Natalia obligada por las circunstancias le metió la lengua hasta el fondo, agarró la verga y se frotó con ella la vagina. Cuando soltó el primer gemido él la detuvo y le dijo: “Suficiente, sólo quería comprobar tu obediencia. Vamos a ducharnos juntos y nos iremos a la casa en las afueras que he arrendé para esta semana”. Diego disfrutó de su rehén en la ducha, cuando empezó a gemir en señal de estar disfrutando cuando le daba verga por el culo, Diego se detuvo y le prohibió llegar al orgasmo. “Nada de orgasmos zorra. Esta semana tus orgasmos deben ser públicos , con quién y de la forma que yo quiero. Te pondrás esta lencería roja minimalista y estos tacones. Toma tus cosas de higiene y algo de ropa por si la llegaras a necesitar. Luego llama a alguien para que sepa que te irás una semana fuera del país por trabajo, inventa algún sitio y le dejas las llaves en conserjería. No quiero situaciones ni diálogos extraños” –dijo aquel desalmado hombre.
Iniciaron en viaje en el coche que Diego había alquilado y que había estacionando cerca del edificio donde vive Natalia la tarde anterior. Salió luciendo un abrigo sobre la lencería. Salieron del estacionamiento y en el primer semáforo Diego le ordena que se quite el abrigo, el viaje ella lo realizaría solo en ropa interior. Antes de retomar la marcha, le dice: “Ponte esta máscara de perra para therian y te masturbas todo el viaje mientras te tocas las tetas. Olvida que eres una dama . Ahora eres mi perra. Si tenemos hombres al lado, excítalos . Al fin y al cabo la máscara te da intimidad. Si se acerca el orgasmo lo apagas pellizcando tu clítoris o pensando en algo que te de mucho asco. Si acabas sin mi permiso no te daré el antídoto para el veneno”. Natalia se empezó a masturbar haciendo a un lado la tanga.
Habían avanzado varios kilómetros y Diego se detiene, había un grupo de cuatro jóvenes conversando en un parque; los llamó y les mostró el espectáculo que su ‘mascota’ estaba dando. Les dijo que se acercaran, que su perra era dócil y obediente. Los jóvenes se acercaron con algo de desconfianza, pero el instinto es mas fuerte que la razón; dejaron la desconfianza atrás y dos se acercaron, con lo caliente que Natalia estaba les agarró la verga por encima de la ropa y se las acarició y como sabía lo que estaba en juego, solo las sacó para chupárselas, entonces los otros de dieron cuenta que la cosa iba enserio y se acercaron para recibir placer. Diego la hizo bajar del auto para que los cuatro jóvenes pudieran tener un acceso a su ‘perra’. Si bien a Natalia le encantaba el sexo, jamás pensó que sería protagonista de un ganbang y menos ser ella la que sería usada por varios hombres. Como las instrucciones de Diego fueron claras, solo podía tener placer en lugares públicos y con quién él dijera; Natalia se dejó llevar por el placer y disfrutaba de chupar esas cuatro jóvenes vergas que tenía alrededor.
Diego dejó que los muchachos se culearan a Daniela, ella disfrutó cada cosa que aquellos pervertidos jóvenes le hicieron. Desde hacer fila para darle en el culo mientras ella estaba apoyada en el auto, también doble penetración y lo que más le enloqueció fue que los cuatro le eyacularan la cara, pudiendo saborear el semen de los cuatro a la vez. Incluso hasta le orinaron las tetas, cosa que a ella le encantó. Diego les preguntó: “¿Disfrutaron de mi sucia mascota?”. A lo que uno respondió: “¡Claro, es una perra obediente!”. “Tal vez de vuelta pasemos por aquí” –les dijo. Siguieron el rumbo, Natalia estaba cansada, Diego le apretó un pezón y le dijo: “¡No te he dicho que te detengas! ¡Sigue tocándote puta!”. A Natalia no le quedó más que obedecer para no ponerse más en riesgo. Volvieron a la carretera y al cabo de lo que sería media hora entraron a un pueblo desconocido. Natalia no daba más, era una sesión constante de orgasmos atragantados que necesitaban manifestarse de alguna manera. La vagina le punzada, tenía los labios hinchados y las piernas impregnadas con sus fluidos; su boca estaba seca, la respiración agitada, sumado al calor que la máscara le producía.
