Sin más dilación abrió la puerta y atravesó el umbral. Ella estaba sentada frente a la ventana, mirando hacia los campos. Al oírlo entrar se dio la vuelta, temblando de terror. “¡Ven!” –le ordenó él suavemente. Ella, demasiado aterrorizada, no consiguió moverse de la silla. Pudo ver brillar el pánico en sus ojos, sabía que le esperaba un castigo terrible por no poder obedecer, pero éste no llegó. En vez de eso Alberto se acercó a ella y la besó en los labios, diciéndole que se calmara, que no le haría ningún daño. La tomó de la mano y la levantó, ella parecía no entender nada. La llevó al baño y empezó a desabrocharle la camisa, a lo que ella volvió a temblar. “¡No te asustes, no voy a hacer nada que tú no quieras, sólo quiero enseñarte algo!” –le dice. Poco a poco, con gentileza, la desnudó por completo y la observó. Realmente estaba como un tren. Le dijo que se sentara frente a él, de espaldas, y la chica lo hizo con dificultad, pues esa misma mañana habían tenido una sesión de sexo anal que sin duda la había destrozado.
Él tomó un frasco de aceite y se sentó detrás de ella, empezando a masajearle la espalda. Poco a poco abarcó más zonas de ella, hasta que finalmente, pasando sus manos por debajo de las axilas, empezó a estrujarle suavemente los pechos, y se sorprendió gratamente al ver que tenía los pezones duros: realmente le estaba gustando. Siguió así durante un rato, besándole la espalda y mordiéndole suavemente el cuello, a lo que ella correspondía con suaves gemidos. Bajó una mano hasta su pubis y ella volvió a ponerse tensa de golpe. “¡No te preocupes, detenme si te duele!” –le dice el joven esposo. La chica se relajó un poco y él, con la mano untada de aceite, la acarició con suavidad, empezando a separarle los labios y pasando un dedo por en medio. Poco a poco notó como se mojaba y una vez estuvo lo bastante lubricada, se levantó. “Ven, vamos a la habitación, así estarás más cómoda” –le dijo Alberto a la joven Ana. Se notaba que la chica no podía creer lo que le estaba sucediendo, el chico que había entrado por la habitación distaba muchísimo de la bestia de la noche de bodas que la obligó a tragarse su semen o del monstruo de esa misma mañana que la había enculado y empalado con fiereza. “Si tan sólo pudiese ser siempre así” –pensó ella. Él la acostó, poniéndole cojines detrás de la espalda para que estuviese más cómoda y se arrodilló en el suelo.
Le besó primero los muslos, insinuante, dándole pequeños lametones luego, aunque sin llegar en ningún momento a la zona más íntima de ella. Notó como la excitación de ella iba en aumento, pues empezó a levantar la cadera, acercándola a su boca. Alberto ya mordía y lamía justo la ingle, y pasó a la otra dando un buen lametón a sus labios, y la oyó suspirar fuerte. Después de unos momentos más dejándola con las ganas, atacó directamente y empezó a lamerle los labios una, y otra vez, arriba y abajo, separándolos con la lengua, sorbiéndolos y mordiéndolos con mucha delicadeza. Ella no podía más. Con toda seguridad y como correspondía a una doncella de alta alcurnia, nunca había tenido ningún amante, se la entregaron virgen y nunca se había masturbado, por lo que ese iba a ser su primer orgasmo. Notó cómo asomaba el clítoris y se dedicó a él, dándole intensos lametones mientras metía dos dedos en su interior y empezaba a moverlos. Ella, ya gimiendo como una loca, se contrajo sobre sí misma tomándole la cabeza y acercándole más a su vagina, tardó pocos segundos en acabar abundantemente, gritando de placer. Alberto no dudó en tragarse todos sus fluidos y cuando notó que ella se relajaba, volvió a lamer directamente su zona más sensible, provocándole otro orgasmo casi inmediato. Se sucedieron dos más y finalmente un quinto, tras el cual Ana quedó absolutamente exhausta, con una enorme sonrisa en la boca. “¿Qué te ha parecido?” –le preguntó él, sonriendo. Ella lo miró con admiración, sin poder siquiera contestar y reclinándose sobre la cama le dio un ardiente beso. Él se lo devolvió y sin buscar satisfacerse, le dio las buenas noches. Se tumbó en la cama, de espaldas a ella. Al cabo de poco notó como la chica se abrazaba a su cuerpo para dormir, y así cerró los ojos.
