Íbamos camino a la costa, yo manejaba y Elba con Fabiola, mi esposa iban en el asiento trasero haciendo travesuras, ambas se masturbaban. Sus gemidos me tenían más que caliente que me era casi imposible concentrarme en la ruta, pero que podía hacer, se habían vuelto cómplices para despertar mi lujuria. Lo primero que hicimos cuando llegamos fue buscar un lugar donde apagar el fuego que la lujuria había encendido en mí.
Cuando llegamos a Viña del Mar, busqué el lugar perfecto para alojarnos por el día y la noche. Encontré un departamento que cumplía con las condiciones necesarias para divertirnos y quizá ir un rato por la tarde a la playa, pero nuestro principal objetivo no era estar de turistas sino coger tranquilamente. Se lo que piensan: ¿Por qué no ir a nuestra casa? Pues tienen razón, pero cuando uno está caliente piensa más con la verga que con el cerebro. Transferí la cantidad acordada al dueño del departamento y nos fuimos. Las llaves estaban en conserjería, tomamos el ascensor hasta el octavo piso, entramos la vista era maravillosa, estábamos a casi quinientos metros de la playa. Sin dudas, el lugar preciso para dejarnos llevar por nuestra perversión.
Estuvimos por unos minutos mirando el paisaje en el balcón, pero yo me deleitaba con mis ojos en el cuerpo de esas hermosas mujeres que me acompañaban, Elba y Fabiola. Volvimos a entrar y les dije que iría a comprar algunas cosas para hacer nuestra estadía fuera aun mejor. Me fui a un supermercado y compré dos botellas de Brandy de Jerez Carlos I, las copas para beberlo y algunas cosas más en otra tienda más. Cuando regresé al departamento, me encontré con una candente escena, Fabiola y Elba estaban en la cama desnudas disfrutando de un perverso sesenta y nueve. Me quedé observándolas por varios minutos sin que ellas notaran mi presencia. Se venían sensuales disfrutando el sabor de sus fluidos y compartiendo sus gemidos de placer aunque yo no estuviera presente. Estar de espectador silencioso me ponía caliente, tanto que era casi imposible contener mis ganas de unirme a ellas pero preferí que lo hicieran solas, las seguí observando y escuchando esos deliciosos gemidos.
Ya no aguantaba la calentura, verlas me hacía hervir la sangre. Me quité la ropa en silencio y con la verga en mi mano me empecé a masturbar, pronto las dos estaban siendo invadidas por un delicioso orgasmo. Cuando salieron del trance del placer, mi esposa se da cuenta que estoy parado masturbándome y me dice: “Perdón mi amor, estábamos tan calientes que no pudimos aguantar las ganas”. “Sí cuñado, fue nuestra culpa” –dice Elba. No dije nada, me subí a la cama y las dos se lanzaron encima de mí, como hembras hambrientas me la empezaron a chupar. La perversión y la lujuria se veía en sus ojos, por la forma en que se comían mi verga. Las hice que se detuvieran y les dije: “Les tengo una sorpresa”. Me levanté y fui hasta la sala donde había dejado las otras cosas que había comprado. Al verla se sorprendieron y sonrieron con perversión. Compré un arnés con un consolador adosado, mirándolas les pregunté: “¿Quién lo usara?”. “¡Yo lo usaré! Tengo ganas de cogerme a esta zorrita” –responde Fabiola. Le ayudé a colocárselo y le dice a Elba: “Ponte en cuatro encima de la cama”: Elba lo hace sin protestar, se veía tan sensual en esa pose, con ese culo en pompa y su vagina secretando fluidos. No sé qué me calentaba más, ver a Elba en cuatro o que mi esposa se la cogería con el arnés. Luego de chupar el dildo Elba hace que mi esposa se recueste en la cama y ella se sube a horcajadas sobre Fabiola. Se deslizó suavemente sobre esa verga de plástico y empezó a moverse despacio, mi cuñada solo gemía de placer y decía: “No puedo creer todo lo que he descubierto con ustedes”. Fabiola la acalló con un delirante beso que ella respondió con total lujuria. Yo solo las observaba en silencio y disfrutada de aquella vista privilegiada que tenía. Era tan caliente ver a Elba subiendo y bajando con más intensidad, ver como esas deliciosas nalgas aplaudían al ritmo sensual que imponía alteraba más lujuria como nunca antes.
