostó en la cama y la mujer se puso entre sus piernas, jugando de forma perversa con su clítoris. “¡Ah, por Dios, lame! ¡Hazlo como la perra caliente que eres! ¡Te lo ordeno en el nombre del Todopoderoso, dame placer con esa lengua de puta!” –decía Cecilia pellizcándose los pezones. La mujer levantó el culo y me dijo: “¡Métemela fuerte! ¡Rómpeme el culo y cuélame como lo haces con la zorra esta!”. Se notaba que las dos estaban fuera de sí y que vivían cada perverso segundo al máximo. Coger con la encargada del hotel se convirtió en un delicioso juego que practicábamos una vez a la semana, dando un plus más a la lujuria relación entre monja y estudiante. Fue un año intenso de cogidas a escondidas, lo que lo hacía más placentero.

Mi relación con Cecilia, terminó abruptamente como comenzó. Al regreso de las vacaciones en casa me avisaron esta estaba matriculado en el internado del Colegio La Salle de otro pueblo. Fui muchas veces al colegio a verla y no di con ella, iba los domingos a la misa pública que se realizaba en la iglesia al interior de colegio y no estaba ella. Un día en la calle me encontré con Sor Marina, que dio un apretado abrazo y un beso en la frente. Me dije finalmente es la oportunidad de saber de Cecilia. Así que partí recordando nuestros encuentros y conversaciones en el patio de colegio. En un momento, como al pasar le pregunté que es de mi otra amiga, Sor Cecilia. Bajó la mirada y en susurros me dijo: “Dejó los habitos, se casó con el ex cura Fernando, tiene un hijo llamado Pedro”. Me miró y con una cómplice mirada me dijo que pensaba que es hijo era mío. Quedé mudo. No supe cómo seguir, Cuanto sabia Sor Marina, para afirmar que el hijo de Cecilia podría ser mío. Recordé que había dicho, se casó con el ex cura Fernando y agregado que ella tiene un hijo (no tienen Fernando y Cecilia un hijo). Entendí que el padre era desconocido. “No te preocupes, el secreto de Cecilia y tuyo está a salvo conmigo” –dijo Sor Mariana. Yo quedé de una pieza, no sabía que contestarle. “Parece que te comió la lengua un ratón” –me dijo Sor Mariana. “No es eso hermana Mariana, solo que estoy tratando de pensar en aquello que usted me dice”. “No hay mucho que decir, sabes lo que tienes que hacer. Conoces las entradas al colegio que puedes usar en las noches y yo estaré esperando los viernes en la noche” –dijo Sor Mariana. No había viernes en la noche que no fuera a darle la cuota de sexo a la luz de las estrellas para comprar su silencio. No tenía tapujos ella en hacer lo que le pidiera, incluso en esas noches de lujuria me ofreció como ofrenda la virginidad de su culo apretado, haciendo que delirara de placer.

Años después, Cecilia me invitó a su casa para que conozcas y juegues con tu hijo, Pedrito. Me contó que Fernando había muerto y debía irse a Francia, ya que el ex cura era hijo único y le había heredo una cadena de hoteles, varios viñedos y dos catillos en Francia. Ella como todas las monjas franciscanas habla perfectamente el francés. Me dijo que siempre me estaría esperando. “Tú avísame donde estás y yo iré a buscarte” –me dijo. Ya era tarde, ya estaba casado, con dos hijos, Mi mujer es obsesionada por el sexo, lo practica los 365 días de año, con una semana que ella la llama: “La semana del culo”. Son sus días de menstruación. En la cual lava y lubrica su ano para tener excelente sexo anal y en la vagina se insertaba un tampón absorbente.

Dos veces fui a Francia, pero era agotador, inventar un cuento para mi mujer, pedir los permisos el trabajo, tener sexo todo el día con Cecilia, seis a ocho horas de sexo al día…Para recuperar el tiempo perdido según ella. Ella también vino incontables números de veces, hasta que finalmente encontró una pareja francesa y de común acuerdo decidimos suspender nuestros encuentros. Con la modernidad mantenemos contacto vía un secreto WhatsApp donde practicamos sexo virtual, donde ella se muestra y masajea su clítoris o me muestra sus pezones duros. Ella ha botado dos notebook y cuatros teclados por los deterioros producto de sus squirt cuando llega al orgasmo. Me comentó que no los lleva a reparar por que no puede contar como se deterioraron, pero una ocasión los puso frente a ella y para frente a mí, sus arrimados aparatos, darles un muevo remojón de sus fluidos y decirme: “Mira lo que de estas perdiendo”.

Esa noche mi señora se lo agradeció, literalmente le dejé los ojos en blanco, estamos en el cuarto día de “De la semana del culo”. Apagué mi PC, me fui a acostar, bajo las sábanas estaba su gran culo esperando ser cogido. Yo ya estaba con la verga como una roca, ella estaba algo dormida, pero despertó de inmediato cuando sintió que se la estaba metiendo, yo cerré mis ojos y pensé que me comía el culito de Cecilia, incluso pensaba en la encargada del hotel y en Sor Mariana y lo rico que las dos putas gritaban cuando les cogía el culo. Hice durar el acto lo más posible para acabar dentro de su ya abierto agujero. En mi mente vi a Cecilia masturbándose para mí, pensé que ahora Cecilia había lubricado su ano para mí. El sexo anal con Cecilia fue siempre doloroso, ya que ella nunca lubrico su ano. Ahora me lo estaba dando, lubricado, mi reacción fue inmediata, mi verga de nuevo se puso en erección, ella se puso de rodillas, abrió sus piernas y bajó la cabeza, me ofreció su culo. Le di duros golpes como nunca lo había hecho. Sentí que ella habido llegado al orgasmo por la vibración de su ano. Me concentré en pensar en Cecilia y logré otra erección, que a los diez o más minutos me llevaron al éxtasis. Fue hay que ella me dijo: “”¡Estuvo rico! Me has dejado desculada, mañana no me podé ni sentar. Llegaste como loco a golpear culo y a darme verga a lo salvaje”. Me falto decirle gracias, muchas gracias, Cecilia, porque yo, como nunca había tenido un delicioso sexo anal con Cecilia en mi mente.

Aunque esos encuentros virtuales con Cecilia siguieron, la que más lo disfrutaba era mi mujer porque me la cogía pensando en esa sensual monja capaz de hacer cosas sucias cuando lo deseaba y siempre estaba lista para dejarse coger ya fue en los pasillos del colegio o en el patio por la noche

 

 

Pasiones Prohibidas ® 

viernes, 24 de octubre de 2025

137. Cuando tu madre es la maestra más puta de la escuela

Tal vez para muchos ser el hijo de la maestra es algo incomodo, ¿Por qué? Por que si te aprueba en todo automáticamente pasas a ser odiado por el resto de la clase, se convierte uno en el centro de burlas y menosprecios, pero en mi caso no es así y esto se debe a varias razones que se las explicare de menor a mayor importancia.

La primera es que nadie sabe que la maestra Rocío es mi madre, así lo decidimos desde que entré a la enseñanza media.

La segunda es que mi madre es un pedazo de hembra que llama la atención tremendamente tanto de profesores, alumnos y padres de familia, donde quiera que ella se pare sus grandes y bien formadas nalgas enmarcadas en sus bien torneadas y largas piernas son el centro de atención de todos los hombres.

La tercera es que la situación antes mencionada a mi no me molesta en absoluto y por el contrario me pone muy caliente escuchar como mis compañeros se expresan de ella, diariamente escucho comentarios tales como: “¿Tendrá su vagina depilada?”. “¿Le gustará que se la den por el culo?” “¿Qué tal será para chupar verga?”. “¡como tendrá el culo de abierto!”. “¡A esta se la cogen mas de dos!”. “¡Que para satisfacer a la puta se debe comer al menos tres vergas!”. Así muchos mas, se podría decir que prácticamente la violan con sus comentarios.

La cuarta es que a ella le fascina escuchar todos estos comentarios y diariamente me pide que le diga todo lo que escuche de ella, le pone muy cachonda saber todo lo que dicen y pues la verdad es que no mienten en nada, Rocío es una tremenda puta. No hay nada más perverso para mí al ver su cara de caliente escuchando con detalles lo que los alumnos dicen de ella, incluso he escuchado a profesores hablando que “Rocío es la que cuando tienes ganas puedes cogértela sin mayor problema, ya que siempre está dispuesta a hacer lo que le pidas”.