Le despertó la luz matinal cuando se dio cuenta que no había sido la luz matinal quien le había despertado. Una agradable sensación le llamó la atención y se dio cuenta, por fin, de que Ana le había sacado la verga y se la estaba chupándolo, haciéndolo de una forma muy inexperta. Le daba besos y tímidos lametones con los que él apenas sentía nada y luego intentaba ponérsela en la boca, aunque a duras penas pasaba del glande. Al ver que estaba despierto, esbozó una sonrisa, seguro de que así lo complacería. Él la saludó con una fuerte bofetada que la tiró de la cama. La chica lo miró con ojos llorosos. “¿Se puede saber a qué ha venido eso?” –le preguntó él. “Sólo intentaba…” –fue lo que Ana alcanzó a decir siendo callada de otra fuerte bofetada en la misma mejilla, que recibió con un chillido. “Primero, ni te atrevas a hablar si no te he dado permiso. Segundo, ¿he oído bien? ¿Te estabas quejando por un castigo? Si te castigo es por tu puta culpa, pedazo de imbécil, así que lo aceptas con gusto. Tercer error: aquí se coge cómo y cuándo yo digo, a menos que yo lo disponga de otro modo, no te tomes la licencia de chupármela por tu cuenta. Lo que me lleva al cuarto punto. ¿A eso le llamas chupar una verga, zorra inútil? Me da más placer tenerla en los calzoncillos” –le dijo Alberto. Se detuvo por un momento para ver cómo brotaban las primeras lágrimas, mezcla de dolor, impotencia e humillación. “Me dijeron que hacía buen negocio casándome contigo. Obediente y servil, me dijeron. ¡Inútil y estúpida, les respondo yo!” –dijo Alberto con tono molesto.
Llegado este punto, ella lloraba desconsoladamente, lo que le divirtió bastante. “No creas que te quedarás sin castigo y sin aprender a chupar como es debido. ¡Ven aquí!” –le dijo mientras buscaba algo en un cajón. Ella se acercó con miedo. “De momento te quedarás el resto del día en la habitación, y hoy no comerás” –sentenció el esposo. Ella lo miró con los ojos abiertos, sin lograr, o sin atreverse a decir nada. Rápidamente le puso un collar metálico en el cuello y lo cerró, atándola violentamente mediante una cuerda a un asa de hierro que sobresalía de una pared. “Así, como la perra en la que te voy a convertir” –le dijo. Sin más, se marchó. Ese día aún tenía muchos asuntos que atender, debía disponerlo todo para la reunión del día siguiente. Bajando por las escaleras de la torre se cruzó con Sandra, que le lanzó una mirada provocativa y una media sonrisa de confidencia: Sin duda iba a poner en marcha su parte, convertirse en el salvavidas de Ana.
Entró a su oficina, detrás llegó Ester. “Hola Ester” –le dijo mientras se apoyaba en el respaldo de la silla. “Bueno días mi Señor” –respondió ella, respetuosamente. “¿Qué asuntos importantes hay en el día de hoy?” –le preguntó, era el momento de su agenda diaria, a la que esos días había desatendido a causa de su reciente boda. “Ha venido un hombre de San Joaquín a ofrecer a su hija como sirvienta” –- a ofreceros a su hija como sirvienta. “¿De San Joaquín?” –le preguntó. Es una población pequeña y cercana. “Así es mi Señor. Alberto quedó pensativo unos instantes, le dijo: “Entonces o es una zorra muy fea y por eso no la quiso el señor de la ciudad, o es una belleza y quisieron sacarle más partido que la mermada fortuna de aquél tonel con patas. ¿Dónde están?”. “Siguiendo sus órdenes, los he alojado en las casas de cerca de la fragua, como me dijo que hiciese con este tipo de demandantes” –le respondió. “Bien, me ocuparé de ellos luego. Sigue” –dijo el joven Amo. “Tiene unos arrendatarios en la zona oeste que este mes no han pagado los impuestos” –le dijo la muchacha con toda calma. “Iré a verlos antes de la hora de comer, avisa a José y la guardia personal para que estén listos a las doce” –le dijo Alberto. José era el jefe de su guardia, además de su amigo, un cuerpo especializado de élite de veinte hombres cuya única misión era proteger su vida a costa de la suya propia, si hacía falta. Ester terminó de apuntar. “Después de comer, saldrá de caza con Ramón de Galoza, que llegó ayer por la noche” –prosiguió Ester. “Bien, excelente” –dijo él. Ella quedó en silencio, dubitativa. “¿Algo más?” –preguntó Alberto. “Sí mi Señor. Ha llegado una misiva urgente de la señora de Ovejera. Alberto se puso tenso de golpe, y notó unas gotas de frío sudor en la espalda. “¡Bien! Déjala en mi despacho después y ciérralo, no quiero que nadie entre. Apenas tenga tiempo la leo” –logró articular. Una misiva urgente de la señora de Ovejera. Eso sólo podía significar dos cosas. Una muy mala, la otra peor. Se levantó y se fue, sin acordarse siquiera de hacer que Ester se despidiera según sus costumbres.