Entre los gemidos ensordecedores de Elba y los jadeos de Fabiola mi calentura crecía exponencialmente, no pude más con la tentación de meterme en ese delicioso culo que me llamaba a la perversión. Me subí a la cama y me acomodé detrás de Elba, ella dejó sus movimientos sabiendo lo que traía entre manos. Acomodé mi glande en la entrada de su ano y empujé, hasta meter mi verga a la mitad. El grito de placer de Elba se debió escuchar por todas partes. “¡Ah, qué rico¡ “¡Primera vez que hago algo así! ¡Es simplemente delicioso!” –dijo ella. Me tomé de sus turgentes caderas y empecé a moverme, lo mismo hizo Fabiola y entre los dos nos estábamos cogiendo a Elba con la mayor perversión posible. No sé si era la calentura pero los tres nos complementábamos a la perfección en la cama. Elba gritaba y gemía, mientras que con Fabiola seguíamos taladrando sus agujeros. “¡Ay Dios mío, qué placer!” –gritaba Elba mientras su cuerpo era sacudido por un delicioso orgasmo.
Después me tumbé en la cama y le dije a Elba que me la chupara. Fabiola se puso detrás de ella y se la metió por el culo, su cara de placer era excitante, sentir como su cuñada le daba el culo y estar comiéndome la verga la hacía ver más sensual de lo que es. Dentro del morbo que podía existir, también había placer desbordado por los tres y que supusimos aprovechar al máximo. Fabiola gemía y se sacudía, ya que el roce del dildo en el arnés hacía inevitable que su clítoris fuera estimulado, lo que la acercaba a cada segundo al orgasmo. Yo también no podía resistir los juegos perversos de los labios de Elba en mi verga, estaba más cerca a eyacular de lo que pensaba. Fue cosa de minutos y estaba acabando en su boca, ella lamia y tragaba cada chorro de mi semen, me miraba con ojos de niña traviesa mientras lamia mi verga de la punta a la base, no se veía ni un rastro de semen en sus labios. Una vez saciada nuestra perversión, nos quedamos tendidos en la cama, parecía algo normal, una a cada lado apoyadas en mi pecho y charlando de lo más normal. Después nos fuimos a dar una ducha y nos vestimos para degustar el brandy que había comprado, bebimos un par de copas y salimos a dar una vuelta por la playa. Comimos algo en restaurant y volvimos al departamento, allí terminamos de beber la botella de brandy y nos acostamos a descansar, el sexo nos tenía exhaustos y nos dormimos. Al despertar la mañana del lunes ya nos quedaba poco tiempo para desocupar el lugar, tuvimos que volver a la realidad de la cuidad. Mi esposa llamó por teléfono y le dijo que Elba se quedaría con nosotros el lunes y que volvería a casa el martes por la tarde.
Acabamos
el fin de semana en la playa, y a la vuelta Fabiola, Elba y yo, decidimos
quedarnos en casa y descansar un rato. No había que improvisar pijamas ni nada,
nos quedamos desnudos, total nadie vendría a visitarnos. Las dos emanaban
erotismo por todo el cuerpo. Verlas pasearse por la casa desnudas, sensuales y
sin querer provocaban mi calentura. Tal como se lo había pedido a Elba antes,
llevaba su vagina completamente depilada, lo que me calentaba mucho más al ver
esa obediencia sin cuestionar nada. Se veía que andar desnuda le calentaba
porque podía ver su deliciosa vagina emanando esos tibios fluidos que mi lengua
había saboreado. Me sentía parte de un sueño erótico, pero era tan real como
ver que al sol asomar por la mañana y cubrir con su luz la penumbra que la
noche había tejido. Nos relajamos un poco, pusimos algo de música suave y
bebimos unos vasos de whisky, podía ver a las dos diosas del erotismo sentadas
juntas riendo, mientras yo las miraba con insipiente lujuria. Fabiola conocía mi
mirada, Elba recién la estaba conociendo y me miraba con la misma lujuria que
yo lo hacía. Luego la música se tornó más sensual, entonces Fabiola se puso de
pie y empezó a bailar al ritmo de la música, ya tenía la verga tiesa al ver a
mi deliciosa mujer contonearse al ritmo de la música. Tomó de la mano a Elba e
hizo que la acompañara en su sensual danza. Después de esos movimientos que me enloquecían
siguieron manoseos descarados entre ambas, las miraba con detenimiento disfrutando
de esas indecorosas caricias que se daban.
