jueves, 28 de mayo de 2026

173. La sensual madura de la playa

Soy de Santiago de Chile. Normalmente dejo parte de mis vacaciones para el mes de febrero, en concreto, para la segunda quincena, cuando ya es menos el tumulto de gente. Tengo un pequeño departamento cercano a la playa y allí disfruto de quince días de forma más tranquila que en la temporada alta de verano.

El pasado 14 de septiembre comenzaron mis vacaciones y llegué a esa localidad costera, donde tres días más tarde me ocurrió lo que voy a contar a continuación. Por la tarde, sobre las 16.30, fui a la playa y elegí una zona que conozco bien de otros años y que sé que suele estar casi desierta de bañistas a estas alturas del año. Solo puedes llegar a pie, caminando por un estrecho sendero de tierra unos 10 minutos desde el final de lo que es el paseo marítimo o la zona principal de la playa.

Como he dicho antes en esta época ya no suele haber bañistas en esa zona, la mayoría va a la playa principal, de vez en cuando te encuentras a algún lugareño caminando por ahí. Bajé las escalerillas que dan acceso a la arena, anduve varios metros a la derecha y coloqué allí mi toalla. Tras acomodarme y relajarme un rato tomando el sol, decidí darme un baño, pues la temperatura era elevada y hacía calor. No es una playa nudista, pero como no había absolutamente nadie, aproveché para quitarme el bañador y meterme completamente desnudo al mar como ya había hecho otras veces. La sensación de sentir el agua del mar acariciando mi cuerpo desnudo y aliviando el calor fue muy placentera.

A los pocos minutos de estar en el agua, vi aparecer entre los arbustos la figura de una mujer. Comenzó a bajar dichas escalerillas y a recorrer la arena de la playa. Supuse que pasaría de largo de donde yo había extendido mi toalla, pero me equivoqué por completo. Se detuvo a escasos 4 o 5 metros. Empezó a sacar su toalla del bolso de playa que llevaba y la colocó sobre la arena. Me quedó claro que la mujer iba a ponerse a tomar el sol casi a mi lado como yo estaba desnudo, que tendría que salir así del agua y llegar hasta mi toalla pasando por delante de aquella mujer. Ella tendría unos 50 años o menos. era de pelo negro, lo tenía recogido en una cola, su cuerpo era bonito y esbelto pese a la edad y llevaba una camiseta negra, unos shorts de jeans cortito, que le tapaban un poco los glúteos y unas sandalias blancas con algo de taco, que se las había quitado en cuanto pisó la arena de la playa.

Mientras yo continuaba en el agua esperando inútilmente a salir sin ser visto desnudo. Ella comenzó a desvestirse, se quitó primero la camiseta y después los ajustados shorts. Eran tan ceñidos que tuvo que agarrarse con una mano la braguita del bikini mientras se los quitaba, para no dejar su sexo al descubierto por el hecho de que se le bajara también la braguita. Guardó las dos prendas en su bolso, se llevó las manos a la espalda y se desabrochó la parte superior del bikini negro, que dejó caer dentro del bolso. Sus dos tetas grandes, algo caídas y con las areolas marrones quedaron al descubierto. Se giró para cerrar bien el bolso y para mi sorpresa, la braguita negra del bikini resultó ser una tanga. La postura de la mujer, agachada mientras cerraba el bolso, dejaba ver el fino hilo del tanga hundiéndose provocativamente entre los glúteos. Se sentó en la toalla y comenzó a ponerse crema solar por todo su cuerpo. Primero por su rostro, por el cuello, por la espalda, hasta que llegó a los senos. Mientras se los embadurnaba de crema, estos botaban hacia arriba y hacia abajo. Lentamente fue bajando por el resto de su cuerpo. Se puso de pie para darse crema en los glúteos y finalmente terminó poniendo crema sobre sus muslos.

Aquella mujer me estaba causando una enorme calentura. Todavía dentro del agua, me llevé la mano a mi verga y comencé a masturbarme mientras contemplaba el cuerpo semidesnudo de la madura. En medio de mi placer vi cómo se acercaba un hombre mayor paseando por la orilla. Tendría unos 65 años y cuando se percató de la presencia de la mujer en topless, se fue acercando disimuladamente hacia donde ella estaba, hasta pasar por delante mirándole descaradamente las tetas. Después continuó caminando hasta alejarse poco a poco. Yo no aguanté más y culminé mi masturbación acabando en el agua, mientras la mujer permanecía sentada sobre su toalla.

Esperé un par de minutos para que mi verga se relajase y recuperase su tamaño en reposo y decidí salir por fin del agua. Respiré hondo y comencé a caminar, mientras el nivel del agua iba bajando y dejaba al descubierto cada vez más mi cuerpo. Terminé de salir del agua y comprobé que la mujer me miraba sin apartar la vista ni un segundo. Llegué a ponerme rojo de vergüenza cuando estaba pasando por delante de la madura y pensé en disculparme. Tapándome con las manos mis genitales le dije: “Perdone, pero cuando entré en el agua no había nadie aquí, por eso me metí desnudo. Espero no haberle causado ninguna molestia. Ahora mismo me vuelvo a poner el bañador”. “Por mí no tienes que hacerlo, puedes tomar el sol como quieras, no me molesta en absoluto. Además, ya te he visto desnudo, ¿no? Tengo que reconocerte que sabía que te estabas sin el bañador, porque antes de bajar a la arena me metí entre los matorrales de arriba para hacer pipí y vi que te metías en el agua desnudo” –me comentó ella. Yo me quedé sin saber lo que decir y que hacer. La mujer continuó: “Mira, ya tengo casi cincuenta años, ya no me voy a escandalizar por nada. Además, ya ves que yo estoy semidesnuda ante ti”. Comprendí que ya no tenía mucho sentido que me tapara, ella ya me lo había visto todo, así que saqué manos y quedé completamente desnudo ante aquella mujer.

Cuando iba a continuar andando hasta mi toalla, la mujer volvió a dirigirme la palabra: “Si quieres, puedes tomar tu toalla y sentarte aquí conmigo. Yo vine sola y la verdad, no me importaría tener algo de compañía para charlar un rato. Si vas a sentirte incómodo por tu desnudez, no te preocupes. Mira, me voy a quitar la tanga y así estamos en igualdad de condiciones y no tienes que sentirte cortado. Ah, tutéame, por favor”. Ante mi sorpresa, se puso de pie y empezó a bajarse la tanga, hasta que se lo quitó y lo guardó en su bolso. La mujer me acababa de mostrar su vagina completamente depilada y con unos gruesos y carnosos labios vaginales. No lo pensé más, fui por mi toalla y por mi mochila y me dispuse a hacerle compañía a la madura. Sin embargo, la visión de aquel conchita había hecho que mi verga se empezara a poner dura. Ella no tardó en darse cuenta y, mirándome la verga, dijo: “¡Vaya! Parece que te ha gustado lo que has visto, ¿no?”. Casi tartamudeando le respondí: “Discúlpame por lo que diré. La verdad es que sí. Tienes un cuerpo muy bonito. Por eso se me puso así”. “Es la segunda vez que te disculpas. Ya te he dicho que no debes hacerlo, que no me voy escandalizar por nada. Para mí es un halago que un hombre bastante más joven que yo sienta esa reacción al ver mi cuerpo. Por cierto, ¿cuántos años tienes?” –dijo. “Tengo 26 y me llamo David” –le respondí. “Me llamo Claudia” –me dijo ella, mientras se levantaba y me daba dos besos en las mejillas. Al acercarse para besarme, mi verga empalmada rozó la parte baja de su vientre y sus enormes pechos chocaron con mi torso. Sentí un intenso deseo sexual por dentro; me habían entrado unas ganas tremendas de coger con esa mujer, aunque trataba de disimularlo.

Los dos nos sentamos sobre nuestras toallas y Claudia continuó hablando: “Quiero que sepas que yo también estoy disfrutando viendo tu cuerpo, no soy de piedra. Te voy a contar una cosa. He estado casada 30 años y me divorcié hace dos. Pillé a mi marido en la cama con nuestra empleada doméstica de tan solo veinte añitos. Para mí fue un golpe duro comprobar cómo me engañaba con una chica tan joven que podía ser nuestra hija. Empecé a creer que ya no le gustaba a los hombres y pasé unos meses muy malos, hasta que hace poco decidí que no podía continuar así, que debía seguir disfrutando de la vida. Comencé a cuidarme más que antes, a vestir de forma más atrevida, a hacer topless en la playa, cosa que nunca había hecho estando casada y a volver a sentir deseos sexuales. Después de todos los años de casada y de los dos que llevo divorciada, tú eres el primer hombre al que he visto desnudo. Y por si aún no te has dado cuenta, me has provocado un buen calentón”. No creía lo que escuchaba, pensé que estaba soñando despierto, pero era real. “Has despertado en mí sensaciones que tenía olvidadas. Desde que me divorcié no he vuelto a follar y tengo ahora mismo unas ganas enormes de sentir tu verga dentro de mí” –añadió. Terminó de hablar y no me dio tiempo ni de reaccionar; me agarró mi pene y comenzó a acariciarla suavemente, mientras que con la otra mano jugueteaba con sus duros pezones. Acercó su y empezó a lamerme el glande, al mismo tiempo que su vagina comenzaba a humedecerse cada vez más, chorreando sus fluidos.

