lunes, 24 de noviembre de 2025

147. Terminé siendo su perra 2

Eliseo tenía todavía su mano derecha en mi muslo izquierdo. Yo sentía sus dedos acariciando mi pierna, yo tenía mi mano sobre la suya, acariciándolo también. Su mano se sentía gruesa, su piel algo rasposa y seca. Mi pierna izquierda estaba cruzada sobre la otra, en parte por comodidad, en parte por timidez. Jamás había tenido una experiencia sexual con alguien en un lugar público y menos dentro de la universidad, donde muchas personas me conocían y podría tener consecuencias negativas si alguien me descubría.

La clase iba a penas a la mitad de tiempo, el profesor hablaba y hablaba, escribía cosas en el pizarrón; pero para mí era imposible poner atención, en mi mente sólo estaba Eliseo, su rica verga y su fuerte aroma a sudor. Me sentía en parte muy nerviosa, ya había escuchado rumores sobre Eliseo, según decían ya se había acostado con varias en el salón y la universidad. Para mí ellas no eran más que zorras de clase baja, que no eran capaces de cotizarse o respetarse a sí mismas. Me sentía como si yo me hubiera convertido en una zorra más para Eliseo. Sabía que no estaría satisfecho hasta dejarme el culo roto y peor aún, yo no tenía ninguna intención de detenerlo, incluso mis instintos me estaban orillando a provocarlo a perderme toda clase de respeto. Como les había comentado en el relato anterior, la facultad de arquitectura tiene bancos y mesas altas para los alumnos. Los bancos no tienen respaldo. De forma tal que mi trasero queda expuesto cuando estoy sentada, cualquiera lo puede ver sin que me cuenta. En ese momento sentía la mirada de mi compañero que estaba en la mesa de atrás. Su nombre era Jorge, era muy tímido y algo feo. De piel pálida y bigote delgado. Era muy caballeroso a la hora de hablarte, pero ya lo había descubierto mirándome las nalgas o mirando descaradamente mis tetas al momento de hablar con él.

En ese momento Eliseo tiró al piso un bolígrafo. Me dijo: “¿Qué esperas Puta? ¡Recógelo!”. Me excitó mucho el apodo que me puso y el hecho de que me hablara con órdenes. Por supuesto que obedecí y me agaché para levantarlo. Como las mesas son altas, una persona cabe debajo de las mesas a la perfección si se agacha. Pero en cuando estuve a punto de levantar la pluma, sentí la mano de Eliseo tomándome por la cabeza, me estaba jalando un poco el cabello y  con su otra mano hizo la seña obscena del dedo de en medio y me empezó a restregar su verga en la cara, me la pasó por la nariz, por las mejillas, por los labios y terminé besándola, hasta que comencé a chuparla. No me importaba que su sabor fuera como cuando no te lavas las manos, para mí era delicioso y excitante. Por accidente me di cuenta de que Jorge lo estaba presenciando todo, me estaba mirando a los ojos con cara de sorprendido, pero yo estaba demasiado caliente, no paré, al contrario, comencé a lamer la verga con mayor lujuria, mientras veía a Jorge a la cara, noté como Jorge tenía una candente erección. debajo de su pantalón, eso me excitó todavía más. Llegó el momento en que ya no aguanté las ganas, besé la entrepierna de Eliseo y le dije con murmullos: “No hay nadie en mi departamento, vámonos.” Me levanté, tomé mis cosas y salí del salón. Sabía que Eliseo me seguiría, por lo que caminé rápido hasta llegar a su coche, lo vi caminado un poco detrás de mí, cuando me alcanzó me tomó fuertemente de las pompis y me dio un beso candente, lleno de lujuria y delicioso. Lo interrumpí y le dije que guardara los besos para mi departamento.

