martes, 30 de diciembre de 2025

158. Con mi amiga nos cogimos a mi tía


Al día siguiente me desperté cerca del mediodía. Estaba en la cama de mi tía pero ella ya no estaba. Luego de lavarme y vestirme salí del cuarto y estaba sólo mi tía en la cocina. “Hola hermosa, buen día. ¿Descansaste? Te preparo el desayuno” –me dijo. Me sentía muy a gusto con ella y habíamos pasado una noche increíble. Dos años casi sin sexo y los últimos años de matrimonio prácticamente iguales hicieron que mi tía reprimiera sus ansias de sexo que lo empezaba a liberar conmigo. No quería perder oportunidad y luego de desayunar volvimos a coger. Estábamos sentadas en la cocina y sin preámbulo se levantó su vestido sin nada debajo, abrió sus piernas y me ofreció su vagina, me hacía disfrutar mucho. Sin esperar me arrodillé y fui a gatas hasta hundir mi cara entre sus piernas y lamerle la concha hasta que acabó en un ruidoso orgasmo. Acariciaba mi cabeza mientras la chupaba y notaba que de a poco se iba soltando dedicándome palabras que me hacían calentar más aún. Cuánto terminó me incorporé para besarla y sentimos el ruido de las llaves que anunciaba la entrada de Isabel. Ella se acomodó rápido el vestido y yo me puse a lavar lo que había utilizado en el desayuno para disimular. Nos saludó con más frialdad que antes y se fue al cuarto. Ese día no almorzó con nosotras y se fue sola a la playa. Ya me estaba preocupando tantos días así por lo que esa tarde la fui a buscar a la playa. Al verme llegar me ignoró pero me puse firme. Le dije que hiciera lo que quisiera pero que me escuche, que no podía mantener esa actitud fría y distante por haber tenido sexo conmigo. Que una tarde de sexo no la hacía lesbiana y que no nos convertía en novias ni nada. Fue algo que se dio, la pasamos bien y listo. Que dejará de pensar tontería. Que entendía que al principio pueda estar confundida, pero no podía seguir siempre así. Éramos amigas y que un encuentro sexual no tenía que cambiar eso. “Necesitaba mis palabras, me liberaban un poco. Aunque en realidad sentía algo de culpa por lo que pasó, tienes razón” –me dijo. Me confesó que le había gustado mucho y que había pensado en esa tarde todos estos días. Luego de esto, con un poco de miedo, me preguntó por mi tía, que nos había escuchado y que ella no tenía prejuicios, pero que la incomodaba que haya estado con mi tía y antes con ella, que no sabía cómo manejarse. Yo me reí, la abracé y le dije: “No te sigas enrollando, yo disfruto del sexo y no me hago tanto problema. Actúa con naturalidad con mi tía” –le respondí.  Le conté sobre la relación con su clienta y que nos había visto a nosotras luego de tener sexo. Que eso le despertó el deseo hacia nosotras y que la tarde anterior cogimos  y en la noche también. Cuando le conté, se puso seria y luego de insistirle me dijo que le daba un poco de celos pero me dijo que si prefería estar el resto de las vacaciones con mi tía ella lo entendía. Me volví a reír, la abracé, cambié de tema y esa tarde volvimos a disfrutar como amigas que éramos.

Anocheció y nosotras seguíamos en la playa hasta quedar prácticamente solas. Nos fuimos a caminar hasta apartarnos de la poca gente que había y nos empezamos a besar. Al principio de manera suave pero cada vez más calientes. Nuestras manos pasaban por todo nuestros cuerpos. Las dos estábamos con la parte de arriba del bikini y debajo ella tenía unos shorts de tela apretados y yo una faldita de jeans que llegaba justo debajo de su culo. Ella me la levantó para poder acariciar mi mayor atributo mientras una de sus manos llegaba a mi conchita por detrás. Liberé una de sus grandes tetas  mientras lamía su pezón. Estábamos a mil y queríamos tener sexo ahí mismo pero vimos acercarse a una pareja a lo lejos y nos detuvimos. Le dije que fuéramos para la casa de mi tía. Al llegar con toda la calentura nos dirigimos al cuarto y apenas entrar nos besamos como locas, nos tocábamos. Yo ardía por dentro, me calentaba mucho Isabel y ahora estaba mucho más liberada que la primera vez. Me volvió a levantar mi faldita quedando enrollada en mi cintura, me bajó la tanga y me empujó sobre la cama. Yo caí y abrí mis piernas para que me comiera toda mi vagina. Arrodillándose en el suelo metió su cara entre mis piernas, besándome el interior de mis muslos y en los bordes de mi conchita cada vez más húmeda. Yo suspiraba queriendo que me chupe, no daba más y necesitaba estimulación en mi clítoris que no se hizo esperar. Mientras me agarraba de los costados de mis muslos empezó a besar mi vagina y explorar con su lengua mi interior. Una descarga de placer recorrió mi cuerpo cuando se posó sobre mi clítoris jugando en círculos. Esto fue acompañado por sus dedos en el interior de mi concha que me hizo acabar con gemidos cada vez más fuerte mientras que con una de mis manos apretaba su cabeza. Fue mucho el placer que me dio. Me encantaba mi amiga. Me incorporé y ella también se paró volviéndonos a besar. Le desprendí el pantalón y se lo bajé junto a la tanga de su bikini y llegaron hasta sus tobillos. Le saqué la parte de arriba para dejarla toda desnuda y empecé a recorrer su cuerpo con mis manos, mis labios y mi lengua. Me detuve en sus grandes pechos que apreté, acaricié y lamí hasta que sus pezones se pusieron bien erectos. Ella gemía de manera suave. La empecé a masturbar con mis dedos, la coloqué sobre la cama quedando en cuatro y yo atrás lamiendo, besando sus nalgas para luego concentrarme en su agujerito anal que chupé y lamí con pasión mientras la masturbaba desde atrás. Isabel movía sus caderas para acelerar la fricción de mis dedos con su clítoris mientras acababa en un orgasmo intenso hundiendo sus gritos en el colchón.

Nos recostamos en la cama y yo no podía dejar de acariciar sus tetas que me enloquecían. Ella sonreía, me besaba y me miraba con cariño con sus ojos brillosos. Nos fuimos a bañar juntas dónde nos seguimos besando hasta volver a enrollarnos y acabar debajo del agua. Esta vez fue distinta a la anterior. Notaba que Isabel estaba más segura. Nos cambiamos y fuimos para la cocina. A todo esto ni sabíamos si mi tía se encontraba en la casa cuando llegamos. Era tal la calentura que ni nos fijamos, pero en ese momento no estaba. Llegó a la media hora con las compras para cenar. Esa noche no pasó más nada. Al vernos más cercanas, mi tía se dio cuenta de que nos habíamos reconciliado y no quiso interrumpir, pero aún nos quedaban muchos días juntas. Cómo decía, esa noche sólo dormimos, pero a la mitad de la noche me fui a dormir a la cama de Isabel. Ella me hizo un lugar y dormimos abrazadas. Al día siguiente todo volvió a ser como antes con ella, las risas, la complicidad, el disfrutar tiempo juntas; ahora había algo más. Detrás de esto había deseo que no ocultábamos. Sin embargo, no quería expresarlo del todo porque lo mismo me pasaba con mi tía, pero con ninguna habíamos hablado como manejarnos y temía que haya conflicto aunque las tres sabíamos que por ahora era sólo sexo. Incluso a mí no me molestaba si mi tía quisiera estar con Isabel.

Ese día fuimos las tres a la playa. La pasamos muy bien y notaba muchas miradas y sonrisas entre Isabel y mi tía. ¿Me había perdido de algo? Volvimos temprano y empezamos a beber cerveza, pusimos música y nos recostamos en las reposeras del patio trasero de la casa. Seguimos bebiendo hasta la noche y ya estábamos un poco tomadas y muy desinhibidas. En un momento voy a la cocina por más cerveza y cuando estaba por volver me encuentro a mi tía que me comía con la mirada. Me quedé quieta como esperándola y se acercó, me empezó a besar. Mi corazón se aceleró porque sabía que Isabel podía venir en cualquier momento pero me gustaba la situación y le seguí el juego. Efectivamente, al no volver, Isabel apareció en la cocina haciendo un ruido para que supiéramos que estaba ahí mientras que con mi tía nos besábamos con pasión. Lejos de sobresaltarme, le extendí el brazo invitándola a qué se acerque. Mi tía nos miraba. ¿Era esto lo que quería o se iba a echar para atrás? Isabel se acercó, la tomé de la mano y atraje su cuerpo junto al mío y al de mi tía. La besé tiernamente para luego meter mi lengua en su boca y besarnos profundamente. A mi tía la abrazaba de la cintura mientras que con Isabel estábamos agarradas de la mano. Volví a besar a mi tía y luego me corrí levemente a ver qué pasaba. Ellas se miraron y pegaron sus cuerpos para besarse. Iba a ser mi primera vez en un trío con dos mujeres. No podía entender como se había dado todo en estas vacaciones pero sabía que era la puerta a algo placentero.

Nos empezamos a besar y acariciar entre las tres hasta que las agarré de la mano a ambas y nos fuimos al cuarto de mi tía. Estábamos las tres paradas junto a la cama. Yo le saqué la polera a mi tía, no usaba sostén. Con Isabel le besamos y chupamos las tetas y los pezones mientras mi tía suspiraba y nos acariciaba la cabeza. Yo seguí bajando hasta arrodillarme frente a ella. Le saqué su short y los baje hasta sus pies quedando sólo con sus bragas. Acaricié su vagina por encima haciendo que gima. Miré para arriba y ella se seguía besando con Isabel  que también tenía sus tetas desnudas. Agarré de la mano a mi amiga e hice que se arrodillara conmigo y entre las dos le bajamos las bragas a mi tía dándome con la sorpresa de que se había depilado toda. La miré y ella me estaba observando y me dedicó una sonrisa. Luego hice que mi tía abra un poco sus piernas y empecé a saborear su vagina que estaba muy húmeda. Isabel se acomodó detrás abriendo las nalgas de mi tía y metiendo su lengua en el agujerito de atrás. Acordarme de esa imagen me calienta mucho. Mi tía estaba parada en la habitación, yo arrodillada delante de ella le comía la concha e Isabel por detrás jugando con orto de mi tía mientras se retorcía de placer. Mi lengua y la de Isabel se cruzaban a veces, aunque cada una estaba concentrada en una parte específica. A mi tía se le vencían las piernas del placer y sus gemidos lo demostraban. Yo combinaba el masaje de mi lengua sobre su clítoris con dos dedos dentro de su húmeda vagina y vi que Isabel empezaba hacer lo mismo en su culo. Este sólo hecho hizo que acabe cayendo sus jugos en mi boca y por sus piernas mientras mi tía no paraba de gemir. Fue tal el placer que no pudo mantenerse en pie y cayó sobre la cama.

Con Isabel nos miramos con pasión y nos besamos para luego recostarnos en la cama, quedando ella al medio. Mi tía se estaba recuperando mientras que con Isabel estábamos a mil. Me saqué la remera y mi tanga, Isabel hizo lo mismo con su ropa y nos besamos pegando nuestros cuerpos y cruzando nuestras piernas mientras nuestras manos tocaban de manera desesperada nuestros cuerpos. Empecé a besar las tetas de Isabel y veo que mi tía se sumaba para ayudarme a comer ese par de deliciosas tetas. Mientras yo jugaba con su conchita masturbándola, Isabel gemía pero yo también quería ser estimulada, por lo que me incorporé en la cama y me dirigí a sentarme en la cara de mi amiga. Ella me aceptó con gusto y apoye mi chocho en su boca y lo empezó a lamer mientras que sus manos agarraban mi cola. Yo me movía para aumentar la fricción de mi clítoris con su lengua. Me doy vuelta y veo que mi tía había metido su cara entre las piernas de Isabel y la estaba comiendo mientras que ella me daba una placentera chupada de concha. No aguante mucho más y mi gemidos anunciaron un orgasmo caliente mientras le decía a Isabel: “¡Sí, bebé, chúpame la conchita! ¡Cómetela toda! ¡Agárrame el culo y cómeme!”. Hasta que empecé a acabar en su boca. Debe haber sido que la calenté porque acabó casi justo conmigo con el masaje de la lengua de mi tía sobre su clítoris.


domingo, 28 de diciembre de 2025

157. Jugueteando con mi amiga y después con mi tía

Estábamos llegando tarde y se nos iba a ir el bus. Cómo siempre hacia todo a último momento pero por suerte llegamos con lo justo. Empezaban tres semanas de vacaciones en un hermoso pueblo costero del norte de Chile. Íbamos junto a mi amiga Isabel a pasar unos días a la casa de una tía segunda mía, prima de mi mamá. No nos alcanzaba el dinero para alquilar un departamento y menos para un hotel, así que decidimos aprovechar el receso de la universidad para alejarnos unos días y descansar. Desde chica que no iba a ese pueblo, no tenía lugares para ir a bailar pero no necesitaba eso, sino disfrutar en la playa bajo el sol y descansar. Además iba con Isabel que nos llevábamos muy bien. Surgió la oportunidad de ir a la casa de mi tía y la aprovechamos. Ella iba a estar por dos semanas y la última estaríamos solas ya que se iba a visitar a unos parientes al sur. Hacia varios años que no veía a esa tía pero recordaba que era una mujer muy amable y cuando hablé con ella me dejó tranquila que no nos iba a molestar y que nosotras hiciéramos nuestra vida.