Intentando despejar sus pensamientos se dirigió a las casas de madera situadas al lado de la fragua. Eran confortables y lujosas, lo que hacía que se corriese la voz y le hiciesen más proposiciones y el ruido del trabajo del metal ahogaba todo lo que allí dentro tenía lugar. Al entrar en la casita, las dos personas allí presentes se pusieron de pie, iniciando un saludo respetuoso. Alberto recuperó de inmediato la terrible erección que arrastraba desde la noche anterior y que había perdido con la noticia que le había dado Ester. El hombre, de cuarenta y tantos, hizo una profunda reverencia y empezó a presentarle a su hija, Gema, según anunció, un ejemplar increíble. Dejó de escuchar al hombre, que calló al ver que el joven señor inspeccionaba atentamente a su hija. Era una chica alta, casi tanto como él. Sus ojos marrones cautivadores lo observaban directamente y su boca esbozaba una provocativa sonrisa. Una cascada de cabellos de color rubio oscuro le caía hasta la altura de los pechos, firmes, altivos y duros, grandes aunque no excesivos, que la muchacha lucía con orgullo. Una cintura redondeada que dejaba paso a una ancha y proporcionada cadera, para luego descender en dos sinuosas y largas piernas. Alberto volvió a levantar los ojos y aunque su rostro estaba entregado al arte de la seducción, notó un punto de tristeza, odio y resignación en su mirada. Él se acercó he hizo las comprobaciones de rigor: le miró los ojos, los dientes, y comprobó en general su buen estado. La hizo desnudarse y le observó bien el cuerpo. Sus pezones duros le apuntaban directamente, su pubis depilado lo invitaba y sus bien torneadas nalgas le suplicaban que se adentrase en ellas. Ni una sola mácula ensuciaba su blanco cuerpo. Era simplemente perfecta. “¿Edad?” –le preguntó al padre de la chica. “Tiene diecinueve, mi Señor” –le respondió. ¿Cuánto pides por ella? –preguntó, fingiendo despreocupación. Hablaban como si la chica no estuviera. “Cien moneda de oro” –respondió el padre, con voz seria. Alberto no movió ni un músculo. Era un precio absolutamente desorbitado. Su último caballo de guerra le había costado veinte y era un ejemplar magnífico. Los soldados cobraban dos monedas y media al mes, y era una paga muy generosa. Un artesano normal ganaba un tercio de dinero. Ester le había costado ocho. “Te doy…” –fingió pensarlo un momento. “Cinco” –le dijo. “Noventa” –rebajó el hombre. “Trece” contra ofertó. Por la forma en la que había empezado a bajar, estimaba que la conseguiría por cuarenta. “Me ofende, Señor, no venderé a mi hija por tan poco” –dijo el hombre. “Diez, por la impertinencia” –dijo el joven. El hombre se puso nervioso, contaba con la inexperiencia y la fogosidad del joven señor para sacarle una suma increíble y se había topado con un gran regateador. “Dejémoslo en ochenta. No bajaré más” –dijo el hombre pensando que había ganado el regateo, pero Alberto era un tenaz negociador y no daría su brazo a torcer. “Esta zorra no vale eso, tú lo sabes, así que no te rías de mí. Quince” –le dijo. “No pretendo ofenderlo, Señor, pero vine a usted porque pensé que tendría buen ojo, puedo venderla en otras partes. Bajaré hasta setenta y cinco” –dijo el hombre ya con tono nervioso. “Te estás buscando unos azotes e irte de aquí con las manos vacías y sin hija, con ese tono. Veinte” –le dijo. “De acuerdo, cincuenta y listo” –dijo el hombre tratando de convencer a Alberto. Aunque sabía que tenía fama de cruel. También sabía que una amenaza de su parte no eran palabras vacías. “Veinticinco, es mi última oferta” –dijo Alberto. “Señor, mi hija vale mucho más que eso. Por usted serán cuarenta y cinco” –dijo el hombre hecho un atado de nervios. La paciencia de Alberto ya estaba llegando al límite, por menos había hecho azotar a varios que habían sobrevalorado sus propiedades, él veía a la chica como una propiedad y nada más. Ya con enojo gritó: “¡Treinta y cinco!”. “Cuarenta” –dijo el hombre en un fallido intento. “No, ya te dije que la zorra no vale tanto, treinta y cinco, o te largas sin nada y aparte con el cuerpo lleno de azotes” –sentenció Alberto. El hombre, abatido, asintió: “Treinta y cinco entonces, Señor. Me quita una hija a cambio de muy poco” –le dijo el padre con resignación. “No finjas estar triste, con esta cantidad puedes comprar una buena parcela de tierra y comprar siervos y esclavos. Vivirás bien el resto de tu vida, así que no finjas decepción. La avaricia rompe el saco, si no querías perder a tu hija, no haberla vendido” –le dijo el joven noble.