Por fin me decidí a tomar algo de iniciativa y le acariciaba las tetas. Ella ya tenía toda mi verga en la boca y la saboreaba, hasta que paró un momento para decirme lo siguiente: “¡Quiero que me la metas primero por el culo y que después me des por la concha! Mi ex marido nunca quiso darme su verga en el culo, pero lo más bien que le daba duro al culo de la empleada”. Se inclinó piso en cuatro, le separé las nalgas, humedecí con saliva mi verga y su ano. Muy despacio comencé a penetrarla. En cuanto Claudia sintió la punta de mi verga dentro de su ano, gimió mezcla de placer y de dolor. Continué empujando mi verga hasta que quedó completamente hundida en él. Entonces empecé a meter y sacar mi verga entre los suspiros de Claudia y con mis dos manos le agarraba desde atrás con fuerza las. Cuando estaba en plena aceleración de mis movimientos, comprobé que por la orilla se acercaba de nuevo el viejo que había pasado hacía un rato. Se lo hice saber a Claudia y ella me comentó: “¡Me da igual que nos vea cogiendo! ¡Tú sigue y no pares, por favor!”. Así que continué unos segundos más hasta que volví a levantar la cabeza y ante mi sorpresa, teníamos a aquel viejo justo delante de nosotros, parado y mirándonos con total descaro. Comenzó a tocarse su paquete por encima del bañador y se iba envalentonando al ver que ni la madura ni yo le decíamos nada. Se bajó el bañador, le acercó su verga y sus testículos peludos a la cara de Claudia. La mujer no lo dudó ni un segundo, cogió con su mano la verga del viejo y comenzó a hacerle una paja. “¡Dos años sin culear y ahora tengo aquí dos vergas para mí solita!” –exclamó Claudia. Por su parte, el anciano estaba que ni se lo creía, tenía ante él a una mujer madura, pero de cuerpo espectacular, con dos tetas enormes, con la vagina depilada y que además, le estaba haciendo una caliente paja.

Claudia dejó el trabajo manual y se metió toda la verga del viejo en la boca, para darle una salvaje mamada. Yo aceleraba cada vez más mis movimientos de penetración, mientras el sudor empapaba la espalda de Claudia y todo mi cuerpo. De repente, el viejo sacó su verga de la boca de la mujer y apuntando hacia el rostro de ella, soltó varios chorros de espeso semen que impactaron de lleno en la cara de Claudia. Ella lo recogió con sus dedos y lo lamía con su lengua, saboreando el esperma del anciano que se sentó sobre la arena contemplando la escena y para terminar de ver la sesión de sexo que teníamos montada. Poco a poco comencé a sentir las sensaciones inconfundibles de que se acercaba mi descarga de leche, así que hice varias embestidas bruscas y tras una explosión de placer empecé a derramar mi semen caliente dentro del culo de Claudia. Mantuve mi verga dentro hasta que solté la última gota y después la saqué lentamente de abierto ano de la madura. El viejo, creyendo que ya no había más que ver, se puso su bañador y se alejó de nosotros sin decir palabra. Mientras Claudia y yo nos recuperábamos a la espera de penetrarla vaginalmente, le pregunté: “Claudia, ¿te importaría regalarme tu tanga? Me encantaría quedármelo como recuerdo tuyo”. “Yo te lo doy sin problemas, pero te advierto de que igual está algo sucia, lo llevo puesto desde esta mañana y con este calor y las veces que he orinado, tu comprenderás” –respondió ella. “Por eso no te preocupes” –le respondí.

Ella se levantó, metió la mano en su bolso, sacó la tanguita negra del bikini y me lo entregó con una sonrisa pícara. Yo no dudé en olerlo delante de ella. “¡Ufff! ¡Tenías razón! Huele bien a hembra” –le comenté. En el escueto forro blanco interior del tanga se apreciaban varias manchas de pipí o de flujo vaginal. Guardé la prenda en mi mochila y Claudia me comentó: “Quiero pedirte algo a cambio”. “Lo que quieras – le respondí. Sacó su móvil del bolso, me fotografió desnudo y a continuación me dijo: “Túmbate entre mis piernas”. Obedecí sin saber las intenciones de la mujer. Entonces ella se agachó colocando su vagina a escasa distancia de mi cara, comenzó a grabar y a los pocos segundos empezó a brotar de su vagina un interminable chorro de orina que regaba todo mi rostro. Hasta que no echó la última gota no se levantó y me dijo: “La foto y este vídeo es el recuerdo que me llevo de ti, para poderme masturbar recordando lo de hoy”.

Volvió a guardar su móvil y me ordenó que le diera verga en la concha, que lo estaba deseando. Yo continuaba tendido en la arena y empapado por el orín de la mujer. Ella aprovechó para manosear mi verga hasta proporcionarle una cierta dureza. Entonces se abrió de piernas, se separó con las manos los labios vaginales y se me subió encima hasta que mi verga quedó engullida en su concha. Cuando estaba totalmente dentro, comenzó a cabalgar, mientras sus tetas botaban al compás del movimiento. Le coloqué mis manos sobre sus tetas y le pellizcaba los pezones. Los tenía completamente tiesos y eran tan gruesos que se le debían de marcar a través de cualquier prenda que se pusiera. Su cuerpo comenzó de nuevo a sudar y las gotas de ese sudor iban cayendo sobre mi propio cuerpo. Ella seguía moviéndose insistentemente y su vagina comenzó a chorrear de forma exagerada, producto de un orgasmo. Aceleró sus movimientos, ya totalmente cubierta de sudor y con el rostro enrojecido por el esfuerzo y la excitación. Yo ya no aguanté más y además acabé dentro de aquella maravillosa vagina depilada. En cuanto sintió mi semen en su interior, Claudia puso cara de satisfacción y comenzó a parar hasta detener por completo sus movimientos. Se tumbó exhausta a mi lado y estuvimos así varios minutos hasta que nos dimos un baño para refrescarnos y quitarnos la arena que teníamos pegada a nuestros cuerpos sudorosos.

Cuando salimos del agua, nos secamos y comenzamos a vestirnos. Claudia se puso sus shorts sin nada debajo, pues me había regalado la tanga del bikini, y después la camiseta negra. Yo también me vestí, recogimos las toallas y abandonamos la playa. La acompañé hasta donde había dejado estacionado su auto a unos 500 metros de la playa. Al llegar al coche, me dijo: “Dentro de unos igual vuelvo por aquí. Soy de un pueblo cercano y algunos días, como he hecho hoy, aprovecho para venir a hacer algunas compras y tramites por la mañana y por la tarde me pongo a tomar el sol un rato antes de regresar. Espero verte otra vez”. “Me quedan algunos días de vacaciones. Te prometo que estaré en esa zona de la playa todas las tardes por si apareces” –le comenté. Me dio un beso de despedida, se subió al auto y arrancó, mientras yo emprendí el camino a pie hasta mi departamento.

Por demás está decirles que las vacaciones se fueron a la mierda. Los días que me quedaban me los pasé encerrado cogiendo con esa sensual madura. Así como también iba algunos días a quedarse conmigo en Santiago, habia una conexión sexual tan grande en ambos qué incluso cuando llegaba la noche hacíamos videollamadas para juguetear morbosamente. Ahora gracias a ella tengo un montón de sus tangas usadas para vaciar mi leche en esas pequeñas prendas.


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martes, 26 de mayo de 2026

172 . Experiencia desbloqueada

Hay fantasías que uno cree que solo existen en las películas, hasta que la vida te pone frente a una madre y su hija, y terminas descubriendo que los límites están para romperse, es lo que pienso al menos hasta hoy. Si quieres algo en la vida no debes esperar a que pase, sino salir a buscarlo. En mi caso fue un toque de ambos.

Les cuento, me llamo Ezequiel. Soy economista con varios magíster y doctorados, vivo en un sector acomodado, tengo un Alpha Romeo con él me desplazo a la oficina. Muchos dicen que a pesar de tener 30 años soy un tipo exitoso, lo que ellos no saben son las horas de estudio, las madrugadas sin dormir para entregar trabajos en la Universidad. Es como una vez le dije a un cliente: “Fíjese en los campesinos. Cuánto tiempo trabajan la tierra antes de sembrar. Cuidan de sol a sol sus cultivos como si el tiempo se les fuera por meses, hasta que al fin reciben la recompensa del esfuerzo con la cosecha y posterior venta. En los negocios es igual: Sin esfuerzo no hay recompensa”. Sonrió y dijo: “¡Por Dios! ¡Las cosas que dices Ezequiel!”. Me estrechó la mano y salió de mi oficina. No sé si el hombre tomó el consejo pero allá él.

Bueno, no están aquí para trivialidades, sino para saber que experiencia tuve. Todo comenzó de la manera más inesperada. Conocí a la Fernanda a través de un conocido que terminó alejándose, ya que por temas de trabajo fue trasladado al extranjero, pero el destino o la necesidad nos mantuvo conectados a Fernanda y a mí. Es una mujer sensual aunque se saca poco partido, tal vez sea porque su marido no la ve de la misma forma que cuando tenía veinte. Es rubia, tiene una cara angelical pero también cuando sonríe es como si lo hiciera de forma maliciosa; ya en sus cuarenta y algo tiene un cuerpo que ha cuidado muy bien. Siempre que teníamos la oportunidad de salir de vestía sensual, me era imposible no mirarla, también era imposible no desearla y querer saciar las ganas disfrutando de su candente cuerpo.

Con el tiempo, Fernanda empezó a buscarme para pedirme favores, principalmente préstamos de dinero. Al principio me pareció normal; siempre estaba dispuesto a ayudarle sin pedir a cambio, pero por alguna razón me empezó a ver cómo un cajero automático, siempre estaba llamándome para que le depositara tal o cual cantidad de dinero y como siempre no me negaba. Obviamente, con el tiempo ya había más confianza, salíamos más a menudo a comer o beber algo. Fue en una de esas salidas que decidí lanzar una propuesta arriesgada. “Fernanda, no tengo problemas en seguir prestándote dinero, pero mi condición es que nos veamos a solas” –le dije. ¿A qué te refieres?” –me preguntó. “Bueno, somos dos personas adultas así que hablaré directo. Vernos en un lugar más íntimo y privado” –le dije. “Ezequiel soy una mujer casada”–me dijo con algo de duda. “Lo tengo claro. Yo no soy cajero automático y siempre estoy para lo que necesites; no estoy sacando en cara los préstamos, solo es pasar tiempo a solas y pasarla bien” –le dije. Me miró en silencio y noté un brillo en sus ojos. “Está bien, acepto” –dijo. Para mí, sinceramente, era como vivir una experiencia como esas películas porno. Tiene un culo exquisito y unas tetas que se ven apetecibles, incluso había momentos en que sus pezones se marcaban por encima de la tela. Ya la había mirado con lujuria en Instagram pero más aún en persona.