Eliseo condujo hasta mi condominio, en la caseta de vigilancia se detuvo y yo le dije al guardia que íbamos a mi departamento. El caballero se llevaba bien conmigo, su nombre era Kevin, era alto y no muy moreno, algo gordito. Bromeó un poco conmigo y nos dejó pasar. Eliseo me dijo: “Ese guardia se muere por metértela”. Le dije que no era cierto y me reí un poco. Después de que Eliseo estacionara el auto, lo guié al departamento, creo que algunos vecinos nos vieron caminar juntos. Dentro del departamento estuve a punto de darle un recorrido a Eliseo, pero él me dijo “Vengo a domar a la Yegua, no a pasear por el rancho” yo me reí mucho pero él se puso serio y me tomó por la cintura. “Ya sabía que no eras más que una potranca esperando domador” –me dijo con tono atrevido. No le dije nada, sentía sus fuertes manos en mi cintura, casi pellizcándome la piel. Yo tenía mis manos sobre las de él y estaba mirándolo a los ojos. “¡Que boca de zorra tienes Vanessa! Me encanta, más maquillada como prostituta, te ves bien rica.” –dijo antes de lamerme la cara. Me llevó de la mano a la sala, se sentó e hizo que me sentara frente a él pero de frente. Quedé con las rodillas sobre el sofá, con mis tetas a la altura de la cara. “Tetona, nalgona y con cara de puta. ¿Qué más puedo pedir?” –dijo mientras acariciaba perversamente mi culo y hundía su cara en mis tetas. Estaba besando y restregando su cara violentamente contra mis tetas, de forma que logró desabrochar mi blusa y desacomodar mi brasier, sentí como me hacía varios chupones. Yo solo podía gemir por el esfuerzo de tratar de controlarlo, pero él era demasiado fuerte y no se iba a detener hasta terminar lo que empezó. Sabía que se estaba calentando demasiado, sentía sus fuertes manos apretando mis pompas con todas sus fuerzas, era un dolor muy placentero. “Ya nalgona, párate y desnúdate. Mueve tu culo a medida que te sacas la ropa” –me ordenó. Puso música en su celular. Comencé a contonear las caderas mientras me quitaba la blusa, luego me desabroché el pantalón mientras le sonreía y me di la vuelta, poco a poco me comencé a bajar el pantalón, hasta que me lo logré quitar. Él se reía me decía: “¡Ay puta Vanessa, lo que tienes de zorra, tienes de culona”. Todas las mujeres de mi familia son muy caderonas y tienen un enorme trasero, desde los 12 me empecé a ver igual. También las mujeres de mi familia somos de tetas grandes, siempre que alguna se embarazaba le crecían las tetas, parecían vacas lecheras.

Puso música en su celular. Comencé a contonear las caderas mientras me quitaba la blusa, luego me desabroché el pantalón mientras le sonreía y me di la vuelta, poco a poco me comencé a bajar el pantalón, hasta que me lo logré quitar. Él se reía me decía: “¡Ay puta Vanessa, lo que tienes de zorra, tienes de culona”. Todas las mujeres de mi familia son muy caderonas y tienen un enorme trasero, desde los 12 me empecé a ver igual. También las mujeres de mi familia somos de tetas grandes, siempre que alguna se embarazaba le crecían las tetas, parecían vacas lecheras. Se levantó de su lugar y abrió la cortina de la sala, ya había escuchado rumores de que le gustaba exhibir a sus conquistas, pero no me lo creía. Me dijo que me pusiera a bailar en la ventana. Yo no quería pero él se levantó y se puso detrás de mí, me comenzó a besar el cuello (uno de mis puntos débiles) y a tocar la entrepierna por arriba de mi tanga. Me terminé excitando demasiado, hasta que me dijo que bailara en la ventana, le hice caso, estaba súper caliente. Me comporté como una verdadera puta, movía el culo, sacudía las nalgas, a veces la pegaba al vidrio de la ventana. Pensaba que ojalá ningún vecino nos viera. Me tomó de la mano y me regresó a la sala, me puso en cuatro sobre el sillón más grande de la sala. “¡Vas a ver cómo te voy a ir quitando lo mojigata a base de cogidas!” –me dijo. No se molestó en quitarme la tanga o desvestirse él. Escuché como se bajó el cierre y sentí su verga sobre mi trasero. “Ya estás en celo Vanessa, bien mojadita” –me decía bufando como  toro en celo. Sentía como hizo mi tanga a un lado y me la clavó con fuerza. Sentí como si mi cuerpo se calentaba y pasaba electricidad, pero al mismo tiempo se me puso la piel de gallina. “¡Sabia que eras de las que gozan la verga Vanessa” .me dijo antes de sacarla y comenzar a meterla de nuevo. Ahora lo hacía lentamente, cada que sentía yo que otra vez iba a entrar, yo exclamaba un pequeño “¡Ah, por Lucifer!” ¡Qué rica verga!”. Yo lo estaba gozando muchísimo, cuando su verga acariciaba poco a poco todo mi interior, sentía demasiada rica la cogida pero a la vez una especie de escalofrío.