Diego condujo por un camino de tierra, estaba rodeado de árboles frondosos. Entraron a la casa que el hombre había dicho, hizo que se masturbara frente a la casa y le dio permiso de acabar. Solo le bastó escuchar la orden para que fuertes olas de placer la golpearan y la hicieran estremecerse por completo. Pasaron varios minutos y cuando abrió los ojos estaba tirada en el piso de la sala rendida pero con el placer recorriendo sus venas. “¡Ve a darte una ducha perra! Aquí no es necesario que estés vestida, solo usarás ropa cuando yo te lo permita” –dice Diego mirándola a los ojos. Ella solo asiente con la cabeza. Al cabo de unos minutos golpean la puerta, era una vecina que había visto a Natalia masturbándose frente a la casa. “Hola vecino, soy Bernarda, una de sus vecinas” –le dice la mujer que ya estaba casi entrando en los cincuenta años. “¡Mucho gusto señora Bernarda! Me llamo Diego, seré su vecino por una semana” –le dice él con una cálida sonrisa y educación. “Disculpe, ¿puedo hacerle una pregunta?” –dice la mujer tomando aire. “¡Claro que sí, señora Bernarda! Pregunte lo que quiera”. “Bien, primero no me digas señora, me haces sentir más vieja” –dice ella sonriéndole. “Me parece perfecto, pero con la condición de que no me digas vecino solo trátame de tú” –responde él. “Diego, perdona que sea tan directa pero así soy. Cuando pasé en mi auto hace un rato, me pareció ver a una mujer que vestía lencería roja, una máscara de perro tirada frente a la casa tocándose. ¿Ella es algo tuyo?” –dice con curiosidad. “No tienes de que preocuparte Bernarda. La mujer que viste es mi ‘mascota’. Hagamos algo para explicarte mejor. Te invito a cenar y te cuento. ¿Te parece?” –responde él. “Perdón, solo es curiosidad. No quiero invadir tu espacio” –dice Bernarda. “¡Por favor! Insisto” –dijo Diego. Después de un rato, al fin Bernarda aceptó la invitación para entender porque ese joven tan educado trataba de mascota a esa mujer. “Quiero prepares la cena. Tendremos una invitada” –dice Diego a Natalia. La chica estaba nerviosa ya que Diego no daba señales de inyectar el antídoto para contrarrestar el veneno.
Hizo todo lo que le pidió, esta vez no la hizo ponerse la máscara. Las instrucciones que Diego le dio fueron claras. Le ordenó estar desnuda y después de que sirviera la comida se echara a su lado como una perra. Solo asintió y empezó con. Los preparativos. “¡Ven puta!” –le dijo Diego. Natalia se acercó y él sin ninguna cortesía empezó a juguetear con sus dedos en la concha de su rehén. “!Gime, zorra!” –le decía mientras la masturbaba. Al momento Natalia gimió pero no por la orden, sino porque disfrutaba como los dedos de su captor se movían en su concha. “¿Qué eres Natalia?” –preguntó Diego. Algo desconcertada por la pregunta, responde: “¡Una puta!”. “¡Muy bien!” –dice Diego dándole una bofetada. Volvió a hacerle la misma pregunta, a lo que Natalia respondió: “¡Una sucia perra! ¡Una puta que solo sirve para el placer de los hombres que la usan!” . “Parece que ya lo has entendido” –le dice. Él se baja el cierre y saca su verga, Natalia se puso en cuclillas para chupársela hasta que acabé en su boca. “¡Vaya que eres puta! Tus papás deben estar orgullosos de criar a tan linda puta’. Chupaba verga como la puta que siempre fue y tenía guardada, que solo sacaba cuando se sentaba a escribir esas historias que a muchos y a muchas calentaban.
