viernes, 14 de febrero de 2025

82. Fin de semana memorable

 

Había estado leyendo algunos relatos relacionados con el tema de la zoofilia, al principio leer cada historia se me hizo un tanto chocante, pero a medida que avanzaba en la lectura sentía como mi gabina se mojaba y mi respiración se agitaba. Estaba tan ensimismada leyendo que no me había dado cuenta de lo tarde que era, había pasado casi tres horas sentada frente a mi computador leyendo, estaba caliente, mojada y con ganas de probar si eran tan cierto lo que describía en los relatos. Me saqué la ropa y me tiré en la cama para darme amor, fantaseando con la lectura que había tenido y esa calentura que me había provocado, me tocaba como una loca y jadeaba pensando en lo rico que seria que me montara un perro y convertirme en una perra adicta a su verga. Fue cosa de minutos y ya estaba siendo poseída por un delirante orgasmo, mis piernas temblaban y mi corazón latía a mil por hora. Fue tan intenso el orgasmo que sentía que mis fluidos escurrían entre mis dedos.

A la mañana siguiente al despertar no podía sacar de mi cabeza lo que me había llevado a tanto placer, pensar que un perro pudiera cogerte con esa fiereza que tan gráficamente se describía en los relatos me ponía caliente. Casi no podía concentrarme en el trabajo, se me hizo una necesidad entrar a internet todas las noches y buscar esa perversa categoría en las páginas de relatos para darme placer después de leer. Estuve así al menos una semana, hasta que hace unos días recibí el llamado de una tía que vivía en el campo. No entendía el porqué de su llamado, ya no hemos sido muy cercanas, pero con el fin de sociabilizar con la familia le dije que iría un fin de semana para allá. Se alegró de mi respuesta y me dijo: “Te esperaré con una sorpresa, lo pasaremos muy bien”. Mi idea era desconectarme de la cuidad por lo menos unos días y alejarme del estrés. “Bueno, me gustaría mucho” –le dije. “Sin duda te gustará, solo debes tener ganas de vivir una aventura” –dice ella. Pues sí, como te había anticipado, en cuanto pude, tomé mi auto para ir a la granja de mi tía. Mi nerviosismo ante la perspectiva de conocer lo desconocido, me hizo tirar un florero que estimaba mucho; era un regalo de una de mis más grandes amigas. Tal vez también me hizo olvidarme de asegurar puerta y ventanas de mi casa, lo bueno que vivo en un condominio de departamentos y conserje las 24 horas controlando el acceso, le dije que estaría unos días fuera y que no había nadie autorizado a entrar.

En fin, corría como loca para llegar lo antes posible y aprovechar el tiempo al máximo en la posible, ya que quería salir del encierro de la cuidad y recorrer el campo. Mi tía me recibió con el mismo cariño de siempre, un abrazo y un beso en la mejilla muy maternal. Ella es una mujer de uno 45 años, nunca ha querido confesar su edad. Pelo negro, largo, ondulado que realza los rasgos de su bonito rosto y su nariz respingada. De labios un tanto gruesos y sensuales; su cuerpo se mantiene muy firme, tal vez por el rudo trabajo de la granja que ella se empeña en realizar por sí misma. Bueno, ocasionalmente contrata uno que otro peón para que le ayude en algunas tareas. Sus tetas siempre me han parecido bellas, aunque nunca se las he visto desnudas; su vientre es plano y, me imagino, muy duro; sus muslos y piernas, son una maravilla, torneados, gruesos sin exageración y que a ella le gusta presumir, bueno, eso pienso porque siempre viste o unos shorts bastante cortos, o minifaldas espectaculares. Me extendí, no porque mi tía me sea atractiva sexualmente hablando, pero, aunque lo niego a nivel consciente, tal vez en el subconsciente, si me sea atractiva.

