No había
empezado bien el día. Como uno de tantos, la mañana había comenzado con un
nuevo cruce de acusaciones entre mi esposa y yo. No podía decirse que las cosas
estuvieran yendo bien los últimos meses, incluso quizá los últimos años. Ni
desayunar en casa me dieron ganas, porque estaba deseando salir de ella y poder
pensar que había otra vida. Tras 18 años de matrimonio, las cosas no iban ni
bien ni mal; sencillamente, pareciera que no iban. Los años de Universidad y de
risas, de fiestas, de copas, habían dado paso a otros años donde las fiestas no
eran menos divertidas, aunque sí algo menos alocadas. El sexo, por el
contrario, había seguido siendo el mismo. Habíamos evolucionado poco en nuestra
técnica, en nuestras fantasías, que jamás se habían visto cumplidas o por
atrevidas, según opinaba ella, o por inexistentes, según intuía yo. Me subí a
mi auto con rumbo al trabajo, el auto
avanzaba lento por las calles de la bulliciosa ciudad. Todos parecían
tener prisa por llegar a su destino. Todos parecían que tenían claro el
objetivo de su día, el objetivo de su vida. Esa maldita sensación de que la
vida se escapaba sin saborearla al máximo estaba siendo un sabor demasiado
continuado en mi paladar cada mañana.
Pasar cerca de la Universidad cada mañana era un soplo de aire fresco. A mis 42 años, no me podía considerar ya un viejo verde, pero la sensación de avanzar entre jóvenes me devolvía por unos minutos a mi vida de juventud, a esa vida donde uno piensa que la vida es un libro donde uno tiene la posibilidad de escribir cada página a su antojo y a veces uno se queda sin tinta en el bolígrafo, y otras, sencillamente deja pasar hojas sin rellenar, a sabiendas que luego, uno puede lamentarse.
Entre esas hojas en blanco, sin duda, estaba la infidelidad a mi esposa que jamás había cometido y siempre había sido una de las páginas que más me hubiera gustado escribir. Avanzar entre jóvenes de 20 años no era el mejor sitio para olvidar ese sueño. A pesar de ello, siempre guardaba especial cuidado en circular lo más despacio posible para no tener problemas con las cada vez más numerosas bicicletas que el Campus atraía. ¡Qué distintos los tiempos!
De acuerdo, el hecho de ir despacio también me permitía poder examinar de manera más que detenida los cuerpos de las chicas que acudían puntuales a su cita con la Sabiduría. Gracias a mi prudencia, he podido evitar más de un accidente. La chica que avanzaba a mi lado por el carril bici era del tipo que es imposible no mirar. Una falda corta, camiseta blanca ajustada y esa prenda objeto de culto: una chaqueta de jeans, pañuelo al cuello y un bolso enorme eran los complementos perfectos para ser la chica fashion que tendría que rivalizar con cientos de competidoras en cuanto a ropa, accesorios y peinado. Qué diferente la Universidad hoy en día de la que yo recordaba y cuánto enviaba a los chicos de ahora.
Fue rápido y casi como esas pruebas de los concursos donde se encadenan golpes, bolas que caen, palancas que accionan motores que mueven poleas que suben cubos que bajan pelotas que mueven objetos. Un grupo de jóvenes hablaban animadamente en una esquina, junto a un semáforo, cuando pasaba la chica a la que venía observando desde hacía unos minutos. Una gorra que salía volando, impactaba en la cara de otra chica, que sin poder evitarlo y como un acto reflejo dio un paso atrás mientras empujaba a otra chica que estaba justo detrás de ella. Esta retrocedió de manera involuntaria quedando su pie en el aire, al terminar la acera bajo su cuerpo y precipitarse justo hacia atrás sobre el carril bici, metiendo el zapato entre los rayos de la rueda delantera y empujando a la chica de la bicicleta. En ese momento yo estaba justo a la altura de ella y pude ver cómo intentaba sujetarla o frenarla con una de sus manos, mientras el movimiento hizo que su bolso resbalara de su hombro y las asas se deslizaran a lo largo de su brazo, cayendo hasta el manillar. Anticipando lo que iba a ser una caída casi segura, bajé más la velocidad hasta notar el sonido de la bicicleta deslizándose por el espejo izquierdo de mi auto a lo largo de la puerta del acompañante y cómo la chica iba perdiendo el equilibrio hasta que acabó tumbada sobre el capó delantero del coche. Balance: La rueda delantera con algunos rayos rotos, una pequeña herida en la pierna producto seguramente del roce de su piel contra alguno de los rayos que quedaron sueltos y la falda un poco subida y naturalmente, unos preciosos arañazos en el lateral de mi coche.