La primera vez estaba nervioso nunca había estado con alguien mayor, pero la química fluyó. Terminamos en un motel y esa noche fue increíble; descubrí que a pesar de la diferencia de edad nos entendíamos perfectamente en la cama. Nos desnudamos como dos adolescentes calientes, mientras nos besábamos con lujuria. Tenerla desnuda en mis brazos desnuda fue el estímulo suficiente para mí verga reaccionara, se puso de rodillas y sin decirle nada me la empezó a chupar como poseída. Sabía a la perfección como usar su boca, la lengua, incluso sus manos para masturbarme. La puse de pie y nos fuimos a la cama, ella entendió lo que quería y se subió encima de mí, dejando a mi completa perversión su concha y su culo y ella siguió chupándomela con la misma vehemencia que al principio. Mi lengua abrió sus labios vaginales y mi lengua de fue directo a recorrer esa conchita mojada, la recorría por completo, desde el clítoris al ano; Fernanda gemía riquísimo pero no sacaba mi verga de su boca. Era tan excitante esa rica madura, se notaba que hace tiempo no había tenido sexo y estaba aprovechando al máximo mi verga. “¡Móntame Fernanda!” –le dije. Sin dudarlo se subió encima de mí, su jugosa vagina se tragó mi verga y empezó a mover sus caderas como una sensual odalisca. Apoyó sus manos en mi pecho y seguía moviendo bien caliente y gimiendo. Me aferré de sus ricas tetas y le dije que se moviera de arriba abajo, empezó a hacerlo salvaje, me miraba y me preguntaba: “¿Así te gusta mi amor?”. Esa caliente voz me transportaba a la más absoluta lujuria. “¡Sigue así! ¡Me vuelves loco con tus movimientos!” –le decía sin soltarme de sus tetas. “¡Ay, qué rico! ¡Ah, voy a acabar!” –gritaba mientras se movía más rápido. “¡Qué rica verga tienes papacito! ¡Me calientas más que el imbécil de mi marido y me lo haces más rico!” –decía gimiendo como endemoniada. Ya no se pudo contener y explotó en un delirante concierto de gemidos y jadeos. Su cuerpo estaba envuelto en sudor, sus pezones duros, lo que apreté y ella solo gimió en señal de placer. Su concha palpitaba con mi verga dentro y chorreaba esos cálidos fluidos.

Luego y sin descanso se puso en cuatro, se le apreciaba perfecto ese rico culo. Enloquecido me lancé a lamer su ano; Fernanda empezó a jadear como perra en celo al sentir como mi lengua jugaba en ese rico agujero que no había recibido placer hace tiempo. “¡Ay, cariño! ¡Qué rica se siente tu lengua! ¡No pares!”–me decía. Se notaba que era una mujer desatendida sexualmente o que disfrutaba del sexo en todas sus expresiones. Calientes como estábamos, deslicé mi verga por su concha pero me pidió que se la metiera en el culo y que no tuviera piedad, que me la cogiera salvaje hasta dejarla tirada en la cama. Bastó que acomodara mi glande en la entrada para que ella hiciera presión ayudándome para que se la metiera. Los alaridos de placer que salían de sus labios eran perversos. “¡Cógeme duro Ezequiel!” –decía. Cada segundo se la metía salvaje, tanto que se aferró a una almohada y la mordía para ahogar sus gritos. “¡No hagas eso! ¡Quiero escucharte gimiendo y gritando!” –le dije. “¡Qué perverso eres cariño! ¿Quieres escucharme gemir como puta?” –dijo ella. “¡Desde que te conocí que he querido cogerte!” –le respondí. “¡Entonces dame duro para hacerme sentir más puta!” –dijo entre gemidos. Su culo abierto recibía mis embestidas, cada vez que entraba toda mi verga ella decía qué le encantaba. “¡Dámela papito! ¡Cógeme como putita! ¡Haz que me vaya con el culo abierto por tu rica verga!” –decía Fernanda. Pronto los dos estábamos al borde de acabar, ella se entregó al orgasmo y vacié mi semen en ese rico agujero, haciendo que suspiré satisfecha. Rápidamente se puso su tanga, quería que mi leche se impregnara en su ropa interior. “¡Qué rico me cogiste! Pero todavía falta algo” –dijo. Me tumbó en la cama y puso mi verga entre sus tetas para pajearme. “¡Quiero tu leche en las tetas!” –me dijo aprisionando mi verga. Sus tetas se movían frenéticamente, me miraba y preguntó: “¿Te gusta que sea así de puta?”. ¡Sabes que sí Fernanda! ¡Ahora eres mi puta!” –le respondí. “¡Sí bebé, lo soy!” –dijo. Ya no me podía contener, sentía que me iba a explotar la verga, ella no se detuvo y mi semen se derramó en sus ricas tetas. Nos besamos y nos vestimos, salió con mi leche adornando sus tetas. La dejé a dos cuadras de su casa para evitar que alguien la viera.

Habíamos quedado qué sería algo casual y esporádico, pero el acuerdo se fue a la mierda, todos los viernes la llamaba y la llevaba ya no a un motel, íbamos a mi departamento para dar rienda suelta a nuestras ganas. Después se transformó en cogidas dos veces a la semana y no nos dimos cuenta cuando ya estábamos todos los días cogiendo como adolescentes en mi cama. Ya han pasado los años y como dicen: “El vino con los años de pone más bueno”, en este caso Fernanda era vino con el que me embriagaba de placer todas las tardes. Las cosas con Fernanda iban cada vez más calientes, incluso se quedaba a dormir alguna noche conmigo.

Sin embargo, la historia dio un giro que ni yo mismo me esperaba. Hace un tiempo, Fernanda me dio el número de su hija para que la ayudara con un problema de su celular. A la hija ya la había visto antes; era simpática y, claramente, había heredado la excelente cuerpo de su madre. Tania era una chica de veinte y tantos, un tanto coqueta sin ser demasiado explícita. Empezamos a interactuar por redes sociales. Las conversaciones con Eva eran casi a diario cuando estaba en la oficina, una tarde me dijo si era posible que pudiéramos conversar en persona, le dije que no tenía problemas por mi parte, pero no quería que ella tuviera problemas o que mal interpretara la salida. “No pienses eso, soy una mujer adulta. ¿Qué tendría que malinterpretar?” –dijo. La historia se repitió casi paso por paso. Ella me pidió dinero prestado y yo, aplicando la misma “estrategia” que con Fernanda, le dije: “Eva, no tengo dramas en prestarte dinero, el problema es si tú estás dispuesta a aceptar mi propuesta” –le dije. “A ver, dime, ¿qué me propones?” –preguntó. “Dijiste que eras adulta, imagino que sabes lo que digo. Llevamos tiempo hablando y tenemos química, podríamos avanzar un poco más” –le dije. “Suena interesante la propuesta” –respondió. Sin dudarlo aceptó, lo que me sorprendió gratamente. Estaba envuelto en una situación irreal: teniendo encuentros con Eva y con Fernanda en mi propia casa, disfrutando de la juventud de una y de la experiencia de la otra. Eva es tan caliente como Fernanda, le gusta que se la meta en cualquier lado, no importa si es en la calle o en el departamento, siempre está dispuesta a hacer todo lo que mi perversión le pida. Las dos me calentaban demasiado, más saber que tenía la oportunidad aunque fuera por separado estar con las dos. Una de esas salidas furtivas con Eva estábamos cogiendo, ella estaba en cuatro con mi verga en el culo y sonó su teléfono, era Fernanda quien le preguntaba si iba a ir a almorzar, ella le respondió: “Mamá estoy cogiendo con mi novio ahora, no sé si me voy a ir pronto”. Me sorprendió lo que dijo y además, me puso más caliente, se la metía más salvaje y Eva gemía mientras seguía con el teléfono en el oído. “¡Sí, me está rompiendo el culo! Lo hace tan rico. Ya hablamos”–dijo y cortó. Acabé en su culo y al igual que la mamá la primera vez, me la chupó y se tragó mi leche hasta la última gota.

Lo más curioso o satisfactorio, según como se vea es notar las coincidencias entre ambas. Tienen gustos similares en la intimidad y me descubro a mí mismo aplicando las mismas poses con una que con la otra, recordando los movimientos de la madre mientras estoy con la hija y viceversa. Es una sensación difícil de explicar, una mezcla de adrenalina y placer puro. También a ambas las tengo grabadas con mi celular para cuando no las puedo ver por viajes del trabajo masturbarme viendo cómo cogemos o alguna videollamada primero con una y luego con la otra. Pero como nada es perfecto, la realidad empezó a filtrarse. Fernanda se dio cuenta del asunto y aunque le da vergüenza ya que ella fue en cierta forma la culpable, lo aceptó. Le dije: “Los tres somos adultos y sabías que podría pasar algo así”. “Es verdad, es morboso que nos cojas a las dos” –dijo ella. Entonces le propuse que estuviéramos los tres juntos. Pareció pensarlo pero no dijo nada, así que actué. Le dije que hiciéramos una videollamada en la noche, qué quería verla tocándose. Hice lo mismo con Eva y cuando llegó la hora las llamé a las dos a la vez. La sorpresa fue mayúscula al verse desnudas en sus cuartos. Listas para hacer lo que yo quisiera. “Sabía que te cogías a mi mamá pero esto jamás lo pensé” –dijo Eva. Fernanda se moría de la vergüenza, jamás pensó encontrarse en la situación que estaba pasando. “A ver zorritas, las dos ya sabían bien lo que estaba pasando. Empiecen a tocarse de una vez” –les ordené. Ninguna daba el paso, así que le dije a Fernanda: “Mira lo rica que se tu hija desnuda. Se parece a ti y es igual de caliente qué tú”. “¡Ay, Ezequiel es mi hija!” –dijo ella. “Pero es mujer” –le dije. “¡Eva tócate las tetas!” –le dije a la chica. Ella obedeció y empezó a masajearse las tetas, sus pezones se pusieron duros. “Ves qué es caliente como tú” –le dije a Fernanda. Ella miraba la pantalla y se mordía los labios. Las dos se tocaban y yo con la verga parada mirando como madre e hija estaban calientes mirándose. “¡Ay mamita te ves tan rica!” –le dice Eva. “¡Sí, es muy rica la putita de tu mamá Eva! Mira como se toca viéndote” –le decía mientras me masturbaba viendo el espectáculo más caliente que estaba siendo testigo, madre e hija calientes masturbándose a la vez. Las dos gemían tan rico que era imposible no calentarse.