Tal vez les parezca extraño, pero mi objetivo primordial no era sociabilizar tanto con mi tía, más bien Bruno, su perro, un hermoso pastor alemán, siempre salía a recibirme con gran alegría cuando iba a la granja, pero esta vez no lo hizo. No me atrevía preguntar por él, pero mis oídos y permanecían vigilantes para detectarlo. Estábamos en los comentarios rutinarios, cuando mis oídos escucharon lamentos de Bruno en algún lugar de la granja. Fue mi pretexto para preguntar: “¿Qué le pasa a Bruno?” –dije antes que terminara el lamento. Mi tía sonrió enigmática, y dijo: “Es que el malvado del Bruno se me fuga casi todos los días a la casa de una vecina y no quiero perderlo”. Me intrigó su respuesta. Como ya estábamos en el comentario, continué con mis preguntas: “No entiendo. ¿Por qué habrías de perder a Bruno? Dicen que las querencias de estos animalitos nunca las dejan o lo que es lo mismo, que la fidelidad de los perros es indestructible, entonces, ¿por qué ves una amenaza?”. “No, no, no estoy pensando que Bruno se quede allá con Justina, así se llama mi amiga y vecina, sino que casi se pasa todo el día con ella, tal vez le de algún manjar o algo así, porque tiene una tendencia a irse que quiero corregir. Aquí, hace falta” –me respondió. No niego que su respuesta me confundió, me dejó verdaderamente desconcertada. No quise insistir, pero hice el propósito de investigar el porqué de las fugas del deseado Bruno.

Avanzada la tarde, después de comer, dije a mi tía que me recostaría un momento. En realidad estaba excitada, sentía la humedad intensamente. Tal vez el continuo pensar en mi decisión de conocer el placer con el mejor compañero del hombre. Minutos después, pensé en masturbarme, pero me dije que eso no aliviaría mi excitación sino todo lo contrario. Decidí ver a Bruno. Con el pretexto de caminar un poco, salí de la casa; mi tía estaba en la cocina preparando la cena y me dijo que sí, que era mejor para que la dejara en paz por unos momentos; me lo dijo riendo. Es una broma habitual entre ella y yo, porque dice que yo parezco cotorra que no dejo de hablar. Claro, la idea era ir a visitar al pobre de Bruno que no dejaba de quejarse de cuando en cuando. Antes de salir de la recámara, decidida como estaba a “probar” a Bruno, me quité las bragas que estaban bien mojadas; las olí y mi excitación se fue al cielo. Me conmovió verlo encadenado. Del collar pendía una cadena y ésta estaba sujeta a un poste del galpón de la granja. En cuanto me olfateó, empezó a gemir de contento, a pararse en las patas traseras como queriendo arrancar la cadena. Me acerqué. El animal bajó su cabeza como atemorizado. Más me conmovió. Le acaricié la cabeza y lamió mi mano. Me agaché poniéndome en cuclillas y el perro lamió mi rostro. Los lengüetazos me excitaron en el acto, más cuando la lengua larga y roja se dedicó a lamer mis labios como si quisiera halagarme o agradecer así, mi visita. Al estar en esa posición, un tanto intencionalmente, mi falda ascendió y mis muslos probaron la caricia del aire, pero deseaban la caricia de la lengua perruna tantas y tantas veces soñada, y temida. Seguí rascando la cabeza de Bruno; el perro lamía mi rostro; Bruno hizo un movimiento que me empujó y como estaba en cuclillas, caí al piso; mis falda dejó al descubierto mi vagina depilada y chorreante, el animal trató alcanzar mi cara, pero como la cadena no lo dejó llegar, tuvo que lamer lo que tenía a su alcance que eran mi vagina y mis muslos. Iba a levantarme, pero al sentir la lengua de mi presunto amante, dejé los muslos en su posición. Las lamidas me llegaron hasta el alma, es decir, la excitación de las lamidas. Bruno ya no paró. Lamía mis muslos como si fuera uno de mis amantes, de la rodilla hasta donde la cadena dejaba llegar su cabeza; era tan magistral la lamida, tan progresiva en su ascenso, que pensé en ese momento que era algo que el perrito había aprendido de alguna manera o con alguien que le había enseñado tan espléndida forma de lamer, porque yo sentía que me derretía. Claro, permanecí así, recibiendo la caricia, eliminando cualquier prejuicio y me dejé ir en busca de las inéditas sensaciones de la zoofilia. Ahora veía el esfuerzo del tratando de alcanzar mi vagina que ya estaba bien inundada y bastante olorosa. Me bastaba con recorrer un poco mi cuerpo para que la lengua llegara a donde yo quería que llegara sin pérdida de tiempo. Moví mis nalgas para arrastrarme en la dirección deseada, cuando recordé mi deducción en torno al posible aprendizaje de mi perro lindo; por eso fue que echando un vistazo a la casa para ver si mi tía continuaba en la cocina, me senté para sacar mi vestido por completo ¡Mierda, qué excitación tan tremenda estar totalmente desnuda ante la mirada atenta de Bruno, escuchar los jadeos del perro y ver su lengua escurriendo saliva! Así fue como tuve mi primer orgasmo con o ante la mirada de mi Bruno enloquecedor. Mi idea, al quitarme el vestido, era dejar mis tetas al descubierto y ofrecerlas para saciar mis deseos, para ver cuál iba a ser su comportamiento; mi previsión era que se dedicaría a lamer mis tetas con sus pezones tan erguidos que me dolían.