En un instante, la chica estaba rodeada de esos jóvenes que habían provocado su accidente, la bicicleta había quedado en el suelo y yo mirando el panorama, pero lo peor, era que me sentía el padre de todos esos muchachos. Con mi traje y mi corbata, contrastaba con el aire desenfadado del resto. La chica se disculpaba ante mí, pidiendo perdón por cómo había quedado la puerta de mi coche, por el susto que me había dado y sobre todo, sin poder asumir como culpa suya y diciendo que había sido empujada por ese grupo, ante cuyas palabras y constatando que la chica estaba bien, habían comenzado a dispersarse con la consabida consigna de: “Tonto el último”. Allí quedamos la chica, su bicicleta y yo. Lógicamente, salió el caballero rescatador que todos llevamos dentro. “¿Estás bien?” –le pregunté. “Siento mucho no haber podido evitar que tu coche sufriera el roce de la bicicleta. Imagino que algo debo hacer al respecto aunque mi bici no tiene seguro” –decía ella mientras sonreía y miraba su reloj. “¿Vas tarde?” –le pregunté. “Creo que en el estado que ha quedado la bicicleta no puedes usarla, así que deberíamos buscar algún sitio donde repararla” –añadí. “Digamos que ya no llego a la única clase que tenía hoy” –me respondió. Mientras decía eso, sacaba un paquete de toallas húmedas de su bolso para limpiar unas pequeñas gotas de sangre de su pierna. “¡Más encima estás herida!” –le dije en tono serio. Me agaché y pude ver de cerca esa pierna que se ofrecía realmente suave y firme al tacto. “Espera que en el coche tengo un pequeño kit de primeros auxilios” –dije mirándola a los ojos. “No te molestes” –dijo ella, usando esa forma tan natural que les sale a las jovencitas a la hora de tutear a cualquier persona por muy mayor que sea. Yo me sentía realmente mayor al lado de una preciosidad como esa. “No creo que me haga falta el boca a boca ni la reanimación cardiorrespiratoria” –me dijo sonriendo.
