Hola, me llamo Paola, nací en Córdoba Argentina, tengo 29 años. Resido en Santiago de Chile. Lo que les voy a contar sucedió después de las fiestas de año nuevo.
A principios de noviembre llegó un portero nuevo a mi edificio, ya pasaba los cuarenta, era un hombre serio pero amable, tenía cara de pocos amigos pero era cordial con todos. Además, era alto, fornido y una voz grave, él siempre estaba de noche porqué le gustaba la soledad. Varias veces compartimos un cigarrillo y una grata conversación. Después del año nuevo le dije que tenía ganas de tomar whisky, me miró algo extrañado, ya que los tragos de las mujeres son suaves casi bordeando en sin alcohol. “Si quieres Paola, como mañana es sábado y anda menos gente yo compro una botella y la tomamos” –me dijo. “¡Uy! ¿En serio? ¡Sería genial!” –le dije. “La voy a encargar a penas llegue y cuando haya nada de gente te llamo para subir a tu depa” –dijo él. Sentí mariposas en la panza por alguna razón, le contesté : “Está bien, lo estaré esperando”. “No te preocupes, te llamaré apenas pueda subir” –me dijo. Pasó el día y entro a turno, me mostró un pantallazo de que ya había hecho la compra y que no tardaría en llegar. Me di una ducha y me arreglé esperando su llamado.
Con el correr de las horas, me sentía ansiosa, incluso le escribí y le faltaba mucho por subir. “¡Voy a tomar el ascensor!” –dijo. Era cerca de la media noche cuando sonó el timbre. Abrí la puerta y estaba con la botella en la mano, me miró de pies a cabeza y me dijo: “Paola, soy un hombre que cumple sus promesas”. No supe que contestar pero me gustó que dijera eso. Lo hice pasar y se sentó en el sofá, fue a buscar un par de vasos. Él sirvió, se notaba que le gustaba y tenía la medida justa al ojo. Bebimos y nos reíamos de las tonterías qué hablábamos, salimos al balcón a fumar y a seguir nuestra charla.
Ya íbamos en el tercer vaso los dos cuando dijo: “Hora de pararse para seguir el trabajo”. Pensé que se refería a irse, pero del bolsillo sacó una bolsita con un polvo blanco y me preguntó si podía hacer unas líneas. Le dije que no tenía problemas en qué lo hiciera total no es el primero o el último que usa algo para mantenerse despierto en el trabajo. Fue casi automático, ya no se le notaba que había tomado. Sentí un poco de curiosidad en probar ese polvo, le dije que me gustaría probarlo. Me pasó el billete con el que lo inhaló y me enseñó como hacerlo. Sentí como su me quemara la nariz por dentro, encendimos otro cigarrillo y me preguntó que sentía. “Siento calor, parece como si estuviera sudando” –le dije. Me miró y sonrió. “¿Por qué se ríe?” –le pregunté. Fue y sirvió otros dos vasos, los llevó al balcón y bebimos. Él no decía nada y yo estaba con calor insoportable. Entramos otra vez y trazó dos líneas más. Tomé el billete e inhalé, él también lo hizo, mojó el tabaco del cigarrillo y lo pasó por encina de la mesa, lo encendió y me dijo que le diera una fumada, fue como un golpe de adrenalina que aumentó el calor en mi cuerpo, incluso en mi concha. Sentía un deseo incontrolable por coger.
Sus ojos me devoraban y yo sentía que me sacaba la ropa en casa mirada. “¿Qué sientes Paola?” –me preguntó. Lo miré, entre tímida y osada le respondí: “Siento ganas de culear, que me hagan gritar a vergazos”. “Ya sabía que te ibas a poner caliente” –me dijo. “Sí, muy caliente por su culpa” –le dije. Me miró con lujuria y dijo: “¿Qué culpa tengo que seas una argentina puta?”. “No sé si sea su culpa, solo sé que quiero culear” –respondí. “¡Ay Paola es efecto de lo que inhalaste! Coger contigo así sería tan rico, pero no podría” –dijo. “¿Por qué no podría? ¿Acaso no le gustó?”–le pregunté. “Tendría que ser maricón para que no me gustes. No sabes cuántas pajas me he corrido pensando en ti” –me respondió. “¡Ay qué rico se oye eso! ¡Más rico sería que culeara duro!” –le dije. Me quité la polera y quedé en brasier. Sus ojos se fueron directo a mis tetas y yo le decía que estaba caliente con él desde que charlamos la primera vez, me quité el brasier y mis rosados pezones quedaron al aire, los tenía duros listos para qué me los chupara. “Paola, no te pongas puta, después no podrás parar” –me dijo. “Ay Dios que rico se escuchó cuando me dijo puta” –le dije. Así me sentía, tenía la concha mojada. Lo empujé al sofá y desabroché su pantalón, le chupé la verga tan caliente qué él gemía al sentir mi boca. “Eso puta argentina, chupa” –me decía. Me ponía más caliente al decirme puta que me encantaba.
Me quitó el jeans y la tanga, desnuda me llevó al balcón. Me tomó del pelo y me hizo arrodillarme, me hizo engullir su verga ahí, lo bueno que era de noche y las cortinas de los otros edificios no dejaban ver nada al exterior. Me sentía tan puta siendo exhibida pero no era problema para mí, ya que no tenía problemas en admitir que por lo menos esa noche si lo era. Después me llevó a la habitación me dejó de espaldas en la cama con las piernas abiertas y me empezó a lamer la concha de una forma tan exquisita que me estremecía, no sé si sería efecto de ese polvito y su lengua pero sentía que mi corazón se salía del pecho. “¡Eso, lámeme la concha! ¡Mira que caliente me tienes!” –le decía. Yo toda caliente jugaba con mis tetas y pezones, me sentía cómo la más puta del edificio, estaba al borde del colapso pero estaba tan caliente que no quería parar. “¡Así querido, dame lengua!” –le decía entre gemidos. De pronto, sentí como sus dedos entraban con libertad en mi conchita y él no paraba de mover su lengua en mi clítoris. Era exquisito estar así de abierta como una sucia puta.