Natalia se dio una ducha, se maquilló, se perfumó. Se veía preciosa para atender a esa visita desconocida, ella no sabía si era hombre o mujer quien entraría por esa puerta, solo sabía que debía ser obediente. La hora acordada llegó y puntual Bernarda estaba golpeando la puerta. Diego le adornó los pezones con un par de pinzas y le ordenó abrir. Cuando abrió la puerta Natalia y Bernarda se miraron sorprendidas, una era una chica joven con una figura espectacular otra una madura que vestía un jeans apretado, una polera ceñida al cuerpo y un hermoso cabello castaño que era como una cascada cayendo por sus hombros y espalda. “Hola”–dijo Bernarda un tanto nerviosa al ver a Natalia desnuda abrir la puerta. Diego la esperaba en la sala con dos vasos en una bandeja. “¡Bienvenida Bernarda! ¿Quieres tomar algo?” –le dice. La mujer con una sonrisa le dice: “Sí, se me antoja una copa de vino blanco fría” –dice. Con una sola mirada Natalia entendió que debía ir a buscar el vino y ponerlo con esa cubeta con hielo. “¡Es preciosa tu mascota!” –le dice Bernarda. “Muchas gracias, pero no más que tú” –responde Diego. Al cabo de unos minutos Diego descorcha la botella y sirve dos copas y comienza la charla.
Animados y riendo conversaban, Natalia era invisible a los ojos de la vecina. “¿Cómo es eso que esa preciosa chica es tu mascota?” –le pregunta. “No es tan complicado, solo se lo propuse y aceptó. Además, a ella le gusta” –le respondió Diego. A un chasquido de dedos, Natalia entendió que debía servir la cena. “Pasemos a la mesa” –dice Diego. Cuando la cena estuvo servida, la chica cumplió la orden que se le entregó, se echó al lado de Diego como una perra obediente. “Perdona que lo vuelva a decir, pero es una mascota hermosa que tienes Diego. Lo que me llamó la atención la máscara que llevaba puesta” . Diego dio una sonrisa y le dice: “Es lo que le da su identidad como perra”. Poco a poco las cosas iban tomando otro rumbo y Bernarda pregunta: “¿Tiene nombre?”. ‘Justamente, es un placer que compartas esto conmigo’ –le dice Diego poniéndose de pie. Natalia se sentó como una perrita para esperarlo; Bernarda se quedó en su silla pero tenía curiosidad. Se acercó a la chica y le preguntó si le gustaba, Natalia jadeaba y mostraba su lengua. La madura vecina le acarició el cabello y Natalia siguió el recorrido. “¡Eres una hermosa perra!” –dice Bernarda. Natalia olfateaba su mano cuando la pasó por su rostro y se la lamió lentamente. “¡Qué linda perrita!” –dice Bernarda dejando que le lamiera la mano.
Diego llegó con una caja, cuando la abrió sacó un collar de cuero con una placa plateada y una cola que terminaba en un plug para llevarla adosada al culo. Hace que Natalia se acerque a él y le coloca el collar y le pone la cola en el culo. “Desde ahora Layka será tu nombre y siempre que salgamos, lo harás con la máscara, collar y tu cola” –le dice a Natalia. Mirando a Bernarda, Diego le dijo: “Ese es el nombre de mi perra Bernarda” . “¡Vaya! Me gustó lo que hiciste y más ser testigo esta noche especial. Se ve también que es una perrita dócil” –dice la madura. “¡Así es! ¡Layka es una perrita muy sociable!” –le comenta Diego. Bernarda sonríe y dice: “Cuando fuiste a buscar esos bellos regalos para tu mascota, la acaricié y ella no puso resistencia. Incluso me lamió la mano y solo comentario, se nota que sabe usar bien su lengua”. “¿Te gustaría saber que más sabe hacer con esa lengua?” –le pregunta Diego con un tono morboso. “¿De verdad? ¡Sí, me encantaría!” –responde Bernarda. Bernarda y Diego fueron a la sala y se sentaron en el sofá, Layka los siguió caminando en cuatro como antes Diego le indicó.