Me llamo María José, en ese momento yo tenía 21 años, tengo el pelo largo, negro, mido 1,65, ojos marrones claros, muy linda de cara. Sobretodo gusta mi sonrisa pícara. Mi cuerpo es delgado normal, unas tetas pequeñas con persones rozados, no hago ejercicio pero mi vientre se mantiene plano. Lo que más me gusta de mí son mis piernas bien torneadas y mi culo que volvía loco a los chicos (y también a las chicas). La naturaleza me dio un lindo culo parado, con nalgas proporcionadas y firmes sin llegar a ser duras. En mi despertar sexual me consideré bisexual aunque hacía mucho que no estaba con una chica y era algo que mantenía oculto, pero era sexualmente abierta y con mucha personalidad lo que hacía inhibir a muchos chicos de mi edad. Con Isabel siempre hubo tensión sexual pero nunca había pasado nada. Éramos compañeras de la facultad y sin ser amigas que nos contábamos nuestra intimidad, la pasábamos bien juntas y pasábamos mucho tiempo estudiando. Ella tiene un año más que yo, morena, de 1,70. Algo regordeta o “rellenita” que le sentaba muy bien. Tenía el pelo negro y largo y una cara preciosa con ojos miel que contrastaban con su piel y la hacía muy atractiva, pero lo que más llamaba la atención eran sus pechos grandes. Tenía un poquito de barriga pero no mucha y a pesar de algún kilito de más sus piernas grandes y su culo parecían bien firmes. Tenía caderas anchas con un culo un poco grande pero muy apetitoso. Su cuerpo me despertaban los más íntimos deseos.

Me gustaba mucho su compañía. El viaje fue largo pero nos divertimos y dormimos mucho. Al fin me alejaba un poco de la ciudad. Cerca del mediodía llegamos al pueblo y caminamos hasta la casa de mi tía que estaba cerca de la terminal y a unos 100 metros de la playa. Tocamos la puerta y apareció mi tía Julia con una gran sonrisa. Se veía muy bien a sus 47 años. Ella es blanca de piel a pesar de vivir en el mar. Pelo castaño oscuro lacio y largo por debajo de los hombros. Tiene un rostro con pequeñas arrugas que son obvias a esa edad. Mide aproximadamente como Isabel, de contextura delgada. Con pechos medianos y con amplias caderas que las complementa con un culo grande y unos muslos también prominentes, pero que me encantaban. Hacía mucho que no la veía y si bien nunca fue muy cercana tenía lindos recuerdos con ella. Nos dimos un fuerte abrazo, le presenté a Isabel y pasamos a dejar nuestras cosas, darnos una ducha y comer algo, con conversaciones mundanas sin mucha importancia. Dormimos un rato con mi amiga y a la tarde nos preparamos para ir a la playa que era lo que más deseaba. Cuando salí de cambiarme entre a nuestra habitación y la vi a Isabel con su bikini rojo y se me subió la temperatura. Estaba de espaldas y tenía la parte inferior con una tanga minúscula que dejaba ver su hermoso culo. Era firme con unas pequeñas marcas de celulitis que la hacía bien natural y eso me encantaba. Se estaba atando la parte de arriba y cuando me escuchó entrar me pidió si la ayudaba. Lo hice con gusto y cuando se dio vuelta quedó su rostro frente al mío. Cómo decía tengo mucha personalidad pero al mirarme fijo a los ojos y decirme “gracias” de manera seria, no sé por qué me inhibió tanto que bajé la mirada con un tenue “de nada” y le pregunté con alegría: “¿Vamos a la playa?”. Ella se puso un pareo en su cintura y salimos despidiéndonos de mi tía que nos dijo que más tarde nos alcanzaba. Miraba de reojo a Isabel y me encantaba cómo le quedaba esa prenda dejando ver la dimensión de sus tetas. Grandes, algo caídas por el tamaño pero redondas y hermosas. Si bien era ella la más reservada en nuestra relación, ahora parecían invertirse los roles. Seguro que era un problema de percepción pero la notaba más segura y yo un poco más tímida pensando en que quería tener la oportunidad de estar con esa belleza.

La tarde en la playa fue normal, yo estaba muy a gusto de estar ahí tomando el sol, leyendo, bañarme en el mar y disfrutando con mi amiga. A las horas llegó mi tía Julia que vestía una malla entera bastante de señora pero no dejaban de gustarme sus formas aunque no la veía con deseo por ser mi tía, pero me estaba sintiendo caliente en general y los pensamientos se me iban constantemente. Esa noche me duché y masturbé pensando en Isabel y muchas escenas se me cruzaban por la cabeza. Desde estar juntas en la playa y en la casa de mi tía. Si bien siempre sentí tensión sexual nunca me había pasado eso con mi amiga. Salí de bañarme y me dirigí a la habitación. Isabel estaba recostada con su celular y yo me saqué la toalla para cambiarme dejando ver mi ropa interior que era una tanguita negra que dejaba ver todo mi culo. Quería ver si a ella le provocaba algo pero sólo me miró de reojo y siguió con lo suyo. Esa noche comimos y bebimos unas cervezas y nos quedamos hablando mucho con ella y mi tía que nos contaba que desde que se separó de su ex marido estaba más aliviada porque se llevaban muy mal, pero estos dos años habían sido de mucha soledad. Tiene algunas amigas en el pueblo pero los inviernos son largos y difíciles. Con Isabel le hacíamos bromas si no había algún hombre que la visitara aunque sea y ella se ponía colorada y reía, pero nos decía que no. Que no quería saber más nada con hombres y menos con hombres grandes. Isabel como si nada le preguntó: “¿Y con mujeres? Digo, me imagino que no vas a dejar de tener sexo”. Yo entre a reír y mi tía también. Le decíamos que era una atrevida y seguimos hablando de otras cosas. Las risas relajaron un poco mi tensión sexual y al rato nos fuimos a acostar. Cuando estábamos por dormir seguíamos hablando con mi amiga que sentía pena por mi tía, de lo feo que era estar sola sin siquiera un amigo que la “atendiera” de vez en cuando, “o amiga" –agregué para seguir con las bromas. Ella sonrió y dijo: “Sí, en tres semanas nos tenemos que buscar un amigo o amiga porque yo no voy a aguantar como tu tía” –dijo ella. Nos quedamos en silencio. Me puse un poco nerviosa porque tenía ganas de decirle que yo podía ser esa amiga, pero no me animé. Algo raro en mí, le dije “¡Zorra, acabamos de llegar! ¡Algo va a aparecer!”. Me dispuse a dormir aunque me costó.

Pasaron dos o tres días normales. Sólo descansar, ir a la playa, a la noche tomar algo en el pueblo y largas charlas con Isabel y mi tía. A ella le gustaba mucho nuestra compañía y con Isabel se llevaban muy bien. Había turistas aunque pocos, sobretodo familias, pero nuestra presencia en el pueblo llamaba un poco la atención y lo mismo que nuestros trajes de baño un poco provocativos. Sentíamos las miradas de los maridos y de los pocos jóvenes que había aunque ninguno se nos insinuó. Una de esas tardes que se empezó a nublar y estaba por empezar a llover, nos fuimos temprano a la casa con mi amiga. Mi tía había ido a una ciudad costera cercana por cuestiones de trabajo. Isabel se entró a bañar mientras yo estaba tirada en la cama sólo con mi bikini que tampoco daba mucho lugar a la imaginación. Ella entró envuelta en su toalla y se notaba que arriba no tenía ropa interior. Verla húmeda por el baño, con su hermosa cara y pelo mojado me dejó hipnotizada. No paraba de mirarla y me volví a calentar como el primer día. Quería besarla ya mismo. Ella mi miró extraña y me preguntó si me pasaba algo y me la jugué. Me levanté de la cama y me puse frente a ella muy cerca. La miré seriamente y ella también se puso seria. Sin mediar palabra le di un beso, ella se quedó petrificada. Creo que lo esperaba pero no sabía cómo reaccionar. Separé mis labios por un instante, la miré fijo. Ella seguía dura sin hacer nada. La abracé por la cintura y la volví a besar. Esta vez su boca se abrió y tímidamente me devolvía mis besos. Nuestra respiración se agitaba. Su toalla cayó al piso y su cuerpo húmedo y desnudo sólo con una tanga quedó pegado al mío. La acerqué más y sentí sus tetas junto a las mías. Nuestros besos eran cada vez más calientes. Bajé mis manos a su culo que estaba húmedo y un poco frío. Por fin podía sentir su piel contra la mía, mis manos explorando su cuerpo. Ella tímidamente hizo lo mismo y posó sus brazos sobre mis hombros. Nuestras piernas se entrelazaban. Su cuerpo era más grande que el mío, me encantaba. Sin separarse de mis labios me llevó hasta su cama.

Hizo que me acueste encima de ella mientras nos seguíamos besando. Estaba muy caliente. Me saqué la parte de arriba del bikini para sentir más su piel. Estaba muy mojada. Ella me besaba y me agarraba el culo. Exploraba con sus dedos el interior de mis nalgas que estaban hirviendo. Bajaba con sus dedos hasta llegar a mi conchita que estaba muy húmeda y llegaba a la tela de mi tanguita. No podía dejar de besarla y sentir su boca grande y labios gruesos, pero comencé a bajar por su cuerpo, quería sentir con mi boca sus tetas y más. Con mi lengua recorrí su cuello, hombros hasta llegar a sus tetas. Las acariciaba y palpaba con mis manos mientras las besaba. Me calentaba la visual y el tacto de su piel suave, pero también mi lengua degustaba ese manjar hasta llegar a sus ricos pezones, chicos en comparación de sus tetas y que a esta altura estaban muy erectos. Me detuve a sentirnos con mi lengua e Isabel emitía leves gemidos. Quería explorar cada centímetro de sus tetas, cada pliegue mientras que mis manos bajaban por su vientre para sentir su conchita por encima de su tanga y acariciar el interior de sus muslos. Su concha estaba muy caliente y húmeda. No había resistencia a mis caricias por lo que decidí bajar con mi boca por su vientre acomodándome entre sus piernas. Metí mi cabeza besando las partes que antes acariciaba. Mis besos suaves entre sus muslos cerca de su conchita hicieron que gimiera de gusto. La besaba por encima de su tanga y ella apretaba mi rostro para sentirme más. De a poco fui bajando su tanguita y ante mí pareció una hermosa conchita sin pelos y brillante por sus jugos que emitían un aroma a hembra en celo que me invitaban a probar. Sin prisa pero sin pausa empecé a besar ese manjar y sus gemidos aumentaron. Pasé mi lengua por los pliegues de su vagina, adentrándome entre sus labios interiores y envolviendo su clítoris entre mis labios y jugando con círculos. Notaba como largaba más jugos y su respiración se aceleraba acompañada con movimientos pélvicos y gemidos más fuertes. Sus manos se posaron sobre mi cabeza apretándola contra su entrepierna. Decidí introducir uno y luego dos dedos para acompañar a mi lengua y mis labios hasta que sentí que sus muslos se tensionaban y acabó en un orgasmo profundo, con alaridos de placer y abundantes fluidos que empaparon mi rostro mientras yo agarraba con fuerza lo que podía de sus nalgas.

