miércoles, 24 de diciembre de 2025

156. Noche de insomnio 2

 

Luisa había vuelto una y otra vez al granero. Por las noches cuando sentía los ladridos de Blacky, era como si él viniera a llamarla. El croar de las ranas la mantenía despierta e inquieta. El ladrido se producía con una cierta intermitencia. Luisa no podía dejarlo así. Ahora Blacky era como su amante secreto, le había lamido la vagina tan rico acababa a mares. Le encantaba ser rociada por la copiosa eyaculación del perro. Lo había probado y bebido más de una vez, pero hasta ahora no se había atrevido a dejar que se la cogiera. Él la buscaba y quería, le saltaba encima y la empujaba para hacerla caer, pero Luisa siempre se había escabullido y solo lo masturbaba y le chupaba la exquisita verga roja y caliente, luego escapaba a casa a masturbarse como loca.

Los deslices de Luisa y Blacky se habían vuelto un poco rutinarios. Se moría de deseos pensando a las sensaciones indescriptibles que le procuraba la lengua del perro separando sus labios hinchados y empapados en fluidos vaginales. Las noches insomnes ya no eran tales, ahora ella esperaba que su marido se durmiera profundamente antes de levantarse con su vagina caliente y húmeda, para dirigirse al granero. Escuchaba los suaves ladridos del perro, era como si la estuviera llamando y ella al lado de su marido pensaba a su amante perruno deslizando sus delgados y largos dedos sobre su concha, rozando su clítoris y apretando sus muslos ansiosamente.

Blacky se había transformado en un asiduo visitante de la finca, siempre se acercaba a ella cuando ella caminaba sobre el terreno. Cuando estaban entre los viñedos, ocultos de miradas indiscretas, ella le permitía acercar su fría nariz a su vagina. Luisa había dejado de vestir bragas para estar siempre lista para la lengua de su amante. Ella notaba que siempre que Blacky la lamía intensamente, la puntita rojiza de su verga asomaba orgullosa y desafiante. En sus noches más calientes se preguntaba cómo se sentiría esa monstruosa verga en su vagina apretada. Era una curiosidad que no la dejaba tranquila; parecida a cuando lo dejó lamerla por la primera vez. Ella se sentía joven y viva después de gozar esos innumerables orgasmos, se sentía como una colegiala enamorada de su primer amor. Esto era algo nuevo y emocionante, su lengua era increíble e insaciable, ella había aprendido a disfrutarla a concho y lo retribuía con furibundas chupadas y lamidas a su verga resbaladizo y caliente, pero en su yo interno había comenzado a hacerse la idea de llevar esa relación de sexo oral un poco más allá, solo tenía que vencer sus miedos atávicos.