Déjenme contarles como es un día normal con ella. Llegué al colegio y algo apurado me fui al salón de clases, tomé asiento y de inmediato se acercó a mí Ricardo, que déjenme decirles que es un tremendo morboso y admirador de mi madre, y ese día no pudo contener su sentir hacia Rocío y me dijo: “Oye, ¿ya viste a la maestra Rocío?”. La verdad es que había salido tan rápido de casa que no me había percatado de como se había vestido mi madre así que le dije: “No, ¿por qué?”. “¡La muy puta se puso una falda tan corta que se le ven hasta el hoyo del culo! Pero eso no es todo hermano. ¡Sus piernas, siempre tan sensuales! ¡Sus piernas son una delicia! Como me gustaría tenerlas sobre mis hombros y besárselas mientras le doy verga” –me respondió.

Los comentarios que Ricardo hacia de mi madre siempre eran muy cachondos y eso me calentaba la cabeza de sobremanera y procuraba seguirle la corriente con tal escuchar todo lo que le haría si la tuviera a su alcance. “¿En serio lleva así la falda?” –le pregunté. “¡Sí! Y no sabes, de arriba solo lleva una blusa de tirantes blanca que se le transparenta todo” –me responde. “¿y lleva sostén?” –le pregunté poniendo cara de interés. “¡Sí, hermano! Pero es como si no trajera, el sostén es tan pequeño que sus grandes tetas casi se le desbordan por arriba” –me respondió casi con la baba en la boca. Sabía que mi amigo no exageraba, mi madre tenía esas prendas y varias más bastante llamativas; no dudaba en llevarlas al colegio, pero continué siguiéndole el juego. “A ver si enseña algo” –le dije a Ricardo con una sonrisa burlona. El respondió de inmediato: “Ojalá, hoy en la noche quiero hacerme unas buenas pajas pensando en ella!”. En eso estábamos cuando entró Rocío al salón y de inmediato todos nuestros compañeros corrieron a sus lugares y cuando llegó a su escritorio nos saludó a todos: “Buenos días muchachos!”. “¡Buenos días Miss Rocío!” –dijimos todos respondiendo el saludo.

Pude constatar todo lo que Ricardo me había dicho, inclusive se podría decir que se vio decente al describirla, ya que la falda que llevaba era tan corta que se le veía el triangulo de su tanga roja asomarse por debajo de esta, Rocío dejó sus cosas sobre el escritorio y nos dijo: “Saquen su libro y repasen la pagina 169”. Obedecimos su indicación y después se sentó y comenzó a revisar algunos papeles, pero yo sabia que ella hacia todo aquello para calentarnos y también sabia que en cualquier momento iba a hacer algo para calentarnos aun más y solo era cuestión de esperar y así fue a los pocos minutos levanto la cabeza y dijo: “Necesito dos voluntarios que me ayuden a sacar un proyector de la bodega”. Casi todos mis compañeros levantaron la mano pero ella dijo: “Ricardo y Esteban, acompáñenme”.

Nos levantamos y salimos del salón tras de ella y en el camino rumbo a la bodega comenzamos a admirar sus hermosas nalgas. La falda le quedaba tan ajustada que la redondez de sus nalgas se le marcaba tremendamente y no solo eso parecía que ella se esmeraba en darnos un buen espectáculo ya que comenzó a caminar moviendo sus caderas de tal forma que sus nalgas se bamboleaban tremendamente con cada paso que daba provocando que su falda se le subiera aun más, pero el espectáculo no paró, ya que cuando llegamos a la bodega y entramos Rocío tomo una escalera triangular y después de abrirla y acomodarla debajo de unos estantes sin decir mas subió en ella y a pesar de que solo subió dos peldaños esto fue suficiente para que sus nalgas quedaran justo frente a nuestras caras y comenzó a mover algunas cajas, Ricardo me miró disimuladamente y dispuesto a aprovechar tal oportunidad, le dijo: “Di gusta Miss, puede pasarnos las cajas que le estorben”. Acto seguido se acercó un poco hacia ella quedando su rostro a escasos centímetros de sus nalgas. En ese momento pude sentir la envidia de los demás compañeros al ser elegidos por la musa de sus pajas para ir a la solitaria bodega del colegio.

Nos levantamos y salimos del salón tras de ella y en el camino rumbo a la bodega comenzamos a admirar sus hermosas nalgas. La falda le quedaba tan ajustada que la redondez de sus nalgas se le marcaba tremendamente y no solo eso parecía que ella se esmeraba en darnos un buen espectáculo ya que comenzó a caminar moviendo sus caderas de tal forma que sus nalgas se bamboleaban tremendamente con cada paso que daba provocando que su falda se le subiera aun más, pero el espectáculo no paró, ya que cuando llegamos a la bodega y entramos Rocío tomo una escalera triangular y después de abrirla y acomodarla debajo de unos estantes sin decir mas subió en ella y a pesar de que solo subió dos peldaños esto fue suficiente para que sus nalgas quedaran justo frente a nuestras caras y comenzó a mover algunas cajas, Ricardo me miró disimuladamente y dispuesto a aprovechar tal oportunidad, le dijo: “Di gusta Miss, puede pasarnos las cajas que le estorben”. Acto seguido se acercó un poco hacia ella quedando su rostro a escasos centímetros de sus nalgas. “Sí Ricardo, solo dame unos minutos!” –respondió Rocío. Ricardo comenzó a mirar disimuladamente las piernas de mi madre y después de unos instantes se reclinó un poco y clavó su mirada bajo su falda y el muy carbón aprovechando que Rocío tenia la cabeza metida en los anaqueles se comenzó a frotar su miembro por encima de la ropa, y yo claro no deseando quedarme atrás también me acerqué a ella y eché una rápida mirada bajo su falda y pude ver como el delgado hilo del tanga se le metía entre sus nalgas y lentamente fui bajando la mirada recorriendo sus piernas; después me volví enderezar. segundos después Rocío nos dijo: “A ver muchachos, voy a pasarles unas cajas y las dejan bajo la escalera”. Ricardo de inmediato se enderezó y comenzó a recibir las cajas que ella nos pasaba y claro que cada vez que se agachaba para dejarlas en el piso no perdía oportunidad para mirar sus piernas y de vez en vez echaba una rápida mirada bajo su falda, y cuando terminó de pasarle las cajas nos dijo: “Bueno, ahora voy a pasarles el proyector, tengan mucho cuidado”. Más que tener cuidado con la caja, teníamos cuidado de ocultar la calentura, a mi ya se me había olvidado que era mi madre a quien tenia al frente.

Los dos miramos hacia arriba y Rocío comenzó a sacar de aquel estante una caja un poco mas grande que las anteriores y se la pasó a Ricardo y en ese momento ella le dijo: “Acércate un poco más Ricardo”. Él se acercó a ella hasta que su rostro quedo a escasos milímetros de sus nalgas mientras que yo le ayudaba a bajar la caja. “Con cuidado muchachos, no la vayan a dejar caer, si no voy a tener que pagarlo y buscaré la forma de cobrarles a ustedes” –dijo con una lujuriosa sonrisa dibujada en los labios. Aquella escena era por demás cachonda, Ricardo tenia la cabeza tan cerca de las nalgas de Rocío que si hubiera deseado hubiese podido haber metido las narices en su entrepierna y oler su vagina y ella un poco flexionada le dejaba ver muy bien la parte baja de sus nalgas y yo a su lado contemplando disimuladamente sus piernas y cuando al fin logramos bajar la caja Rocío nos dijo: “Bien, ahora vayan al salón y lo dejan sobre el escritorio en unos momentos los alcanzo”. Ricardo se llevó la caja del proyector y yo tomé las otras cajas con cables y salimos de la bodega y cuando estuvimos lo suficientemente lejos Ricardo comenzó a decirme: “¡Viste su tanga!”. “Sí” –le respondí. “La tenía bien metida en el culo y tenía tan cerca su concha de mi cara que podía olerla” –me respondió. Seguimos caminando al salón y Ricardo seguía con sus cochinadas: “Ese olor a hembra me puso la verga bien dura y sus piernas se me imaginaron dos columnas griegas, que ganas tenía de darle unos chupetones en esas pantorrillas”. Ricardo estaba tan caliente como yo y no dudaba en expresarlo. Cuando llegamos al salón dejamos el proyector y me dijo: “Vamos a regresar, tal vez todavía este subida en la escalera”. No lo dudé y salimos de nuevo rumbo a la bodega y cuando llegamos la puerta estaba entreabierta, así que la abrimos lentamente esperando ver a Rocío aun en la escalera pero no fue así y bastante desanimados dimos media vuelta pero de pronto escuché su voz que venía de la parte trasera del almacén y le hice una seña a Ricardo para que esperara y cerramos lentamente la puerta, nos fuimos hacia la parte trasera de la bodega y escuchamos la voz de Rocío que decía: “¡Espera!..¡No!”. Seguido de una excitante risa.