De a poco Isabel se empezó a calmar, a relajar su respiración mientras yo le daba suaves besos alrededor de su vagina y en sus muslos. Me incorporé para besar sus labios y nos dimos un beso profundo, nuestras lenguas jugaban y ella me abrazaba con pasión. Bajó sus manos para acariciar y apretar mi culo y sacarme la tanguita. Tomé la iniciativa y me senté sobre su rostro sosteniéndome con el respaldar de mi cama. Me encanta que me coman la conchita en esa posición. Ahora ella probaría mi manjar que estaba muy húmedo y con ganas de ser comido. De a poco sentí su lengua tímida jugar con mi conchita depilada. Lo hacía con poco ritmo y de manera inexperta pero yo ayudaba con el movimiento de mis caderas. Me encantaba cómo sus manos apretaban mi cola mientras presionaban mi concha contra su cara. No me importaba su desempeño. Estaba tan caliente que el sólo roce de su lengua ya me llevaba a la gloria. Fue poco el tiempo hasta que sentí que se aproximaba un tornado de placer. Acelere mis movimientos, mis gemidos aumentaron, le decía: “¡Sigue, no te detengas! ¡Sigue, que estoy a punto de acabar!”. Con un grito y posteriores gemidos mi concha se llenó de fluidos y acabé en un orgasmo muy intenso que me dio contracciones por todo el cuerpo.

De a poco fui desacelerando mis movimientos y salí de encima de su rostro para acostarme a su lado. Mis manos no podían parar de acariciarla y mis labios no dejaban de buscar sus tetas y su boca. Nos brindamos caricias mutuas y se notaba que ella tenía una predilección por mi culo. De esta manera nos dormimos con nuestras piernas entrelazadas y abrazadas. Había sido increíble el sexo con Isabel y me sentía feliz. A las horas empecé a despertar y estaba anocheciendo. Ya había parado la tormenta y el clima era cálido. Isabel seguía durmiendo. Le di un beso suave en su mejilla y me fui a dar una ducha. Me sentía plena y dejé caer el agua tibia sobre mi cuerpo mientras se repetían las imágenes en mi cabeza. Me vestí en el baño y fui para la cocina donde se encontraba mi tía. Esto me puso un poco nerviosa, recordaba que la puerta estaba entreabierta y a lo mejor nos había visto desnudas y abrazadas. La verdad es que no quería que mi familia supiera de mis gustos sexuales. De todos modos la saludé con toda la actitud preguntándole por su día. Me respondió que seguro no le había ido tan bien como a mí. Me dejó un poco descolocada pero ahí nomás dijo:  “Yo trabajando y tú en la playa”. “Ni tanto, hoy nos volvimos temprano por la tormenta” –le respondí. Me intranquilizo lo que dijo y me sentía incómoda. Me serví un vaso con jugo y a ella, compartimos sin mucha conversación. Se la notaba rara. Decidí ir a hacer unas compras para la comida y cambiar el ambiente. Salí a caminar por el pueblo con cierta intranquilidad, pero feliz por la tarde con Isabel. Al volver ella estaba levantada, sentada en una reposera del patio trasero mirando su celular. Le pregunté si quería algo de beber pero su respuesta fue cortante. ¡Habrán hablado algo con mi tía? –pensé. Estaba confundida. 

La cena fue normal, con poca conversación. Nos fuimos con Isabel a la habitación y la invité a ir a tomar algo al pueblo, pero su respuesta fue negativa. Le pregunté si le pasaba algo y me acerqué para hacer contacto, pero ella bajó su cabeza que fue el gesto que me detuvo. Se mantuvo unos segundos así que fueron una eternidad y luego me miró y me dijo que estaba confundida y que se le pasaban mil cosas por la cabeza. Me confesó que era la primera vez que estaba con una chica y que no era lo mejor, que encima estuviéramos durmiendo en la misma habitación. Quería un poco de oxígeno, no era algo que tenía planeado y no sabía cómo seguir. No quise generar más incomodidad. Le dije que entendía sus sentimientos y que estaba todo bien. No pregunté nada para no invadirla y le dije que iba a ir sola por el pueblo y que iba a dormir en la sala para que estuviera tranquila. Me fui varias horas y cuando volví estaban todas las luces apagadas. Entré sin hacer ruido y me dirigí al baño pero en el camino escuché unos gemidos apagados que venía de la habitación de mi tía. Lo primero que pensé es que estuviera con Isabel, pero lo descarte de inmediato. No creía que luego de su primera vez con una mujer estuviera con mi tía, pero luego pensé: “Nos habrá visto durmiendo y eso la habrá calentado”. Traté de borrar eso de mi cabeza pero volvía. Sonreí pensando en esa posibilidad y luego de ir al baño me acosté. Seguro todo iba a ser más claro al día siguiente.

Me desperté con el sol en mi rostro. Me costó levantarme pero me dispuse a encarar el día ya que pasara lo que pasara con Isabel, lo primero era que estaba de vacaciones y las tenía que disfrutar. Cuando fui a la cocina para desayunar la veo a mi tía de espaldas haciéndose el propio, pero me llamó la atención su atuendo. Iba con una musculosa y un short del pijama que dejaban la mitad de sus nalgas afuera. Me llamó la atención la imagen y por primera vez desde que había llegado la vi con otros ojos y un calor interno me invadió. Intenté cambiar mis pensamientos rápidamente y la saludé antes de preparar mi desayuno. Ella se dio vuelta y me dirigió un hola con una sonrisa. Si actitud había cambiado respecto a la noche anterior, pero yo no podía dejar de observarle esas nalgas y me empezaba a calentar. Luego desayunamos pero Isabel no salía de la habitación. No quise molestarla y me fui a la playa donde pase todo el día sola hasta que llegó mi tía a la tarde. Cuando me encontró se recostó a mi lado y comenzamos a hablar de todo un poco. En un momento me sorprendió hablando de su soledad, pero que lo tenía que superar. Necesitaba estar con alguien. “Isabel tiene razón, si no es con un hombre a lo mejor tendrá que ser una mujer” –me dijo. Me quedé unos segundos sin saber que responder y ella estaba expectante a mi reacción. Lo había dicho muy decidida y notaba que quería hablar de eso. ¿Me habrá visto el día anterior y eso le dio confianza? Ojalá haya ayudado, pero muchos pensamientos corrían por mi mente y trataba de alejarlos. No me podía calentar con mi tía pero me estaba pasando. Le respondí que me sorprendía un poco pero ella se tenía que sentir libre de hacer lo que le venga en gana y así seguimos hablando hasta que estaba anocheciendo y emprendimos el regreso a su casa. Lo que me llamó la atención sus piropos que hasta ese día no los había hecho. De que estaba muy linda, de lo bien que me quedaba el bikini y demás. Pensaba para mí: “Está intentando seducirme? ¿Estaba dispuesta a estar con mi tía? ¿Si Isabel se entera?”. Además, nunca había estado con una mujer tanto mayor que yo.

Al llegar a la casa, nos dimos con que Isabel no estaba. No la quería invadir pero ya me parecía rara su actitud y le escribí para saber si estaba bien pero no me respondía. La llamé y luego de insistir me contestó que estaba bien, que no me preocupara. Sólo quería mantener una distancia para pensar. Se la notaba bien, con un tono de voz más segura. Le pregunté si la esperábamos a comer pero me dijo que iba a llegar tarde. Con mi tía destapamos unas cervezas y con música empezamos a beber y a la hora nos pusimos a cocinar un poco pasadas de alcohol. Me dijo que se iba a poner más cómoda y regresó con la ropa que tenía a la mañana. Yo estaba sólo con mi bikini negra que tenía una pequeña tanguita que apenas cubría la raya de mi culo. Los comentarios, roces y sonrisas me daban la señal de que mi tía estaba más cariñosa conmigo y que seguro me había visto con Isabel durmiendo desnudas. Me daba mucho morbo el hecho de que sea una mujer mayor y mi tía. Además, desde que la empecé a ver con otros ojos quería comerme ese culazo. Yo estaba de espaldas cortando unas papas y ella se colocó al lado mío rozando con su mano mi cintura mientras me preguntaba si ayudaba en algo. Dejé de cortar, bajé mi cabeza, suspiré, tomé coraje, levanté mi mirada hacia sus ojos, nos quedamos unos segundos calladas y me animé a comerle la boca de un beso a esa madura que antes de que llegara a besarla me estaba abrazando y buscando mi culo para acariciarlo y tocarlo. Nos estábamos dando besos frenéticos, yo también agarraba sus grandes nalgas y tenía mucha calentura. Le bajé sus shorts y sin vueltas me arrodillé colocando mi boca a la altura de su concha y hundí mi lengua con algo de pelos pero recortados. La agarré de su culo mientras metía mi lengua y jugaba con su clítoris que hizo que a los pocos segundos empezará a gemir y acabar a chorros sobre mi cara. “¡Ah, así! ¡Ay chiquita, que caliente me tienes!” –me decía entre gemidos. Arrodillada, elevé mi mirada para ver su rostro y permanecía con los ojos cerrados y con una cara de placer indescriptible. Su respiración era agitada, pero aproveché para continuar. Quería disfrutar al máximo y ya estaba lanzada a esta aventura.

 Antes de que pensara lo que estaba haciendo con su sobrina había que volver a atacar y me incorporé para comerle la boca, me bajé la tanguita y puse mis manos sobre la mesa parando mi culo. Con ansiedad y calentura mi tía se volcó sobre mi culito para darle besos, tocarlo y pasar su lengua por mi agujerito. La notaba muy caliente, era un hembra en celo que volvía a sentir otro cuerpo después de mucho tiempo. Me di la vuelta, me senté en la mesa con las piernas abiertas y flexionadas poniendo a disposición mi manjar. Sin dudarlo, mi tía se volcó a comerlo, chuparlo, introducir sus dedos y lamer mi clítoris. El sólo hecho de que sea mi tía ya me traía loca y el orgasmo fue la mezcla de ese morbo mental y la excitación que me producía la lamida de mi tía y exploté en su boca mientras no para va de gemir. Luego me agarró de la mano y sin darme respiro me llevó a su cama donde nos seguimos cogiendo haciendo un hermoso 69, estando primero ella arriba mío mientras podía tocar en toda su dimensión su culazo, luego me senté en su cara, hicimos unas tijeras y volví a chupar su concha arrancándole el cuarto o quinto orgasmo, que la hizo parar un poco. Estaba realmente muy caliente y con necesidad de compartir con alguien. Que morboso que ese alguien era yo porque me hizo acabar varias veces y me ponía muy caliente su cuerpo, sus besos y su pasión. Ella se fue a duchar y después la seguí. Nos duchamos juntas y continuamos con besos, caricias y masturbación y luego nos pusimos a cocinar muy relajadas y alegres hasta que llegó Isabel.

Antes de que pensara lo que estaba haciendo con su sobrina había que volver a atacar y me incorporé para comerle la boca, me bajé la tanguita y puse mis manos sobre la mesa parando mi culo. Con ansiedad y calentura mi tía se volcó sobre mi culito para darle besos, tocarlo y pasar su lengua por mi agujerito. La notaba muy caliente, era un hembra en celo que volvía a sentir otro cuerpo después de mucho tiempo. Me di la vuelta, me senté en la mesa con las piernas abiertas y flexionadas poniendo a disposición mi manjar. Sin dudarlo, mi tía se volcó a comerlo, chuparlo, introducir sus dedos y lamer mi clítoris. El sólo hecho de que sea mi tía ya me traía loca y el orgasmo fue la mezcla de ese morbo mental y la excitación que me producía la lamida de mi tía y exploté en su boca mientras no para va de gemir. Luego me agarró de la mano y sin darme respiro me llevó a su cama donde nos seguimos cogiendo haciendo un hermoso 69, estando primero ella arriba mío mientras podía tocar en toda su dimensión su culazo, luego me senté en su cara, hicimos unas tijeras y volví a chupar su concha arrancándole el cuarto o quinto orgasmo, que la hizo parar un poco. Estaba realmente muy caliente y con necesidad de compartir con alguien. Que morboso que ese alguien era yo porque me hizo acabar varias veces y me ponía muy caliente su cuerpo, sus besos y su pasión. Ella se fue a duchar y después la seguí. Nos duchamos juntas y continuamos con besos, caricias y masturbación y luego nos pusimos a cocinar muy relajadas y alegres hasta que llegó Isabel.