Alberto los llevó hasta la torre e hizo que su administrador sacara de las arcas la cantidad estipulada y un contrato de compraventa de la muchacha, en la que el padre cedía los derechos de su hija a Alberto sin derecho a reclamos ni devoluciones. El hombre firmó sin leer, ya que ni siquiera sabía hacerlo. “¿Hay algo que deba saber y no me hayas dicho?” –le preguntó sosteniendo la bolsa con el dinero frente a él. “No, Señor. De poco me serviría” –le respondió con franqueza. “Sabias palabras, porque si lo hay, te encontraré y te haré sacar los ojos por pérfido, la lengua por mentiroso y te sajaré las manos por ladrón. ¡Vete!” –le dijo el joven. El hombre se deleitó un momento abriendo la bolsa y contando las monedas doradas, y luego se fue contento. Alberto dirigió una intensa mirada a la joven y despidió a su administrador. “¿Qué piensas de haber entrado a mi servicio?” –le preguntó a la muchacha “Estoy muy contenta, mi Amo” –contestó ella, con una voz grave y una sensualidad forzada. “Tus ojos y tu voz dicen lo contrario. Sé sincera” –Alberto hablaba severamente. Quería saber la verdad, pero no quería que lo viese como alguien amable. “Bueno Amo. Yo no quiero ser esclava, dudo que alguien quiera serlo. Cierto que prefiero ser su esclava a la del gordo de San Joaquín o el viejo de Castillana, por poner un ejemplo. Pero no me gusta ser un juguete sexual” –le respondió la chica. Alberto quedó sorprendido por la franqueza de la chica, aunque en el fondo todo eso no le interesaba lo más mínimo. “¿Eres virgen?” –le peguntó. “No Amo. A los doce años mi padre me robó la inocencia de todos mi agujeros y lo ha seguido haciendo regularmente desde entonces, usándome como moneda de pago para deudas y compras” –respondió Gema. “Voy a ser indulgente contigo porque eres nueva, pero merecerías un castigo. La respuesta era sí o no. No debes hablar ni más ni menos de lo que yo te pregunte, entendido” –le dijo con severidad. La chica bajó la mirada. “Sí, Amo” –respondió ella. “Ahora veré que hago con el mentiroso de tu padre”. Uno de los guardias que le acompañaba recibió la orden de detener al hombre antes de cruzar las puertas del castillo. Así fue hecho como lo había solicitado. “Ven, vamos a marcarte” –le dijo. La chica se alarmó, en momento pensó que sería marcada como ganado. No te asustes tanto, yo no quemo la piel para hacer marcas, como tantos otros, no me gusta magullar a mis esclavas de por vida. Te vamos a tatuar mi marca en la espalda, bajo el hombro izquierdo” –le dijo. La chica, abatida, lo siguió.