Nos quedamos quietos unos instantes y nos dimos cuenta que estaba hasta el fondo de la bodega y observando entre los estantes pudimos ver a Rocío pero estaba acompañada por el instructor de acondicionamiento físico que la tenia sujeta por la cintura mientras le besaba el cuello y ella alegremente reía, miré a Ricardo y el estaba atento a lo que sucedía y no era para menos, el instructor había bajado sus manos hasta las nalgas de Rocío y comenzaba a levantarle la falda dejándonos ver sus grandes nalgas y parte de sus muslos. “¡No! ¡Aquí no!” –le decía ella. “Vamos Rocío, solo será un momento. Además, cobras muy bien para dejar que te cojamos” –le dice él. “El dinero no es el problema, es que puede vernos alguien” –dice Rocío. “¿Ahora te preocupa que alguien te vea? Siempre has sido tan puta que hasta vídeos tuyos cogiendo están en el teléfono de casi todos nosotros” –le dice el instructor.

El afortunado comenzó a sobar las nalgas de Rocío, podíamos ver como sus manos las recorrían por completo de arriba hacia abajo rodeándolas y apretándolas provocando que le brincaran morbosamente hasta que después de unos instantes el instructor se separó de ella, y le dijo: “¡Vamos putita, no te hagas de rogar!”. Inmediatamente después de que le dijo eso la hizo girar y la reclinó sobre un escritorio, le subió la falda por completo dejándonos ver de lleno sus grandes nalgas. “¡Pero que nalgas tan ricas tienes Rocío!” –le dice el instructor. Mi madre gimió al sentir como las manos de ese afortunado hombre se las apretó con fuerza. Luego de dio unas sonoras nalgadas que la hicieron gemir y decir lo rico en que la golpeaba. “¡Ah, sí! ¡Marca mi culo! Deja tu mano marcada en mis nalgas!” –decía ella. “¡Ahora separa tus piernas putita!” –le dice el instructor. Rocío no se resistió más y separó un poco sus piernas y de inmediato el profesor sujetó la delicada prenda y de un tirón se la desgarró haciendo que ella volviera a gemir. “Rocío, ahora cállate y déjame disfrutarte” –le dice. El instructor apoyó una de sus manos sobre las caderas de Rocío y con la otra comenzó a bajarse el pantalón dejando salir su enorme miembro erecto y comenzó a restregárselo en las nalgas, “Mira putita, me pusiste bien caliente la verga” –dice él. Rocío respirando ya agitadamente miró sobre su hombro y sonriendo le dijo: “¡Si cariño! ¡Ya métemela y cógeme de una vez!”. Ricardo y yo continuamos observando aquel espectáculo, a pesar de que ya había visto a Rocío tener sexo antes, ahora me resultaba diferente, aquello era demasiado morboso. La verga del instructor recorría las nalgas de Rocío dejando a su paso un delgada capa de fluidos y lentamente la fue bajando hasta que llego a la entrada de su vagina y sujetando sus caderas de un empujón se la metió hasta el fondo. Rocío al sentir la tremenda clavada se sujetó fuertemente de la orilla del escritorio y tensó su espalda. Vi como su rostro se desencajaba y exclamo: “¡Ay, Dios! ¡Dame duro!”. ¡Cállate puta, que sé bien que te gusta que te la metan duro!” –le decía el instructor mientras se la metía con fuerza, haciendo que el cuerpo de Rocío se deslizara sobre el escritorio.

El instructor comenzó a moverse rápidamente y podía ver como su enorme pedazo de verga entraba y salía salvajemente de la vagina de la puta profesora, provocando que ella comenzara a mover sus caderas hacía adelante, sin duda aquella verga era demasiado para ella y movía su cuerpo tratando de hacer menos dolorosa la salvaje invasión a la que era sometida, pero sus movimientos eran inútiles, aquella verga era tan grande que Rocío simplemente no podía ya librarse de ella. “¡Sí puta, sigue moviéndote así!” –le dice. El instructor dejó de manosear el culo de Rocío y empezó a darle ligeras nalgadas y yo la verdad no sabia si ella sufría o gozaba jamás había visto así a mi madre. “¡Así puta! ¡No dejes de moverte!” –le decía el enardecido macho. La pelvis del instructor chocaba salvajemente contra las nalgas de Rocío haciendo que estas rebotaran una y otra vez, su rostro ya estaba completamente desencajado pero ella pedía mas. “¡Sí, soy muy puta y lo sabes! ¡Dámela duro! ¡Cógeme como me gusta!” –decía ella. El instructor no detenía sus embestidas y sus manos no dejaban de manosear y apretar sus nalgas había momentos en que prácticamente la levantaba del suelo, ella gemía y respiraba ya muy agitada. “¡Ah, sí, riquísimo!¡Qué rico me coges! ¡Dámela hasta el fondo!” –le decía al hombre afortunado. Entre gemidos y caricias el instructor le dijo: “¡Sé cuánto gusta la verga! ¡No creas que no me cuenta como calentabas a esos muchachos! ¡Eres toda una puta!”. Nos quedamos aun mas sorprendidos al escuchar al instructor, él había visto todo, pero la respuesta de ella fue una bomba para nuestro morbo o al menos para Ricardo ya que entre gemidos Rocío contestó: “¡Ah, sí, me puso bien caliente exhibirme frente a mis alumnos! ¡Dame duro papito!”. Miré a Ricardo y sus ojos estaban completamente abiertos por lo que había escuchado, aunque yo bien sabia que roció había echo todo con la intención de excitarnos, escucharlo de su propia voz fue demasiado, tanto que no tuvimos pudor en masturbarnos viendo como el instructor le daba verga a la vagina de mi madre.

Nosotros como adolescentes calientes no perdimos el tiempo y nos empezamos a pajear viendo como se la metían hasta el fondo y escuchando sus deliciosos alaridos. “¡Sí, dale, no te detengas!” –decía. Von Ricardo nos imaginábamos que éramos nosotros quienes se la estaban cogiendo como la buena puta que era. El instructor seguía bombeando duramente la vagina de Rocío, su verga entraba de lleno y la movía de un lado a otro para después sacarla y de un empujón metérsela hasta el fondo mientras que sus manos no dejaban de apretar sus nalgas. Rocío para ese momento se retorcía tremendamente y sus manos se aferraban del escritorio tratando de detenerse pero lo único que lograba con moverse así era que el instructor disfrutara más de la cogida que le estaba dando. “Sí, puta, mueve esas nalgas!” –le decía él.  Roció para ese momento estaba ya fuera de sí y sus caderas no dejaban de moverse frenéticamente acompañando las embestidas del instructor, hasta que de pronto el instructor se reclinó sobre de ella y comenzó a gemir. “¡Ah, puta me vas a hacer acabar!”. Como si hubiésemos estado conectados Ricardo y yo balbuceamos lo mismo que el instructor. Ambos acabamos imaginando que lo hacíamos en la concha de Rocío. Ella se quedó inmóvil recibiendo leche tibia en su vagina y gimiendo como puta. Aprovechando el momento, le hice una seña a Ricardo para que saliéramos de la bodega y él aun consternado se paró. Los salimos lo mas despacio que pudimos y ya estando afuera Ricardo me comenzó decir: “¡No lo puedo creer!”. “Yo tampoco mi hermano, aunque nos pajeamos bien rico viendo como se la culeaban por puta” –le respondí. “Sí, hermano. Ya viste como siempre busca excitarnos, es una puta” –dijo Ricardo. Cuando llegamos al salón nos sentamos y parecía que ninguno de nuestros compañeros sospechaba de lo que había pasado, así que cuando ella llegó nosotros solo tratamos de disimular, pero ella no dejaba de mirarnos inclusive me di cuenta que se bajaba la falda pero ya no pude observar si llevaba tanga o se la había quitado el instructor y solo nos dijo: “Bueno chicos, mañana continuamos con el proyector”. Se despidió y salió del salón, Ricardo y yo no salíamos del asombro, fue tan morboso ver a mi madre culeada de manera salvaje que otra vez se me puso dura al recordar la escena.