Antes de que pudiera darle tiempo a reaccionar, tenía un algodón empapado con agua oxigenada y me estaba agachando junto a su pierna. Ella tomó el algodón y me lo arrebató de las manos mientras sonreía: “Deja, que no me parece bonito que encima de haberte dañado el coche, retrasado en tu camino al trabajo, supongo, estés ahí, agachado delante de mi curándome. Además, que no es tan grave”. “Yo diría que lo que no te parece bonito es que un viejo como yo pretenda tocarte la pierna con la excusa de tu herida, que es lo que realmente pretendía”–le dije mientras le sonreía. “Yo aún no he visto a ningún viejo por aquí, francamente. Y te digo más, a un hombre como tú, no le hacen falta excusas para tocar una pierna ni otras cosas” –me dijo. En ese momento, me di cuenta que me estaba mirando de arriba abajo, mientras pasaba el algodón por su muslo. Lo hacía sin prisa, queriendo que notara que me miraba y que no era una mirada superficial, sino profunda. Dejé de imaginar cosa, porque a esas alturas, ya estaba empezando a imaginarme otras cosas que no serían confesables jamás, salvo al sacerdote de mi colegio, claro está, pero porque siempre se empeñaba en sacarnos los malos pensamientos con alguna “amiguita”. “Mira, si te parece, y como no creo que a estas horas podamos dejar tu bicicleta en algún taller para repararla, podemos esperar a que abran desayunando, ¿te parece? Yo no he tomado nada aún y ya que se me ha pasado el susto de haberte podido atropellar, me está entrando hambre” –le dije. “Pero, ¿y la bici?” –dice ella. “Prometo devolvértela. En cuanto abran, la llevamos al taller que la reparen” –dije sonriendo mientras abría el amplio maletero trasero de mi auto. Eché los asientos hacia delante, plegándolos, dejando sitio para que la bici pudiera entrar sin problemas. “Vamos, siéntate y ponte cómoda, que te invitaré al desayuno completo” –le dije. “¿Completo?” –preguntó ella sonriéndome maliciosamente. “Parece que aquí las cosas están cambiadas” – dije yo mirándola fijamente a los ojos y sonriendo de la manera que recordaba años atrás, era garantía de éxito entre las chicas. “Debería ser yo quien tendría que estar insinuando toda suerte de dobles sentidos con una chica tan guapa y tan sexy como tú, y no al revés. Dije completo, porque hay que empezar el día con energía, con fruta, con tostadas, con cereales y con leche” –le dije. Mientras decía esto, ya había arrancado el coche y nos encaminábamos a una zona donde pudiera estacionar junto a la cafetería y eso sólo es posible en esos sitios donde sacamos lo peor de nosotros mismos: Un polígono industrial. “Si no te importa, prefiero empezar por lo último, por la leche” –me dijo de manera perversa. Su mano se dirigió a mi cinturón, que abrió de manera lenta y sugerente, mientras alternaba su mirada a mis ojos con otras miradas a lo que iba apareciendo a cada gesto que sus manos hacían. Desabotonó mi pantalón y bajó suavemente la cremallera, dejando a su vista mi ropa interior, pero que dejaba ver la erección que me estaba provocando lo directa que era aquella chica. “Solo conduce, que cuando menos te lo esperas, se puede producir un accidente. Te lo digo por propia experiencia” –dijo mientras sacaba mi verga del slip sujetándola por la base con su mano, dejándola totalmente erecta y lista para la acción.
Con mi verga en su mano, acercaba su boca hacia mi verga mientras jugaba con sus ojos buscando los míos, con la boca levemente entreabierta y su lengua juguetona a lo largo de su labio inferior. “Aún no sé el nombre de la chica que está a punto de chupármelo” –dije. “¿Acaso importa?” –respondió con una voz absolutamente embaucadora que daba muestras más que sobradas de lo acostumbrada que estaba a dominar estas situaciones y por tanto, a los hombres. Su cabeza estaba ya debajo de mi brazo y su mano acariciaba lentamente mi muslo derecho, justo el pie que pisaba el acelerador, algo peligroso a todas luces, porque estaba deseando que quien lo pisara fuera ella y se metiera de una vez mi verga en esa deliciosa boca. “Vamos, no te demores más y trágatela ya, ¡Zorra!” –dije sorprendiéndome a mí mismo de oírme hablarle así groseramente. “Veo que por fin has dado con mi nombre” –dijo sonriendo al tiempo que daba el primer lengüetazo a mi glande. La imagen no podía ser más sensual y más surrealista al mismo tiempo. Sensual, porque la chica tenía su suave y lisa melena morena apartada a un lado de su cabeza y reposaba sobre mis muslos. Sus perfectos labios pintados de un suave tono rosa la hacía aún más sensual y ver esa boca que jugueteaba ahora descaradamente con mi glande, haciendo pequeños movimientos de su lengua alrededor del mismo, me estaba volviendo loco. Surrealista, porque jamás pensé cuando esa mañana salía de casa, que pudiera encontrarme en una situación como esa, de manera inesperada, fortuita y sobre todo, impensable en mi monótona y calculada existencia.
