Es la madrugada de una cálida noche de noviembre. La luna brilla en lo alto en el del firmamento, es la señora de la noche y con su pálido color pinta el paisaje en el campo. Alrededor de la finca todo es silencio y paz. La señora Luisa siente el calor de la noche y da vueltas en la cama un poco inquieta. Quisiera sentarse y leer un poco, pero luego desiste y se escabulle de la cama donde su marido duerme profundamente.
Unas horas antes hicieron el amor. Bueno, él se subió encima de ella y como si no le importara lo que su esposa sentía acabó en su vagina lampiña. Ella quedó mirando un claro de luz que entraba por la ventana insatisfecha. Se sentía caliente como nunca, esa noche prometía demasiado, pero terminó siendo como las otras, él dormido como un tronco y ella insatisfecha. No quería darle motivos para discutir, por lo que no dijo nada cuando se bajó de encima de ella. Por suerte, esas esporádicas “noches de pasión” no sucedían muy a menudo. Ya no era un placer coger con su esposo, pero evitaba de rechazarlo, ya que como buena católica no se negaba en complacer a su marido, aunque él no hiciera nada por complacerlo. Todo se limitaba a algunos momentos fugaces, quizás por el cansancio, quizás por su edad, ya que el andaba cercano a los sesenta años y ella apenas rondaba los 45. Eran ocasiones esporádicas. Generalmente él lo hacía rápido, la acariciaba un poco, la metía y embestida por un par de minutos y luego le rociaba el vientre de semen. Todo lo hacía él solo. Ella supuso que ya no le era atrayente a los hombres o que simplemente su marido ya no tenía el mismo interés en ella que antes.
Luisa había intentado de dormir otro poco, pero estaba ofuscada y extremadamente despierta. Quizás insomne. Su marido se había eyaculado esta vez dentro de ella. Estaba confundida. Sabía que estaba menstruando y era difícil que la embarazara, sería raro que eso sucediera. Ahora ella estaba en la sala, sentada en el sofá y no sabía si encender o no el televisor. Se recostó para mantener el semen de su marido dentro de su vagina. Todavía no se había lavado, le gustaba esa sensación de mantener dentro el blanquecino semen del hombre. Por lo menos se había reservado ese pequeño placer secreto para sí. Ella se había acostado limpia, recién bañada y él se había aprovechado de eso. Ahora estaba su vagina rebosante del semen de su marido, le había dejado olores y sensaciones mezcladas de placer, comenzaba a sentirse caliente y lujuriosa. A veces le bastaba solo ese pensamiento, se masturbaba y finalmente terminaba con un orgasmo de verdad. Esta vez estaba incomoda y silenciosa, había algo que la perturbaba y se sentía molesta. Trataba de no pensar en ello, pero una y otra vez esas imágenes volvían a su mente. Había presenciado la cópula entre perros. Un día antes, mientras volvía hacia la casa, cerca del granero, un perro había montado a una perra y había quedado pegado a ella. Ahora creía sentirse como esa perra, con su vagina llena del semen de su marido, su macho. El calor la hacía sudar y se le iba a la cabeza. Sola y en la oscuridad, su nerviosismo parece aumentar. Una obsesión ocupa su cerebro, una curiosidad morbosa, anhelos y deseos que no puede explicar. Se siente caliente, las imágenes de la cruza de esas bestias no la dejan paz. En realidad, no sabe lo que quiere, se levanta mecánicamente y en la oscuridad sale de la casa al jardín. La noche es amiga, es su cómplice, se siente temeraria y abre la puerta del jardín hacía una bodega. El cielo está despejado, la luna se ha puesto detrás de los lejanos cerros al oeste, las estrellas no arrojan suficiente luz y Luisa en su camisón blanco parece un alma en pena, se siente protegida por las penumbras que la hace sentir desinhibida, tose ligeramente aún confusa. Es inútil tratar de esconder sus sensaciones, quiere saber y entenderse a sí misma. Camina no sabe hacia dónde, trata de encontrar sin saber lo que busca, no sabe que le deparan los próximos minutos. Un enigma más en su vida, pero tiene curiosidad y quiere acercarse al gran perro negro de los vecinos. En el silencio de la noche, la aprensión se apodera de ella y la amenaza con hacerla desistir, pero el sentimiento que siente en su cuerpo la envalentona lo suficiente como para seguir.
Está completamente sola, una suave y cálida brisa mueve las hojas de los árboles, por el resto, todo es silencio. El canto de algún grillo enamorado la distrae a veces, pero ella camina resuelta, tiene una misión que cumplir; se acerca sigilosamente hasta la puerta de la bodega y golpea sin saber bien que o quien esperar. No debería haber nadie, responde solo el silencio. Recién se da cuenta que está solo con el camisón puesto, tal vez por la costumbre volvió a golpear la puerta, obviamente nadie responde. Piensa que es mejor volver a casa y se gira lentamente. De la noche oscura se perfila una sombra negra que se mueve y se agazapa, se sobresalta y se siente amenazada por un gruñido feroz, se mueve rápido como el viento. La forma oscura, aterradora y siniestra ladra y gruñe, no da la impresión de ser juguetón sino una bestia dispuesta al ataque, lista para desmembrar a su oponente.