Esa noche no había nadie en casa, su marido había ido donde su madre enferma improvisamente. Había pensado que finalmente se había presentado una ocasión donde no debía preocuparse por su marido, solo de su amante negro y peludo. La noche llegó tranquila, comenzó el canto de los grillos y desde la laguna el croar de las ranas, por alguna loca razón se habían transformado en una melodía que invitaba a la lujuria, ya que eran sinónimo de soledad, Luisa esperaba sentada en la cocina el llamado de su amante, su vagina ya estaba mojada y esperaba que su lengua pudiera satisfacer sus imperiosas necesidades. Aguzó su oído cuando escuchó su ladrido característico, la estaba llamando y sus ladridos sonaban como dulces trinos de amor a los oídos de Luisa. Se levantó de su silla y abrió la puerta trasera de la casa. A los pocos instantes un gigante perro negro y peludo se hizo presente moviendo su cola y haciéndole reverencias, él podía oler su invitante aroma de mujer, su concha húmeda, él lo podía oler en el aire, alzó su cabeza y olisqueó ese perfume embriagante a vagina caliente y empujó su nariz en su entrepierna: “¡Espera, cariño! ¡Ya sé lo que quieres!” –le dijo Laura. Para la fortuna de Blacky, Luisa vestía una falda corta y amplia sin nada debajo, lo que le permitió acceder rápidamente a ese tesoro escondido de ella. Los dientes del perro castañetearon con ansias en anticipo al frugal néctar que emanaba esa chorreante vagina. Luisa nunca lo había sentido así de caliente. Ella le acarició entre las orejas puntiagudas y cerró la puerta tras ella, luego se afirmó a la puerta y abrió las piernas para su insistente amante, Blacky no perdió tiempo y enterró su hocico en esa ranura sabrosa de la cual emanaba un sabor exquisito. Esa vagina estaba más caliente que nunca y él supo de inmediato lo que ella quería de él. La rojiza punta de su gruesa verga comenzó a emerger de su funda cubierta de pelo. Luisa mirando hipnotizada como la verga de Blacky crecía, asumió que él sabía lo que ella quería y se dispuso conscientemente que esa noche fuera la noche en que su perro tomaría lo que tanto pedía entre los ladridos. Se quitó los tacones altos, abrió el cierre de su falda y se la quitó, la misma suerte corrieron la blusa y sus sostén, quería estar desnuda para su amante. Notó que la gruesa verga de él se balanceaba bajo su manto peludo y se encaminó hacia su dormitorio. Blacky ocuparía todos los espacios que eran de su esposo, esa noche el afortunado can ocuparía el lugar de su marido

Ni siquiera alcanzó a llegar a la cama cuando sintió que la áspera lengua se deslizaba dentro de su vagina empapada. Se afirmó a un mueble y estiró su culo hacia atrás, Blacky metió su lengua en la profundidad de su vagina haciéndola estremecerse, un escalofrío recorrió su espalda y con una mano abrió sus nalgas y empujó repetidas veces su concha contra la invasora lengua del perro. Dio un salto cuando una lengüeteada alcanzó su clítoris, arqueó su espalda lujuriosamente y sus manos acariciaron sus pechos bamboleantes. Ahora estaban ya en el dormitorio y ella sumisa se subió a la cama, dando unas palmaditas sobre la ropa de cama invitó a Blacky a subirse al lecho matrimonial, luego se recostó, apoyó su cabeza en la almohada y se dio unas palmaditas en su vientre, inmediatamente Blacky aceptó la invitación y comenzó a lamer su vagina y luego su clítoris, recibió muchas lamidas de esa áspera lengua, lo que la obligó a cubrirse la cara con otra almohada, para apagar los chillidos y gritos que escaparon de sus labios al sentir un abrumador placer quemándole la vagina.

Luisa en un instante de lucidez pensó ¿Será esto la lujuria? Miró por el rabillo del ojo y vio la verga de Blacky que estaba casi todo afuera y colgaba moviéndose de lado a lado y goteaba de su elixir perruno. Nunca había tenido otra verga más la de su marido ¿Cómo se sentiría esta gruesa verga dentro de su agujerito diminuto? Pensó. Por un momento sus temores le provocaron un poco de pánico, pero inmediatamente se sobrepuso y alargó su mano para aferrar esa maza caliente y chorreante. Se sentía bien en su mano y lo presionó para sentir su solidez. En tanto su lengua trabajaba incesantemente en su vagina. Los ojos de Luisa comenzaron a cerrarse y enfoscarse en tupidas nubes de placer y su curiosidad comenzó a acechar sus pensamientos. Lentamente se deslizó y se giró sobre su abdomen, manteniendo sus piernas siempre bien abiertas para él que buscaba y encontraba su conchita mojada una y otra vez, notó que su verga rojiza se había hecho aún más grande. Su entusiasmo de colegiala aumentó. No le fue demasiado difícil colocarse a cuatro patas, acomodó su cabeza en un par de almohadas y vio que tenía una vista esplendida de su entrepierna y la cabeza de Blacky enterrada en su coño. ¿Y ahora que se suponía que debía hacer? –se preguntó. Lo único que se le ocurrió fue darse de palmaditas en sus nalgas ¿Qué más hacer? ¿Debería tocarlo? –pensaba morbosamente.