Aún no había reaccionado. Me limitaba a dejarme hacer, me limitaba a vivir esa experiencia que me estaba brindando una chica desconocida de unos 20 años, quizás un poco más. A ciencia cierta, no podía ni estaba en situación de hacer otra cosa que disfrutar de ese momento y simplemente me dije que no podía dejar pasar la ocasión. Deslicé una de las manos del volante y sujeté su cabeza, empujándola hacia abajo haciendo que mi verga entrara en su boca mucho más de lo que había hecho hasta ahora, que se había limitado a succionar levemente al glande y a lamerlo pasando la lengua alrededor de él. “Vamos, trágatela de una vez” –le dije empujando su cabeza hacia abajo. “¡Uy sí, quiero comérmela toda!” –dijo. Acerté en interpretar que decía mientras se notaba que tenías la boca totalmente llena de mi verga. “Parece que te gusta ser usada, que disfrutas más cuando te digo lo que quiero que hagas” –le dije intentando tantear si era una suposición mía o estaba ante una autentica jovencita deseosa de entregarse a un hombre maduro como yo. Ella se limitó a sacarla de la boca, dejando caer una buena cantidad de saliva sobre la punta de mi verga y mientras me pajeaba con movimientos lentos y largos, haciendo que su mano se deslizara desde la punta de mi miembro hasta la misma base, para ascender de nuevo con una suavidad y una presión deliciosa, se acercó a mi boca y me besó sin quitar su mirada en ningún momento de mis ojos. Fue un beso largo y profundo, como parecía que esta chica hacía todo. Nada era superficial; ni vago; todo estaba perfectamente predeterminado. Esa decisión, esa seguridad que da la juventud, justo por vivir de manera despreocupada sin pensar en consecuencias. En solo dejarse llevar por un deseo que sentía en ese momento.
Su boca jugaba con la mía. Sus labios y los míos no paraban de buscarse, separándose y volviéndose a juntar. No era un beso de película, era un beso lleno deseo, era un beso en el que compartíamos saliva, y no poca, porque su ansiedad por sentirse dentro de la mía, la hacía abrir mucho la boca para que pudiera entrar en ella. La besaba como si no hubiera nada más que hacer, pero lo había. De hecho, mi ansia al besarla venía motivada por la paja tan monumental que me estaba haciendo. Ni mis propias pajas mañaneras que algunos días me regalaba, tenían la habilidad de en cada movimiento, pasar por tantos puntos diferentes y sentir la juventud de esa mano, también ayudaba a que mi excitación fuera en aumento, haciendo que mi verga se pusiese aún más dura de lo que ya lo estaba a esas alturas. “¡Dame más saliva!” –susurró a mi oído cuando se separó de mi boca sin pedir permiso para hacerlo. “¿Cómo?” –pregunté yo sin entender exactamente qué quería. “¡Que me regales más saliva, que quiero llenarme la boca de ti!” –me respondió. Sin entender muy bien qué estaba pasando, recogí de mi boca toda la saliva que encontré y la concentré en la parte delantera, pegada a los labios cerrados que fui entreabriendo poco a poco al sentir que ella juntaba su boca a la mía y con su lengua, muy hábil, tenía que reconocerlo, fue robándola y llevándosela a su propia boca para luego, tras un suave beso, volver a bajar hacia mi verga. Apenas llegó a ella, dejó caer toda la saliva que había acumulado, notando como su propia boca volvía a recuperarla, haciendo que mi verga se notara empapada de esa saliva cálida que la envolvía, unida al calor de su propia boca. Era increíble las sensaciones que esa chica estaba dándome en apenas unos minutos.