El juego empezó lento, Bernarda se golpeó el muslo para llamar a Layka, se acercó y la vecina separó las piernas para que la perrita de Diego pudiera estar las cómoda. Le acarició el rostro y Layka empezó otra vez a lamerle la mano. “¡Buena chica! ¡Eres una buena perrita Layka!” –dice Bernarda. Baja su mano y la pone en la vagina y la lengua de Layka la siguió. “¡Eso, lame perra!” –le decía a la perrita que no perdió el tiempo. Aunque era sobre el jeans la lengua de la chica se movía de manera que volvía loca a la madura. “¿Crees que quiera lamer más?” –pregunta Bernarda. “Layka es obediente” –responde Diego. Se desabrochó el jean y metió sus dedos en su vagina, al sacarlos venían mojados por sus fluidos. Los acercó a Layka y ella empezó a lamer. “¡Oh Dios!” –dijo Bernarda y volvió a meter su mano entre la tanga para que Layka siguiera lamiendo.
La calentura se hizo parte en el ambiente, Bernarda se puso de pie y se quitó la ropa y se puso en la misma posición que estaba antes. Ahora, ya no se golpeó el muslo, se golpeó la vagina y llamó a Layka. “¡Ven hermosa! ¡Lame mi concha perrita!” –le dijo. Sentir la lengua de la chica arrancaba de los labios de la caliente madura gemidos que la hacían enloquecer. Mientras Layka lamía, Bernarda jugaba con sus tetas y gemía. Diego miraba la calentura de ambas mujeres masturbándose, sin pedir permiso de acercó a la madura y le metió la verga en la boca, ella la empezó a chupar con vehemencia y Layka causaba estragos recorriendo su jugosa concha. La escena era demasiado caliente, los tres disfrutaban como si se conocieran de siempre.
Diego hace que Bernarda se le monte encima y que Layka le lamiera las tetas. Escuchar los gemidos de la madura era excitante, la cara de placer y lujuria que se reflejaba en sus ojos hacia que la chica se calentara más, sobre todo al ver como la verga de su captor entraba y salía de la concha de Bernarda. Las tetas aún firmes de esa vecina curiosa se movían al ritmo de los sentones que daba. Diego dice: “¡Para! Ahora es tiempo de usar tu culo” . La mujer así mismo se sentó sobre la verga de aquel joven para que le abriera el culo, su concha tenía libre acceso para Layka , para lamer, meterle la lengua e incluso los dedos. “¡Ay Diego! ¡Mi culo!” –decía Bernarda rebotando perversamente sobre la verga del hombre. Los ojos de la vecina se pusieron blancos, gemía como endemoniada; estaba siendo presa de un doble orgasmo simultáneo, tanto por el culo como por la concha.
Siguió dándole verga por el culo y Bernarda gemía, le decía: “¡Layka tiene una lengua demasiado exquisita! ¡Me vuelve loca!”. Diego le dijo a la vecina que se tirara al piso y que se pusiera a juguetear con su mascota como si fuera una perra más. Ambas entendieron el mensaje, pero Bernarda ahora era quien lamía la concha de la caliente perrita que jadeaba y gemía de placer. Diego, seguía dándole verga al culo de la curiosa vecina. Basta decir que Bernarda disfrutó de cada segundo de sexo y tuvo varios orgasmos. Diego casi listo para acabar hace que las dos se pongan de rodillas para que le chupen la verga juntas. Después de disfrutar las bocas de las dos mujeres, Diego acabó y las dejó llenas de semen. Para los ojos que quién las hubiera visto se veían hermosas con la cara escurriendo semen.
Bernarda se vistió y Layka se echó a su lado, miró a Diego y le dijo: “No sé que hiciste, pero me sentí toda una perra y me encantaría volver a serlo”. “Ven el viernes por la noche y te muestro como serlo, así también Layka aprenderá nuevos trucos” –le responde él. “¡Ay Dios! Sí, quiero” –dice ella eufórica. Anotó su teléfono para recibir instrucciones de Diego para saber cómo debía vestir ese día. La mujer volvió a su casa ansiosa esperando que llegue el viernes por la noche y experimentar todo lo que ella había conocido por casualidad.
Pasiones Prohibidas ®

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