Por un segundo Luisa tiembla y se congela, retrocede sobre sus pasos. Se siente aterrorizada, el enorme animal aparece frente a ella agresivo y decidido. Ladra ferozmente un par de veces, de entre sus afilados colmillos se eleva un vapor y la saliva cuela por sus fauces, es la bruma del amanecer que se anuncia. Es Blacky el perro guardián de su casa que estaba haciendo su trabajo. La bestia ocupa la única vía de escape y de repente la seguridad de la casa parece demasiado lejos e inalcanzable, el enorme cuerpo lleno de músculos colma todos los espacios. No hay refugio contra la ferocidad del animal. Luisa no sabe qué hacer y solo atina a decir casi en susurro para no ser escuchada: “¡Blacky! ¡Blacky soy yo!”. Inmediatamente el perro alza sus orejas y parece cambiar de actitud, probablemente él también está asustado y se siente amenazado por esta figura de largo manto blanco. La tensión disminuye y desvanece. El lobo en él regresa a la parte ancestral de su cerebro de bestia y rápidamente se vuelve un cachorro, un enorme cachorro. Sin embargo, su cola sigue alzada, está inquieto: “¡Soy Luisa, cariño!” –le dice mientras le hace cariño en las orejas y en el lomo. “¡Espera, Blacky!” –dice Luisa.
Entró en la bodega y de una repisa sacó una bolsa con galletas para perros. Ahora está afuera dándole algunas galletas al perro negro. Se siente excitada, pero no sabe por qué. Lo que sea, está decidida a descubrirlo. Quiere saber, la curiosidad le produce ansiedad, deseos, un anhelo que nunca antes había sentido. El perro se mantiene en su lugar haciendo crujir las galletas entre sus dientes. Se gira y olfatea primero a tierra y luego su nariz se eleva a percibir los aromas de la noche. Superando sus temores Luisa le anima a seguirla dentro de la bodega. El perro se acerca y muerde otra galleta con avidez. Ya están dentro y Luisa junta la pesada puerta, ahora ambos están ocultos de miradas indiscretas. Luisa está presa de algo que la dominaba, la humedad en su entrepierna la hacía tener pensamientos morbosos e incluso algo grotescos para una señora de familia. Luisa deja que el perro recoja otra galleta directamente de su mano. Su enorme boca está llena de saliva; con la lengua áspera moja parte de su mano, ella solo aprieta sus muslos estrechamente sin saber por qué. Ella no siente asco, está obsesionada con esa larga lengua. Su actitud es nueva y las sensaciones también, ni siquiera se le pasa por la cabeza el sexo puro, pero se siente anormalmente excitada.
Ya no siente temor y está decidida a probar cómo responde el perro a su curiosidad. No sabe cómo hacerlo, es un juego que no conoce. Tiene que hacer algo, pero ¿qué? El perro ni siquiera de las cosas que pasan fugaces por la mente de Luisa, solamente está feliz de estar al lado de un humano que le demuestra afecto y cuyas manos huelen a exquisitas galletas. Luisa en cambio parece en un trance tratando de resolver una disyuntiva que le atenaza el corazón. Cautamente pone una mano sobre la cabeza del perro y desciende a acariciar su poderoso cuello, sintiendo la tensión y el poderío de sus músculos. Poco a poco su mano desciende a la panza oscura y peluda de Blacky. Ella está muy tensa y siente un poco de temor a lo desconocido, teme la reacción del enorme animal, pero lo engatusa con pequeños susurros y delicadas caricias. Un lengüetazo a su mejilla la llena de coraje y logra estirar su mano debajo del perro que está agachado sobre sus patas traseras. No teniendo experiencia, Luisa queda sorprendida cuando descubre que la enorme bestia no se inquieta, no siente malestar. Encuentra debajo un enorme bulto carnoso, peludo y suave, pero nada más.
Suavemente obliga al animal a ponerse de pie. Sin embargo, a pesar de todo, no encuentra mucho más entre sus patas, más atrás están sus testiculos. Se impacienta, como puede ser posible que no haya nada aquí. Ella había sido testigo que el perro tenía una cosa grande, gruesa y rojiza. Ahora palpa solo pelo. Se siente avergonzada de sus absurdas palpaciones y retoques, no se reconoce en esta loca situación. ¿Dónde está esa verga que le pareció maravilloso? ¿Será que lo han castrado? ¿Tan pronto? “No, imposible” –pensó. Decide que ya basta, tiene que terminar con esta locura, pero justo cuando está a punto de quitar la mano del cálido pelaje de Blacky, algo vibra y se endurece en ese saco peludo. El propio perro se inquieta y jadea, quizás incrédulo. Sin embargo, en la mano de Luisa, algo húmedo y caliente comienza a emerger, se siente duro como un hueso. Ella también se inquieta y se sobresalta, pero “¿qué es esto?” –dijo mirando a Blacky. El contacto es inesperado, siente que le quema la piel. Vence la repulsión espontánea y vuelve a palpar hacia abajo, hasta llegar a los testículos calientes del animal. Algo que no estaba segundos antes, ahora está. La mujer no sabe cómo comportarse. “¿Qué se hace en una situación como esta?” –dijo pensando que hacer. El contacto directo con la verga del perro la atemoriza. Tener en su mano esa cosa caliente y dura que continúa a creciendo es algo nuevo para ella. Le gustaría excitarse, pero no puede conseguirlo, por lo menos no lo suficiente. Esa cosa mojada y resbaladiza se siente extraña, pero tampoco tiene deseos de soltarla.