Llegaron a la “Casa de Marcas”, como solían llamarla, y un gordo, barbudo y sudado hombre los atendió. “La marca de esclava” –dijo el noble chico, sin más. El hombre procedió. Con una fina aguja que iba mojando en tinta negra, de la que se usaba para la escritura, empezó a hacer incisiones en la piel de la muchacha, que se iba quejando. Las primeras lágrimas asomaron, para deleite de Alberto. Al cabo de una hora, la silueta de un lobo se distinguía claramente entre la piel totalmente enrojecida. “Ya eres, definitivamente, mi nueva puta y como tal, debo organizar los tres días de presentación –dijo alegre. Ella miró, sin entender. No hacía falta. La llevó a la plaza principal del recinto amurallado, muy frecuentado por nobles, artesanos y campesinos. Ordenó a los centinelas que se acercasen y les dio instrucciones para atar la chica por las muñecas y los pies a la pared del castillo. “No, por favor, no me deje aquí, qué vergüenza” –suplicó Gema. “¡Calla, estúpida, si no quieres que te azote!” –le ordenó. Alberto hizo llamar al pregonero y le dio las instrucciones pertinentes. Al cabo de veinte minutos se había reunido una pequeña multitud. El pregonero subió a una pequeña tarima y aclaró la garganta. Todo el mundo calló. “El señor de Oniera se complace en presentar a sus vasallos y súbditos a su nueva esclava, y anuncia que…”. Hizo una pausa, tomando aire continuó: “Haciendo gala de su demostrada generosidad y el paternal amor hacia todos aquellos que le sirven, todos los ciudadanos podrán hacer uso de la muchacha durante tres días en motivo de su presentación, sin introducir ninguna parte de su cuerpo o de ningún objeto en ella, sin verter líquidos y fluidos varios, sin el uso de genitales y sin causar ningún tipo de perjuicio ni daño a la esclava”. El pueblo lanzó una ovación al aire y los centinelas organizaron una fila. En realidad las restricciones reducían el derecho a manosear libremente a la chica, que ahora estaba aterrada, a avergonzarla y humillada. Cualquiera que sobrepasase esos límites sería castigado de forma ejemplar. Alberto se divirtió viendo como el primero de la fila, un sucio y viejo mendigo, se acercaba a la espectacular chica y empezaba a tocarle sus perfectos senos después de haberse lavado las manos, pues ensuciarla se consideraba perjuicio, mientras la chica hacía un esfuerzo por contener las lágrimas, víctima de la total humillación. El segundo, un obeso constructor, ya se adelantaba.
El chico se giró y se fue, eran ya cerca de las once y José debía estar esperándolo en el patio de armas. Así era. José se adelantó y después de una pequeña inclinación, se abrazaron. “Ester ya me ha informado. Así ¿qué?, llegamos, cogemos y nos vamos, ¿no?” –dice José. “Te has dejado el “cogemos” entremedio, pero bueno” – rió Alberto. “Oye, por cierto, qué buena está tu secretaria” –dice el otro muchacho. “Ya sabes que puedes coger con ella cuando quieras, siempre que tenga tiempo” –le dice el joven noble. “Ella no opina lo mismo” –respondió el guerrero con ironía. “Bueno, ya hablaré yo con ella, quizás pueda convencerla” –dice Alberto con cinismo. El guerrero solo sonrió y le dijo: “Desde que tengo uso de razón, eso de convencer no se te da muy bien, lo tuyo es tomar a la fuerza y obligar”. “En fin, ¿vamos?” –dice Alberto. Más que una pregunta fue una orden y dicho esto subió a su montura de viaje. El viaje fue breve y antes de las doce ya estaban allí. El sonido de los cascos había alertado a los habitantes de la casa y el hombre miraba con temor a su legítimo señor.
Al
bajar Alberto del caballo, el hombre se postró en el suelo. “Por favor, Señor.
Sé que no he podido pagaros los impuestos este mes, pero dejad que os lo
explique, excelencia, por favor” –dijo acercándose a sus pies. El chico, incomodo,
se lo sacó de encima de un puntapié. Su mujer dejó escapar un grito ahogado. “No
hables si no te pregunto y no supliques tanto. Explícame qué ha pasado
serenamente” –dice el joven feudal. El hombre se levantó, tembloroso. “Veréis,
Señor. Hace tres días unos hombres asaltaron la casa. Eran seis o siete. Me
amenazaron de muerte a mí y a mi familia, no tuve más remedio que darles los
sacos de granos, los vuestros y los míos, y mis ahorros” –dice tembloroso el
hombre. “Te crees que soy tonto, ¿verdad?” –dice enojado Alberto. “No Señor. Yo
solo os he contado la verdad” –respondió tartamudeando. “¿Qué tengo que hacer
para que mis súbditos no se rían de mí? ¡Qué diablos debo hacer!” –decía con
desprecio Alberto. El hombre tan sólo lo miraba, aterrado. “¡Responde pedazo de
mierda!” –le grita el joven quien hizo el ademan de desenvainar su espada. “Buen
Señor, lo que dice es cierto. Eran proscritos, una banda de criminales
expulsados de las ciudades” –la voz de una chica joven hablaba. “Lo que me
faltaba. Ahora una chiquilla cuestiona mi autoridad e insulta mi inteligencia.