Se la notaba sería pero no demasiado. Saludó con sonrisa y le llamó la atención que hacíamos comiendo tan tarde, pero le dimos una excusa y se disculpó y se fue al cuarto. Mi tía me preguntó que le pasaba y me dijo que no tenía que mentirle. Que nos había visto durmiendo la noche anterior. Me preguntó si éramos pareja pero le dije que sólo amigas y había sido nuestra primera vez juntas. Que yo había estado con algunas chicas pero ella no y el sexo conmigo se ve que la dejó confundida, pero que antes de hablar de Isabel le quería preguntar qué le pasaba a ella. Que lo que acabábamos de hacer no sabía si estaba bien, aunque me había encantado, pero también estaba sorprendida. Me confesó que desde que se separó hace dos años había tenido sexo en dos oportunidades con una clienta de una ciudad cercana. Que antes no había estado con ninguna mujer pero que esa señora se le había insinuado y con tanta soledad y necesidad accedió y la pasó muy bien. “Cuando las vi durmiendo juntas me puse nerviosa, pero también dudé de que fueran lesbianas. Me calentó verlas y empecé a pensar si podía pasar algo, pero no sabía si eran pareja y me daba mucha culpa pensar en estar contigo, pero desde que desde que llegaste me dieron ganas y me había imaginado cogiendo contigo. Creí que iba a ser difícil, pero nerviosa pero también dudó de si nosotras no éramos lesbianas. Me levanté queriendo probar si se daba y cuando me besaste no lo podía creer. Estaba muy caliente todo el tiempo y que tampoco sé si está bien lo que hicimos pero puede ser nuestro secreto porque no me arrepiento” –me dijo. Su confesión me estaba tranquilizando, pero le dije que Isabel seguía más o menos y no que quería que supiera que había pasado algo entre nosotras. También le pregunté, por curiosidad y por morbosa: “Cuando te imaginaste cogiendo conmigo también te imaginabas a Isabel?”. Con vergüenza me respondió: “Anoche me lo imaginé”. Mi tía no dejaba de sorprenderme pero me encantaba. Esa noche me fui a dormir a la sala pero a la media hora recibo un mensaje de mi tía si no quería estar más cómoda en su cuarto. Que Isabel no tenía por qué sospechar y sin dudarlo me fui con ella, y esa noche estuvimos hasta la madrugada dándonos placer, intentando ahogar nuestros gemidos pero no sé si lo habíamos logrado.



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miércoles, 24 de diciembre de 2025

156. Noche de insomnio 2

 

Luisa había vuelto una y otra vez al granero. Por las noches cuando sentía los ladridos de Blacky, era como si él viniera a llamarla. El croar de las ranas la mantenía despierta e inquieta. El ladrido se producía con una cierta intermitencia. Luisa no podía dejarlo así. Ahora Blacky era como su amante secreto, le había lamido la vagina tan rico acababa a mares. Le encantaba ser rociada por la copiosa eyaculación del perro. Lo había probado y bebido más de una vez, pero hasta ahora no se había atrevido a dejar que se la cogiera. Él la buscaba y quería, le saltaba encima y la empujaba para hacerla caer, pero Luisa siempre se había escabullido y solo lo masturbaba y le chupaba la exquisita verga roja y caliente, luego escapaba a casa a masturbarse como loca.

Los deslices de Luisa y Blacky se habían vuelto un poco rutinarios. Se moría de deseos pensando a las sensaciones indescriptibles que le procuraba la lengua del perro separando sus labios hinchados y empapados en fluidos vaginales. Las noches insomnes ya no eran tales, ahora ella esperaba que su marido se durmiera profundamente antes de levantarse con su vagina caliente y húmeda, para dirigirse al granero. Escuchaba los suaves ladridos del perro, era como si la estuviera llamando y ella al lado de su marido pensaba a su amante perruno deslizando sus delgados y largos dedos sobre su concha, rozando su clítoris y apretando sus muslos ansiosamente.

Blacky se había transformado en un asiduo visitante de la finca, siempre se acercaba a ella cuando ella caminaba sobre el terreno. Cuando estaban entre los viñedos, ocultos de miradas indiscretas, ella le permitía acercar su fría nariz a su vagina. Luisa había dejado de vestir bragas para estar siempre lista para la lengua de su amante. Ella notaba que siempre que Blacky la lamía intensamente, la puntita rojiza de su verga asomaba orgullosa y desafiante. En sus noches más calientes se preguntaba cómo se sentiría esa monstruosa verga en su vagina apretada. Era una curiosidad que no la dejaba tranquila; parecida a cuando lo dejó lamerla por la primera vez. Ella se sentía joven y viva después de gozar esos innumerables orgasmos, se sentía como una colegiala enamorada de su primer amor. Esto era algo nuevo y emocionante, su lengua era increíble e insaciable, ella había aprendido a disfrutarla a concho y lo retribuía con furibundas chupadas y lamidas a su verga resbaladizo y caliente, pero en su yo interno había comenzado a hacerse la idea de llevar esa relación de sexo oral un poco más allá, solo tenía que vencer sus miedos atávicos.

Esa noche no había nadie en casa, su marido había ido donde su madre enferma improvisamente. Había pensado que finalmente se había presentado una ocasión donde no debía preocuparse por su marido, solo de su amante negro y peludo. La noche llegó tranquila, comenzó el canto de los grillos y desde la laguna el croar de las ranas, por alguna loca razón se habían transformado en una melodía que invitaba a la lujuria, ya que eran sinónimo de soledad, Luisa esperaba sentada en la cocina el llamado de su amante, su vagina ya estaba mojada y esperaba que su lengua pudiera satisfacer sus imperiosas necesidades. Aguzó su oído cuando escuchó su ladrido característico, la estaba llamando y sus ladridos sonaban como dulces trinos de amor a los oídos de Luisa. Se levantó de su silla y abrió la puerta trasera de la casa. A los pocos instantes un gigante perro negro y peludo se hizo presente moviendo su cola y haciéndole reverencias, él podía oler su invitante aroma de mujer, su concha húmeda, él lo podía oler en el aire, alzó su cabeza y olisqueó ese perfume embriagante a vagina caliente y empujó su nariz en su entrepierna: “¡Espera, cariño! ¡Ya sé lo que quieres!” –le dijo Laura. Para la fortuna de Blacky, Luisa vestía una falda corta y amplia sin nada debajo, lo que le permitió acceder rápidamente a ese tesoro escondido de ella. Los dientes del perro castañetearon con ansias en anticipo al frugal néctar que emanaba esa chorreante vagina. Luisa nunca lo había sentido así de caliente. Ella le acarició entre las orejas puntiagudas y cerró la puerta tras ella, luego se afirmó a la puerta y abrió las piernas para su insistente amante, Blacky no perdió tiempo y enterró su hocico en esa ranura sabrosa de la cual emanaba un sabor exquisito. Esa vagina estaba más caliente que nunca y él supo de inmediato lo que ella quería de él. La rojiza punta de su gruesa verga comenzó a emerger de su funda cubierta de pelo. Luisa mirando hipnotizada como la verga de Blacky crecía, asumió que él sabía lo que ella quería y se dispuso conscientemente que esa noche fuera la noche en que su perro tomaría lo que tanto pedía entre los ladridos. Se quitó los tacones altos, abrió el cierre de su falda y se la quitó, la misma suerte corrieron la blusa y sus sostén, quería estar desnuda para su amante. Notó que la gruesa verga de él se balanceaba bajo su manto peludo y se encaminó hacia su dormitorio. Blacky ocuparía todos los espacios que eran de su esposo, esa noche el afortunado can ocuparía el lugar de su marido

Ni siquiera alcanzó a llegar a la cama cuando sintió que la áspera lengua se deslizaba dentro de su vagina empapada. Se afirmó a un mueble y estiró su culo hacia atrás, Blacky metió su lengua en la profundidad de su vagina haciéndola estremecerse, un escalofrío recorrió su espalda y con una mano abrió sus nalgas y empujó repetidas veces su concha contra la invasora lengua del perro. Dio un salto cuando una lengüeteada alcanzó su clítoris, arqueó su espalda lujuriosamente y sus manos acariciaron sus pechos bamboleantes. Ahora estaban ya en el dormitorio y ella sumisa se subió a la cama, dando unas palmaditas sobre la ropa de cama invitó a Blacky a subirse al lecho matrimonial, luego se recostó, apoyó su cabeza en la almohada y se dio unas palmaditas en su vientre, inmediatamente Blacky aceptó la invitación y comenzó a lamer su vagina y luego su clítoris, recibió muchas lamidas de esa áspera lengua, lo que la obligó a cubrirse la cara con otra almohada, para apagar los chillidos y gritos que escaparon de sus labios al sentir un abrumador placer quemándole la vagina.

Luisa en un instante de lucidez pensó ¿Será esto la lujuria? Miró por el rabillo del ojo y vio la verga de Blacky que estaba casi todo afuera y colgaba moviéndose de lado a lado y goteaba de su elixir perruno. Nunca había tenido otra verga más la de su marido ¿Cómo se sentiría esta gruesa verga dentro de su agujerito diminuto? Pensó. Por un momento sus temores le provocaron un poco de pánico, pero inmediatamente se sobrepuso y alargó su mano para aferrar esa maza caliente y chorreante. Se sentía bien en su mano y lo presionó para sentir su solidez. En tanto su lengua trabajaba incesantemente en su vagina. Los ojos de Luisa comenzaron a cerrarse y enfoscarse en tupidas nubes de placer y su curiosidad comenzó a acechar sus pensamientos. Lentamente se deslizó y se giró sobre su abdomen, manteniendo sus piernas siempre bien abiertas para él que buscaba y encontraba su conchita mojada una y otra vez, notó que su verga rojiza se había hecho aún más grande. Su entusiasmo de colegiala aumentó. No le fue demasiado difícil colocarse a cuatro patas, acomodó su cabeza en un par de almohadas y vio que tenía una vista esplendida de su entrepierna y la cabeza de Blacky enterrada en su coño. ¿Y ahora que se suponía que debía hacer? –se preguntó. Lo único que se le ocurrió fue darse de palmaditas en sus nalgas ¿Qué más hacer? ¿Debería tocarlo? –pensaba morbosamente.

Se volvió a voltear y su mano envolvió la creciente verga, las mariposas hormiguearon su estómago y cosquillearon su conchita. Deslizó sus dedos por esa verga caliente y cuidadosamente movió su mano arriba y abajo. Blacky lamió su rostro y sus labios cómo agradeciendo la atención que ella le prodigaba a su verga. La inmensa verga goteaba en su mano que poco a poco se comenzó a mojar. De repente, fue él que la empujó y la puso en cuatro, luego le salto sobre la espalda y sus patas delanteras le arañaron los muslos y su vientre, apretándola y tirándola contra su polla. Una cosa puntiaguda y caliente comenzó a golpear sus muslos y sus nalgas. Se sintió penetrada finalmente, una sensación que nunca había sentido antes. Por supuesto que ella sabía lo que estaba horadando su conca cada vez más profundo, pero ya no sentía temores y ya no estaba dispuesta a detenerse. Se quedó quieta al comienzo, pero luego paró su culo hacia arriba y abrió un poco más sus rodillas, quería ser penetrada a fondo, lo quería todo dentro de ella.