Me dio vuelta y me lamía el culo, ni novio lo hizo nunca, pero el era un morboso y caliente hombre mayor que me tenía a su merced. “¡Ay que rico se siente tu lengua en mi ojete!” –le decía sin poder contener mi calentura, al punto que le decía que no se detuviera. Se detuvo por un momento solo para ensartarme la verga en el culo. “¡Ay, hijo de puta! ¡Me estás rompiendo el orto!” –le dije con un dolor intenso. “¡Cállate puta!” –me dijo y se empezó a mover lento cuando ya estuvo toda dentro. “¡Hijo de puta, qué rico me la mete!” –pensaba en mis adentros. Cómo pude me puse en cuatro y le dije: “¡Dame duro en mi orto!”. Ay Dios, se tomó con fuerza de mis caderas y me la empezó a meter con tanta fuerza que sentía sus bolas chocar en mi concha. Me dolía pero me gustaba, era un toro en celo cogiendo. Me jalaba del pelo y me decía: “Te advertí que si seguías te iba a gustar”. “¡Sí cariño, me encanta tu verga! Soy tu argentina puta!” –le dije. Se puso de espaldas y me dijo: “¡Monta mi verga, puta!”. Obediente me subí encima y me empecé a mover, mi cara de puta era total. Él me empezó a cachetear las tetas. Yo me movía más rápido y él me decía lo puta que me veía. Me jalaba los pezones con fuerza y decía: “¡Mueve tu concha puta!”. Rebotaba con fuerza en su verga que la sentía llegar al fondo. “¡Ah sí! ¿Te gusta que me mueva así?” –le decía. El jadeaba y seguía dejando sus dedos marcados en mis tetas. Sentía que me ardían en cada golpe pero era excitante estar así.
No sé cuántos orgasmos tuve pero si sé que caí rendida a un lado de la cama. “Todavía no terminamos putita” –me dijo. Cómo al principio me abrió las piernas y me la metió de una en mi conchita. “¡Ay mierda! ¡Por favor!” –le decía. Él seguía caliente y con su deliciosa verga entrando y saliendo de mi vagina. “¡Papi dame duro!” –le decía en forma suplicante. “¡Culéame rico!”–le decía. Sus embestidas eran más salvajes hasta que me hizo acabar otra vez. Sudada en la cama y pidiendo a gritos que me siguiera cogiendo era alucinante. Mis tetas se movían tan rico que las sentía chocar entre ellas. Me dio un par de bofetadas qué me pusieron más caliente y dijo: “¡Chúpamela puta y no pares!”. Me puse en cuatro en la cama y se la empecé a chupar, le pasaba la lengua hasta sus bolas y me la metía toda para seguir con mi boca chupándosela. Me encantaba como me miraba, sabía que era su puta por esa noche. Sentí como si verga se hinchaba en mi boca. “¡Sigue perra!” –me ordenó y yo obediente seguí quería su semen, hasta la última gota o que me lo diera en las tetas, dónde él quisiera la putita argentina lo recibiría de la manera más caliente.
Antes de acabar me puso de rodillas en el piso y me dio su leche en mis tetas, me calentó tanto recogerla con mis dedos para llevarlos a mi boca y saborearla como puta. “Eres toda una zorra Paola” –me dijo y me dio un par de nalgadas. “¡Para ti siempre lo seré!” –le contesté. Él se fue para continuar su turno y yo quedé culeada y abierta de todos lados. Me tiré en la cama desnuda y me tuve que masturbar pensando en lo caliente que me la metió el portero del edificio.
La noche siguiente él fue como indiferente, como si no hubiera pasado nada. Me fui al depa y me puse un leggins pero sin tanga con la excusa de que bajaría al gimnasio. Al cabo de unas horas bajé y le pedí las llaves, me las dio de forma cordial. No pasaron ni diez minutos y él me estaba mirando. “¿Fumamos?” –me preguntó, yo dije que sí. Salimos al patio y nos fumamos un cigarrillo. “¿Se arrepiente de anoche?” –le pregunté. “¡Claro que no!” –respondió. “Entonces, no me dio bola cuando me vio?” –pregunté. “Por qué tengo qué guardar las apariencias, recuerda que estoy trabajando putita” –dijo. Enseguida sentí una deliciosa puntada en mi conchita. “Sí quieres que te dé bola, ven” –dijo. Me llevó al baño del gimnasio, me bajó los leggins y me hizo masturbarme mientras me metió la verga en la boca para que se la chupe. Me dolía la mandíbula de tanto chupar y las piernas me temblaban de tanto pajearme. Esta vez su leche se desparramó en mi boca y me tragué hasta la última gota.
Sin proponerlo una noche de puta fue mucho más que eso. Todas las mañanas antes de salir a trabajar le mandaba una foto desnuda. Incluso me mostró como me volvió a agendar en su celular: “La puta del 1805” fue el nombre que me dio. Por las noches él iba a mi depa o yo bajaba hasta donde estaba para que me la metiera o me hiciera que se la chupe, pero siempre que él subía yo terminaba con la concha y el culo abierto.
Pasiones Prohibidas ®

Exelente relato
ResponderBorrarQue rico relato me encantan asii
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