Aún no parecía entender que tenía a una joven dispuesta para mí en mi propio auto; una chica que minutos antes iba montada en una bicicleta en dirección a sus clases de Universidad. Cuando me percaté de la situación que estaba viviendo, no pude por menos que mirarla de arriba abajo, pasando mis ojos por todas las curvas de su cuerpo. Sus piernas, ahora podía percibirlas mejor, tenían unos muslos firmes y redondeados que serían la delicia de cualquier hombre de mi edad. Bueno, de cualquier hombre, independientemente de la edad que tuviera. Mi mano se escapó hacia ellos, buscando sentir la suavidad de su tacto. Ella, recibió mi caricia sobre sus muslos, entreabriendo sus piernas suavemente, en lo que era toda una invitación a usarla. Mis manos buscaban el borde de su falda para avanzar bajo ella buscando su ropa interior. Cuando la alcancé, el tacto suave del algodón me recordó la poca edad de la chica y lo diferente que era su ropa interior a la que mi mujer usaba. Mis dedos apartaron la braguita para hundir un dedo en su vagina. Un excitante gemido fue la reacción a mi penetración. Al tiempo, acrecentó la violencia de las chupadas que su boca le estaba dando a mi verga. Lentamente, notaba como sus piernas se estaban abriendo aprobando mis avances, ante lo que me iba creciendo, haciendo más atrevidas mis incursiones. Saqué ese primer dedo y lo deslicé a lo largo de sus labios vaginales. Tenía una perfecta y depilada vagina que me estaba volviendo literalmente loco. Junté dos dedos y avancé decidido hacia una segunda penetración. Otro dulce gemido salió de sus labios. Evidentemente, algo estaba claro y era que aún tenía mucho que disfrutar si le gustaba ser penetrada.
No había vuelta atrás y sobre todo, era la primera vez que me ocurría una cosa así, así que decidí que era el momento de cumplir todas mis fantasías y de dejarme llevar por el placer sin importarme nada más. Durante toda mi vida, solo había habido una mujer, un solo cuerpo se me había entregado, una sola boca había chupado mi verga y una sola vagina había tocado, perforado, taladrado, penetrado. Hoy se me ofrecía lo que tanto había soñado y nunca me había atrevido a buscar, pero era diferente, no lo había buscado, sino que había venido a mí. Decidido a dejar salir mí verdadero yo, tantas veces reprimido, como ya estábamos en medio de esas fábricas y talleres junto a la Universidad, decidí buscar una calle más tranquila y encontré una sin salida con un enorme descampado al fondo, y hacia allí dirigí el vehículo. Frené, eché el freno de mano y me dediqué a tocarla. Mis manos estaban desatadas y no podía creer lo que un cuerpo tan sensual estuviera a mi disposición, así que le quité la chaqueta de mezclilla que tenía puesta y la tiré al asiento de atrás, mientras ella buscaba una y otra vez mi verga cada vez que al desvestirla tenía que dejar de chuparla. No podía esperar siquiera a quitarse la camiseta, y pretendía lanzarse de nuevo por ella. “¡Espera, Zorra, que no vas a pasar hambre esta mañana! No te apures, que tendrás tu leche. Te la daré para que te la bebas toda y no dejes escapar ni una sola gota” –le dije mirándola a los ojos directamente, esperando ver la reacción a mis palabras. “Eso espero, y hazlo pronto, que cuando pruebo el sabor del semen, es cuando verás lo puta que puedo llegar a ser” –decía ella mientras me miraba y pasaba sensualmente un dedo por sus labios Le saqué la falda, mientras que no tuve la misma paciencia con sus braguitas de algodón, a las que le metí dos dedos y de cada mano para romperla y arrancárselas sin necesidad de quitársela. “Me pone muy perra que me rompan la ropa” –me dice con un tono endemoniadamente sensual. “Y a mí me pone sentir una vagina empapado como he notado la tuya antes” –le dije mirando su desnuda concha tras haberle arrancado las bragas. “¿Así que te gusta lo mojada que está mi vagina, no?” –me preguntó mientras apoyaba su espalda en la puerta y se ponía totalmente de frente a mí, subiendo una pierna sobre el tablero y la otra, pasándola entre los dos asientos delanteros para quedarse totalmente abierta de piernas ofreciéndome su vagina. Mientras decía eso, sus dedos jugaban con su clítoris con una mano y los dedos de la otra, no paraban de mover los labios vaginales a un lado y a otro, separándolos lentamente y volviéndolos a juntar, mientras de vez en cuando, se llevaba los dedos a la entrada de su vagina para meter la yema de los dedos y llenarlos de la brillante humedad que emanaba de su sexo caliente.