Luisa empujó su trasero hacia atrás cuando algo redondo presionó con fuerza sus labios vaginales, algo inmenso se incrustó en su vagina, lo sintió más profundo y grande de lo que había pensado. Fue ligeramente doloroso, pero inmensamente placentero y sus piernas comenzaron a temblar, con cada embestida parecía hacerse más grande y alcanzar nuevas sensaciones vaginales, empezó a sentir la proximidad de su orgasmo, su vagina estaba lleno de verga y placer. Blacky cesó sus violentos embistes y pareció calmarse, ya no podía andar más adentro de ella, la había anudada a su pija, Luisa no dejaba de gemir y acabar a alta voz. Cuando creyó de estarse recuperando de tanto placer, sintió el desborde de un rio de semen escurrirse entre su concha, Blacky eyaculaba. Él estaba en su matriz, muy cerca de su cuello uterino y enviaba chorro tras chorro de esperma hirviente directamente en su fértil útero, millones y millones de espermatozoos nadaban hacía el ovulo de Luisa con la intención de fecundarla, este era el ánimo primordial de Blacky, preñar a su perra.

Con cada chorro de semen caliente, Luisa sentía una nueva oleada orgásmica estremeciendo su cuerpo ¿Cuándo va a parar? Pensó luisa sintiendo que su barriga estaba llena de semen. Luisa se aferró las patas trasera de Blacky para mantenerlo tranquilo dentro de ella, luego de varios minutos sintió que la presión dentro de su vagina había disminuido considerablemente y un sinfín de chorritos de esperma escapaban de su concha y se deslizaban por sus muslos. Aflojó el agarré a sus patas y la verga de Blacky resbaló fuera de su vagina provocándole un chillido y posteriores temblores convulsivos, su coño tiritaba de placer, se dejó caer sobre la cama exhausta. Mientras Blacky lamía los restos de semen de su vagina, Luisa gemía como una perra en celo y se aferraba a las almohadas entregando su coño abierto a la lengua áspera de su amante peludo. No podía levantarse, sus ojos estaban en blanco y su cerebro obnubilado por esa nube de placer. Todo terminó cómo comenzó, con él entre sus piernas.

Fue un delicioso e idílico momento que se repetía a diario, sentía como el llamado de su amante peludo resonaba en cada momento del día y Luisa dispuesta iba a atender a su macho que la reclamaba, se la cogía y ella babeaba del placer. Incluso cuando cumplía sus deberes de esposa, lo hacía pensando que complacía a su peludo amante.

 

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martes, 23 de diciembre de 2025

155. Noche de insomnio 1


 Es la madrugada de una cálida noche de noviembre. La luna brilla en lo alto en el del firmamento, es la señora de la noche y con su pálido color pinta el paisaje en el campo. Alrededor de la finca todo es silencio y paz. La señora Luisa siente el calor de la noche y da vueltas en la cama un poco inquieta. Quisiera sentarse y leer un poco, pero luego desiste y se escabulle de la cama donde su marido duerme profundamente.

Unas horas antes hicieron el amor. Bueno, él se subió encima de ella y como si no le importara lo que su esposa sentía acabó en su vagina lampiña. Ella quedó mirando un claro de luz que entraba por la ventana insatisfecha. Se sentía caliente como nunca, esa noche prometía demasiado, pero terminó siendo como las otras, él dormido como un tronco y ella insatisfecha. No quería darle motivos para discutir, por lo que no dijo nada cuando se bajó de encima de ella. Por suerte, esas esporádicas “noches de pasión” no sucedían muy a menudo. Ya no era un placer coger con su esposo, pero evitaba de rechazarlo, ya que como buena católica no se negaba en complacer a su marido, aunque él no hiciera nada por complacerlo. Todo se limitaba a algunos momentos fugaces, quizás por el cansancio, quizás por su edad, ya que el andaba cercano a los sesenta años y ella apenas rondaba los 45. Eran ocasiones esporádicas. Generalmente él lo hacía rápido, la acariciaba un poco, la metía y embestida por un par de minutos y luego le rociaba el vientre de semen. Todo lo hacía él solo. Ella supuso que ya no le era atrayente a los hombres o que simplemente su marido ya no tenía el mismo interés en ella que antes.

Luisa había intentado de dormir otro poco, pero estaba ofuscada y extremadamente despierta.      Quizás insomne. Su marido se había eyaculado esta vez dentro de ella. Estaba confundida. Sabía que estaba menstruando y era difícil que la embarazara, sería raro que eso sucediera. Ahora ella estaba en la sala, sentada en el sofá y no sabía si encender o no el televisor. Se recostó para mantener el semen de su marido dentro de su vagina. Todavía no se había lavado, le gustaba esa sensación de mantener dentro el blanquecino semen del hombre. Por lo menos se había reservado ese pequeño placer secreto para sí. Ella se había acostado limpia, recién bañada y él se había aprovechado de eso. Ahora estaba su vagina rebosante del semen de su marido, le había dejado olores y sensaciones mezcladas de placer, comenzaba a sentirse caliente y lujuriosa. A veces le bastaba solo ese pensamiento, se masturbaba y finalmente terminaba con un orgasmo de verdad. Esta vez estaba incomoda y silenciosa, había algo que la perturbaba y se sentía molesta. Trataba de no pensar en ello, pero una y otra vez esas imágenes volvían a su mente. Había presenciado la cópula entre perros. Un día antes, mientras volvía hacia la casa, cerca del granero, un perro había montado a una perra y había quedado pegado a ella. Ahora creía sentirse como esa perra, con su vagina llena del semen de su marido, su macho. El calor la hacía sudar y se le iba a la cabeza. Sola y en la oscuridad, su nerviosismo parece aumentar. Una obsesión ocupa su cerebro, una curiosidad morbosa, anhelos y deseos que no puede explicar. Se siente caliente, las imágenes de la cruza de esas bestias no la dejan paz. En realidad, no sabe lo que quiere, se levanta mecánicamente y en la oscuridad sale de la casa al jardín. La noche es amiga, es su cómplice, se siente temeraria y abre la puerta del jardín hacía una bodega. El cielo está despejado, la luna se ha puesto detrás de los lejanos cerros al oeste, las estrellas no arrojan suficiente luz y Luisa en su camisón blanco parece un alma en pena, se siente protegida por las penumbras que la hace sentir desinhibida, tose ligeramente aún confusa. Es inútil tratar de esconder sus sensaciones, quiere saber y entenderse a sí misma. Camina no sabe hacia dónde, trata de encontrar sin saber lo que busca, no sabe que le deparan los próximos minutos. Un enigma más en su vida, pero tiene curiosidad y quiere acercarse al gran perro negro de los vecinos. En el silencio de la noche, la aprensión se apodera de ella y la amenaza con hacerla desistir, pero el sentimiento que siente en su cuerpo la envalentona lo suficiente como para seguir.

Está completamente sola, una suave y cálida brisa mueve las hojas de los árboles, por el resto, todo es silencio. El canto de algún grillo enamorado la distrae a veces, pero ella camina resuelta, tiene una misión que cumplir; se acerca sigilosamente hasta la puerta de la bodega y golpea sin saber bien que o quien esperar. No debería haber nadie, responde solo el silencio. Recién se da cuenta que está solo con el camisón puesto, tal vez por la costumbre volvió a golpear la puerta, obviamente nadie responde. Piensa que es mejor volver a casa y se gira lentamente. De la noche oscura se perfila una sombra negra que se mueve y se agazapa, se sobresalta y se siente amenazada por un gruñido feroz, se mueve rápido como el viento. La forma oscura, aterradora y siniestra ladra y gruñe, no da la impresión de ser juguetón sino una bestia dispuesta al ataque, lista para desmembrar a su oponente.

Por un segundo Luisa tiembla y se congela, retrocede sobre sus pasos. Se siente aterrorizada, el enorme animal aparece frente a ella agresivo y decidido. Ladra ferozmente un par de veces, de entre sus afilados colmillos se eleva un vapor y la saliva cuela por sus fauces, es la bruma del amanecer que se anuncia. Es Blacky el perro guardián de su casa que estaba haciendo su trabajo. La bestia ocupa la única vía de escape y de repente la seguridad de la casa parece demasiado lejos e inalcanzable, el enorme cuerpo lleno de músculos colma todos los espacios. No hay refugio contra la ferocidad del animal. Luisa no sabe qué hacer y solo atina a decir casi en susurro para no ser escuchada: “¡Blacky! ¡Blacky soy yo!”. Inmediatamente el perro alza sus orejas y parece cambiar de actitud, probablemente él también está asustado y se siente amenazado por esta figura de largo manto blanco. La tensión disminuye y desvanece. El lobo en él regresa a la parte ancestral de su cerebro de bestia y rápidamente se vuelve un cachorro, un enorme cachorro. Sin embargo, su cola sigue alzada, está inquieto: “¡Soy Luisa, cariño!” –le dice mientras le hace cariño en las orejas y en el lomo. “¡Espera, Blacky!” –dice Luisa.

Entró en la bodega y de una repisa sacó una bolsa con galletas para perros. Ahora está afuera dándole algunas galletas al perro negro. Se siente excitada, pero no sabe por qué. Lo que sea, está decidida a descubrirlo. Quiere saber, la curiosidad le produce ansiedad, deseos, un anhelo que nunca antes había sentido. El perro se mantiene en su lugar haciendo crujir las galletas entre sus dientes. Se gira y olfatea primero a tierra y luego su nariz se eleva a percibir los aromas de la noche. Superando sus temores Luisa le anima a seguirla dentro de la bodega. El perro se acerca y muerde otra galleta con avidez. Ya están dentro y Luisa junta la pesada puerta, ahora ambos están ocultos de miradas indiscretas. Luisa está presa de algo que la dominaba, la humedad en su entrepierna la hacía tener pensamientos morbosos e incluso algo grotescos para una señora de familia. Luisa deja que el perro recoja otra galleta directamente de su mano. Su enorme boca está llena de saliva; con la lengua áspera moja parte de su mano, ella solo aprieta sus muslos estrechamente sin saber por qué. Ella no siente asco, está obsesionada con esa larga lengua. Su actitud es nueva y las sensaciones también, ni siquiera se le pasa por la cabeza el sexo puro, pero se siente anormalmente excitada.

Ya no siente temor y está decidida a probar cómo responde el perro a su curiosidad. No sabe cómo hacerlo, es un juego que no conoce. Tiene que hacer algo, pero ¿qué? El perro ni siquiera de las cosas que pasan fugaces por la mente de Luisa, solamente está feliz de estar al lado de un humano que le demuestra afecto y cuyas manos huelen a exquisitas galletas. Luisa en cambio parece en un trance tratando de resolver una disyuntiva que le atenaza el corazón. Cautamente pone una mano sobre la cabeza del perro y desciende a acariciar su poderoso cuello, sintiendo la tensión y el poderío de sus músculos. Poco a poco su mano desciende a la panza oscura y peluda de Blacky. Ella está muy tensa y siente un poco de temor a lo desconocido, teme la reacción del enorme animal, pero lo engatusa con pequeños susurros y delicadas caricias. Un lengüetazo a su mejilla la llena de coraje y logra estirar su mano debajo del perro que está agachado sobre sus patas traseras. No teniendo experiencia, Luisa queda sorprendida cuando descubre que la enorme bestia no se inquieta, no siente malestar. Encuentra debajo un enorme bulto carnoso, peludo y suave, pero nada más.

Suavemente obliga al animal a ponerse de pie. Sin embargo, a pesar de todo, no encuentra mucho más entre sus patas, más atrás están sus testiculos. Se impacienta, como puede ser posible que no haya nada aquí. Ella había sido testigo que el perro tenía una cosa grande, gruesa y rojiza. Ahora palpa solo pelo. Se siente avergonzada de sus absurdas palpaciones y retoques, no se reconoce en esta loca situación. ¿Dónde está esa verga que le pareció maravilloso? ¿Será que lo han castrado?      ¿Tan pronto? “No, imposible” –pensó. Decide que ya basta, tiene que terminar con esta locura, pero justo cuando está a punto de quitar la mano del cálido pelaje de Blacky, algo vibra y se endurece en ese saco peludo. El propio perro se inquieta y jadea, quizás incrédulo. Sin embargo, en la mano de Luisa, algo húmedo y caliente comienza a emerger, se siente duro como un hueso. Ella también se inquieta y se sobresalta, pero “¿qué es esto?” –dijo mirando a Blacky. El contacto es inesperado, siente que le quema la piel. Vence la repulsión espontánea y vuelve a palpar hacia abajo, hasta llegar a los testículos calientes del animal. Algo que no estaba segundos antes, ahora está. La mujer no sabe cómo comportarse. “¿Qué se hace en una situación como esta?” –dijo pensando que hacer. El contacto directo con la verga del perro la atemoriza. Tener en su mano esa cosa caliente y dura que continúa a creciendo es algo nuevo para ella. Le gustaría excitarse, pero no puede conseguirlo, por lo menos no lo suficiente. Esa cosa mojada y resbaladiza se siente extraña, pero tampoco tiene deseos de soltarla.