Tu impertinencia no quedará sin castigo” –dijo Alberto mientras se acercaba a
ella con la espada en la mano. Su padre hizo ademán de interponerse, pero José
se lo impidió con la espada.
Alberto
tomó a la chica, de no más de dieciséis años, y la tiró al suelo. Ella chilló e
intentó huir a gatas, mientras su madre corría hacia ella. Los soldados rápidamente
tomaron posiciones y su Señor pudo inmovilizar en el suelo a la chiquilla. “Por
favor, ¡no! No le quitéis la virginidad, si lo hacéis no podré desposarla
–suplicó el padre. Alberto esbozó una cínica sonrisa. “Como quieras” –dijo pasando
la lengua por sus labios y mirada encendida en maldad. Acto seguido le rasgó las
ropas, y en unos momentos la dejó tumbada en la tierra boca abajo, con manos y
pies tomados por dos guardias. Alberto se llevó un par de dedos a la boca y los
empapó en su saliva. “Esto te va a doler” –le dijo a la muchacha que gritaba y
lloraba pidiendo auxilio sin dejar de forcejear. El desalmado feudal empezó a
empujar los dedos en el culo de la chica. Era cierto, la muchacha era virgen de
todos sus agujeros, costó para que le entrara uno, hasta que Alberto pudo
meterlo entero. En su dolor y sufrimiento la chica no paraba de gritar. Aún
costaba mucho que entraran sus dedos, así que se arrodilló y empezó a lamerle
el ano, lanzando tanta saliva como le era posible, hasta que finalmente tres
dedos entraron con facilidad. “¡Hora de jugar!” –dijo el joven con voz cargada
de lujuria. El padre de la muchacha soltó un grito desgarrador de impotencia.
El feudal se colocó en cuclillas sobre ella y empujó con fuerza, sin importar
nada. La chica lanzó un alarido de dolor. Cuando ya dejó de empujar, Alberto ya
tenía el glande dentro del culo de la muchacha. La madre al ver la vejación a
la que su hija estaba siendo sometida cayó desmayada.
Alberto
tomó a la chica, de no más de dieciséis años, y la tiró al suelo. Ella chilló e
intentó huir a gatas, mientras su madre corría hacia ella. Los soldados rápidamente
tomaron posiciones y su Señor pudo inmovilizar en el suelo a la chiquilla. “Por
favor, ¡no! No le quitéis la virginidad, si lo hacéis no podré desposarla
–suplicó el padre. Alberto esbozó una cínica sonrisa. “Como quieras” –dijo pasando
la lengua por sus labios y mirada encendida en maldad. Acto seguido le rasgó las
ropas, y en unos momentos la dejó tumbada en la tierra boca abajo, con manos y
pies tomados por dos guardias. Alberto se llevó un par de dedos a la boca y los
empapó en su saliva. “Esto te va a doler” –le dijo a la muchacha que gritaba y
lloraba pidiendo auxilio sin dejar de forcejear. El desalmado feudal empezó a
empujar los dedos en el culo de la chica. Era cierto, la muchacha era virgen de
todos sus agujeros, costó para que le entrara uno, hasta que Alberto pudo
meterlo entero. En su dolor y sufrimiento la chica no paraba de gritar. Aún
costaba mucho que entraran sus dedos, así que se arrodilló y empezó a lamerle
el ano, lanzando tanta saliva como le era posible, hasta que finalmente tres
dedos entraron con facilidad. “¡Hora de jugar!” –dijo el joven con voz cargada
de lujuria. El padre de la muchacha soltó un grito desgarrador de impotencia.
El feudal se colocó en cuclillas sobre ella y empujó con fuerza, sin importar
nada. La chica lanzó un alarido de dolor. Cuando ya dejó de empujar, Alberto ya
tenía el glande dentro del culo de la muchacha. La madre al ver la vejación a
la que su hija estaba siendo sometida cayó desmayada. Entre los sollozos,
quejidos y gritos de dolor de ella consiguió alojar toda su verga en el
desgarrado culo de la chica y la embestía con fuerza, haciendo que sus tetas
aun no tan desarrolladas se arrastraran por el piso polvoriento. Con la
terrible excitación que acarreaba del día anterior, no tardó en eyacular dejándole
el agujero escurriendo semen. La chica ya no gritaba ni se movía, sólo emitía sollozos
y leves chillidos ante las brutales embestidas.