Me despedí de Ricardo y me dijo que se iba a pajear como loco pensando en la maestra, en eso yo pensé que cuando llegara a casa habría ver mucho de qué hablar o por hacer. Cuando llegué a la casa me senté en la sala y la esperé en la sala. Cuando llegó me saludó como si nada, entonces le dije: “¡Bonito espectáculo!”. Se rió pensando en que me refería como nos había calentado a Ricardo y a mí en la bodega. “Seguro no te gustó verme jugando a ser puta con ustedes” –dijo ella. “Claro que me gustó, pero me refiero a que te cogió el instructor de educación física y que acabaste como una sucia cerda al recibir su verga” –le dije. “Ah, eso. Bueno, no puedo decir nada al respecto hijo. ¿Qué hacías en la bodega y no estabas en el salón?” –me dijo. Intenté buscar una respuesta y le dije: “Pensamos que te había pasado algo y fuimos a verte, pero nos encontramos con la tremenda cogida que te estaban dando”. “Bueno, sí, me gusta duro y él lo hace como me gusta” –me dijo. “Ay Rocío, tienes la capacidad de calentar a cualquiera, si hubieras visto como nos pajeamos viendo” –le dije. “¡Qué ganas de habérselas chupado mientras acababan, hijo” –dijo Rocío. “Puedes hacerlo ahora” –le dije. Ella sonrió con picardía y lujuria en los ojos. Cuando se puso entre mis piernas me dijo: “Querido, esto puede ser un juego peligroso, si me hago adicta a tu verga la voy a querer todos los días”. “Haz lo que se te indica sucia puta” –le dije. Ella con una sonrisa sacó mi verga y me la empezó a chupar.

Se la tragaba completa, aunque se ahogaba, no se detenía, lo hacía sensual, con su lengua recorría mi verga completa y volvía a tragársela. “¡Eso, puta, chupa!” –le decía. Para Rocío era un estímulo escucharme decirle puta y lo hacía con más lujuria, hasta que ya no resistió más, se subió la falda, hizo a un lado la falda y se montó encima de mí. “Hace tiempo que tenía ganas de tenerte dentro hijo y que disfrutaras de lo puta que soy” –me dijo. “Muévete puta y disfruta” –le dije. “Sí, cariño. ¡Es tan deliciosa tu verga, chiquito!” –me decía. Siguió moviéndose como la sucia puta que es hasta hacerme acabar, su concha quedó llena de semen y los dos exhaustos. Tal como Rocío lo dijo, se volvió adicta a mi verga y me la cogía en las mañanas antes de irnos a la escuela, cuando volvíamos y en la noche. Lo más perverso de todo que me la cogía por todos sus agujeros mientras que los otros fantaseaban con culearse a la maestra más puta de la escuela.

 

 

 

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domingo, 19 de octubre de 2025

136. La amiga de mi hija 2

 

Habían pasado unos días después de que Aracely fuera a buscar la caja con ropa que mi hija le había regalado y de esa cogida perversa que le había dado. Ana me preguntó si sabía cuándo la iba a pasar a buscar para llevársela, no tenía idea cuando sería pero que la había estaba donde mismo la había dejado. “¿No le dijiste nada? Supongo” –me pregunta Ana. “¿Cómo se te ocurre? Además, ella vino a buscarla, se probó unas prendas y se fue, después de eso no he sabido nada” –le respondí. “Bueno, conociéndola como es capaz y le dio vergüenza. Voy a hablar con ella si de verdad va a querer la ropa o veo a quien más se la regalo” –me dice ella. “Es lo mejor, así también sales de dudas y se la das a alguna otra amiga” –le dije.

No podía sacarme de la mente a Aracely, a pesar de ser una chica no muy versada en el sexo, se había metido en mi mente de una manera un tanto aterradora, pasaba con la verga erecta pensando en lo rico que me la había cogido, incluso me pajeaba pensando en tenerla nuevamente encima de mí moviéndose con su carita de niña inocente pero a la vez perversa. Era viernes por la mañana, Ana no fue a clases y quería estar descansada porque en la noche tendrían una fiesta. Yo me fui a trabajar como si nada y Ana se quedó acostada. “Recuerda preparar algo para que almuerces, porque cuando te quedas en casa terminas pidiendo quien sabe qué cosa y no comes sano” –le dije. “¡Sí papá! ¡Quería pedirte un favor! ¿Nos puedes ir a dejar en la noche a la fiesta a unas amigas y a mí?” –me dice con una sonrisa. “¡No me queda de otra que ser Uber! Pero dile a tus amigas que se vengan todas para acá así hago un solo viaje” –le respondí. “¡Ay, eres el mejor papá del mundo!” –me dice mientras me abraza y me da un beso en la mejilla. Salí a trabajar y el día pasaba lento, era como si los minuteros del reloj en vez de avanzar, retrocedían. Al fin pude salir un poco antes porque una reunión se suspendió y no tenía razón de ser para que me quedara hasta más tarde.

Al llegar a casa me di una ducha y puse algo más cómodo a esperar que las horas pasaran y llevar a mi hija y a sus amigas a esa bendita fiesta. Empezaron a llegar una a una, cuál de todas estaba más buena. En eso Ana ya arreglada me pregunta si había llegado Aracely, le dije que no, me pidió si la podíamos esperar, porque como siempre se le había olvidado y venia en camino a casa. “Porque no la llamas y le preguntas donde está y la recogemos en el camino” –le dije. Después de hablar me dice que no venía tan cerca ni tan lejos pero era mejor que la pasáramos a buscar. Cuando la vi mi corazón se aceleró, tenía el cabello suelto y se había maquillado, se veía preciosa. Se subió al auto y saludó en general y nos fuimos a esa fiesta.  Al llegar, Ana me pidió que por favor las buscara como a las 02:00 o  03:00 de la madrugada, lo que significaba quedarme despierto viendo películas o pensando en Aracely de manera morbosa.

Como a las 02:45 AM sonó mi celular, era Ana diciendo que ya estaban listas. Me fui a buscarlas y pasamos a dejar a sus dos amigas, ya que Aracely se quedaría en mi casa por la noche, así aprovechaba en la mañana de llevarse la caja con ropa. Diciendo que ya estaban listas, me fui a buscarlas. Aracely subió al asiento trasero con las otras chicas y Ana se sentó a mi lado. Emprendimos el recorrido para llevar a las otras dos chicas a sus casas, por suerte vivían cerca las dos. Cuando regresábamos miraba por el retrovisor a Aracely que me sonría perversamente, como incitando mi lujuria. Se recostó ya que estaba medio entonada por los tragos con las piernas separadas. Mi hija me conversaba de lo bien que la había pasado y todo lo que bailó, yo estaba pendiente de Aracely que pasaba sus manos por sus muslos y se acariciaba ricamente, me daban unas ganas locas de detener el auto y pasarme al asiento trasero y cogérmela, ella quería calentarme y lo estaba consiguiendo, sentía que verga se ponía tiesa. Llegamos a casa después de ese tortuoso camino para mí y cada quien para su cuarto, Aracely se quedó en el cuarto de visitas.

En la mañana como a las 10:00 AM, me levanté, hice el desayuno y me bañé, yo siempre después del baño me coloco mi bata. Desayuné un poco y fui a mi cuarto a ver tv. Al rato como a las 11am escuché una puerta y era Aracely, la vi pasar en dirección al baño, pasó sin ver para atrás, al rato después de bañarse, bañadita y fresca si me saludó: “Buenos días Daniel, ¿cómo amaneciste?” –me preguntó. “Bien, y tú Aracely, ¿cómo amaneciste?” –le dije. “Muy bien papito” –me dice y me da un beso en los labios. No niego que me exalté un poco, ya que Ana no sabe nada de lo que pasó ese día que vino a buscar la ropa. Se había puesto una de las falditas que mi hija le regaló, usaba un top que apretaba sus senos y se le marcaban los pezones. Yo estaba embobado mirándole las tetas. Se levantó la falda y me mostró una tanguita rosa que llevaba puesta, que le marcaba los labios de la vagina y al darse vuelta tenía el pequeño metido entre las nalgas. Mi verga reaccionó de inmediato al estímulo visual, pero fui cauto, ya que no quería que Ana se diera cuenta del jueguito perverso que tenía con su amiga. “No sabes las ganas que tengo de que me cojas” –me dice susurrando en mi oído. “Yo también quiero cogerte, pero esperemos un poco, no sea cosa que Ana se despierte” –le dije. “Me parece perfecto” –me dice mientras me toma la mano y la mete entre la tanga, su vagina estaba mojada y su carita de inocente había desaparecido por completo. Se fue a la sala y me miraba con cara de niña perversa, encendió la TV y se recostó en el sofá, abrió las piernas y me hacía delirar. Ahora el que estaba cayendo en las redes de su juego era yo y ella lo disfrutaba al ver mis ojos encendidos en deseo.