Se volvió a voltear y su mano envolvió la creciente verga, las mariposas hormiguearon su estómago y cosquillearon su conchita. Deslizó sus dedos por esa verga caliente y cuidadosamente movió su mano arriba y abajo. Blacky lamió su rostro y sus labios cómo agradeciendo la atención que ella le prodigaba a su verga. La inmensa verga goteaba en su mano que poco a poco se comenzó a mojar. De repente, fue él que la empujó y la puso en cuatro, luego le salto sobre la espalda y sus patas delanteras le arañaron los muslos y su vientre, apretándola y tirándola contra su polla. Una cosa puntiaguda y caliente comenzó a golpear sus muslos y sus nalgas. Se sintió penetrada finalmente, una sensación que nunca había sentido antes. Por supuesto que ella sabía lo que estaba horadando su conca cada vez más profundo, pero ya no sentía temores y ya no estaba dispuesta a detenerse. Se quedó quieta al comienzo, pero luego paró su culo hacia arriba y abrió un poco más sus rodillas, quería ser penetrada a fondo, lo quería todo dentro de ella.

Luisa empujó su trasero hacia atrás cuando algo redondo presionó con fuerza sus labios vaginales, algo inmenso se incrustó en su vagina, lo sintió más profundo y grande de lo que había pensado. Fue ligeramente doloroso, pero inmensamente placentero y sus piernas comenzaron a temblar, con cada embestida parecía hacerse más grande y alcanzar nuevas sensaciones vaginales, empezó a sentir la proximidad de su orgasmo, su vagina estaba lleno de verga y placer. Blacky cesó sus violentos embistes y pareció calmarse, ya no podía andar más adentro de ella, la había anudada a su pija, Luisa no dejaba de gemir y acabar a alta voz. Cuando creyó de estarse recuperando de tanto placer, sintió el desborde de un rio de semen escurrirse entre su concha, Blacky eyaculaba. Él estaba en su matriz, muy cerca de su cuello uterino y enviaba chorro tras chorro de esperma hirviente directamente en su fértil útero, millones y millones de espermatozoos nadaban hacía el ovulo de Luisa con la intención de fecundarla, este era el ánimo primordial de Blacky, preñar a su perra.

Con cada chorro de semen caliente, Luisa sentía una nueva oleada orgásmica estremeciendo su cuerpo ¿Cuándo va a parar? Pensó luisa sintiendo que su barriga estaba llena de semen. Luisa se aferró las patas trasera de Blacky para mantenerlo tranquilo dentro de ella, luego de varios minutos sintió que la presión dentro de su vagina había disminuido considerablemente y un sinfín de chorritos de esperma escapaban de su concha y se deslizaban por sus muslos. Aflojó el agarré a sus patas y la verga de Blacky resbaló fuera de su vagina provocándole un chillido y posteriores temblores convulsivos, su coño tiritaba de placer, se dejó caer sobre la cama exhausta. Mientras Blacky lamía los restos de semen de su vagina, Luisa gemía como una perra en celo y se aferraba a las almohadas entregando su coño abierto a la lengua áspera de su amante peludo. No podía levantarse, sus ojos estaban en blanco y su cerebro obnubilado por esa nube de placer. Todo terminó cómo comenzó, con él entre sus piernas.

Fue un delicioso e idílico momento que se repetía a diario, sentía como el llamado de su amante peludo resonaba en cada momento del día y Luisa dispuesta iba a atender a su macho que la reclamaba, se la cogía y ella babeaba del placer. Incluso cuando cumplía sus deberes de esposa, lo hacía pensando que complacía a su peludo amante.

 

 Pasiones Prohibidas ®

4 comentarios:

  1. Muy buen relata espero la continuidad .grande master

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  2. Wao que exquisito relato estar poseida como una verdadera puta caliente que se la coge el perro una y otra vez como siempre Caballero exquisito relato

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