No cabía duda, ambas disfrutaban la una de la otra, era cosa de ver como se besaban, como se tocaban y la forma en que me miraban buscando aprobación. Estaba en silencio con un vaso en la mano izquierda y con la mano derecha en la verga masturbándome lentamente y sin perder detalle. Fabiola tendió en el sofá a Elba y le separó las piernas, automáticamente su boca se dirigió a la vagina de su cuñada y la empezó a lamer con deseo, Elba gemía y se apretaba las tetas disfrutando el recorrido de esa lengua pecaminosa. “¡Qué rico Fabiola!” –le decía Elba entre gemidos. Sus cuerpos dejaban escapar sensualidad y estaba tentado a cogerme a mi esposa, dejé que siguieran jugueteando con esa lujuria que me volvía loco. Intentaba controlar mis impulsos, pero mis demonios necesitaban ser saciados. Me abalancé como un animal en celo y metí mi verga en el delicioso culo de Fabiola, quien soltó un alarido de placer. “Te habías tardado” –me dijo mientras seguía devorándole la vagina a Elba. Unidos en medio de la lujuria disfrutábamos los tres de manera descontrolada. Pasamos por largos minutos cogiendo, hasta que le dejé el culo lleno de semen a mi mujer. Ahora en completa calma me senté en sofá y dejé que siguieran en su perversión.
Esa
noche hacía calor, no solo porque era verano, también por la excitación reinante.
Me quedé sentado mirándolas con sus caras llenas de placer y sonrientes. Estaba
tan perdido en mi lujuria que recordé que hace un tiempo le había comprado a
Fabiola unas bolas chinas me fui a la habitación a buscarlas, no tardé mucho en
encontrarlas, cuando volví las dos seguían besándose de manera caliente. “Les tengo
algo para que se entretengan” –les dije. Fabiola sonrió de forma morbosa y
dijo: “Interesante regalo”. Bastaron solo esas palabras para que se pusiera en acción.
Hizo que Elba se pusiera entre mis piernas para chupármela y una a una le metió
las tres bolas en ese culo apretado, ella le estimulaba el clítoris con vehemencia,
haciendo que Elba solo pudiera resoplar de placer, ya que sus gemidos eran
ahogados por mi verga. Luego Elba se subió a horcajadas sobre mí y empezó con
un sensual movimiento, sus tetas bailaban frente a mis ojos y Fabiola tiraba
del hilo para sacar las bolas chinas de manera lenta, y se las volvía a meter,
mi cuñada estaba loca de placer, en sus ojos se podía vislumbrar lo mucho que
lo estaba disfrutando.
Luego
Fabiola sacó de un solo tirón las bolas, lo que hizo enloquecer a Elba, quien
aumento sus movimientos. Las puso cerca de la boca de Elba para que las lamiera
y ella se las metió en su más que mojada concha. Hice que Elba se volteara y se
metiera mi verga en su culo. Así obediente se puso como le indiqué y mi verga
se hundió en lo profundo de sus entrañas. Fabiola con las bolas chinas en su
vagina se acercó y lamió la concha de su cuñada con frenesí. Entre los gemidos
de Elba y Fabiola estaba como en la gloria, si existe un dios de la perversión,
él estaba presente ahí dando su aprobación a la forma depravada en que nos estábamos
cogiendo. No sé cuánto tiempo había pasado, solo sé que estuvimos hasta que ya
no pudimos más. Tras varios orgasmos de ambas y las veces que eyaculé, ya no tenía
fuerzas para nada. Como pudimos nos fuimos a la cama y nos quedamos dormidos exhaustos
pero satisfechos. La mañana llegó y nosotros apenas podíamos abrir los ojos,
fuimos a dejar a Elba al terminal de buses para que retornara a la monotonía de
su infeliz matrimonio. Obviamente ella sabía que podría venir a quedarse cuando
quisiera para sacarla de esa aburrida rutina y dejarse llevar para ser la puta
en la que se había convertido por todo el fin de semana.
Pasiones
Prohibidas ®

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