Algo en su cabeza le ordena masturbar esa verga pero no sabe cuál es el modo adecuado y tentativamente comienza a frotar el grueso pene del perro, con algunos movimientos horizontales de atrás hacia adelante. Le parece atinado ese modo clásico de tratar una pija, con la otra mano acaricia suavemente los peludos testículos. La verga del perro pierde consistencia, no aguanta la erección, se parece a su marido. La bestia pierde la concentración. Después de todo, no está habituado a la manipulación de su pene por parte de una humana. Él no conoce la vagina de una mujer. Repentinamente se siente un ruido muy fuerte, como si viniera de la casa. Luisa se levanta y se voltea hacia allí. Escucha un rugido de un motor en la lejanía y se da cuenta que es el origen del ruido. Al estar volteada, algo grande y duro empuja su trasero, es el hocico de Blacky que la olfatea y la explora. Ese toque suave e inesperado hace estallar en la cabeza de la mujer toda la lascivia reprimida, irrefrenablemente se baja de golpe las bragas hasta las rodillas, arqueando el trasero a favor del animal. Tan pronto como sintió la áspera lengua barriendo sus apretados glúteos, pensó: “Estoy loca”. Sus manos se posaron en sus nalgas para ensanchar el espacio y permitirle al perro lengüetear su agujerito en medio a sus deliciosas nalgas. De su vagina empezó a fluir todos los jugos secretamente conservados allí; incluso el semen del orgasmo de su marido depositado en ella unas horas antes. Comenzó a sentir su sangre hervir en sus venas y sentía las pulsaciones en sus pezones y sus sienes.

Luisa ahora se siente caliente, tiene un macho a su disposición y no lo puede desaprovechar.      Se vuelve a agachar al lado del perro. Sin siquiera pensarlo su mano baja a su vientre en busca de esa verga candente que le quemaba la mano segundos antes. Esta vez la agarra con decisión y energía.

Ha entendido que el animal tiene una sensibilidad distinta a la de un hombre. Aprieta la verga una y otra vez, esta se endurece en segundos y la bestia mueve sus ancas como si quisiera cogerse su mano. Luisa gime caliente y comienza a explorar el pene del perro. Es dos veces más larga que la de su esposo y lo mismo de su grosor. Con sus dedos palpa toda la longitud de esa verga mojada. El glande es puntiagudo como una frambuesa y tiene un agujero, desde donde seguramente sale su semen. El cuerpo cilíndrico es grueso, muy grueso: luego viene una parte como un huevo que es aún más gruesa. Luisa mueve toda esa masa de carne rojiza atrás y adelante, atrás y adelante. De repente, la verga parece palpitar y el huevo comienza a aumentar su volumen con gran bulto, hasta ponerse grueso del tamaño de un puño. Instintivamente ella entiende que el perro está por gozar y su mano sacude frenéticamente la verga goteante. Sus tetas le cosquillean y su entrepierna moja su vagina.

Luisa está estupefacta, el perro jadea mientras ella lo pajea a dos manos. Blacky da saltitos, resbala y tiembla moviendo sus cuartos traseros. Está acabando. Luisa lo mira desconcertada y exclama: “¡Qué manera de eyacular!”.  Literalmente está meando esperma por su verga. El semen caliente, trasparente y pegajoso sale a chorros continuos, sin parar, es una cantidad increíble en comparación con el varón humano. Estando agachada apunta la verga hacía sus muslos y entrepierna, también su vientre recibe borbotones cálidos de semen.  Blacky jadea con intensidad y da pequeños ladridos, parece atemorizado. El sol disipa con sus primeros rayos la oscuridad, son más de las cinco, es la madrugada, ya se sienten algunos trinos de los pájaros y Luisa escapa de la bodega hacia el refugio de la casa como un vampiro que no puede ser tocado por los rayos del sol. Se encierra en el baño, sus sienes laten salvajemente y sus fosas nasales se inflan con su agitada respiración.

Está excitada, caliente y confundida. Su vagina reboza de cálidos fluidos, se sienta en el inodoro y se masturba, su orgasmo llega violento en segundos. Es la última locura de la noche de insomnio; con los dedos recoge el semen que resbala sobre ella y se los lleva a la boca. Tiene sentimientos encontrados, se siente sucia, pero le gusta el sabor. Entonces comprende que ira por más la próxima vez.

 

 

 

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martes, 16 de diciembre de 2025

154. Usada y despreciada

 

Llevaba más de cinco años trabajando en la empresa cuando aquella mañana me llamó Fabián Gutiérrez, el gerente general a su oficina. Fui con un poco de miedo y cuando llegué me fijé en Nuria, su secretaria, era una mujer imponente y que llamaba la atención, siempre vestía con faldas cortas y blusas con dos o tres botones desabrochados para mostrar el borde de sus ricas tetas, posee un culo grande y firme, una diminuta cintura pero sus caderas son abultadas, toda una hembra. Desde luego ya no era joven, bordeaba los cuarenta y cinco años. Se notaba que al jefe le gustaba rodearse de mujeres que sedujeran solo con verlas y con morbo en la mirada.  “El señor Gutiérrez lo está esperando” –me dijo con un tono sensual. Entré y vi, aparte de a él, al resto del Consejo Directivo, Matías López, Jefe de Ventas, Luis Ruíz, Jefe de Producción, Pedro de Andrés, Jefe Financiero y de contabilidad y Ramón Peña, Jefe de Personal. Me senté y esperé.

Estaba acojonado, la verdad sea dicha, pero lo increíble del caso es que me ofrecieron el puesto en el que estoy hoy, Jefe de Postventa de la empresa. Después de un rato de escuchar sus exigencias y también las bondades del puesto me disponía a irme, alucinado por la propuesta y por el salto que suponía en mi carrera. Ya con el picaporte en la puerta en la mano oí de nuevo la voz de Eduardo: “Espere un momento señor Figueroa, aún falta algo” –dijo. Me di la vuelta despacio y escuché. “Mire, aquí tenemos la costumbre de que cualquier nuevo miembro del Consejo debe invitar a los demás a una fiesta, ya sabe, algo especial” –dijo él. “¿Especial?” –pregunté. “Si especial, algo de beber y alguna mujer por supuesto. Pero por favor no caiga en el prototipo de contratar una cuantas scorts de lujo, nos aburren. Queremos algo distinto. Se puede marchar” –dijo Eduardo. Me fui más alucinado ye temeroso por la última propuesta que por el ascenso. Volví a mi sitio dando vueltas y más vueltas a la situación, ¿qué podría organizar que les gustase? Tampoco les conocía muy bien como para saber sus gustos. Después de dos días, mirando posibilidades, encontré el sitio, un pequeño Resort ubicado en las costas de Chile, un sitio de lujo para que los hombres con dinero se lleven a sus putas a coger y que sus mujeres cojan con quien quieran, pero me faltaba quién. Una mañana en la oficina pasó por delante de mi Alicia, la de contabilidad, me acordé enseguida de una pequeña historia que tuvimos. Ahí vi ahí la solución. Todavía me acuerdo del día que llegó el jefe a presentarnos a nuestra nueva compañera. ¡Aluciné en colores cuando caí en la cuenta de que era la misma a la que me follé porque me lo pidió su marido después de contactar por internet! Esa misma tarde la llamé por teléfono, todavía lo conservaba, a una puta de esa categoría no se le puede perder la pista. Le conté que me gustaría volver a verla, que quería volver a pasar un rato a su lado, que no había parado de pajearme pensando en su increíble cuerpo. El caso es que accedió. La verdad es que todas las mujeres tendrían que ser capaces de sacar la puta que llevan dentro con más constancia. La cité en el Resort el sábado a las 21:00. Escribí a todos los del Consejo y quedé con ellos a las 22:00.Cuando llegó, la vi espléndida, falda corta mostrando sus hermosas piernas, tacón alto, sin ser excesivo, blusa ajustada que remarcaba sus magníficas tetas. Cerré la puerta tras de ella, la agarré del culo, apreté mi verga contra su vagina y le metí la lengua hasta la garganta, ella no opuso resistencia, menos cuando mi mano se metió entre su falda. Ya estaba mojada y eso que no había empezado la fiesta, mientras la tocaba sin decoro me dijo: “Creí que no me volverías a llamar”. “He estado un tanto ocupado, pero como te dije no he dejado de pensar en lo rico que lo pasamos” –le dije. “¡Quiero que me la metas! Me he acordado una y mil veces de tu verga” –me dijo con esa sensualidad en su voz capaz de encender un bosque. “Lo haré zorrita, pero hoy tengo preparado algo distinto” –le respondí. “¿No seremos solo tú y yo?” –me preguntó. “Algo así, vendrá más gente” –le respondí. “Suena excitante, ya quiero ver lo que has preparado” –dijo ella.

Entramos en la habitación, se duchó, se perfumó y la vestí de puta, de puta elegante, no merecía menos, ni ella, ni la ocasión. Corsé, liguero y medias de encaje, zapato de tacón de vértigo. Todo negro, menos los zapatos, rojos y el antifaz que tapaba sus ojos. Se veía preciosa, además encajaba perfecto en el papel de puta. Alicia les iba a proporcionar a esos tipos una sesión de sexo salvaje como nunca lo habían soñado y menos aún con una de sus empleadas. Llegaron puntuales, se sentaron con un vaso de whisky en la mano. “¡Vamos Esteban! Campeón, muéstranos tu sorpresa que estamos calientes y queremos coger” –dijo Ramón. Me coloqué en medio del salón y con aires un poco teatrales les anuncié: “¡Para todos ustedes, Alicia, entre semana la chica de contabilidad, hoy su puta y esclava para dar rienda a todas sus pasiones, las más elevadas y las más ruines! ¡No puede, ni quiere decir que no, su misión es obedecer y callar, si en algo se queja la pueden castigar como mejor quieran!”. Abrí la puerta de la habitación y entró Alicia, a cuatro patas, muy despacito y lamiéndose los labios. Noté el silencio que se creó, todos la miraban con ojos encendidos pero Pedro, su jefe directo, y Eduardo, el Consejero, parecía que se la comían con la mirada.

Llegó hasta el centro del salón y dijo: “Hoy seré su esclava sumisa, pueden hacer conmigo lo que les plazca” –dijo con un hermoso tono erótico. Ella en realidad no sabía quiénes ni cuántos hombres había allí, me encantaba su actitud, sabía que no me iba a salir mal el plan. Pedro fue el primero que se levantó, se fue directo hacia ella, dio dos vueltas a su alrededor y se paró detrás, le dio un azote en el culo que la tomó por sorpresa a Alicia, se quejó con un leve “¡ay!”. “¿Ah sí, puta, te vas a quejar?” –le dijo dándole dos nalgadas más en su armonioso culo, luego dos más y así hasta que el culo de Alicia empezó a enrojecer, pero ella no volvió a abrir la boca. “Así me gusta, eso está mejor” –dijo Eduardo que sin ningún tapujo la tomó del pelo y la hizo arrodillar para meterle la verga en la boca hasta la garganta. La agarraba de la cabeza y se movía frenético para cogerle esa deliciosa boca. Nuevamente la tomó del pelo y le dio una bofetada, ella le dijo: “Quiero comer verga, soy una puta barata, cójanme la boca como endemoniados”.  Eduardo siguió metiéndole la verga en la boca, ella la chupaba como la puta que es, haciendo que bufara al sentir como esos labios sensuales le daba esa deliciosa mamada. Matías, Luis, Ramón y Pedro esperaban su turno masturbándose. Eduardo acabó llenándole la boca de semen, luego uno a uno pasaron para que la puta de Alicia se las chupara, se veía sensual con la cara y la boca llena de semen. Hasta el momento todo iba viento en popa y los Directivos se la estaban pasando de maravilla. Ella siguió impasible chupando las vergas que se le ponían al frente, Pedro Gritaba como poseído: “Escucha puta, ya probaste todas las vergas. ¿Cuál eliges para que sea la primera en taladrarte el culo?”.