Algo en su cabeza le ordena masturbar esa verga pero no sabe cuál es el modo adecuado y tentativamente comienza a frotar el grueso pene del perro, con algunos movimientos horizontales de atrás hacia adelante. Le parece atinado ese modo clásico de tratar una pija, con la otra mano acaricia suavemente los peludos testículos. La verga del perro pierde consistencia, no aguanta la erección, se parece a su marido. La bestia pierde la concentración. Después de todo, no está habituado a la manipulación de su pene por parte de una humana. Él no conoce la vagina de una mujer. Repentinamente se siente un ruido muy fuerte, como si viniera de la casa. Luisa se levanta y se voltea hacia allí. Escucha un rugido de un motor en la lejanía y se da cuenta que es el origen del ruido. Al estar volteada, algo grande y duro empuja su trasero, es el hocico de Blacky que la olfatea y la explora. Ese toque suave e inesperado hace estallar en la cabeza de la mujer toda la lascivia reprimida, irrefrenablemente se baja de golpe las bragas hasta las rodillas, arqueando el trasero a favor del animal. Tan pronto como sintió la áspera lengua barriendo sus apretados glúteos, pensó: “Estoy loca”. Sus manos se posaron en sus nalgas para ensanchar el espacio y permitirle al perro lengüetear su agujerito en medio a sus deliciosas nalgas. De su vagina empezó a fluir todos los jugos secretamente conservados allí; incluso el semen del orgasmo de su marido depositado en ella unas horas antes. Comenzó a sentir su sangre hervir en sus venas y sentía las pulsaciones en sus pezones y sus sienes.
Luisa ahora se siente caliente, tiene un macho a su disposición y no lo puede desaprovechar. Se vuelve a agachar al lado del perro. Sin siquiera pensarlo su mano baja a su vientre en busca de esa verga candente que le quemaba la mano segundos antes. Esta vez la agarra con decisión y energía.
Ha entendido que el animal tiene una sensibilidad distinta a la de un hombre. Aprieta la verga una y otra vez, esta se endurece en segundos y la bestia mueve sus ancas como si quisiera cogerse su mano. Luisa gime caliente y comienza a explorar el pene del perro. Es dos veces más larga que la de su esposo y lo mismo de su grosor. Con sus dedos palpa toda la longitud de esa verga mojada. El glande es puntiagudo como una frambuesa y tiene un agujero, desde donde seguramente sale su semen. El cuerpo cilíndrico es grueso, muy grueso: luego viene una parte como un huevo que es aún más gruesa. Luisa mueve toda esa masa de carne rojiza atrás y adelante, atrás y adelante. De repente, la verga parece palpitar y el huevo comienza a aumentar su volumen con gran bulto, hasta ponerse grueso del tamaño de un puño. Instintivamente ella entiende que el perro está por gozar y su mano sacude frenéticamente la verga goteante. Sus tetas le cosquillean y su entrepierna moja su vagina.
Luisa está estupefacta, el perro jadea mientras ella lo pajea a dos manos. Blacky da saltitos, resbala y tiembla moviendo sus cuartos traseros. Está acabando. Luisa lo mira desconcertada y exclama: “¡Qué manera de eyacular!”. Literalmente está meando esperma por su verga. El semen caliente, trasparente y pegajoso sale a chorros continuos, sin parar, es una cantidad increíble en comparación con el varón humano. Estando agachada apunta la verga hacía sus muslos y entrepierna, también su vientre recibe borbotones cálidos de semen. Blacky jadea con intensidad y da pequeños ladridos, parece atemorizado. El sol disipa con sus primeros rayos la oscuridad, son más de las cinco, es la madrugada, ya se sienten algunos trinos de los pájaros y Luisa escapa de la bodega hacia el refugio de la casa como un vampiro que no puede ser tocado por los rayos del sol. Se encierra en el baño, sus sienes laten salvajemente y sus fosas nasales se inflan con su agitada respiración.
Está excitada, caliente y confundida. Su vagina reboza de cálidos fluidos, se sienta en el inodoro y se masturba, su orgasmo llega violento en segundos. Es la última locura de la noche de insomnio; con los dedos recoge el semen que resbala sobre ella y se los lleva a la boca. Tiene sentimientos encontrados, se siente sucia, pero le gusta el sabor. Entonces comprende que ira por más la próxima vez.

Muy buen relato ahora le toca gozar a ese gran perro
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