¡Así fue!, tal como yo esperaba, el perro, que tenía a su alcance la mitad superior de mi cuerpo solamente, empezó por lamer, de nuevo, mi rostro deteniéndose eternidades en mi boca, y tanto que, excitada, ya n había prejuicios, solo placer,  abrí mi boca para ver si la lengua de Bruno se metía y consumar un beso candente. La lengua, tras un ligero sobresalto de Bruno, se metió a mi boca- ¡Qué sensación tan tremenda! El tamaño de esa lengua, la enorme cantidad de saliva que la bañaba, su aspereza y tener plena conciencia que era la lengua de un perro, luego poner mi lengua a lamer la otra lengua y aprisionarla con mis labios, me hizo estallar en luminosos e interminables orgasmos. Para estos momentos, Bruno exhibía una tremenda erección. Como ya estaba caliente y orgásmica, tomé su verga y la sentí deliciosa. Aún tenía algo de cordura; veía constantemente para la casa para evitar ser sorprendida, posibilidad que más me calentaba;, también como para no dejar de completar mi indirecta investigación. Por eso, deje de besarlo, cerré la boca y con una mano aparte con suavidad la cabeza del perrazo. Esto fue como una señal, como una indicación de que ahora había que hacer otra cosa. Bruno entendió, estoy segura que esta debe ser la expresión, porque de inmediato lamió mi cuello con suavidad, jadeante, gemía, te lo juro, y luego empezó un recorrido como antes en mis muslos, del cuello a las axilas; yo abrí los brazos para que la lengua pudiera lamer sin interferencias; lo notable fue que antes de lamer cuando mis axilas estuvieron libres, el perro olía y levantaba la cabeza como para degustar el olor. ¡Que excitante ver esa actitud de mi perrito! Pero no paró allí; lengüeteo por minutos, para luego seguir recorriendo mi piel en dirección a mis tetas que ya esperaban ansiosas la lengua salvaje, pero como que perro se abstenía de llegar hasta allá. No era abstención, era solamente otra parte de su aprendizaje: lentificar la caricia, para hacer más deseable la lamida de tetas. ¡Mierda! En ese momento me convencí que Bruno había estado recibiendo una educación exhaustiva y también que la maestra no podía ser otra que la amiga de mi tía. ¡Nunca pensé que la instructora, en realidad, era mi propia tía!, como pude comprobar un poco más adelante. Bueno, para esto, yo no podía contener mis orgasmo y eso que mi vagina anhelaba ser tocada y cogida. Bruno, tal vez por la rutina aprendida, empezó a llegar a mis tetas, a lamerlas en toda la extensión, ambas, pero sin tocar los pezones. “¡Maravilloso y excitante!” –pensé deslumbrada, al punto del desmayo por tantos y tantos orgasmos.