Alicia guardó silencio un instante y dijo: “La primera. ¡Esta mujer era increíble! La pusieron de pie y empezaron a manosearla por todos lados. Luis la tomó de las tetas, mientras Matías le metía los dedos, hasta la mano entera dentro, Ramón la quitó las bragas y Eduardo se acercó con un pequeño látigo de cuero. “Quítenle todo, déjenle puestas sólo las medias y los tacones. Soltó el primer latigazo en la espalda, luego en el culo, luego otra vez en la espalda, las tetas, buscando sus zonas más sensibles. “Dime zorra, ¿te gusta que te acaricie con mi látigo?” –le preguntó. “Me duele un poco” –balbuceó Alicia. “¿Cómo dices puta?” –le pregunta haciendo que el latigo la golpeara con todas sus fuerzas en su enrojecido culo. “¡Me gusta! ¡Me calienta!” –le responde ella. “Mucho mejor, ¿ves como si podemos entendernos?” –le dice él en tono perverso.

Ahora comenzaría la tortura anal para Alicia. Al igual que lo hizo con su boca, Eduardo no tuvo compasión de ese agujero y se la metió de una estocada brutal. Ella dio un alarido de dolor pero los otros hombres la acallaron poniéndoles la verga en la boca, la brutalidad en las embestidas de Eduardo y verla chupando vergas como  loca era algo excitante. La tiraron al piso y se acercó Luis, puso las piernas de Alicia sobre sus hombros y se la metió bruscamente por la vagina. Los gemidos de ella eran sensuales, le pedía a Luis que se la metiera con más fuerza, obviamente éste se la cogía como un enfermo. Matías se subió a horcajas sobre el abdomen de Alicia y le puso la verga entre las tetas, ella las agarró y Luis se movía perversamente masturbándose con las deliciosas tetas de la zorra ya no daba más de calentura. Pedro se puso encima de ella poniendo el culo en la boca. “¡Cómeme el culo y límpiamelo bien con la lengua puta cerda!” –le dijo. La sensual lengua de Alicia se deslizó por el culo de Pedro lamiéndolo mientras él se pajeaba como un adolescente calenturiento. Matías le apresó las tetas para que Eduardo y Ramón se pusieran a un lado y ella los pajeara de manera perversa. La mujer sabía cómo atenderlos para dejarlos satisfechos. En cuanto Luis acabó dejándole la concha llena de semen,  siguió Ramón y luego Pedro, y luego Eduardo. Apenas la verga de Eduardo salió y ya tenía otra verga en su concha. Los otros jugaban con sus tetas o le metían la lengua hasta la garganta, la escena era totalmente perversa.

Alicia estaba entrando en un estado de frenesí, gritaba y gritaba, decía: “¡Quiero más verga! ¡Cójanme como nunca se han cogido a una puta! ¡Mierda, me tienen caliente! ¿Son hombres o maricones? ¡Denme verga!”. Matías se tumbó en el suelo y dijo: “¡Pónganmela encima!”. Le metió la verga en su vagina húmeda y chorreante de semen. Ramón se acercó por detrás y apuntó su verga al culo de Alicia. ¡Se la estaban cogiendo a la vez! Alicia empezó a gritar como loca, comenzó a moverse buscando una armonía difícil de conseguir. Luis otra vez buscó la boca. ¡Le estaban dando por todos los agujeros a la vez! ¡Era bastante más zorra de lo que yo nunca pude imaginarme! Cuando Luis acabó y su semen se derramó por la cara y el cuello de Alicia, fue Pedro el que le sustituyó. Empezó a cogerle la boca con ansias, como si no hubiera eyaculado antes ya dos o tres veces encima de ella. Entonces Ramón, que estaba a punto de acabar, se retiró y soltó todo su semen en la cara de Alicia. Eduardo se acercó masajeó su culo con el semen del otro, penetró un par de veces con sus dedos el agujero prohibido de Alicia. Después de estar jugando con sus dedos en el culo, de un empujón certero se la metió sin piedad. Alicia aulló de dolor. Yo bien sabía que ya la habían follado el culo, pero no de esa manera tan bestia. Eduardo era incansable estuvo varios minutos metiendo su verga hasta los testículos mientras le gritaba: “¡Puta mueve ese culo y dame placer! ¡Dame placer apestosa puta!”. La nalgueaba incansablemente, al fin acabó dejándole el culo abierto y lleno de semen. Matías salió de debajo de Alicia, que se quedó como exhausta a cuatro patas con el torso apoyado en el piso.

La fiesta aun no terminaba para los Directivos, parecían lobos hambrientos devorando a su presa. Eduardo dijo: “Quiero que todos se cojan ese culo. Vamos uno detrás de otro, hasta que rebose de nuestro semen”. Así lo hicieron, mientras uno le clavaba el culo, otro se preparaba follándole la boca y los demás tomaban fotos con sus móviles o se tomaban un whisky. Cuando terminaron aún me dijeron: “Luis, eres un perfecto anfitrión, la sorpresa que nos tenías preparada era de categoría, tú también te mereces follar el culo de esta zorra increíble”. Claro que no iba a desperdiciar la oportunidad, ya que hace rato que mi verga me pedía respiro y lo obtendría en el culo de Alicia. Me bajé el pantalón, agarré a Alicia de las caderas y se la metí. Mi verga entró sola, sin resistencia, tenía el culo completamente abierto, rebosando de semen, noté el calor de su ano mezclado con el de los líquidos de todos los que había pasado por allí. Con la calentura que sentía al contemplar todo lo que sucedió, me la cogí de forma bestial, haciendo que la muy puta gimiera descontrolada. No conté los orgasmos que ya había tenido pero cuando me la estaba cogiendo tuvo uno que fue intenso y que hizo que sus piernas temblaran y aullara como una perra en celo. La verga me palpitaba, me iba a vaciar en su sucio culo. Ya no me podía aguantar más y acabé en ese culo usado y abierto, terminando de rellenarlo con semen como la puta Alicia se merecía. Ella quedó tendida en el piso jadeando y con el culo palpitando. Cuando me puse de pie los demás ya estaban vestidos bebiendo whisky y hablando cosas del trabajo como si nada hubiera pasado. Alicia estaba envuelta en semen, sudor y un olor a sexo que seguro sólo las buenas putas pueden reconocer después de una sesión como esta. “Luis, te ganaste el ingreso con honores al club” –dijo Eduardo mientras estrechaba mi mano y los otros me daban palmadas en la espalda.

Despues de la tremenda cogida Alicia pidió permiso para darse una ducha, pero se lo negaron. Le dieron una recompensa bastante sustanciosa en dinero, ella lo aceptó como la puta que es. Se quitó el antifaz y vio que los Directivos de la empresa fueron quienes la usaron hasta el cansancio. Eduardo le dijo: “Puedes vestirte y largarte como la puta que eres. De seguro a tu marido le gustara ver cómo te dejamos el culo”. Ella sonrió y le dijo: “Le va a encantar señor, de eso no tenga dudas”. Cuando iba saliendo de la habitación Eduardo me dice: “Ahora hay que buscar la forma de cogernos a esta puta delante de su esposo cornudo. Estoy seguro que a ese maricón le va a encantar ver lo puta que es su mujer”. “Estoy seguro que sí” –le dije. “Bueno muchacho, entonces tú prepara los detalles para que eso pase y que sea pronto” –dijo Pedro. La tarea asignada no era tan difícil de cumplir, ya que a ese cornudo le gusta ver como su mujer es cogida. Ahora pienso en que lugar puede ser, lo más seguro que lo hagamos en la sala de reuniones y en una de esas trato de convencer a Nuria para darle un toque más perverso.

 

 

Pasiones Prohibidas ®

sábado, 13 de diciembre de 2025

153. La fiesta de cumpleaños

 

Fue el gracioso de mi marido el que insistió en que la fiesta de mi cumpleaños fuera algo especial, debido a que en ese año cumplía ya los treinta y cinco. También fue él quien decidió que la fiesta fuera de disfraces y que los nuestros, en recuerdo de una graciosa anécdota del viaje de novios por Grecia, que no viene al caso, fueran de Minerva y el minotauro. Él se encargó de organizarlo todo con la ayuda de nuestros amigos incluyendo la elección de nuestros trajes. La verdad es que el suyo le quedaba casi perfecto, pues parecía totalmente un toro puesto de pie, al que solo se le veía la boca, ya que hasta los ojos quedaban ocultos detrás de la graciosa mascara, pero yo me sentía algo incomoda con el mío, dado que este era bastante más escotado de lo que yo me suelo poner.

Estaba confeccionado en su totalidad con unas finas gasas lilas, blancas, azules y verdes que, aunque se superponían unas sobre otras por toda mi anatomía, apenas cubrían mi cuerpo y dejaba muy poco a la imaginación. Mi marido lo arregló a su gusto como de costumbre, comprándome para la ocasión un minúsculo bikini rosa de lacitos que apenas desentonaba con el resto del conjunto, y que ocultaba, al menos en parte, mis abundantes y prominentes tetas. Digo esto porque la parte inferior de la prenda era una minúscula tanga, que por delante malamente cubría mi depilada vagina y que por detrás se reducía tan solo a una especie de cordelito que se introducía entre mis nalgas. Por suerte tomo frecuentes sesiones de solárium y el tono moreno que lucía mi cuerpo hacia que mis doradas nalgas desnudas no destacaran demasiado bajo las tenues gasas que lo cubrían.

A diferencia de mis abundantes y voluminosas tetas, que los diminutos triángulos superiores del bikini no cubrían ni tan siquiera en una tercera parte, ya que mi poderosa delantera desbordaba la ridícula pieza por todos los lados. Así que, después de discutir en vano este tema con mi marido, tuve que conformarme con que la prenda cubriera mis gruesos pezones puntiagudos y muy poco más, que ya era algo. Eso sí, confiando en que el estrambótico disfraz disimularía de alguna forma el resto de mi exuberante anatomía. De todas formas ya estaba acostumbrada a ser el centro de atención en la mayoría de las fiestas a las que asistía, pues mis generosos atributos, asombrosamente firmes si tenemos en cuenta su gran tamaño, unidos a una esbelta cintura, a base de dietas y deporte, sin olvidar un trasero bastante duro, atraen la mirada de los hombres como la miel a las moscas.

Mi marido no solo se ha resignado ya a ello, sino que parece disfrutar bastante viendo los apuros que pasan nuestros amigos para lograr apartar sus ojos de mi cuerpo. No es de extrañar que tenga la fama de caliente que tengo entre nuestras amistades masculinas. Pues nunca he permitido que ellos se apoderen de lo que tanto ansían y cuando alguno más osado de lo que sería deseable, ha puesto las manos en algún sitio donde no debía, pronto lo he apartado con mi mirada o con mis manos; demostrándole, lo más claramente posible, que mi cuerpo solo le pertenece a mi esposo. Esa noche memorable mi marido me retuvo en nuestra alcoba del piso superior, estando ya disfrazada para la ocasión, hasta que reunió en el salón a todos los invitados a la fiesta. Solo entonces me permitió bajar, dándome una sorpresa mayúscula, cuando me presento a nuestros amigos; pues todos, sin excepción, llevaban el mismo disfraz que él, hombres y mujeres; solo se diferenciaban por el grosor y la altura, y las mejor dotadas por aquellos atributos que no habían conseguido disimular.

Al principio fue una velada realmente maravillosa, en la que mi marido disfrutaba como si fuera un niño pequeño, mezclándose entre el resto de los invitados para que yo nunca estuviera segura de donde estaba él en realidad. Todos los asistentes volcaban sus atenciones sobre mí, procurando que mi copa estuviera siempre llena y disputándose el honor de ser mi pareja de baile. No había forma de saber con quienes, ni cuantas veces bailé aquella noche, pero me divertía horrores cuando algunas veces descubría quien era el galán que me acompañaba, sobre todo cuando este resultaba ser una mujer que se había hecho pasar por hombre. Conforme pasaban las horas las piezas rápidas fueron cediendo su lugar a las baladas y las luces se fueron apagando poco a poco para que la suave penumbra que nos envolvía animara a los enamorados. Por otra parte, el alcohol también empezaba a hacer su efecto en mí, logrando que apenas pudiera distinguir ya a un solicito acompañante de otro.