Seguimos con el jueguito y le pregunto a Fernanda: “¿Qué te gustaría?”. Se detuvo, mordió sus labios y respondió: “¡Qué Eva me lama la vagina!”. “¡Qué puta eres!” –le digo. “¿Y tú qué quieres Eva?” –le pregunté. Sin dudarlo respondió: “¡Lo mismo que mami!”. Entonces le ordené a la chica que fuera al cuarto de su mamá, al abrir la puerta Fernanda estaba con las piernas abiertas esperándola. Eva acomodó su teléfono para que no perdiera detalle de lo que iba a pasar y Fernanda enfocaba su cara. Madre e hija habían perdido el pudor y se entregaron a la perversión. Eva lamía esa rica concha y Fernanda con cara de puta disfrutaba. Yo seguía pajeándome viendo a mis putitas jugueteando. “Hagan un 69 putitas” –les dije. Eva se subió encima de su madre y las se lamian como locas arrancándose gemidos incestuosos, cargados de lujuria. Pronto las dos se estaban metiendo los dedos mientras se lamían. Ya no les decía que hacer, se dejaron llevar por la calentura, entrelazaron las piernas y se frotaban las vaginas, se miraban gimiendo, se trataban de putas y zorras. “¿Estás feliz por convertir a la madre e hija en tus putas?” –me preguntó Fernanda. “Ya lo eran, solo les faltaba alguien que supiera sacarlas a la luz” –le respondí. Las dos acabaron a la vez, se besaron y se quedaron esperando a qué saliera mi leche. “¡Dale leche a tus putitas!” –decía Eva. Las dos estaban con la boca abierta esperando hasta que acabé y tuvieron su premio por ser tan buenas perras.

Ya no tendría que coger con ellas por separado, estábamos diario en mi departamento desatando nuestra lujuria juntos. Lo más caliente era verlas cogiéndose y, después entre Fernanda y Eva compartiendo mi semen. Incluso les di una llave para que me fueran a esperar cogiendo, cosa de verlas al entrar desnudas en la sala listas para mí uso.



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lunes, 18 de mayo de 2026

171. En mi propia cama

 

Me llamo Ana Lidia, tengo 44 años y la verdad es que no me quejo de cómo me veo, después de todo sigo yendo al gimnasio tres veces por semana, tengo unas buenas tetas que se paran solas, un culo firme que me hace sentir poderosa cuando me pongo unos leggings ajustados, y una cintura que aún envidian mis amigas. Vivo con mi hijo Mateo, que acaba de cumplir 23, es universitario y por Dios que se ha convertido en un macho de esos que te dejan la boca abierta. Alto, con unos hombros anchos de tanto levantar pesas, pectorales que se marcan bajo cualquier camisa, un abdomen que parece tallado a mano.

Desde que empezó a entrenar duro hace un par de años no puedo evitar mirarlo, es como si tuviera un semental viviendo bajo mi techo; para mí que me encanta coger es una lucha constante contra mis instintos de putita. A veces me sorprendo fantaseando con su cuerpo y mis dedos jugando con mi conchita. Él tiene una novia, se llama Sofía, un año menor que mi hijo. Es delgada, tiene buen tamaño de tetas y un culo que no deja indiferente. Tiene cara de que rompe ni un plato, pero a quien no la conozca que trate de engañar. Siempre he dicho: “Puta conoce a puta”. Sofía no es la excepción a la regla. Siempre que viene a casa se encierra con Mateo en el cuarto, yo me hago la desentendida pero tengo más que claro lo qué hacen, ya qué los gemidos de Sofía se escuchan en todos los rincones de casa. Incluso se ha quedado varias noches en las que mi hijo no le ha dado respiro. Se la coge hasta que ella le suplica que pare pero a él parece no importarle, sigue hasta que él se detiene. Varias veces en esas noches he tenido que contenerme, ya que me calienta tanto escuchar como cogen que termino tan cansada como la zorrita Sofía de tanto placer.

Una de esos días, sábado por la mañana, me levanté solo con un leggins ajustado que se me marcaba todo y una pequeña camisa con tirantes. Sofía quedó mirándome como Nunca antes lo había hecho, incluso sentí cuando sus ojos se clavaron en mi vagina para ver cómo mis labios estaban marcados y abiertos. Me calentó esa forma poco disimulada que me miraba; le dije si podía ayudarme a preparar el desayuno, muy servicial aceptó. Era la oportunidad perfecta para probar mi teoría, aunque al menos en la forma de coger con mi hijo ya estaba más que demostrado. Me paseaba por detrás, la rozaba, incluso le toqué “sin querer” el culo. Parecía no importarle, pero pude escuchar un delicioso suspiro ahogado al sentir mi mano. Seguí arreglando las cosas en la cocina. De pronto, sentí a Sofía ponerse detrás de mí y poner sus tetas en mi espalda. “Permiso suegra” –dijo. Los pezones se le sentían duros, la humedad en mi concha afloró y me mojó por completo. Seguimos con ese juego de “manoseo involuntario” hasta que quedamos de frente tetas con tetas y mirándonos con lujuria, pero ninguna se atrevió ir un paso más allá. Descubrí que la zorrita de mi nuera es bisexual como yo y me encantó.

Mateo salió del cuarto para desayunar, les dije que iba al supermercado a comprar unas cosas y que no demoraría tanto en llegar. Salí a realizar las compras y en el recorrido por los pasillos me di cuenta que no tenía mi cartera, por lo que tendría que volver para volver a hacer todo del principio y pagar lo que iba a llevar. Entré sigilosa porque no quería molestarlos si estaban estudiando o lo que sea que estuvieran haciendo. Subí las escaleras y al pasar por mi cuarto escuché ruidos, gemidos fuertes, jadeos de hombre y gritos de mujer. La puerta estaba entreabierta, me quedé helada en el pasillo. Allí estaba mi hijo, embistiendo como un animal a su novia que estaba en cuatro sobre mi cama, mi propia cama donde duermo todas las noches. Sofía gritaba como loca, hundía la cara en mi almohada. “¡Ay sí, Mateo, métemela más duro, rómpeme!” –decía jadeando como perra en celo. Él la agarró con fuerza y le clavaba la verga una y otra vez. Se le veía toda esa verga gruesa y larga que entraba y salía toda mojada, chapoteando, haciendo unos sonidos obscenamente ricos cada vez que chocaba contra el culo de Sofía. Él sudaba, gruñía como un macho en celo, le daba nalgadas fuertes que dejaban la piel roja. “¿Te gusta puta? ¿Te gusta que te coja como perra?” –le preguntaba Mateo. “¡Sí papi, cógeme como una puta! ¡Lléname de leche!” –le contestaba Sofía. Mateo siguió dándole verga con fuerza, le jalaba el cabello y le decía que era una exquisita puta.

Me quedé allí parada, con el corazón latiéndome fuerte, sintiendo cómo me mojaba viendo cómo mi hijo la taladraba la vagina sin piedad, estaba tan caliente viendo su verga saliendo toda cubierta de jugos y volviendo a entrar hasta el fondo. Sofía no daba más de tantos orgasmos. Gritaba, se retorcía y él no paraba, la seguía cogiendo con fuerza, diciéndole cochinadas al oído. Le agarraba las tetas desde atrás. Era exactamente lo que yo siempre había querido, un macho así, fuerte, salvaje, que te coja hasta dejarte temblando, que te haga sentir mujer de verdad. Me mordí el labio tan fuerte que casi me sangra, sentía la vagina palpitándome, los pezones duros contra la tela de la blusita, pero no dije nada, no entré, no los interrumpí. Me quedé viendo y masturbándome como loca viendo al macho de mi hijo usar hasta dejar exhausta a su puta novia. La envidiaba, quería estar en su lugar pero con esa rica verga jugando sin compasión en el culo. Me tapaba la boca para que no me escucharan gemir pero mi respiración parecía delatarme.

Sofía se le montó encima y se deslizó lentamente dándole la espalda y mirando a la puerta. Fue como si supiera que estaba ahí viendo, la verga de Mateo se metió completa en ese rico culo y Sofía empezó a moverse rápido. Se agarraba las tetas y le decía a mi hijo: “¡Papito rico, rómpeme el culo!”. Yo seguía mirando ya con los leggins casi en las rodillas y metiéndome los dedos imaginando que me la estaba metiendo bien duro. Al fin Mateo acabó en el culo de su novia, dejando su semen escurriendo de ese abierto agujero. Seguí yo después en un riquísimo orgasmo que me dejó temblando por completo, hace tiempo que no disfrutaba tanto metiéndome los dedos como ese día. Sofía cayó en mi cama, sudada, cogida salvajemente y con cara de satisfacción. Me retorcí debido a un último espasmo en mi conchita a causa de tanto placer. Bajé como pude las escaleras con las piernas temblando; salí de la casa de nuevo como si apenas llegara.