Estaba perdida en el placer disfrutando en el placer de la lengua de Bruno deslizándose por mis tetas. ¡Me tocó los pezones! ¡Madre mía, qué lengua! Nunca había sentido una sensación tan endemoniadamente placentera. ¡Me fui al cielo! En ese momento pensé: “No cabe duda, quienes escriben esos relatos tienen toda la razón. ¡Esto es maravilloso!”. El orgasmo se estaba haciendo latente ya, permanente. Eso que aún reservaba vagina para, ¿para qué? En ese momento no sabía de nada, solo sentía la lengua, hasta de la verga que tenía en la mano me olvidé. De las lamidas, el maravilloso, el divino e inteligente Bruno, ¡empezó a mordisquear mi pezón!, ¡Mierda! Todo esperaba menos esa caricia que se antojaba de un mamador humano verdaderamente angelical y no de un carnicero brutal como mi enardecedor Bruno. No cabe duda, mi tía era una experta educadora de perros. Después de esa deliciosa caricia, inmediatamente intenté hacer que uno de mis más entendidos amantes repitiera esa sensación con sus preciosos dientes y, ¡pues no, para nada!, Bruno l aventaja diez a uno, la verdad. No sé cuánto tiempo, quizás segundos, de resistir esos increíbles mordisqueos, cuando estallé en millones de luces de colores, de luces magníficas, mejores que los más connotados fuegos artificiales de los chinos, como si fuera el momento de recibir el año nuevo en Pekín. El perro jadeaba acompañando mis destemplados gemidos y mierda, sentí que la verga en mi mano se estremecía y chorros de semen perruno me bañaron el cuerpo, principalmente el vientre y mi concha, hasta ese momento me di cuenta que masturbaba a Bruno con verdadero furor de masturbadora que quiere resistirse a la violación y por este mecanismo desarma al presunto violador. Fue el fin de la sesión, porque mi tía, en la puerta de la casa, gritaba mi nombre desaforada. No creí que me hubiera visto y sí, según me aclaró después, no me vio ni escuchó mis alaridos, pero sí oyó los gemidos de su Bruno. Lo que es estar alerta contra la intolerancia; a pesar de estar al borde del colapso, al escuchar el grito de mi tía, me levanté casi de un brinco, me puse el vestido, por fortuna no me puse el odioso sostén y las horribles pantaletas antes de venir a ver a mi perrito, y sin más corrí hacia la casa. Bruno aullaba de frustración, creo. Cuando entré, mi tía se llevó una mano a la boca indicando extrema sorpresa: es que de todo me acordé, menos de dos cosas; una, que no peiné mi pelo que era una tremenda maraña, y segundo, que el semen de Bruno manchó mi vestido al colocármelo. Total, era un desastre y más como conspiradora o para el ejercicio de la clandestinidad. Luego, para mayor desconcierto, mi tía estalló en carcajadas que no podía contener apuntando con su índice, precisamente a las manchas de mi vestido.

Por poco azoto de consternación y vergüenza, pero mi tía sin dejar de carcajearse caminó a mi encuentro, me abrazó tiernamente, besó mis mejillas, me dio una nalgada, y dijo: “¡Ay, niña hermosa, qué se me hace que acabas de conocer a Bruno!”. – Ya se imaginarán mi bochorno, ¡había sido descubierta en mi cachondo y zoofílico proceder! Mi tía, respirando agitada, sin soltarme, acariciando mis nalgas, continuó: “¿Sabes qué? La verdad, me agrada que lo hayas conocido. Más, porque eso me permite conocerte y también que me conozcas, digo, como ambas somos”. No aclaró cómo somos, pero si volvió a besar mi mejilla, pero ahora sacó la lengua y la lamió- ¡Temblé! Me puse a temblar sin explicación racional. Mis temblores se incrementaron, cuando mi tía dijo: “Tienes todo el sabor de mi adorado Bruno. ¡Sabes riquísimo! Lamía la saliva y algo de semen del perro. “¡Quiero limpiarte toda!” –dijo con un tono en verdad caliente, excitante, casi aterrorizante. Era tanto mi desconcierto, que me separé forzando el abrazo. La vi expresando mi enorme desconcierto, pero ella, con mirada lánguida y tierna, me besó en la boca con la lengua por delante de sus labios, no tuve más remedio que recibir esta otra lengua que resultó ser otra maravilla. Las manos de mi ahora amadísima tía, ya andaban subiendo mi vestido para quitármelo, cosa que yo facilité levantando los brazos y mi tía, con una voracidad peor que la de Bruno, se fue directamente a mis pezones y los chupó, para luego extasiarse recogiendo los restos de saliva y de semen del perro. Para esto, mis manos ya andaban por las nalgas de mi tía, pero aún tenía el espantoso short. Estaba tan caliente, que al tratar de abrir el cierre para poder quitarle los pantaloncitos, desgarré la ropa y la prenda cayó hasta los pies de mi caliente y ahora muy deseada tía.