Estuvimos charlando un rato y me decía que ya quería que nos pusiéramos traviesos. “No seas malo Daniel, me tienes caliente y Ana no se despertará tan pronto”. Tenía razón ya que mi hija cuando trasnocha se levantaba como a las 2 o 3 de la tarde. Se fue a la cocina y se sentó mirándome de frente, separó las piernas y podía ver como sus manos empezaron a jugar perversamente con su entrepierna. La observaba en silencio viendo como ella acariciaba su vagina por encima de la tanga, mordía sus labios al sentir como esos dedos traviesos exploraban con libertad y le provocaban una calentura que apenas podía controlar. Mi verga se empezó a asomar por el costado de la bata, al igual como se notaba que estaba caliente viendo a Aracely. Se demoró poco en mover la tanga a un lado y empezar a jugar con sus dedos en ese delicioso clítoris, sus gemidos sonaban sensuales, lujuriosos y llenos de perversión. Ya no podía resistirme a sus encantos y saqué mi verga por el lado de la bata, me masturbaba despacio viéndola hacer lo mismo sentada en una de las sillas de la cocina. Se quitó el top, dejando ver esas hermosas tetas con esos pezones duros, la tanga al cabo de unos minutos desapareció y la faldita la tenía encaramada hasta la cintura, se veía toda una zorrita ante mis ojos. “¡Ay Daniel, me tienes caliente! ¡Quiero que me cojas ya!” –decía gimiendo. Me puse de pie y nos fuimos a mi cuarto, le quité la falda, al fin la tenía desnuda y lista para disfrutar de su exquisito cuerpo. Me quitó la bata y me agarró la verga, masturbándome con dulzura me dijo: “No sabes lo mucho que la extrañaba”. La tiré en la cama, ya no había tiempo de palabras, solo pensaba en cogérmela de una vez. Abrió las piernas y enseguida me puse a lamer esa rica conchita húmeda y deseosa. Como la primera vez se sorprendió y dejó que mi lengua la recorriera con toda libertad, dejaba escapar deliciosos gemidos que se volvían intensos. Mi respiración se agitaba por la calentura que estaba sintiendo. Aracely se agarraba las tetas y gemía descontrolada, yo estaba como un loco bebiendo los fluidos de su exquisita conchita y se mezclaban con ese olor penetrante de hembra en celo.

Aracely estaba casi al borde del orgasmo y entre gemidos suplicaba que no me detuviera, quería sentir como mi lengua la llevaba al placer y disfrutar de ese momento que se habia perdido por su indecisión. “¡Oh, Daniel, qué rica se siente tu lengua!” –me decía ya retorciéndose y sin poder resistir más. Fue verdaderamente un gusto perverso verla retorcerse y jadear por el orgasmo, mi calentura estaba a niveles insospechados y mi lascivia presagiaba que iba a disfrutar de ella por completo. Aun no lograba componerse por completo cuando la giré e hice que se pusiera en cuatro. Ahora mi lucha era si se la metía por el culo o por la vagina, aunque mi primera intención fue darle por el culo sin misericordia, tuve un poquito de piedad y se la acomodé en la entrada de su vagina, de una embestida entró completa, ella gimió con lujuria y me dijo: “¡Eso, papito, dame duro!”. Me tomé de su cintura y la empecé a embestir con fuerza, era perversa la manera en que nuestros cuerpos chocaban y sus gemidos alucinantes. “¡Dame Daniel, quiero tu verga dentro papito!” –me decía con la sensual calentura en su voz.

Habían momentos en que pensaba que Ana nos podría descubrir cogiendo pero que podía decir, su amiga era mayor de edad y no estaba haciendo nada malo, solo disfrutando de ese cuerpo veinteañero que estaba a mi disposición. Seguí dándole con más fuerza y le decía: “¡Sí que aprendiste la primera vez!”. Ella solo gemía y respondía con su voz entrecortada: “¡Es que coges deliciosamente!”. De repente, escuché un ruido en el cuarto de mi hija. Al instante Aracely puso sus manos en la boca para acallar sus gemidos, me dijo que se iba a dar un baño y si podía prepararle algo para desayunar. Sin detenerme, le dije que ya estaba servido que si quería tomar un café debía solo calentarlo. “¡Ay papito, casi nos descubre!” –me dijo Aracely. “No va a entrar sin golpear estando la puerta está cerrada” –le respondí. Hice que subiera encima de mí, quería ver esas tetas moverse con lujuria al estar sobre mi verga. Se subió y se la ensartó en su conchita que rebosaba de fluidos. Tomado de sus muslos, Aracely comenzó con sus sensuales movimientos, ver la calentura reflejada en sus ojos era exquisito, sus tetas se mecían suavemente, me miraba y mordía su labio disfrutando de como mi verga masajeaba el interior de su vagina. Ya sus movimientos se volvieron más intensos, con esa deliciosa intención de hacerme disfrutar y disfrutar ella de la lujuria que nos tenía presos.

Entre más intensos eran sus movimientos, más intensa era la lujuria, ese delicioso movimiento de sus tetas era delirante. De pronto, se deja caer sobre mí y empieza a gemir descontrolada, me susurraba al oído que le gustaba sentir mi verga y que no podía aguantar más. La beso con lujuria mientras mis manos se van a sus nalgas y las abro maliciosamente, ella lo disfrutaba, también se volvía loca al sentir como mis manos se marcaban en su culo al nalguearla. “¡Eso papi! ¡He sido una niña mala!” –me decía. Otro delicioso orgasmo la invadió haciendo temblar su cuerpo, sentí como mis muslos se humedecieron por la tibieza de sus fluidos. Nos besamos perversamente y seguimos cogiendo como locos, esta vez hice que pusiera de lado, ya mi perversión no aguantaba más y quería cogerme su culito. Ella adivinó mis intenciones y se acercó más para que pudiera acomodar mi verga en la entrada de su ano. Lentamente empujé hasta que iba entrando poco a poco, a medida que mi verga se abría paso ella daba pequeños gritos de dolor. “¡Ay papito, me duele!” –decía Aracely. Empecé a moverme despacio para que su culo se acostumbrara a mi verga, después de todo era la primera vez que se la metía en ese culito. Cuando sentí que su ano se adaptó por completo a mi verga me empecé a mover rápido, embistiéndola con fuerza, Aracely gemía descontrolada y pedía que se la metiera con más con fuerza, quería ser cogida con violencia y que su culo quedara abierto. Estábamos tan calientes que habíamos perdido toda razón y pudor, creo que los gemidos de ella se escuchaban por toda la casa, ya no me preocupaba lo que Ana pudiera decir, tampoco me importaba que Aracely gimiera  como una cerda mientras le follaba el culo y creo que a ella tampoco le importaba demasiado. La giré e hice que se pusiera boca abajo y seguí dándole por el culo con fuerza, tal como ella pedía. Estábamos envueltos en sudor disfrutando como poseídos.

Sentía que mi verga iba a estallar, la sentía palpitar en ese culo abierto y era inminente que pronto eyacularía. “¡Quiero que tu semen llene mi culito!” –me decía entre gemidos. Aracely estaba aferrada a las sabanas y jadeaba perversamente. Al cabo de unos minutos me estaba vaciando en ese delicioso culo desvirgado, fue tan placentero como perverso. Aracely suspiró y me dijo: “Jamás pensé que el papá de mi amiga me cogiera tan rico”. Su culo quedó abierto y rebosando de semen, era una imagen erótica y candente. Sonreí y besé su cuello, ella gimió y dijo una vez más: “¡Quiero que me cojas siempre! ¡Quiero ser tu putita!”. Dulces palabras saliendo de los labios de una chica caliente y que aprendió lo rico que es coger como se debe. Estábamos tendidos en la cama y la chica con mi verga en su boca chupándomela de forma exquisita cuando se abrió la puerta de mi cuarto, era Ana y vio a su amiga en esa escena caliente. “Con razón no los encontraba” –dijo ella mirando fijamente como Aracely se tragaba mi verga, lejos de sentir vergüenza o pánico ella siguió y mi hija quedó parada al lado de la cama, no sé si de asombro o para ver como terminaría, pero lejos de enojarse siguió observando en silencio.