Seguía jugando con sus dedos con sensualidad, gimiendo delicadamente, disfrutando cada segundo. “A mí también me gusta sentir mi vagina mojada mientras me masturbo para un hombre mayorcito como tú” –dijo mientras forzaba su voz haciendo que aún pareciera más infantil, sin querer darse cuenta del juego peligroso al que estaba jugando, poniéndome tan caliente. “Pues disfrutemos los dos” –le dije mientras yo seguía pajeándome lentamente sin quitar mis ojos de esa rosadita vagina. “Pero seguro que a una zorra como tú le gustará también sentir algo más que suaves caricias de sus dedos en su vagina” –le dije caliente y deseoso por cogérmela. Mientras ella seguía tocándose y mirándome descaradamente a los ojos, me acercaba poco a poco. No recordaba lo incómodo que era tener sexo en el auto, pero al tiempo, lo morboso de verme ahí, donde cada aburrida mañana me veía dirigiéndome hacia el trabajo, ahora estaba teniendo sexo con una desconocida. Empecé a lamerle la pierna a la altura de la rodilla, lentamente, besándola mientras ella miraba hacia abajo sin dejar de mantener la mirada fija en mis ojos y yo sin querer dejar de mirar su vagina a la que cada vez me acercaba más. El olor suave y sensual de su cuerpo invadía todo el coche. Mis manos subían por un muslo mientras que mi boca iba subiendo por el otro, al mismo tiempo que ella seguía acariciándose lentamente el clítoris. “¡Quítate el brasier, quiero verte las tetas y los pezones!” –le dije. Ella parecía resistirse a dejar de tocarse, por lo que decidí avanzar de manera más rápida hasta que por fin, estando delante de su vagina, abrí mi boca por completo y noté que mi lengua estallaba contra toda su concha, contra sus labios, contra su clítoris, contra su vulva, tenía mi boca totalmente abierta y sentí ese primer contacto de una vagina joven, una vagina diferente a la que había estado presente en mi vida desde que era un adolescente. Por fin, tenía otra concha en mi boca, ¡y qué concha!