Ella, con agilidad, levantó un tobillo, luego el otro y se libró de la ropa entorpecedora del placer. Mis manos se dieron gusto con las nalgas duras de mi tía, las acaricié a mil por hora, metí mis dedos en el profundo espacio que separa esas deliciosas nalgas y que mi tía es un ejemplar fantástico, rocé el culo como yo sé que nos encanta a todas las mujeres que sabemos del placer sin tapujos ni límites. Mi tía ya jadeaba como Bruno en los momentos de mayor calentura. Entonces mi tía, en susurros, me dijo: “No seas mala, tírate en el suelo boca arriba porque quiero limpiar el semen de Bruno de tu hermosa piel”. Me dejé caer y ella rebasó a Bruno en las lamidas que me dio. Yo estaba exhausta, pero con las caricias de esa lengua maravillosa que tiene mi tía, me recompuse por arte de magia. Así iniciamos una guerra con nuestra mejor arma: la lengua. Caminamos con ellas por toda las superficie y en lo profundo de nuestros cuerpos simultáneamente. En caricias en espejo, en el juego de lo que hace la de adelante, hace la de atrás. Metió sus dedos en mi vagina y la llené con tres de los míos; metí un dedo en su culo, y me lleno con dos de los suyos fue la petite mort, estallamos al unísono, como verdaderas hienas aulladoras. No sé por cuanto tiempo sostuvimos el singular combate, lo cierto es que cuando yo creía que todo terminaría, mi caliente e increíble tía, dijo: “Sobrina, todavía falta lo mejor”.  Me sorprendió, no podía creer que mi tía estuviera tan entera y dispuesta a la continuación del combate. Más asombró, cuando la vi levantarse y dirigirse a la salida de la cocina. De inmediato pensé en que iba por Bruno: temblé de emoción y deseo. Obvio, me puse tan caliente como cuando el perro lamió mis manos al iniciarse todo esta tarde extraordinaria. Bruno fue el primero en llegar, como que al ser liberado, corrió delante de la tía, conforme la enseñanza recibida y empujando la puerta, entró como vendaval, frenó de una seca manera; no esperaba ver a nadie allí, imagino, pero, de inmediato, sin que mediara ninguna transición, dio pasos cortos, acompasados, sacando la lengua por la agitación y el deseo, creo; olfateó, subió la cabeza, peló los dientes en un gesto muy peculiar, que para mí fue en extremo excitante y luego se puso a lamerme como cuando estuvimos solos. Empezó, como antes, por mi boca, por mis labios. ¡Caramba, tenía bien aprendida las rutinas! Como la primera vez que sentí su hocico y su lengua en mi boca y con mi lengua, estallé en un tremendo orgasmo. Tenía aprisionada su lengua, cuando mi tía llegó, se carcajeó, en verdad gritó como atacada por la histeria. “Bésalo, mi niña, bésalo. Nunca podrás tener otros besos como estos tan fascinantes que mi querido Bruno da” –me dijo. Era una orden. Cumplí con excelencia la orden porque continué chupando y mordiendo la lengua fantástica apretando con mis manos la soberbia cabeza del Bruno lamedor.