No fue necesario decir nada, pienso que fue su instinto el que actuó pero se unió a su amiga, entre las dos me la chupaban, la lamian, mordían e incluso se besaban. Era tan excitante verlas compartiendo como buenas amigas, mientras una se encargaba de mi verga, la otra hacía lo propio con mis testículos, era tanta la calentura que tenia que no tardé en acabar. Ver como compartían mi semen fue una escena muy morbosa. Después de esa caliente mamada que me dieron entre las dos, Ana me dijo: “Yo supuse que te la cogiste cuando debía llevarse la caja”. No le respondí nada, dejándole espacio a la duda, aunque no había nada que dudar.

Momentos como esos solo hay que disfrutarlos y obviamente que fue un fin de semana inolvidable con esas dos jovencitas llenas de lujuria y perversión. 

 

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sábado, 18 de octubre de 2025

135. La amiga de mi hija 1

 

Mi hija Ana, de 20 años, se había ido a pasar el fin de semana con mi hermano, su esposa y mis sobrinos a la montaña. Ella había preferido vivir conmigo en vez de con su madre y estudiaba Economía. La verdad es que nos llevábamos muy bien. El viernes por la noche estábamos hablando por teléfono de cómo había ido el viaje, de lo que pensaba hacer y esas cosas, ya estábamos finalizando la conversación. “Disfruta de los paisajes que son muy bonitos y pásalo bien” –le digo. “Eso seguro, papá. Antes de despedirnos, tengo que pedirte una cosa – me contestó ella. “Tú dirás, hija” –digo. “No se si te acuerdas de mi amiga Aracely” –dice ella. “Creo que sí, es la que estaba trabajando de cajera en el supermercado, ¿no?” –le respondo. “Esa misma, bueno, lleva unos meses yendo al gimnasio y se ha quitado unos kilitos de encima” –dice Ana. “¡Qué obsesión tienen las jóvenes con esas cosas!” –exclamo. “No empieces con eso otra vez, tenemos que cuidarnos” –dice ella. “Sí, pero sin dejar de comer, ni esas cosas” –le digo yo riendo. “¡Papá, por favor!” –dice ella riéndose también. Ok, Ana, ¿Qué pasa con Aracely?” –le pregunto. “Pues, que le voy a dar algo de mi ropa vieja, la que ya no me pongo, ahora a ella dice que le gusta mi estilo” –responde.  “¿La ropa que te pones una vez y ya no te gusta?” –le pregunto con curiosidad y conociendo a mi hija, es un montón de ropa. “Hoy estás un poco pesadito, de verdad, menos mal que no estoy allí. Mira Aracely va a pasar por casa a buscar la ropa mañana, ¿A qué hora puede ir?” –dice Ana. “Ya sabes que yo después de comer ya no suelo salir” –le contesté. “Menos cuando sales y no se sabe cuando vuelves” –dijo Ana “Ahora la pesadita eres tú” –le contesté. “¡Ay, papá estoy bromeando! Le voy a mandar un mensaje a Aracely a ver a qué hora puede pasar” –dijo ella. Estuve esperando un par de minutos hasta que Ana volvió a llamar. “Dice Aracely que se pasará cerca de las 6 de la tarde o un poco más tarde. ¿No tienes problemas?” –me preguntó mi hija. “Ya te dijo que hay problema, que voy a salir a ninguna parte” –le respondí. “Bueno papi, la ropa la he metido en unas cajas que están en mi habitación con su nombre puesto, que entre y las tome” –dijo Ana. “De acuerdo, por lo menos alguien aprovechará esa ropa, así no se queda colgada en el armario” –le dije. No contestó nada, pero después me dijo: “Pesadito. Me tengo que ir, vamos a salir con los tíos y mis primos a caminar”. “Ve y pásalo muy bien” –le contesté.

Así nos despedimos y pasé muy tranquilo la noche del viernes. La mañana del sábado, como de costumbre, me iba con unos amigos a correr y hacer deporte, luego fuimos a beber algo, como le dije a Ana, aquella tarde no tenía ningún plan especial, estuve arreglando algunas cosas por casa y viendo un rato la tele, hasta que, un poco más tarde de las 6 de la tarde, sonó el timbre. Era Aracely que venía por su ropa. Esta chica era muy amiga de mi hija desde el instituto, eran de la misma edad, aunque ahora ya no se veían tanto como antes, Ana había decidido seguir estudiando y ella se había puesto a trabajar. Yo hacía algún tiempo que no la veía, antes sí que venía mucho por aquí y estaba bastante cambiada. Ana es bastante extrovertida mientras Aracely era todo lo contrario y eso se reflejaba en su forma de vestir, no sé si esta chica se iba a adaptar a llevar la ropa de mi hija. A casa llegó con un vestido negro muy amplio que la cubría casi por completo, además llevaba recogido su largo cabello pelirrojo en un moño que, en vez de 20 años, le hacía parecer mucho mayor. La verdad es que la chica era bastante guapa pero un tanto chapada a la antigua a la hora de vestir.

Nos saludamos dándonos un beso en la mejilla y la invité a pasar, tras preguntarnos mutuamente por lo que nos había pasado en ese largo tiempo en el que no nos veíamos, empezamos a hablar del tema de la ropa. “Ana me ha dicho que te ha preparado la ropa en unas cajas que están en su habitación” –le expliqué a Aracely. La acompañe hasta la habitación donde Ana había dejado la ropa en un par de cajas, por el tamaño había bastantes cosas. “Esta hija mía se compra la ropa, se la pone una o dos veces y ya no gusta. Espero que tú la aproveches mejor, Aracely” –le dije con una sonrisa. “Lo intentaré pero no sé si podré. Normalmente, yo no me pongo ropa tan corta como Ana pero quiero intentar cambiar de estilo” –respondió ella. “Déjame adivinar, Aracely, te ha convencido Ana para ello” –le dije. Si, dice que como ahora se me ha quedado un cuerpo más bonito tengo que lucirlo bien, pero yo no lo veo tan claro” –me respondió un tanto avergonzada. “¿Por qué no lo ves claro?” –pregunté. “Siempre me ha dado un poco de vergüenza vestir tan corta, la verdad” –respondió. “No te preocupes por eso, ahora la mayoría de las chicas visten así y no pasa nada” –le dije. “Eso dice Ana, una pregunta, ¿A usted le gusta que Ana se vista así?” –me dijo mirándome a los ojos. Pregunta complicada. A ver al principio no me gustaba nada pero ella ya es mayor, es cosa suya como se viste, lo importante es que es bastante responsable en todo. Una cosa más, no me trates de usted que me haces muy mayor” –le dije con una sonrisa. “Perdone, digo, digo perdona Daniel” –dice con una pequeña sonrisa en sus labios. “No te preocupes. Lo que te quiero decir es que si a ti te gusta algo póntelo, eres tú la que debe sentirse bien con la ropa, no importa lo que piensen los demás” –le dije en tono serio. ¿Usted, digo tú crees que me quedará bien la ropa de Ana?” –me preguntó. “Seguro que sí. ¿Por qué no te pruebas algo? Elige lo que te guste” –le dije. Aracely asintió.