Entré gritando que ya estaba en casa, los encontré en la sala viendo tele como si nada, Sofía con la cara sonrojada todavía y Mateo con esa sonrisita de travieso. Los saludé como siempre. Después de lo que ví y viví esa tarde no pude sacarme de la cabeza la caliente escena. Cada noche al acostarme en mi cama, la misma donde mi hijo había cogido tan salvaje a su novia, sentía un calor que me subía por todo el cuerpo, me imaginaba su verga entrando y saliendo de mi vagina dándomela con fuerza. Abrazada con mis piernas de su cintura y mis brazos rodeando su espalda, pidiéndole que me la metiera con todas fuerzas, me imaginaba gritando de placer. Me masturbaba jugando con mis perversos demonios y con el olor a sexo impregnado en las sábanas a pesar de haberlas lavado mil veces.

No había noche en que me tocara pensando en él, metiéndome los dedos despacio al principio, imaginando que era su verga la que me abría. Luego más rápido, mordiéndome los labios para no gemir fuerte y que me escuchara en el cuarto de al lado, acababa temblando, con su nombre en la mente, sintiéndome una puta por desear a mi propio hijo. Cada día era peor, el antojo me comía viva. Necesitaba sentir ese macho dentro de mí, no podía seguir así nomás fantaseando. Decidí que tenía que hacer algo, no iba a esperar a que la vida me lo pusiera en bandeja, soy yo la que manda en casa y si quiero a mi hijo me lo voy a coger, punto. Lo más perverso es que usaría a Sofía como la cómplice para llevar a cabo mi lujurioso plan. No sé podía negar, si lo hacía le contaría de ese juego caliente que casi nos llevó a coger y obvio, aunque ella dijera que nunca pasó, Mateo creería mi versión de la historia.

La llamé e hice que viniera mientras mi hijo estaba en la universidad. “Necesito que vengas lo más pronto posible, tenemos una conversación pendiente” –le dije. “Pero suegra” –dijo. “¡Pero nada! Te espero en una hora. ¿Está claro?” –le dije levantando la voz. “Sí suegra, estaré por allá pronto” –respondió. No tardó en llegar, vestía un jeans que resaltaba su culo y una blusa con un diminuto escote. La muy zorra se veía sensual y esos labios pintados de rojo invitaban a besarlos. La miré a los ojos y le dije: “Date la vuelta, quiero observarte. Hazlo despacio”. No dijo nada, solo hizo lo que le dije; para mí era un juego caliente que llegaría hasta donde yo quisiera. “Te ves bien Sofía, nunca dejas de sorprender” –le dije. Sonrió, sabía que le gustó lo que le dije. “¿Podría usted darse una vuelta para verla yo también?” –me preguntó un tanto avergonzada. Me paré del sofa y me di la vuelta lentamente para que no perdiera detalle. “Con todo respeto suegra, pero se ve demasiado sensual” –dijo. Me acerqué lentamente, tomé su mano y la puse en mi vagina. Abrió los ojos con sorpresa y le dije: “Siente como está”. Le agarré las tetas y se las apreté, en ese momento supe que las dos estábamos calientes. Nos dejamos llevar por el instinto, nos besamos, nos manoseamos y terminamos desnudas en la sala. La manera en que esa putita me lamía la concha era perversa, sabía cómo deslizar la lengua lento y rápido, haciendo que me estremezca y gima descontrolada. “Sabía que eres puta Sofía, se te nota en la cara que eres caliente” –le decía. “Es que usted me pone así, siempre quise probar su conchita” –dijo Sofía. Entonces no pares y sigue con tu lengua putita, dale placer a la caliente de tu suegra” –le dije hundiendo su boca en mi concha y moviendo las caderas. Me tenía al borde del orgasmo pero no tendría el placer de hacerme acabar; hice que estuviera y la tiré en la alfombra, le abrí las piernas y no tuve compasión, le lamia la vagina rápido, al instante la zorra estaba gimiendo y apretándose las tetas. “¡Ah, suegra! ¡Qué rico! ¡Me siento tan puta!” –decía. Lo sé. ¿Crees que no me daría cuenta?” –le dije. Jugaba con mi lengua y le metía los ojos. “¡Gime zorra! ¡Hazlo como cuando Mateo te está cogiendo!” –le ordené. ¡Ah, sí! ¡Tiene rica la verga suegra, me vuelvo loca cuando me la mete!”–decía sin. La penetraba rápido, quería hacerla acabar, Sofía se retorcía en el piso, su cara de caliente era exquisita. Hice que abriera más las piernas y me subí encima de ella para frotar nuestras conchas calientes y mojadas. “¡Eso, gime perra! ¡Dime qué te gusta coger conmigo!” –le decía. “¡Ay, sí! ¡Me encanta! ¿No sé nota lo caliente que me tiene?” –me respondió entre gemidos. Seguimos con la misma calentura del principio, ninguna de las dos daba tregua, lo importante era sentirnos putas y darnos placer.

Entonces, lancé el anzuelo. “No sabes lo caliente que me pongo cuando te coge mi hijo. Termino tocándome, temblando por los ricos orgasmos que me regalan y sobre todo me imagino a Mateo culeándome tan duro como a ti” –le dije. “¡Oh, qué rico suegra! ¡Sería tan perverso que nos cogiera a las dos y ver cómo le chupa la verga al caliente de Mateo hasta que le llene de semen la boca!” –me dijo. “¡Eres toda una puta Sofía! Vas a tener que hacer lo que esté a tu alcance para lograrlo, o tal vez lo disfrute yo sola primero” –le dije. “¡Oh, suegra que caliente y putita es! ¡Deje que se la coja a usted y después podemos jugar los tres!” –me contestó. Me estremecí y le dije: “¡Voy a ser más puta que tú para coger!”. “¡Sí suegra, lo sé y me encanta!” –dijo gimiendo. No sé cuánto tiempo había pasado pero estábamos sudadas y entregadas a la vez a un rico orgasmo que nos hizo gritar de placer. Después de acabar como putas nos vestimos y esperemos a que llegara mi hijo. Se sorprendió al vernos charlando animadamente ya que sabía que su novia no es santa de mi devoción. Se despidieron y se fueron a la casa de unos amigos para beber algo, y llevar a su novia a su casa; porque ese día tendrían visitas.

Esperé unos días, estábamos solos, él regresó del gym, yo estaba mojada sólo de verlo entrar a la cocina a tomar agua. Lo dejé ducharse, cenamos como si nada, platicando de la universidad y sus cosas, pero yo ya traía el plan en la cabeza. Me había puesto un vestido pegado al cuerpo, de esos que marcan todo, el escote profundo mostrando mis tetas firmes, la tela ceñida resaltando mi culo redondo y mis curvas que aún vuelven locos a los hombres. Después de la cena lo llamé al sillón Me senté cerca de él, crucé las piernas para que viera mis muslos y empecé la plática como si nada. Él me miró un segundo más de lo normal pero fingió normalidad. “Mateo, tenemos que platicar de algo serio, hijo” –le dije. “Dime, ¿qué pasa?” –me dijo extrañado, Me miró extrañado, pero sus ojos bajaron un segundo a mis tetas, eso me mojó al instante. “El otro día volví del supermercado y vi como te culeabas a Sofía en mi cama” –le dije. Se puso rojo, pero no apartó la mirada, sonrió un poco pícaro. “¡Ay mami, perdón! no pensé que ya estabas en casa, te juro que no fue a propósito” –dijo. “No me enojo por eso, hijo, pero mi cama es sagrada, no quiero que la uses para coger con tus noviecitas, esa cama es sólo para mí” –le dije de forma sugerente. “Pero mami, es que tu cama es la más cómoda de la casa, el colchón es perfecto, por eso se siente tan rico follar ahí, en serio, es mejor” –respondió. Me mordí el labio mirándolo fijo, sintiendo cómo me palpitaba la concha sólo de escucharlo hablar así de coger en mi cama, me acerqué un poquito más, le puse la mano en la pierna, él no se movió. “Si tanto te gusta mi cama, Mateo, entonces tienes que pedirla como se debe” –le dije. Con asombro me preguntó: “¿Pedirla? ¿Cómo mami?”. “Sí, mi amor, ya te dije, esa cama es sólo para mí, para que coja yo. Si la quieres usar, tienes que pedírmela a mí, porque la única que coge ahí soy yo” –le respondí. Se quedó callado un segundo, confundido, mirándome con los ojos muy abiertos, pero yo vi cómo su mirada bajaba a mis tetas, cómo se le empezaba a marcar algo en el pantalón de pijama. “Espera mami. ¿Qué quieres decir exactamente?” –dijo sin dejar de mirarme las tetas.

Sonreí despacio, le apreté un poco la pierna, subí la mano más arriba, ya descarada total, sintiendo el calor de su muslo. “Quiero decir que, la cama solo es para que coger yo, para que me cojan a mí. Así que si la quieres usar para culearte a tu puta tienes que pedírmela, porque soy la única que coge ahí” –le repetí, por si no le había quedado claro la primera vez que lo mencioné. No dijo nada más, solo me miró con los ojos llenos de lujuria, el aire estaba cargado, sentía mis tibios fluidos. Me levanté despacio, enseñándole el culo en el vestido pegado y subí a mi cuarto sin voltear. Por un momento creí que me seguiría, que me tomaría y me culearía duro, pero no pasó. Esa noche no me contuve, me metí en la cama desnuda, abrí las piernas y me metí los dedos profundo, gimiendo fuerte su nombre, imaginando su verga clavándome, no me importó si me escuchaba, al contrario, quería que oyera cómo acababa gritando por él, jadeando como una perra, hasta que me derrumbé temblando.