Con el rabillo del ojo, vi que mi tía se tendía bajo la panza del animal y empezaba a chuparle la verga a Bruno y una de sus manos fue a tocar mi mojada vagina por tanta saliva y fluidos. Bruno no tardó en aventar su semen, semen que nos bañó a las dos. En eso, mi tía, mi increíble y sabia tía, dijo: “Lame mi cuerpo, saborea el sabroso semen de mi perrito, pero no así”. Es que puse mi cabeza al lado de la de ella. “Empieza por los pies y deja que yo empiece por el mismo sitio de tu hermosísimo cuerpo que he deseado desde hace años, sobrina querida” –añadió. Bueno, nos pusimos a lamer en un singular 69 porque no podíamos apoyar un cuerpo sobre el otro; estaba en cuatro, mi tía sabía que eso era lo indicado. Bruno saltó sobre mis nalgas y ¡carajo, se estaba completando mi enorme deseo, mi fantasía tan alimentada y tan temida! La verga de Bruno chocaba en mis nalgas, no atinaba a pesar de su entrenamiento. Recordé. Entonces, con mi mano, guié la verga para que tocara la puerta de mi vagina. De un solo empujón me la metió. Grité, mi tia volteó y gritó: “Cógetela Bruno, cógetela, métesela toda, métesela hasta el nudo”. Yo ya no oía ni sentía otra cosa que la verga de Bruno profundamente metida en mi vagina, en mi gloriosa vagina heroína de mil batallas. Sentía el velocísimo mete y saca del perro, como algo divino, nunca sentido, jamás experimentado, ¡me fui a la gloria! Más, cuando la sabia lengua de mi adorada tía me empezó a lamerme el clítoris, al tiempo que levantaba su deliciosa vagina que chorreaba tibios fluidos que iba sorbiendo con mi lengua. Me puse a chupársela sintiendo que la verga se ponía más gruesa, era que el nudo me había invadido, pero yo ni cuenta me había dado, gozaba como odalisca en el harem que es cogida por muchas de las cautivas y por uno que otro visitante a la carpa del acaudalado árabe. Mi orgasmo, iniciado con la lengua de mi tía, aumentado por el mete y saca incontenible de Bruno, duró eternidades, no se iba, disminuía por segundos, para luego hacerme estallar en gritos y estremecimientos tremendos, pero no dejaba de lamer la rica vagina de mi tía que también gritaba como condenada en séptimo círculo del infierno de Dante. El acabose: mi tía, frenética y con orgasmo tras orgasmo, me sujetó cuando Bruno inundó mi conchita con su semen con sus litros de semen y quedamos “pegados”. No me soltó mi tía, siguió lamiendo mi vagina hasta que el perro se soltó. Cuando esto sucedió, yo ya no gritaba ni me estremecía, solo emitía gemidos de placer inaudito, increíble, inacabable. Cuando el perro se soltó, mi tía se arrastró hasta quedar bajo el hocico de su amante permanente; este empezó las rutinas. Al ver el beso ya experimentado por mí, de mi tía y Bruno, tuve el postrer orgasmo y el casi imperceptible estremecimiento. Primera vez en mi vida que me he sentido incapaz de continuar en el combate; me dediqué por mucho tiempo a ser observadora, una caliente voyerista. Vi toda la rutina de mi tía con su perro. La lamió después de besarla, para luego de lamer uno de sus pezones, regresar al beso de hocico contra boca y de lenguas en el aire acariciándose. Lamió el sudor, mi saliva y su propio semen, le lamió la vagina y el culo. Volvió al beso en la boca de mi tía, y esta sin dejar de besarlo, se puso en cuatro. El perro la rodeó, le olfateó el culo, y brincó. La verga tremenda la vi mucho más grande que cuando la contemplé en la tenue luz de la sala. Se la metió de un solo empujón sin la guía de la mano, se la cogió por minutos interminables; los dos jadeaban, ella gemía, estaban como poseídos por la lujuria; la lengua del perro chorreaba saliva y sus ojos reflejaban el placer del sexo. Sorpresivamente, suspendió el mete y saca, sacó toda la verga estilando fluidos. Aulló, aullido que no sólo me sorprendió, también me causo nueva excitación, así de expresivo fue, en el sentido sexual de la expresión y empujó nuevamente.