Yo salí de la habitación y me senté en el sofá, un rato después salió ella y se presentó delante de mí, llevaba un short de jeans muy corto y un top blanco escotado que dejaba su ombligo al aire. Parecía un poco avergonzada de vestir así. “¡Vaya cambio, Aracely! ¡Te ves guapísima vestida así!” – exclamé yo. “¿Me lo dices de verdad?” –me preguntó ella con voz temblorosa. “Claro que sí, aunque yo todavía le daría un toque más” –le dije. “¿Qué quieres decir?” –preguntó insegura. “Deberías soltarte ese moño y dejar tu pelo suelto, no te queda bien con el moño” –le respondí. Aracely titubeo un poquito pero, finalmente, terminó haciéndome caso y dejó libre su larga melena. “Mucho mejor, Aracely” – le dije con tono de aprobación. “Tienes razón, me veo mucho mejor así pero me da mucha vergüenza salir con esta ropa a la calle, se me ve casi todo” –dijo.  Sonreí y le dije: “Sí, casi todas las chicas ahora visten así o incluso van enseñando más. Mira a Ana”. “Ya lo sé, pero…” –alcanzó a decir. “Con lo guapa que eres y con esa ropa te van a mirar todos los chicos” –le dije interrumpiéndola. “Yo no quiero que me mire ningún chico” –dijo ella. “Perdona, no quería decir nada que te molestara, ¿No te gustan los chicos?” –le dije ahora con un poco de vergüenza mezclada con curiosidad. “Si me gustan pero no…” –Aracely intentaba explicarse pero se la veía muy incómoda. “Si no quieres hablar de eso no te hagas problemas” –le dije mientras le ofrecía un refresco. “A ti se te ve que eres bastante más relajado, te voy a contar lo que me pasa a ver si puedes ayudarme, me da un poco de vergüenza pero lo voy a intentar” –dijo ella bajando la vista. “Tómate tu tiempo y cuéntame”. Ella respiró profundo durante unos segundos y se decidió a narrar su problema. “Verás, si me atraen los chicos. El problema es que he estado con dos y no me ha gustado nada” –dijo.  “¿Has estado con dos de forma íntima?” –pregunté. “¡Ay, qué vergüenza!” –dijo. “Tranquila Aracely, estamos entre amigos. Todos hemos tenido intimidad de ese tipo, es algo normal. Eso sí, hay que tomar ciertas precauciones” –le dije. “Si las tomamos, ese no era el problema; es que no me quedé satisfecha. No sé cómo explicarlo” –dijo aún con vergüenza. “Te estás explicando bien, tuviste sexo con un chico y no disfrutaste. No es nada de lo que tengas que avergonzarte” –le dije de manera franca. “No disfruté nada, como te dije, me ocurrió dos veces. ¿Seré yo que tengo algún problema?” –me preguntó mirándome a los ojos. No creo que tengas ningún problema. ¿Esos chicos llegaron, te cogieron y eyacularon. Típica conducta de quien no tiene mayor experiencia en el sexo” –le respondí. “Sí, así fue, supongo que yo no supe hacerlo bien” –dijo tímida. “¿No Aracely, te repito que no es un problema tuyo. A ver, ¿cómo te lo explico bien?” –le insistí para que se diera cuenta que ella no tenía ningún problema.  

Ella se quedó bastante intrigada y yo intenté estar a la altura porque ahora yo era quien estaba algo avergonzado. “Los que no sabían hacerlo bien eran esos chicos que no pensaron en ti, solo en satisfacerse ellos” –le dije. “Temo que no te entiendo bien” –dijo con curiosidad. “A ver, ¿cómo me explico? Tu amante debe acariciarte y estimularte y tú a él. Claro, antes de… bueno de penetrarte. Así es como se disfruta” –le expliqué. “A mí no me acariciaron nada, bueno, uno de ellos un poquito pero nada más, fueron directo a eso” –dijo Aracely. “Obviamente que no disfrutaras casi nada, pero eso no ha sido culpa tuya. A ver si la próxima vez no te pasa lo mismo” –le dije. Después de un momento de silencio, que para mi se hizo eterno, dijo: “Disculpa Daniel, no quiero abusar de la confianza que tenemos, ya que me dijiste como son las cosas; estoy agradecida por eso, pero, ¿Cómo son esas caricias?”. La miré a los ojos intentando no decir algo que pudiera avergonzarla, después de un suspiro le die: “No entiendo que quieres preguntar con eso”. “A ver, me gustaría saber que se siente con esas caricias” –dijo la chica. “Bueno, es complicado de explicar pero lo intentaré” –le contesté. “Estás siendo muy amable conmigo hablando de estas cosas, pero no quiero que te sientas incómodo” –dijo ella poniéndose colorada. “Como te he dicho antes estamos entre amigos y quiero ayudarte Aracely. Cuando te acarician de una determinada manera te sientes muy bien y te vas poniendo a tono, estimulando para tener sexo, llega un momento que ya no quieres solo caricias, ¿Me voy explicando?” –le dije. “Creo que lo voy entendiendo” –dijo Aracely. “No ha sido tan complicado, es más sencillo de lo que se cree” –dije sonriendo. “Te voy a pedir una cosa, espero que no te moleste, ¿Me puedes dar una muestra?” –dijo con seriedad la chica. “¿Una muestra?” –pregunté. “Sí, de cómo me tienen que acariciar los chicos. No creo que pase nada por eso y yo me voy haciendo a la idea” –dijo con seguridad. “No sé. Supongo que tienes razón y no va a pasar nada. Siéntate aquí conmigo” –le dije.

Aracely, que estaba frente a mí, se puso a mi lado, yo un poco nervioso, puse mi mano sobre su muslo y empecé a subirla y bajarla por él, desde la rodilla hasta donde finalizaba el pantaloncito corto que llevaba. Ella me miraba y sonreía, y yo también a ella. “Así te tienen que acariciar Aracely o por lo menos así lo hago yo” –le dije. “Ya veo, la verdad es que es una sensación muy agradable” –respondió. “Seguro que si te hacen esto y más cosas luego disfrutas mucho” –le dije intentando sonar experto. “¿Y solo son las caricias en la pierna?” –me preguntó con un tono de duda. “No mujer, son por todo tu cuerpo, también hay besos” –le respondí. “¿Solo en la boca?” –volvió a preguntar. En mi mente pensaba si de verdad era ingenua o estaba intentando provocarme. “No Aracely, en la boca, en tus pechos, por todo tu cuerpo, hasta donde tú ya imaginas”. –le contesté. Mi mano seguía acariciando el suave muslo de Aracely, le iba a decir que se acababa la muestra que había pedido, sin embargo, ella se anticipó con otra petición. “Espero no incomodarte más, pero me gustaría que acariciaras un poco otras partes de mi cuerpo, a ver si me gusta también” –dijo con un pequeño tono de súplica y dejando salir un suspiro. “No sé si eso es buena idea Aracely” –le dije. No quería meterme en problemas, ya que no sabía hasta donde ella quería llegar con este tema, aparte por ser amiga de Ana, tampoco quería problemas con ella. “Solo un poco. ¡Por favor!” –dijo ya suplicando. Tras oír aquella súplica mi mano subió a su ombligo, mis dedos comenzaron a pasar por el con suavidad, despacio, una y otra vez. A ella parece que le estaba gustando como la tocaba, subí con mis dedos y los pasé suave por encima de aquel top que cubría sus pechos, la situación se comenzaba a poner muy peligrosa, a Aracely le gustaban mis caricias más de lo que ella pensaba y a mi acariciarla, ya no la veía como una amiga de mi hija sino como una hermosa mujer y el deseo me comenzaba a dominar, así que decidí que aquello tenía que parar. Sin embargo, antes de que pudiera volver a decir nada, Aracely me volvió a hacer otra petición: “Me gustaría probar acariciarte yo a ti”. No sé, creo que ya sabes cómo te tienen que acariciar, mejor lo dejamos aquí” –le dije. “Si pero no sé cómo acariciar yo, por favor, déjame probar un poco” –dijo con la respiración entrecortada.

Yo ya no sabía qué hacer, quería cortar aquello pero accedí a la petición de Aracely. Metió su mano por dentro de mi camisa y comenzó a acariciar mi pecho. “Me gusta tocarte pero así es un poco incómodo, ¿Puedes quitarte la camisa, por favor?” –dijo con una voz de niña mimada. Volví a acceder a su petición y me quité la camisa, quedando mi torso al descubierto mientras Aracely pasaba su mano por él una y otra vez. “¿Te acarició bien?” –preguntó. Lo haces muy bien Aracely, aprendes rápido” –le dije. “Es que me gusta acariciarte, la verdad. Quiero pedirte una última cosa y ya lo dejamos si quieres” –dijo. Aquello de dejarlo me sonó bastante bien porque la verdad es que me estaba poniendo muy caliente pero la petición de ella no era para enfriarme precisamente. “Me gustaría verte desnudo, pero desnudo del todo” –me dijo. “¿Desnudo? ¿Y por qué quieres verme así?” –le pregunté. “Yo nunca he visto de cerca un hombre totalmente desnudo, ni siquiera a aquellos chicos que te he contado, ya que lo hicimos en un coche y a oscuras. Me gustaría ver a uno delante de mí, sé que es un poco incómodo para ti y si no quieres hacerlo lo entenderé” –me contestó.

Lo pensé unos segundos y volví a complacer su petición, me calentaba demasiado esa cara de niña inocente pero que a la vez sin darse cuenta mostraba un lado pervertido. Me quité los pantalones y el bóxer y quedé totalmente desnudo delante de ella que miraba sin perder detalle. La erección que tenía en ese momento la hizo abrir sus ojos y morder su labio. “¡Madre mía! ¡La verdad es que me gusta ver tu cuerpo desnudo!” –exclamó ella. Quedarme desnudo delante de ella había despertado definitivamente mi deseo. “¿De verdad te gusto Aracely?” –le pregunté. “Si, mucho Daniel. Creo que desde que te conozco había soñado con verte desnudo” –respondió. “Puedes tocarme si quieres, puedes tocar lo que tú quieras de mi cuerpo” –le dije con la clara intención de que tocara mi verga.