Al día siguiente por la mañana, mientras desayunábamos en la cocina, con mi bata corta que dejaba ver mis piernas y él ya vestido para la universidad, con esa camisa ajustada y unos jeans que le hacían ver tan rico, Mateo me miró nervioso, removiendo su café como si no supiera cómo empezar. “Oye mamá, antes de irme, estaba pensando en lo que dijiste anoche” –dijo. “¿Qué pensaste?” –le pregunté sonriendo, mordiéndome el labio, sintiendo ya un calorcito entre las piernas sólo de recordarlo. “Bueno, quería pedirte tu cama prestada esta noche. ¿Crees que se pueda?” –dijo. Me quedé mirándolo fijo, con el corazón latiéndome fuerte, notando cómo se ponía rojo pero sus ojos brillaban de lujuria, pero allí estaba, pidiéndolo. “Claro que sí, hijo. Ves cómo bien se siente cuando pides prestado las cosas” –le dije. Sonrió, se levantó y me dio un beso en la mejilla que duró un segundo de más, rozando su cuerpo contra el mío y se fue. Todo el día no pude pensar en otra cosa, en cómo sería la noche, su cuerpo sobre mí, en su verga gruesa clavándome como había visto que lo hacía a Sofía. Regresé temprano del trabajo, me di un baño largo, me depilé todo, me puse crema para oler rico, y elegí la lencería más puta que tenía, esa negra con encaje que marcaba mis tetas grandes y mi culo firme, con ligas y medias de red que me hacían ver como una diosa del sexo.

Llamé a Sofía y le pregunté si vendría en la noche. Me contestó que no sabía porque Mateo no le había dicho nada. “Parece que la puta esta noche seré yo” –le dije. “¡Qué rico suegra disfrute esa rica verga por mí!” –dijo ella jadeando. “Cómo sé lo puta que eres, quiero pedirte algo” –le dije. “Lo que usted quiera suegra” –respondió. “Quiero ver cómo calientas a tu papá y ver cómo lo haces” –le dije. “¡Pero suegra!” –exclamó. “No te hagas la santa conmigo. Además, me gustaría ver hasta donde es capaz de llegar” –le dije. “¿Lo hago ahora? Estamos solos. Mamá salió al mall con unas amigas”–dijo ella. “Apuesto que te mojaste como la puta que eres” –dije. “Sí suegra. Voy a llamarla y a esconder el teléfono para que no se de cuenta que estoy en videollamada” –respondió. Esperé caliente y desnuda en la cama, sonó el teléfono, era la putita que tenía el celular entre algunas cosas. Se notaba que estaba sin brasier. “¡Papi! ¿Puedes venir a mi cuarto?” –gritó. A los minutos estaba su papá y ella frente al espejo como probándose ropa. “¿Cómo me veo?” –le preguntó. “Podrías haber ido a la sala y preguntarme lo mismo” –le dijo él. “Sí, pero quería que me vieras aquí. Además, soy tu hija no tiene nada de malo que estés en mi cuarto” –le dijo ella. Yo me estaba tocando viendo cómo lo incitaba. “Claro que no tiene nada de malo” –le dijo. “Pero no me dijiste cómo me veo. Parece que no te gustó como me vestí” –le dice la putita. Gemía esperando que lo calentara, me metía los dedos visualizando la escena. “¡Ay Sofía! ¡Te ves bien!”–le dice. “¿Te gusta papi?” –le pregunta. “¡Sí chiquita!” –responde. “¿El jeans no está muy ajustado, papi?” –le dice dándose la vuelta. Se dio una vuelta despacio y su papá se acomodó la verga. Ese gesto demostraba que se estaba calentando. “Te queda perfecto Sofía y esa blusita te hace ver bellísima” –le responde. “¡Ay papi bello! Mira” –dice mi nuera. Se levanta la blusa y le deja ver sus tetas sin brasier. “¡Parece papi que te gusta lo que ves!” –dice ella. Se acerca lentamente y le agarra la verga, él no la detuvo, le ayudó a bajar el cierre del pantalón, la puta Sofía lo sacó y lo empezó a masturbar. “¡Ay papi que rica! Ahora sé porque mamá gime tanto” –le dice. Yo estaba caliente viendo cómo pajeaba a su papá, como si leyera mis pensamientos, lo tumbó en la cama y se la empezó a chupar tan rico; se notaba que sabia hacerlo bastante bien. Él gemía y le decía: “¡Qué rico te la comes hija!”. Sofía siguió como loca, como un animal salvaje que no soltaba a su presa.

Estaba tan caliente que verla chupar la verga de su papá me tenía temblando por los orgasmos, era demasiado rico la manera en que se la tragaba, más rico para su papá tener a la puta de Sofía chupando y tragando. La puta no paró hasta que se tragó toda la leche de su papá. “¿Te gustó papi?” –le preguntó. “¡Sí chiquita! ¡La chupas muy rico!” –le respondió. “Cuando quieras que te la chupe me dices, ya sabes lo que sé hacer”–le dice. Su papá acomodó su pantalón y salió del cuarto. “¿Le gustó suegra?” –me preguntó. “Sí zorrita, pero más le gustó a él. Ahora me voy a arreglar para coger con Mateo” –le dije y corté la llamada.

Por la noche, mientras cenábamos con mi hijo, el aire estaba cargado, nos mirábamos con ganas, comiendo despacio como si prolongáramos el momento. “¿Estás preparado para usar la cama esta noche, hijo?” –le pregunté con voz sensual, rozando mi pie contra su pierna bajo la mesa. “Sí mami, he pensando en cómo te voy a coger ahí, en hacerte gritar cómo nunca” –me respondió. “Yo tengo ganas de que me cojas como una puta. Soy mejor puta que Sofía, estaría siempre con las piernas abiertas esperándote con tal de que me hagas tu puta” –le dije. Nos dijimos cochinadas así, calentándonos, él contándome cómo me iba a poner en cuatro y culearme duro y yo diciéndole que quería chupársela hasta que me dé su leche. Subimos a mi cuarto. Él se quitó la ropa rápido, se acostó desnudo en la cama, su verga ya semierecta colgando gruesa entre sus piernas me hacía estremecer. Al fin sería su perra después de solo fantasear. Me metí al baño, me miré al espejo, respiré hondo y salí con la lencería puesta, el brasier de encaje apenas conteniendo mis tetas, la tanga marcando mi vagina depilada, las ligas tensas en mis muslos y las medias de red subiendo hasta arriba, posando como una modelo sólo para él.


Mateo se quedó con la boca abierta, su verga se puso dura al instante, palpitando. “Mamá, estás para cogerte toda la noche” –me dijo. Me acerqué despacio, subí a la cama gateando, me monté encima de él y lo besé profundo, sintiendo su verga dura contra mi vagina mojada a través de la tela. Su lengua invadiendo mi boca mientras sus manos me agarraban el culo con fuerza, amasándolo. Me bajé, le chupé esa rica verga, saboreándola, metiéndomela hasta la garganta mientras él gruñía y me agarraba el cabello. “¡Qué rica boca tienes mami! ¡Chúpamela como una buena puta!” –me decía. Obediente a sus deseos seguí chupándosela, él solo me decía: “¡Sigue puta! ¡Trágate mi verga perra sucia!”. Me calentaba tanto que me tratara así, en ese momento ya no era su madre, era solo una puta complaciendo a un macho caliente. “¡Cógeme hijo, hazme tuya en esta cama que tanto querías!” –le dije. Me puso en cuatro y ahora era yo la que gritaba cuando me arrancó la tanga y me clavó la verga de un solo golpe, entrando toda hasta el fondo, chapoteando en mi vagina palpitante. Él gruñía, sudaba, me agarraba las tetas mientras me taladraba salvaje, el sonido obsceno de mi concha cada vez que esa verga entraba y salía toda con mis fluidos de puta en celo me hacía pedirle más. “¡Ay mi niño, métemela más duro, rómpeme como a tu putita!” –le decía.

Él embestía como un animal, dándome nalgadas fuertes que me dejaban la piel roja, agarrándome del cabello para arquearme más. Grité como loca, recordando que en esa misma posición, en cuatro sobre la cama, había estado Sofía gritando por él, pero ahora era yo la que aullaba de placer, mi vagina palpitando alrededor de su verga mientras él embestía salvaje, chocando sus caderas contra mi culo. “¿Te gusta mami? ¿Te gusta que te coja en tu propia cama, que te llene de leche?” –me preguntaba sin dejar de embestir. “¡Sí papi, cógeme fuerte! ¡Lléname de leche como a la puta de tu novia!” –le respondí jadeando. Acabé dos veces así, antes era la novia la que se deshacía de placer en esta misma cama, ahora era mi vagina la que apretaba su verga, mis fluidos los que chorreaban por sus bolas. Después me puso boca arriba, abriéndome las piernas con las medias de red, clavándomela profundo mientras me besaba, tenía su pecho sudado deslizándose en mis tetas, hasta que gruñó fuerte y acabó dentro, llenándome de su caliente semen, empujando para que no saliera ni una gota.

Duramos horas, lo cabalgaba caliente; mis tetas rebotando clavándome su verga hasta el fondo, sintiendo sus manos en mi culo, él acabó dentro de mí dos veces. Era tan perverso sentir su leche caliente y espesa, mientras yo gritaba su nombre babeando de placer, hasta quedar exhaustos, sudados, abrazados en las sábanas revueltas. Caí sobre la cama de espaldas, él se me subió encima y su verga aún dura se metió con libertad en mi concha. Me cogió otra vez y me susurró al oído: “Creo que te pediré prestada más seguida la cama, mami”. “No necesitas pedirla hijo, la puedes usar cuando quieras. Además, siempre me tendrás con las piernas abiertas para que me la metas cuando tengas ganas” –le dije. Ahora me quedaba incluir a la puta Sofía en la cama para completar el placer de ser sus perras.