De no estar tan cerca de las acciones, no me hubiera percatado que la gran y jugosa verga se metía en el culo de mi tía. Esta gritó, no de dolor, sino del extremo placer  y luego gritó ordenando: “¡Sobrina, no seas mala… ven, por favor, ven! ¡Lame mi vagina! ¡Por lo que más quieras, lamela hasta que Bruno estalle y yo me vaya a la gloria!”. Más que ordenes, eran suplicas calientes. Me apresuré; la maravillosa visión que estaba teniendo, además de los espléndidos y penetrantes olores, los extraordinarios sonidos lujuriosos de mi tía y los aullidos de la misma lujuria de Bruno, me dieron nuevas fuerzas, renovada excitación y deseo enorme de lamer y ser lamida. Me arrastré hasta quedar bajo la húmeda de mi Hada Madrina, después de depositar un lujurioso beso en sus labios, para luego ir a lamer esa caliente que anhelaba sentir mi lengua. Mi tía, en el máximo embate del perro, sintió mi lengua, gritó, pero vio mi conchita, mis muslos abiertos al máximo y se puso lamer como yo deseaba. Cuando yo estaba en pleno orgasmo, se produjo un concierto de gemidos y jadeos exquisitos. Los gritos fueron tremendos, inacabables, enormemente placenteros, tanto como sentía por todo mi cuerpo y creo que mis cogedores también sentían lo que yo. ¡El colmo! Mi tía quedó “pegada”. A pesar de su cara de dolor que luego se transformó en placer. “¡Esto es exquisito!” –dijo ella. No dudo que lo es porque ella es la experta, su culo está acostumbrado a ser cogido de esa forma. Me suplicó que continuara lamiéndole la concha, que no fuera mala y le diera placer. Aunque yo le decía que mi lengua y mi cuerpo entero, no podían más, hice un extremo esfuerzo para seguir complaciéndola. Se la lamí hasta que se derrumbó al ceder el nudo de Bruno. Está vez, sólo Bruno quedó en pie, su lengua salía del hocico y todo el conjunto tenían una expresión como de risa satisfactoria o fue mi impresión. Se sacudió y su verga salió destilando chorros de su delicioso semen, lamió mi cuerpo, luego el de mi tía pero con lengüetazos leves, como con ternura, y luego se echó con su cabeza entre los soberbios senos de mi tía con la lengua fuera del hocico y escurriendo todavía.

Era casi de día, cuando mi tía me besó con enorme ternura en la boca. Acarició una de mis tetas, luego lamió el pezón y toda mi concha, me dijo: “Eres adorable. Fantástico que no te límites en el placer, aun teniendo como amante a un ser tan maravilloso como mi Bruno”. Volvió a besarme. Luego, entre toda la calentura reinante en el ambiente, dijo: “Bien, sobrina de mis encantos. De ahora en adelante, seremos dos para Bruno, y una para otra, ¿te parece bien?”. Sólo pude afirmar moviendo la cabeza. Mi tía, con cuidado y ternura, me ayudó a levantarme para ir a recostarme en la cama. Luego, ella se acostó entre mis tetas aún doloridas, conservando la extraordinaria e increíble sensación de los dientes de Bruno mordisqueando mi pezón. Claro, el resto del domingo no hicimos otra cosa que darnos ternura, incluido Bruno. Todavía no puedo creer esta actitud del perro, esa conducta casi humana de dar lamidas tiernas en lugares que no son tan sensibles a las lamidas.

Antes de regresar, mi tía me dijo que la vecina se quería apropiar de Bruno, porque un día ella tenía el baño dañado, se puso a orinar fuera de la casa. Bruno la vio, saltó la cerca que no es muy alta y la tumbó para lamerle la raja y saborear los orines que siguió expulsando la caída. Mi tía piensa que ella, luego de la sorpresa y el susto, sintió la calentura de las lamidas y dejó que Bruno continuara. Ya sabes, calentó y no quiso dejar pasar la oportunidad de tenerlo todos los días y tener el bendito placer de esas caricias calentonas del animal y ser cogida como una perra en celo.

Llegué a casa exhausta, llena de placer, caliente con ganas de seguir la aventura más caliente que he tenido en mi vida, no solo coger con mi tía sino que también con su mascota, he conocido un placer extraordinario, que solo quien lo ha experimentado puede comprender. ¡Bruno es un perverso amante!

 

 

 

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