Pareció dudar un poco pero se levantó y se colocó frente a mí y sus manos comenzaron a acariciar mi pecho. “Te lo repito Aracely, puedes tocar lo que tú quieras” –le dije. Ella me miró y una de sus manos comenzó a tocar y acariciar mi verga. Yo estaba disfrutando ese momento sintiendo como su mano se deslizaba con suavidad por mi miembro, era una escena pervertida para mí. Pensaba en que esta “inocente chica” sería mía, tenía ganas de cogérmela de una vez. “¿Te gusta tocarme Aracely?” –le pregunté. Sí, me gusta mucho, me produce una sensación que no puedo explicar, pero me gusta” –respondió. “Si quieres puedes besar mi cuerpo” –le dije con un tono morboso, dejando una invitación sin especificar. Aracely comenzó a besar mi torso sin dejar de acariciar mi verga. “Lo haces muy bien, chiquita. ¡Sigue!” –le dije.

Mientras ella seguía, yo le quité su top y sus hermosos pechos quedaron al descubierto, la acerqué más hacia mí y comencé a besar su cuello, a acariciar esos pechos con mis manos, pasando mis dedos sobre sus pezones. A ella se le escapaban unos pequeños gemidos que iban a más a medida que incrementaba mis caricias. “¿Te gusta cómo toco tus tetas pequeña?” –le pregunté. “Sí, mucho, quiero que sigas así” –respondió. “Se ven deliciosas, quiero probarlas” –le dije. Acerqué mi boca a esos pechos juveniles y apetitosos, comencé a besarlos con suavidad, mientras Aracely seguía gimiendo y acariciaba mi pelo. Subí un instante para volver a besar su cuello antes de volver a centrarme en sus tetas, tomé una con mis manos mientras mi lengua comenzaba a lamer su pezón, pasando por él, haciendo circulitos, mordiéndolo con suavidad, Aracely seguía gimiendo, subiendo la intensidad de a poco, cerraba los ojos y los abría con una mirada que transmitía mucho deseo, hice lo mismo con su otra teta, solo que esta vez solo lo sujeté con una mano, la otra fue bajando suave por su cuerpo hasta llegar al botón de su pantalón, que desabroché, mi mano entró y pasó suave sobre su braguita, esto hizo que se le escapara un gemido más fuerte, la miré con una sonrisa y mordí con mis labios, sus pezones estaban totalmente endurecidos, lo que hizo que volviera a gemir con fuerza. Después le pedí que se sentara en una silla, me acerqué a ella, le quité sus pantalones y su braguita, hice que separa sus piernas, su vagina se veía perversamente mojada e invitaba a que mi lengua la invadiera. Comencé a besar sus muslos, primero uno y luego el otro, acercándome cada vez más a su vagina, pero sin llegar a tocarla, Aracely movía la cabeza y me miraba, su mirada denotaba que quería que probara su sexo y decidí complacerla. Abrí bien sus piernas y mi lengua pasó por sus labios vaginales, de arriba a abajo, estaban empapados. “¡Ah, sí, qué rico!” –exclamó ella al notar esa lengua paseándose con libertad en su vagina. Seguramente, era la primera vez que alguien se lo hacía de esta manera y ella nunca había sentido nada así, lo que hacía que no dejara de temblar, de gritar y de gemir mientras mi lengua subía y bajaba por su clítoris y se metía en su mojada conchita. “¡Sí, más, por favor!” –gritaba. Después pase mi lengua suavecito por su clítoris y ella sujetó mi cabeza con mucha fuerza, apretándola con fuerza contra su vagina. “¡Ah, Daniel! ¡Qué locura!” –decía gimiendo.  

Aracely nunca había disfrutado así y no iba a poder aguantar mucho más sin llegar al orgasmo, mientras todo aquello estaba haciendo que mi verga parecía que iba a explorar. Aracely llegó por fin a ese orgasmo, comenzó a temblar, se estremecía y chillaba. “¡Ah, sí, esto es exquisito!” –decía retorciéndose de placer. Su enorme chorro de fluidos cayó en mi boca y ella pareció quedar muy satisfecha.  “¡Ha sido increíble, nunca había sentido nada tan bueno!” –me decía mirándome a los ojos. “Es solo el comienzo pequeña” –le dije. Fui a buscar un preservativo, me lo puse y levanté a Aracely de la silla y me senté yo. Me miró mordiendo su labio y con esos ojos de inocencia. “Ahora, pequeña, siéntate sobre mí” –le dije con sutileza. Se puso en horcajadas sobre mí y añadí: “Toma mi verga y métela despacio en tu vagina”. Obediente sonrió e hizo lo que se le indicaba. Cuando se deslizó dentro a los dos se nos escapó un gemido lleno de lujuria. “Ahora, abrázate fuerte a mí y empieza a moverte. Tienes que subir y bajar sobre ella” –le dije. Aracely se abrazó muy fuerte a mí, la tomé de su cintura, ella comenzó a hacer lo que le pedí, subía y bajaba, mis manos ayudaban a empujar su cintura. Comencé de inmediato a sentir un intenso placer y a ella le sucedía lo mismo. “¡Así, nena, así, muévete sobre mí!” –le decía con la respiración entrecortada disfrutando de sus movimientos que se hacían intensos. Ella gritaba: “¡Esto es maravilloso, me gusta muchísimo, quiero más!”. “¡Muévete con más fuerza todavía, pequeña!” –le decía. Aracely se agarraba todavía más fuerte a mí y me miraba fijamente a los ojos, yo hacía lo mismo con ella. “¿Me muevo bien papito?” –me preguntaba gimiendo. “¡Ah, lo haces perfecto! ¡Eres maravillosa! ¡No pares! ¡Me encanta sentir como te mueves en mi verga!” –le respondí. “¡Ah, me encanta esto, me vuelvo loca!” –decía con lujuria.

Envueltos en la más absoluta lujuria le dije que se bajara y se pusiera en cuatro en el piso. Sin dudarlo y demostrando obediencia se puso en cuatro. Tomé mi verga y se la ensarté en su mojada vagina. Aferrado a su cintura me empecé a mover con fuerza, ella gritaba de placer, era tan exquisito escucharla pidiendo que no detuviera. Cada segundo que pasaba nos golpeaba una intensa ola de placer, era tan sensual y tan perversa que me volvía loco. Aracely sentía cada embestida más profunda e intensa que la anterior. “¡Papito, dame así! ¡Qué rica se siente tu verga!” –decía. Me calentaba que me dijera papito, le daba un toque perverso a lo que estábamos haciendo. La volteé y se me la metí con fuerza, ella chilló de placer y se agarró de mi cuello, le mordía los pezones mientras seguía con mis brutales embestidas. Nos mirábamos con complicidad, gritábamos y gemíamos. Ya sumidos en ese mar de frenesí Aracely tuvo un intenso orgasmo, seguido de espasmos en todo su cuerpo, cerró los ojos y disfrutó como nunca. Me abrazó con fuerza y arañó mi espalda. Yo estaba a punto de eyacular pero no quería hacerlo en el puto condón. Le dije que se pusiera de rodillas y que abriera su boca, me quité el condón y me empecé a masturbar frente a ella, entonces la sensación de placer que los hombres sentimos cuando estamos por llegar al orgasmo se apoderó de mí. Mi verga explotó destilando chorros de semen que se metieron en la boca de Aracely, quien lo tragó sin protestas, parecía encantada de que eyaculara en su boca. Fue una experiencia intensa para ambos.

Aracely tomó la ropa que se había probado, se vistió y me dio un pequeño beso y salió de la casa casi corriendo sin decir nada,  yo tampoco tuve tiempo de decir algo. Me fui a dar una ducha y me puse un bóxer, me estiré en la cama y me quedé pensando en lo que había pasado. Entonces me percaté que la chica no se había llevado las cajas con ropa que le había dejado Ana. Le escribí a mi hija y le dije que su amiga se había olvidado de las cajas. ¿Volvería por ellas? ¿Y qué pasaría si lo hacía?” –pensaba. Al poco rato me responde que le va a mandar un mensaje, para saber cuándo regresaría. A los minutos me escribe y me dice que pasara el lunes por la casa, que no preocupe porque ella estaría en casa para entregarlas. Bueno, no me queda de otra sino esperar para volver a verla, aunque debía ser cuidadoso porque no quiero que mi hija se entere de lo que pasó.

 

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