No quería mover la lengua, ni la boca, ni los labios, me encontraba totalmente pegado a ella notando su calor y notando casi las palpitaciones que su clítoris sentía a cada golpe de latido de su corazón. Retiré suavemente la boca mientras ella cerraba los labios tras de cada centímetro que me retiraba, notando cómo mis labios eran los que iban notando su clítoris, y su vulva, sus labios, su sabor, hasta que por fin, junté los labios y le da un beso delicado, para luego sacar la lengua y empezar a lamer sin parar ese clítoris que me estaba llamando. Lo acorralaba, sin dejarlo escapar, lo aprisionaba contra su propio cuerpo y lo empujaba hasta que finalmente, cedía y se escapa hacia algún lado sin que mi lengua pudiera mantenerlo firme, para volver a atraparlo de nuevo en su posición inicial, una y otra vez, sin parar, notando como la respiración de mi entregada estudiante se iba agitando irremediablemente. De vez en cuando, miraba hacia sus ojos con los que me encontraba una y otra vez. Se notaba que casi más que la lamida que le estaba dando, la excitaba sobremanera ese contacto visual, sentirse observada, sentirme mirada y mirar a la vez, a la persona a la que había decidido entregarse en esa mañana. “¡Eso, lámeme así y cógeme con tus dedos!” –decía jadeando y pellizcando sus pezones, regalándome una imagen tan diferente a la que estaba acostumbrado a ver. Sin esperar un instante, mis dedos se metieron en su vagina de manera violenta y profunda, al tiempo que mi lengua seguía lamiendo y mis labios devorando su clítoris y sus labios vaginales, jugando con ellos. “¡Sí, así! ¡Más adentro!” –decía sin dejar gemir y de mirarme. Me estaba volviendo literalmente loco y notaba que ella se estaba acercando al orgasmo así que incrementé el ritmo de la penetración con mis dedos, al mismo tiempo que mojé el dedo gordo de mi otra mano y lo empecé a meter en su culo lentamente. “¡Voy a acabar! ¡Sigue, no pares por favor!” –gritaba con lujuria. “¡Eso putita acaba!” –le decía. “Sí, ya viene el orgasmo, no pares!” –gritaba y bufaba. Se movía adelante y atrás lo que permitía que mis dedos siguieran dentro. Al fin el orgasmo la estaba dominando, sus gemidos eran tan intensos que sentía como si se amplificaran en el auto que tenía sus vidrios empañados.
Cuando el orgasmo dejó de causar estragos en el cuerpo de la sensual desconocida, me cambié al asiento de atrás y ella entendió a la perfección lo que iba a suceder. Se subió encima de mí en horcajadas y se ensartó mi verga en la concha. Abrió la boca y bajó lentamente, un suspiro erótico salió de sus labios y me dijo: “¡Hace tiempo que tenía ganas de coger con un hombre mayor! ¡Me tienes tan caliente!” –me dice. Yo estaba como loco chupando sus exquisitos pezones, mientras ella se movía lentamente encendiendo más mi deseo por ella. Estaba agarrado de su cintura disfrutando de esos candentes movimientos, me enloquecía, me ponía caliente tenerla encima de mí gimiendo. “¡Ay, qué rico!” –decía aumentando sus movimientos. Sentía como la vagina le palpitaba y succionaba mi verga, sus gemidos se hicieron deliciosamente intensos y mi verga también palpitaba, ambos estábamos cerca del orgasmo, nos besábamos con lujuria, la chica desconocida me decía: “¡Quiero esa leche que me prometiste!”. Ya totalmente perdido en la lujuria acabé deliciosamente en su conchita, ella me miró con una deliciosa sonrisa y me dijo: “¡Se siente caliente!”. Ella continuó con sus movimientos mientras chorros de semen seguían llenándole la vagina y el orgasmo golpeó su juvenil cuerpo que se arqueaba perversamente.
Nos vestimos, bajamos del auto para arreglar nuestra ropa y nos besamos como dos adolescentes. “¡Qué rico desayuno me diste!” –dijo. Yo metí mi mano debajo de su falda tocando su vagina y le dije: “Esa es la idea, cumplir lo que se promete”. La llevé a la universidad y le dije que pasaría por ella más tarde para entregarle la bicicleta, ella sonrió y me dijo: “¡Verdad! Se me había olvidado”. Cuando se bajó del auto le dije: “Nos volveremos a ver pronto”. Ella sonrió perversamente y me dijo: “Eso tenlo por seguro”. Intercambiamos teléfonos para devolverle la bici. Como ya había el tiempo, llamé a la oficina y dije que estaba enfermo, perdí ese día de trabajo pero gané la más sensual de las experiencias con una sensual chica más joven que yo. Con el paso de los días nuestros encuentros se hacían frecuentes y los viejos edificios de las fábricas eran los mudos testigos de nuestra calentura.
Pasiones Prohibidas ®

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