Se
quedó unos instantes con la verga en el interior el culo de la desafortunada
chica, hasta que finalmente la sacó, ya fláccida. “José, te toca” – dijo. El
padre prorrumpió en llantos y suplicas viendo como su hija era abusada. Una
hora y media después, él, José, y los veinte miembros de su guardia personal
abandonaron el hogar del pobre campesino, satisfechos tras haber eyaculado
todos en la chica que terminó inconsciente y sangrando. No sin antes Alberto
ordenar que los soldados quemaran la casa de aquella familia. Ya montado en el
caballo el feudal gritó: “Si me mientes, hazlo bien”. Luego, para su amigo,
añadió: “Haz que los rastreadores busquen el grupo de proscritos, los quiero a
todos colgando del castillo antes de cinco días”. Así se hará Alberto.
Esa
noche, al llegar al castillo después de la” caza”, pudo ver cómo los últimos
trabajadores formaban una pequeña fila frente a Gema. Se acercó para verla y
sonrió, su cara denotaba el cansancio y la humillación, tenía las tetas y el
culo totalmente rojos y manoseados. Pudo ver la ira en sus ojos al mirarlo.
Siempre pasaba lo mismo: Al cabo de tres días sería bastante más dócil, como le
había pasado a Ester en su día. Hizo dormir a Ana desnuda sobre el suelo de
piedra, a los pies de la cama, aún atada al collar. Le constaba que Sandra la
había visitado y le había llevado comida, pasando con ella la mayoría del día y
la tarde. Sin cruzar con ella más palabras, se fue a dormir, había tenido un
día cansado y mañana tendría que lidiar con el viejo. Además, estaba lo de la
carta de la señora de Ovejera, que había resultado ser lo peor que podía
esperar.
Intranquilamente,
se durmió. Se giraba para todos lados intentando conciliar el sueño pero le
imposible, Ana al notarlo se levantó y se puso de rodillas a su lado en
silencio esperando a que su esposo le contara lo que pasaba, pero él solo
pensaba. Sin poder dormir. Se levantó, mandó a llamar a Ester, ella
inmediatamente corrió en ayuda de su Señor. “¿Qué le pasa mi Señor? ¿Por qué
está tan intranquilo?” –le preguntó con reverencia la muchacha. “Solo quiero tenerte
cerca” –le respondió. “Estoy aquí para lo que usted disponga mi Señor” –le dice
ella. Ester se acomodó a su lado y él acarició su rostro. Ana estaba mirando como
su esposo acariciaba a su sirvienta de confianza y le producía cierta excitación.
Luego de unos minutos Ester estaba encima de su Señor moviéndose como loca y diciéndole
a Ana: “Mira como me coge tu esposo. No pierdas detalles de como su verga se
pierde en mi interior”. La vagina de Ana escurría y se mojaban sus muslos por
la calentura que la invadía y la hacía gemir sin siquiera tocarse. Luego de
varios minutos Alberto acabó en la cara y en las tetas de Ester e hizo que Ana
la limpiara con su lengua. La esposa del joven feudal no tuvo reparos en hacerlo,
dejó limpio cada espacio en donde se vertió semen y lo disfrutó de manera
particular.
El
nerviosismo de Alberto al saber que ella vendría de visita, era solo coincidir
con el día y la hora de visita y así también intercambiar esclavas, así como
coger como locos por horas. Así sucedió este día, estuvieron encerrados por
horas cogiendo como enfermos, los gritos de la señora de Ovejera se escuchaban
por los fríos pasillos del castillo, sobre todo cuando el joven le dio verga
por culo.
Ana, la esposa de Alberto encontró consuelo en Sandra, quien le enseñó a estar siempre al servicio del Amo, sin negarle nada; aprendió como complacerlo y hacer todo lo que él pida. El feudo gozaba de paz, prosperidad. La fama de Alberto se extendía por las tierras del reino y su joven esposa era una puta más en el harem del joven.
Pasiones
Prohibidas ®

Esta muy bueno hay continuacion
ResponderBorrar