Pasiones Prohibidas ®

miércoles, 13 de mayo de 2026

170. El alto precio de una apuesta

Se miraron fijamente la una a la otra y se escuchó por todas las presentes: “¿Entonces aceptas el reto? ¿Sigues o dejas tus fichas y te vas?” –le dijo la Ama Roxana Mills sonriendo desafiante, dando un sorbo a su bebida y luego mordiéndose ligeramente el labio inferior. Las mujeres reunidas alrededor de la mesa redonda se detuvieron, esperando una respuesta de su oponente en la partida de póker. Su oponente, era la Ama Sandra Hernández, que no podía creer lo que acababa de oír. No es que Roxana, la morena de pechos grandes, caderas anchas y muslos atléticos, que tenía frente a ella, fuera una jugadora inexperta; pero esa no era una apesta para una partida de póker en el club. Era humillante lo que escuchaba, una degradación total delante de tantas mujeres. “¿Quieres convertirme en sumisa? Creo que eres tú quien debería convertirse en una. Eres la que encaja en el perfil” –dijo la Ama Sandra. La Ama Roxana arqueó las cejas y dio otro sorbo a su vaso con licor, miró fijamente a su oponente al otro lado de la mesa.

Después de cinco horas, solo quedaban ellas dos, las líderes entre las dominatrices del club. Las únicas con dinero y sumisas para una apuesta arriesgada en la última jugada. Sandra no esperaba algo así. Incluso podría apostar por una de sus chicas más deseadas, Rubí o incluso Jade, pero esto iba mucho más allá de lo imaginable. Pensó en rendirse, entregar sus cartas e irse, pero sabía que eso sería un insulto. Dejaría de ser la Dominatrix más admirada de la ciudad. Aunque Roxana se había convertido en la más popular en los últimos tiempos, Sandra seguía siendo la líder entre todas. Se había ganado el respeto con los años y de muchas de las sumisas de su harem, nadie tenía tantas, ni siquiera la Ama Roxana.

A pesar de su evidente declive, nadie se atrevía a desafiarla, especialmente en el club que ella misma había ayudado a fundar. Ahora una recién llegada descarada había aparecido con una propuesta indecente. Sandra pensó en abofetear a su enemiga, pero decidió no arriesgarse, Roxana tenía muchas amigas, más que ella alrededor de la mesa. No había sido una buena noche, pero la Ama Sandra estaba segura de que sus cartas eran realmente buenas. Esta vez, podría ganar fácilmente, recuperar todas sus pérdidas y ridiculizar a la elegante morena de pechos redondos y un cuerpo perfecto, pero en ese momento una puta insolente ante sus ojos que necesitaba más qué un castigo. ¿Quién no estaría celosa? Ambas en sus treinta, las dos eran unas diosas para quien tuviera el placer de verlas. “¡Vamos, mujer, qué demonios! ¿Aceptas o no? Ya no tienes dinero para apostar. Es esto o nada” –le dijo Roxana. “Mira, pequeña zorra, cuidado con lo que me dices. No soy una de tus sumisas, tengo las mejores, las más caras y hermosas; pero no quiero a ninguna de ellas, te quiero a ti, a ti como mi esclava. De ahora en adelante, durante una semana. ¡Decídete! ¿Tienes el coraje de aceptar?” –le respondió Sandra. Roxana sintió un sabor amargo en la boca ¿Quién se creía esa mujer descarada hablándole así? “¡Responde puta! ¿Qué piensas? Supongo que cuando te arrastraba como una perra adiestrada cuando fundamos el club” –le dice Sandra. “Sé razonable, Roxana, acepta la apuesta de Sandra” –le dijo una de sus amigas. “Ten en cuenta que si ganas serás la envidia de todas, ya que harías realidad el sueño de casi al tener a la mujer que muchas desearíamos tener en nuestro harem” –dijo otra. una sumisa que a cualquiera de nosotras le encantaría tener en su harem. “¡No! Me dan igual las zorras insignificantes. Tengo la mía, la mejor que todas” –respondió Roxana. Fue muy atrevida. ¿Quién se creía Sandra que era Respiró hondo e hizo una nueva oferta. “De acuerdo, entonces ¿Es eso lo que quieres? ¡A mí!” –dice Roxana con un toque de sensualidad. “¡Así es!”–fue la escueta respuesta de Sandra. “Entonces yo también te quiero esta noche, ni siquiera necesito tu dinero, sólo a ti. Si pierdo, te lo quedas todo, conmigo y las fichas. Si gano, me quedo con mis fichas y tu cuerpo, Pero tiene que ser aquí, delante de todas ¿Trato hecho?” –le dijo Roxana.

La Ama Sandra se acomodó en su silla, La oferta era buena. Demasiado buena como para que no sospechara. ¿Qué se guardaba esa indecente zorra? Debía de estar volviéndose loca. ¿Por qué no aceptarlo todo? “Vamos, ¿aceptas?” – insistió la Ama Roxana. “Acepto” –respondió Kerry renunciando a intentar averiguar las razones tras la ilógica propuesta. Ella levantó la barbilla desafiante después de aceptar, pensó que la suerte no la abandonaría en el último momento, después de una noche afortunada. Sandra sonrió aliviada, sintiéndose victoriosa. Al menos vio miedo en los ojos de la vanidosa morena, al menos un atisbo de duda. “¿Tienes curiosidad o de verdad tienes miedo? Relájate, en el fondo te gustará. Te llevaré a mi casa en el campo para jugar con tus emociones en dónde nadie pueda escuchar tus suplicas. Aullarás y gruñirás como una perra entrenada para satisfacer. Con eso me basta, tampoco necesito tu sucio dinero, sólo quiero humillarte y tener el placer de contarles a todos que fuiste mi perra” –le dice la Ama Sandra. Roxana negó con la cabeza y dio otro sorbo a su trago, mordiéndose los labios. “Si gano, me lo llevo todo. Tu dinero, mi dinero y tú lamiéndome los pies durante una semana. Tampoco quiero volver a verte por aquí” –le dijo Roxana. “Pero no estaba eso en la primera apuesta” –respondió Sandra encogiéndose de hombros, divertida por la mirada asustada de su enemiga. “¿No quieres decir qué me harás si pierdo?” –le preguntó con curiosidad Roxana. “Ya te lo había dicho antes, así qué quédate con la curiosidad” –respondió Sandra.

Se quedaron quietas, observándose. Sus sonrisas ocultaban sus miedos y pensamientos. Sandra asintió, Roxana sintió que el corazón le latía con fuerza. Permanecieron pegadas a la mirada de la otra, hipnotizadas, observándose, provocándose. Los leonas dispuesta a morir en la pelea para demostrar quien era la más fuerte. La tensión llenó la habitación. El silencio se podía cortar con un cuchillo. Roxana sujetó las cartas entre las yemas de los dedos y las giró todas a la vez, sin siquiera mirar, ni siquiera Sandra tuvo el coraje de afrontar la verdad. Un murmullo recorrió la habitación oscura, Roxana sonrió, frunciendo los labios, su lápiz labial rojo marcaba sus labios. Las dos competían por ver quién parpadeaba primero.

Era el turno de Sandra para mostrar sus cartas e hizo lo mismo que su enemiga, simplemente las volteó y esperó. El murmullo se convirtió en un rugido, un grito, una risa afectada. Las dos se quedaron pegadas, magnetizadas por la mirada de la otra. Aplaudieron muchas sorprendidas con la boca abierta sin poder creer lo que estaban presenciando. “Te dije que perderías, ¿verdad? Perdiste, cariño. Ahora eres mía. Me perteneces durante una semana” –dice Sandra. Se miraron al mismo tiempo Roxana jadeaba con la boca seca, incapaz de creerlo. Debía ser una pesadilla, una realidad paralela. “¿Qué demonios es esto?” –vociferó Roxana. “Es el amargo sabor de la derrota puta. Perdiste por arrogante, perdiste porque creíste que no podía ganar. ¡Ahora quiero lo que es mío! Súbete a la mesa y levántate la falda” –ordenó la Ama Sandra. La nueva sumisa sintió que se le nublaba la vista, incluso le faltaba el aliento. Esto no podía ser, no podía estar pasándole a ella, menos con esa mujer que siempre la ha mirado por encima del hombro; podría haber sido cualquier otra Dominatrix pero no Sandra.

Limpiaron la mesa, recogieron las fichas y las cartas. Roxana sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, pero no iba a llorar. No allí, delante de sus despreciables sumisas ni las otras mujeres. “Arrodíllate, tengo mejores cosas que hacer. ¡Rápido!”–ordenó la Ama Sandra. Quería quitarse los tacones, pero la Ama no se lo permitió. Ya no tenía el derecho de exigir, ahora solo debía obedecer aunque esa orden no fuera de su agrado. Se subió a la silla y luego a la mesa, poniéndose en cuatro como una perra bien educada. Manos apoyadas, ojos abiertos, boca seca. Una luz brillante apareció, cegándola, Las mujeres se apartaron, encantadas, ansiosas por la escena inesperada… Más aún cuando todo indicaba que Roxana era la gran perdedora de la noche. Una palmada en su cadera, otra palmada fuerte en su culo carnoso. “¡Ay!” –dijo la nueva adquisición de la Ama Sandra. “¡Silencio, sólo estoy examinando el producto! ¿Pero qué bragas llevas? No sabía que te gustaban llevarlas. Eso es para sumisas de segunda clase, pro tú eres una, ¿verdad?” –le dijo Sandra mientras le dio otra palmada en el otro glúteo de Roxana. Le rasguñó las nalgas y le enterró las uñas como una tigresa que se apodera de la presa. Luego le acarició el muslo con el dorso de la mano, sintió como a su nueva zorrita se le erizaron los pelos. “¡Ufff! Me gusta, las chicas traviesas necesitan sentir el cariño de sus dueñas” –le dice la Ama Sandra. Sally sintió un delicioso palpitar en la vagina. Ese culo era increíble, bronceado, redondo, más que sugerente. Esos hoyuelos tan bonitos marcando la tela blanca, la tanga desapareciendo entre las nalgas de su nueva esclava la hacía salivar ante la inesperada y apreciable imagen. La Ama apartó la tela y examinó los agujeros de su nueva esclava.