Esa sensación se repetía cada que la metía de nuevo. Sin darme cuenta yo tenía las nalgas paradas, en una posición completamente receptiva, él se dio cuenta y sacó su verga y me dijo: “No que muy soberbia y de clase alta Vanessa? Mira nomás con tu cola toda levantada, ahora si te voy a usar para lo que sirves perra.” Me la metió fuertemente, hasta el fondo, yo estaba muy mojada, por lo que no dolió, solo se sintió muy fuerte, di un grito corto, pero a él no le importó. Me la empezó a meter y sacar muy fuertemente. De repente, sentía una o varias nalgadas muy fuertes, toda la habitación se llenaba con el ruido de las palmadas que me daba en el culo, yo sólo sentía como mis cachetes se sacudían con cada palmada. Cada vez me empujaba más fuerte, también se empezó a escuchar cuando su cuerpo chocaba contra mis nalgas, era imposible que los vecinos no escucharan mis gritos, el rechinar del sillón contra el piso, las palmadas de las nalgadas que me daba o cuando chocaba su cuerpo contra el mío. De igual forma Eliseo gritaba mucho, De repente, decía: “¡Ay Vanessa estas bien rica!”. Yo sólo podía gemir y aferrarme con todas mis fuerzas al sillón para resistir su cogida. Llevamos como 20 minutos así, tuve mi primer orgasmo como a los 15 min y el segundo casi enseguida. El seguía cogiéndome con intensidad, ambos estábamos muy muy sudados. No me preocupaba que no usara condón pues, yo soy muy disciplinada con mis inyecciones anticonceptivas. “Di que eres mi perra, mi puta” –me ordenó. “¡Soy tu perra! ¡Soy tu sucia puta! Ah, ¡Soy tu puta!” –decía jadeando y babeando. Seguí diciendo mientras me cogía como él quería. Hasta que por fin sentí como rica verga palpitaba dentro de mí y una gran cantidad de líquido tibio y espeso me llenaba. En parte sentí alivio porque ya estaba muy cansada y ya había experimentado dos orgasmos. La sacó  y me soltó, yo caí rendida sobre el sillón.

El prendió un cigarro y se lo empezó a fumar, tiraba la ceniza al piso, cuando llevaba medio cigarro se puso de pie y me orinó encima, para ser primera vez que me lo hacían, me encantó ser humillada de esa perversa forma. Se subió el cierre, yo seguía acostada. La habitación se llenó de olor de cigarro combinado con olor a sexo. Me lanzó algo de ceniza sobre el cuerpo, me dio un último vistazo de pies a cabeza y dijo: “¡Que buena puta eres Vanessa!”. Salió de mi departamento y cerró la puerta. Dicen que si no sabes jugar con fuego te puedes quemar, por culpa de ese sucio albañil me había quemado hasta arder en el infierno del placer. Cada vez que él quería coger con su perra, yo estaba lista con la lengua afuera y jadeando cuando me cogía como un demente.

 

 

 

Pasiones Prohibidas ®

3 comentarios:

  1. Maravillosa . Ya nos gustaría a más de un hombre tener una perra a si

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  2. Muy buen relato espero el siguiente capitulo y disfrutarlo igual que los snteriores

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  3. Yo sentí como si me la hubiera cogido a mi así muy fuerte muy duro

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