Supongo que fue mi marido el que ideo la forma de acariciarme mientras bailábamos. Ya que durante una pieza larga y lenta apretó contra mi trasero una de sus manos, sujetando así la manga vacía de su otro brazo como si ambas estuvieran juntas, pues el otro brazo se encontraba oculto dentro del amplio disfraz. Así, con solo abrir un poco la cremallera del mismo, tuvo un acceso directo hasta mi pecho que continuaba unido al suyo. Me halagó y sorprendió ver cómo se las ingeniaba el picaron para acariciarme, haciéndome recordar nuestra caliente juventud. Devolví vehemente sus ardientes besos, permitiendo que sus manos deambularan a placer mi cuerpo y por donde quisiera moverse. La verdad es que no me importó demasiado que luego me tocara ambas tetas por debajo del bikini, ávidamente jugando con mi rígido pezón mientras me besaba de un modo muy lujurioso. Yo pensaba con bastante ingenuidad que ningún invitado se daría cuenta de lo mucho que disfrutábamos ambos con tan insólita situación, pero el sujeto que yo creía que era mi marido bailaba cada vez más piezas conmigo; besándome y manoseándome ansioso, y muy excitado, mientras duraba la pieza musical y el alcohol me quitaba las inhibiciones, el pudor y la decencia.

No estaba aún tan embriagada como para no darme cuenta de que eran las largas y afiladas uñas de una mujer las que me estaban pellizcando los duros pezones con bastante habilidad, mientras ambas bailábamos. Alcé mi rostro reflejando en mi mirada la sorpresa que acababa de llevarme, intentando distinguir que lujuriosa mujer se ocultaba tras la máscara. La mujer, emitiendo una risita muy curiosa, aprovechó la forzada postura de mi rostro para sellar con su ardiente boca mis labios entreabiertos, dándome uno de los besos más apasionados que yo recuerdo, al tiempo que lograba endurecer por fin mis rosados pezones. Se me cayó el alma a los pies cuando caí en la cuenta de que esa risita tan peculiar solo podía pertenecer a una de mis jefas de la oficina, que además estaba casada con el mejor amigo de mi marido. Cuando sus fogosos labios por fin soltaron los míos, sepulté mi cara en su hombro, turbada y avergonzada, pues me daba cuenta de que ella era solo una más entre todos los candentes invitados que habían estado jugueteando con mis tetas mientras bailábamos, pues, es seguro que fueron bastantes los invitados que imitaron a mi esposo para abusar de mí y lo peor es que mi marido era el que había consentido o al menos iniciado la ronda de manoseos, divirtiéndose con ellos a costa de mí y de mi cuerpo. Terminó la pieza de música me fui  disparada hacia el cuarto de baño. Ahora que sabía lo que estaba pasando necesitaba soltar las lágrimas antes de que algún otro libidinoso desconocido quisiera bailar conmigo, pero no pudo ser. Nada más entrar me di cuenta de que ya estaban dentro otras dos chicas, ambas con el disfraz bien abierto para poder satisfacer sus necesidades, dejando a la vista su atrevida ropa interior. Aún no había decidido si prefería esperar a que terminaran o marcharme cuanto antes a mi dormitorio, cuando irrumpió en el baño la que acababa de ser mi pareja de baile y que cerró la puerta con pestillo al entrar, haciéndose cargo enseguida de la situación.

Mi jefa, sin darme siquiera tiempo a protestar, empezó a secar mis primeras lágrimas con una toalla, mientras me decía que no tenía que ser tan tonta, que un cuerpo tan soberbio como el mío estaba hecho para disfrutar y que justamente ahora empezaba la edad en la que tenía que sacar el mayor provecho de todos mis conocimientos sexuales. Mientras me decía estas frases y otras similares, seguía secando mis lágrimas, hasta que estas poco a poco dejaron de brotar. Las otras dos chicas la apoyaban en sus todas sus aseveraciones, añadiendo comentarios bastante subidos de tono para confirmar sus ideas. A una la identifiqué rápidamente como la hija de los vecinos, bastante tímida y apocada por cierto, y la otra nunca supe quien fue. Mi jefa, al ver que por fin me estaba calmando, procedió a quitarme la parte superior del escueto bikini, asegurándome que ya no valía la pena esconder por más tiempo unas tetas tan exquisitas. Aunque mi imagen, reflejada en el espejo, me permitía ver lo mucho que destacaban mis rosados y gruesos pezones, ahora bien endurecidos. Sus continuas alabanzas y caricias lograron disuadirme. Además, las jovencitas, en cuanto estuvieron los pezones a la vista, se lanzaron como dos fieras hambrientas a saborearlos.

Mi jefa, condescendiente, permitió que las chicas saciaran su sed en mis grandes tetas, mientras ella separaba mis muslos suavemente con ambas manos para que sus largos dedos pudieran introducirse con mayor facilidad en mi húmeda y acogedora vagina. Mi primer orgasmo fue tan intenso y violento que no me quedaron fuerzas ni para gritar y es que he de reconocer que mi viciosa jefa sabia manejar sus suaves manos con una habilidad extraordinaria, introduciendo dos o más dedos hasta el fondo de mi concha con la cadencia adecuada para que sus deliciosos masajes en el clítoris me destrozaran de gozo y placer. Una de las chicas terminó de quitarme la parte de abajo del bikini, que ya no volví a ver más, para que su apasionada boquita no tuviera ningún obstáculo a la hora de saborear mi empalagosa fuente de calientes fluidos. Al mismo tiempo la otra jovencita seguía entusiasmada con mis apetecibles tetas, besando y mordisqueando los gruesos pezones dulcemente, mientras apretaba con sus pequeñas manos haciéndome gemir como loca al sentir ese delicioso dolor que recibía. Mi jefa, amorosa, liberó una de sus pequeñas pero firmes tetas, para que yo también tuviera un lugar donde posar mis labios y para que mis gemidos no se oyeran por toda la casa cuando alcance el segundo orgasmo de aquella velada, aún más violento que el anterior. Las dos chicas se turnaron entonces en la agradable tarea de limpiar mis sabrosos flujos íntimos con sus ardientes y expertas boquitas, cuidando de no provocarme un nuevo orgasmo, mientras mi amable jefa volvía a velar mis encantos con las tenues gasas, besándome, cariñosa, al tiempo que me acompañaba de nuevo al salón. Lo último que vi antes de abandonar el cuarto de baño fue a las dos jovencitas lesbianas masturbándose la una a la otra, febrilmente, mientras se devoraban mutuamente a besos.

Parecía que todos los presentes habían estado aguardando anhelantes mi regreso, pues nada más entrar en el salón, hicieron que se parara la música y las parejas que habían estado bailando formaron un amplio círculo, dejando el centro despejado para mí. Allí fue donde alumbró una potente luz rosada, procedente de un enorme foco que había traído mi esposo durante mi ausencia, mientras escuchaba una melodiosa música árabe. Yo estaba ya tan encendida que solo dudé un breve instante antes de situarme bajo la luz para realizar el baile sinuoso que todos los invitados estaban esperando impacientemente. Reconozco que no soy una gran bailarina, pero tampoco hacía falta esmerarse mucho, pues todas las miradas estaban fijas en el pesado bamboleo de mis tetas y en rosada sombra  que tan consideradamente se clareaba bajo las tenues gasas. Apenas dejé caer al suelo el primer velo cuando ya las enronquecidas voces clamaban por la caída del siguiente. Así que mientras danzaba les complacía poco a poco. Cuando acabó la alegre melodía solo me quedaba puesto uno de los velos más largos, de un llamativo color celeste. Este velo, que tenía su origen bastante más arriba de mis rodillas, pasaba por debajo del cinturón de cascabeles y ascendía luego hasta tapar uno de mis pechos, después de rodear mi cuello por detrás bajaba para ocultar el otro pecho antes de volverse a introducir por debajo del cinturón y acabar de nuevo donde comenzó. Con solo dar un pequeño tirón logré que los dos extremos de la gasa coincidieran en mi intimidad, con la vana esperanza de que la ocultaran un poco más. Lo cual era del todo imposible; pues, con solo mirar hacia abajo ya me daba cuenta de que la tenue gasa lo único que lograba era dar un curioso tono azulado a mis tetas, logrando que mis pezones destacaran aún más, gracias a su nuevo y llamativo color violeta oscuro. No me molesté siquiera en mirar cómo había quedado mi vagina, ya que estaba segura de que mi concha tardaría bien poco en asomar fuera de su protección.

Solo con apagarse el foco que me iluminaba volvieron a sonar las sosegadas notas de una romántica balada y antes de que lograra recuperara el control de la visión ya estaba entre los brazos de un desconocido, que me obligaba a seguir el compás de la música, ni siquiera habíamos dado un par de vueltas cuando el excitado minotauro volvió a recurrir al truco de antes para alcanzar mis tetas. Esta vez, a pesar de no saber quién era el tipo que me manoseaba, decidí apoyarme en su hombro, y dejar que la velada siguiera su curso. Pero los demás minotauros no se podían quedar impasibles viendo mi desnuda vagina al aire y casi enseguida, empecé a notar como unas ansiosas manos, distintas a las de mi fogoso acompañante, se resbalaban por mi piel indefensa. También les dejé actuar, recorriendo sin pudor cada parte de mi cuerpo. Viendo mi completa pasividad, me encontré rodeada de muchos galanes calientes que besaban mis labios y jugaban con mis tetas desnudas o acariciaban mis nalgas, explorando a fondo mi agujero y metiendo más a fondo sus dedos.

A ninguno pareció importarle que mi baile se volviera torpe y descompasado cuando los dedos de mis amantes encontraron la estrecha abertura de mi culo y lo penetraban a placer y con demasiada lujuria, me era imposible no gemir cuando sentía varios dedos meterse impunemente. No recuerdo si fueron tres o cuatro los orgasmos que alcancé de esta manera, amortiguando mis grititos en las bocas que me devoraban, hasta que las piernas quedaron tan débiles que no me podían sostener. Luego uno de ellos, fuerte como el toro del que iba disfrazado, me llevó en brazos hasta mi alcoba, donde tuvo el inmenso honor de ser el primero en poseerme rudamente, como no podía ser menos. Su gruesa verga penetraba rítmicamente en mi mojada intimidad, como un toro enloquecido, mientras el resto de los minotauros me terminaba de desnudar. Sus múltiples manos me torturaban y mataban de placer por igual, al tiempo que obligaban a las mías a hurgar dentro de sus disfraces y acariciar sus vergas. Como ya supondrán lo que sucedió a partir de ese momento fue un desfile interminable de vergas buscando algún orificio por donde penetrarme; recurriendo al final a mi boca para llenarla de semen como si fuera un regalo preciado se tratara. Estaba deseosa de que mis innumerables amantes cobijaran sus rígidas vergas en el agujero deseado, pues todos sabían ya que yo gozaba de igual manera ya fuera por delante o por detrás.

Cuando no estaba tragando semen, estaba saboreando las tetas y las vaginas de aquellas mujeres que querían compartir conmigo. Creo que no sabría cómo narrarles lo pegajosa que estaba entre el semen, los fluidos de esas mujeres y mi sudor pero era tan alucinante como morboso. Estaba saboreando los pechos, e incluso las grutas, de todas aquellas mujeres que querían compartir su placer conmigo, aquellas delicadas manos acariciándome y regalándome placer. No recuerdo el final de la orgía. Solo sé que a ratos abría los ojos al sentir como una verga se metía en mi culo y otra en la boca para vaciarse en mi interior.

Al día siguiente, no me pude levantar hasta pasadas las cinco de la tarde y cuando lo hice, mi marido se había encargado de limpiar hasta el último resto de la fiesta. Mi jefa también me dio un par de días libres para volver a la oficina. Tanto como ella, mi marido y los invitados supieron guardar el secreto de lo que sucedió en la fiesta de mi cumpleaños, ya que lo vivido fue demasiado perverso para contarlo libremente a cualquiera.




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