Un escalofrío recorrió la habitación, una risa ahogada observando las costumbres lascivas de Sandra. “¡Mmm! Chica, nos lo estabas ocultando. ¡Guau! ¿Te calientas sólo porque te miro? ¿No prefieres mis dedos, cariño?” –dijo la Ama Sandra riendo con sarcasmo. Separó los labios vaginales de Roxana hasta que apareció su interior mojado y el clítoris hinchado, palpitante. Lo examinó con curiosidad y su atención. La Ama recorrió con el dedo índice la cereza apetitosa de la ex dominatrix. Sandra inclinó la cara y besó a su putita donde más le gustaba, cuando quería que se calentaran. Un beso lascivo con la lengua provocando a la morena que ardía en lo profundo del infierno. Roxana hizo un esfuerzo por no gritar, por no gemir ante los modales indecentes de la ganadora de la noche. Abrió la boca y cerró los ojos, sintiendo la maravillosa lengua trabajando en su clítoris. Sus labios siendo mordidos, lamidos, succionados como pocos sabían hacerlo. El beso lascivo provocó a la nueva sumisa de una manera imposible de soportar. Sandra comenzó a beber sus dulces jugos, Roxana hizo un esfuerzo por no mover las caderas, por no frotarse delante de las demás. Aun así, se sentía como una hembra en celo el aroma cítrico de una hembra en celo, fue tanto que no pudo contenerse acabó haciendo que su Ama bebiera sus fluidos delante de las sumisas de ambas que miraban. “¡Ah, sí, uffff!... ¡Por Dios que placer!” –decía la novata sumisa entre gemidos. Era inevitable que sufriera, aunque no quisiera. Hubo risas burlonas y aplausos de quienes se decían sus amigas. Todas eran mujeres despreciables. “¿Te gustó eso, querida? Has aprendido a volver loca a una mujer. Sobre todo a una puta como tú?” –le dijo Sandra saboreando el momento. Sus dedos se deslizaron entre los sedosos labios de Roxana, explorando su suave piel, hasta alcanzar la entrada de la concha de la Dominante derrotada. Sandra usó su pulgar para masajear el clítoris de Roxana. Luego deslizó dos dedos dentro de su carnosa vagina y masajeó hábilmente a su nueva esclava ganada al póker

La perdedora tenía la vagina apretada. Por su experiencia a Sandra no le fue difícil encontrar lo que más deseaba, el punto más excitante de cualquier zorra, el que hace que las chicas se suban por las paredes, sobre todo a las zorras entrenadas por ella. El aroma de la concha de Roxana se hizo aún más intenso. Su cuerpo vibró y se puso aún más caliente. “¡Mierda! Así me gusta que te pongas. ¡Vamos, acaba, hazlo en mi mano ¡Déjalo fluir, chorrea, puta! Muéstrame lo que eres realmente” –le dijo Sandra. Roxana clavó los dedos en la mesa, estaba acorralada, miraba a su Ama jadeando y gimiendo. “¡Eres una maldita Sandra!” –dijo gimiendo. “La maldita fuiste tú y además ingenua al darte por vencedora sin saber que naciste para ser una puta caliente” –respondió la Ama sin detenerse para lograr su cometido. Las piernas de la sumisa temblaban, la concha le ardía como estuviera en un horno, se volvió incontrolable llegar al orgasmo. Apretó los puños, apretó los dientes y no tuvo tiempo de cruzar los talones. Chorreó, vomitando sus fluidos como si fuera orina. Lo hizo con tanta fuerza que mojó el hombro de Sandra, salpicando su cara. Las sumisas y Dominatrix que rodeaban la mesa rieron y todas aplaudieron como si fuera el final de una obra de teatro. Estaban calientes por el espectáculo.

Sandra hizo una señal con los dedos y una joven sirvienta llegó trayendo lo que quería, además del tubo de lubricante. “No hace falta. Entrará fácil. ¿Dónde está la cuerda?” –dijo la Ama. La joven estaba asustada. Sandra frunció el ceño. “¡Date prisa, chica idiota” –ordenó Sandra. Sandra lo sujetó, sintiendo el peso del instrumento, y se acercó a la cara de Kerry, mostrando el objeto de humillación que iba a utilizar con ella. “Apuesto a que has usado esto antes” –le dijo. Era un anzuelo de metal con una gran bola en un extremo y un aro en el otro. “¡Nunca!” –respondió Roxana “Lo dudo, conozco a las de tu tipo. Eres una sumisa que quiere hacerse pasar por dominatriz. No eres la primera en intentarlo” –le dice con voz intimidante. La Ama desapareció de la vista de su sumisa. Separó los muslos de ella y acarició el anillo oculto de la mujer agazapada como una perrita, era una abertura oscura, un pequeño agujero. Era el orificio anal de Roxana.

Sandra frotó el pequeño y apretado agujero hasta que estuvo justo como ella quería. El culo brilló, el placer fluyó por el orificio. Solo entonces Sally la penetró con la yema de su dedo. “¡Vamos, perra, cómeme el dedo! ¿Vas decir que no sabes cómo hacer eso ¿Nunca lo has hecho con tus zorras? Dudo que no sabes cómo hacerlo” –dijo Sandra. La sumisa cerró los ojos, concentrándose en los movimientos de sus músculos, sus esfínteres trabajando y el dedo de Sandra entrando lentamente, hundiéndose en su boca. “¡Eso es, eso es! Acepta quién realmente eres La pequeña zorra traviesa que vive dentro de ti, muéstrales cómo se hace ¿A quién no le gusta ver a una puta humillada?” –le decía la Ama mientras la zorrita solo se dejaba por ese perverso placer de que le abrieran el culo. Sandra se mordió el labio, disfrutando el momento. Acariciaba a su nueva putita, pero también preparando su culo para recibir lo que Roxana realmente merecía. “¡Vamos, cógeme! ¡Métela, termina este juego!” –gritó la sumisa provocativamente. “¡Relájate puta! Aquí ya no mandas. Yo estoy a cargo de tu cuerpo, yo decido cuándo tu cuerpo tiene un orgasmo o cuando coges. Sólo cuando yo quiero, ¿te queda claro? Además, no se trata solo de follarte el culo… No, cariño, es mejor mostrarle a todas quién eres realmente” –le dice Sandra dándole el lugar en el que debe estar, obediente a sus pies. “¡Ay!” –gritó Roxana. Sandra apenas había terminado de hablar. Tomó a la sumisa por sorpresa, empujándolo todo a la vez con fuerza. La gruesa cabeza redonda y fría le abrió el ano, destrozándola por dentro.

Maliciosa y malvada, Sandra salivaba mientras veía el culo de Roxana tragarse la esfera de metal y dejar hinchado el anillo anal. La Ama esperó un momento, disfrutando de la vista. Era su turno de sentir sus bragas mojarse. La vagina de Sandra palpitaba mientras veía el objeto contundente invadir el culo de su enemiga, pero eso no era todo, era sólo el comienzo de la tortura. Había más. Se concentró, hizo un esfuerzo, y la correa de metal se hundió en las caderas de la mujer derrotada. “¡Ah, Dios mío! ¡Me encanta, me fascina tener el culo abierto!” –decía gimiendo Roxana. Los gemidos eran de alguien que disfrutaba el momento. Con una gruesa cuerda ató el aro del anzuelo que sobresalía del culo de Roxana. Ella sintió qué su concha se contraría y su culo se ensanchaba. Un doloroso grito salió de los labios de la sumisa cuando Sandra le retorció los pezones. “¿Qué eres zorra?” –preguntaba la Ama. “Sabes perfectamente que soy” –le respondió. Retorció con más fuerza y volvió a preguntar. “Soy una mujer que disfruta del sexo” –respondió. Una bofetada le dio vuelta el rostro. “Responde como se debe puta” –dijo Sandra. Era evidente, ante quien viera así a Roxana. “Soy una puta, una zorra, una sucia puta que está para complacerla esta semana mi Señora. No puedo ocultar lo que soy, menos a usted que me hecho salir a la luz tal como soy” –le responde. La recién asumida sumisa sintió que su vagina se contraía y su culo se ensanchaba cuando el gancho se hundió en su ano. Se mordió los labios y cerró los ojos. Su cuerpo palpitaba, sus piernas temblaba, estaba entrando en celo otra vez. “¡Postura! Demuestra lo que significa ser una perra bien entrenada! ¡Postura, quiero que seas grácil, no una perra perezosa!” –le ordenó su Ama. Roxana levantó su cuerpo como una perra obediente. Una perra elegante, mostrando sus habilidades. Se veía estilosa, presumiendo ante las demás. Sus manos estaban separadas, mostrando sus uñas pintadas. Las piernas bien abiertas, demostrando que sabía cómo ser una verdadera esclava.

La sumisa sintió las manos de su Ama retorciendo su pelo y tirando de él. Su cuello fue tirado hacia atrás con fuerza, y terminó atada a la corta cuerda al anzuelo que le lastimaba el estrecho túnel. Aun así, su concha ardía de deseo Palpitaba, humedeciendo sus muslos y la mesa. Era una nueva sensación de ser humillada en público. Era el colmo de la humillación, la decadencia suprema, una total falta de respeto ¡Un ultraje! –pensó, lamentando su propia arrogancia, todo por no tener una maldita Reina de Corazones. Roxana estaba atrapada, elegante, humillada y sumisa, igual que hacía cuando castigaba a las perras que tenía en su Harem; ahora ella la perra y su Ama sacará provecho por toda una semana en su casa de campo. Aunque se sentía un poco también estaba ansiosa por saber lo que pasaría y su Ama le pediría hacer para darle placer.

Ahora bellas lectoras. ¿Cuál es el precio que están dispuestas a pagar con tal de ganar una apuesta?



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